Cómo es Roma,

 en Palabras de

 Leandro Fernández de Moratín

      Al entrar en esta ciudad, viniendo de Nápoles se observa desde luego la enorme diferencia que existe entre el número de habitantes de las dos, puesto que en 93 dícese que los de Roma llegaban sólo a 165316. La circunferencia de sus muros es la misma poco más o menos que tenía en tiempo de Aureliano, el cual la cercó y fortificó, por temor de los bárbaros que amenazaban ya con irrupciones a aquella capital del imperio; y si parece imposible que en la citada circunferencia cupiesen tantos habitantes como tuvo esta ciudad en los tiempos de su grandeza, debe considerarse que la parte que rodeaban sus muros no era más que una pequeña porción del todo, puesto que algunos creen que llegaba desde Otricoli al mar; lo cierto es que Tívoli, Palestrina, Albano y el Puerto de Ostia formaban parte de ella, y todo era necesario para la inmensa población que tuvo. Tácito dice que en tiempo de Claudio se contaban seis millones novecientos cuarenta y cuatro mil ciudadanos. Hoy día no sólo está contenida dentro de los citados muros, sino que en este recinto hay muchos pedazos desiertos, y ya son llanuras cubiertas de hierba, huertas y viñas, lo que en otro tiempo era la parte más habitada de la ciudad. Esto se ve particularmente hacia el lado del Sur y el de Oriente, en las inmediaciones del Coliseo, San Juan de Letrán, Santa María Mayor, la Cartuja y Villa Albani, donde hay espacios dilatados en que sólo se ven tapias, casas de campo y algunas iglesias. La parte más poblada de la ciudad es la que está entre la Puerta del Popolo, Plaza de España, el Campidoglio y el Tybre y al otro lado del río, las cercanías del Vaticano y parte del antiguo Janículo. Esta extensión sería capaz, no obstante, de contener una triplicada población, pero toda está llena de grandes templos, conventos, colegios y palacios, que, ocupando mucho terreno, sirven de morada a muy pocas personas. Estos grandes edificios dan a la ciudad un aire de magnificencia que no se halla en otras y es menester confesar que si tal vez la moderna Roma no anuncia en ellos aquel gusto y delicadeza griega, aquella hermosa y rica sencillez que tanto se admira en los antiguos, no ha perdido del todo el carácter grandioso, que es tan necesario a unas obras dedicadas a los poderosos de la tierra o a la misma Divinidad. Pero este carácter, consideradas con atención las fábricas modernas, más existe en las dimensiones que en las formas, debiendo ser al contrario, los modernos con mayores medios, producen efectos menores.

       Además de estas grandes fábricas, adornan mucho a Roma sus fuentes, sus columnas y obeliscos, todos ellos situados ventajosamente, o en grande altura, o en sitios desembarazados y espaciosos. Las calles son, en general, bastante rectas y anchas, bien empedradas, y llano el terreno, exceptuando una u otra altura, como, por ejemplo, la subida del Monte Quirinal. Hay poca limpieza en calles y plazas, y en las noches que no hay luna, toda la ciudad yace en oscura tiniebla. Es muy notable la falta que hay en ella de paseos públicos; Campo Vacino y los altos de Santa María y San Juan de Letrán no son más que descampados tristes, donde sólo se ven grandes iglesias o grandes ruinas; el Paseo de los Coches, fuera de la Puerta del Popolo, es un callejón estrecho, con tapias a los lados, donde no hay un solo objeto agradable a la vista; y a no apartarse mucho de la ciudad, no se gozan las orillas del Tybre. El único recreo que tiene la gente de a pie son los dos jardines llamados Villa Médici y Villa Borghese, ambos situados a un extremo de Roma, y sólo frecuentados de los que viven en sus cercanías. El concurso que asiste a ellos nunca es correspondiente a la población, puesto que la vanidad ha llegado a tal extremo en Roma, que se considera como mujer vulgar a la que se pasea por la tarde a pie, y hay clases enteras a quienes condena esta ridícula opinión a estarse en casa en los días más hermosos.

      La pasión del coche es una de las más vehementes en las mujeres romanas. Las Lucrecias más castas, si hay alguna, [...] no resisten a un coche de cuatro asientos. Así es que, como no hay dinero para tanto, los paseos de Roma se componen de la primera o la ínfima clase; la primera en coche, y la segunda a pie, los que no pertenecen a ninguna de las dos están condenados a clausura violenta. Por la mañana es permitido a hombres y mujeres, de cualquier condición que fueren, usar de sus piernas; por la tarde hay prohibición absoluta, so pena de confundirse con la gente ordinaria. Hay en Roma mucha vanidad y mucha miseria, mucha hipocresía y muchos vicios, la corrupción de costumbres que en ella se nota es consecuencia necesaria del sistema de su Gobierno. Un Estado que debe su existencia al prestigio de la opinión y no a sus fuerzas intrínsecas necesariamente ha de haber adoptado por apoyos de la política la [...]

      Entre los varios estados que dividen la Europa, unos cultivan en paz su terreno fértil, otros deben su existencia a las artes mercantiles que ejercitan, otros cubren el mar de naves, y traen de la más ignorada parte del mundo los frutos, necesarios ya para satisfacer nuestro lujo y disipación; otros, dueños de metales preciosos, adquieren por ellos cuanto les falta y otros pelean y vencen [...]. Como su gobierno es electivo y nadie ocupa la Silla Pontificia que pueda prometerse en una edad decrépita por lo común largo reinado. Todo sistema de prosperidad pública que necesite constancia y tiempo, o no se adopta, o si se emprende, se malogra o se inutiliza. El grande objeto de un Pontífice es el de enriquecer a sus parientes, ilustrar su casa, y como esto si se ha de hacer debe hacerse pronto, no puede verificarse sino por medios injustos, violentos, contrarios al bien común. De aquí nacen las usurpaciones, los monopolios, el aborrecido nepotismo que, produciendo todos los días fortunas rápidas y escandalosas, aumenta la desigualdad funesta, la opresión y miseria del pueblo y el insolente orgullo de sus tiranos. Todo es eclesiástico y religioso en esta corte del orbe cristiano, el Pontífice, sus cardenales, los ministros, las secretarías, los magistrados, los legistas, los varios ramos de administración pública, las escuelas públicas, las congregaciones y colegios, en suma los individuos y los cuerpos de alguna consideración, todo es eclesiástico, la tonsura es la única senda que conduce a la fortuna y al honor [...]. Éste es sobre todo el gran principio de corrupción, que obra indistintamente en las clases más elevadas y en las más humildes del estado. Difícilmente se hallarán en otra parte cabrones de mayor mansedumbre, esposas más suaves y fáciles, doncellas menos hurañas; cualquier extranjero que se introduzca un poco en Roma, sabe al instante una multitud de anécdotas curiosas y alegres sobre esta materia, [¿por qué el príncipe tal no ha ido con su mujer a la vileggiatura?, porque al ir ella se encontró casualmente con monseñor Fulano ¿por qué uno y otro se han detenido más tiempo del que al principio se creyó? [...] ha habido entre el Arcediano tal y la duquesita, ¿por qué ésta le ha dado por sucesor al Cardenal Hontina?, y no al vicelegado de tal parte, que la había cortejado por tanto tiempo y había gastado tantos escudos en ella. ¿Qué ocupación de mujer es la florentina?, que tan a menudo visita el Deán de tal iglesia, después que[...] con la [...], por celos que tuvo del ministro de Nápoles. ¿De quién son los hijos del conde [...] Si el mayor es obra del [...], general de los mercedarios o del oficial Tudesco, a quién la ha [...], deja por puertas [...], y ve lascivo que es cosa averiguada [...] por espacio [...], de actuaciones haciendo el protector de aquella casa y el pagador de las trampas del señor Conde]. En suma, la historia secreta si así puede llamarse, de estas ilustres Mesalinas [...] da materia abundante a la instrucción de cualquier extranjero, que la oye correr de boca en boca, o tal vez la ve celebrada en canciones, fruto de la ociosidad y de la ingeniosa murmuración [...].

     Cualquiera que guste de ver un espectáculo propio de Roma, pasee sus calles en las mañanas frescas de abril, mayo y junio, y verá una hermosa y alegre juventud atravesar por ellas con tal destino. Así es que esta puta ciudad, bien diferente de París, Londres, Venecia y Nápoles, no ofrece a la vista aquellos objetos de prostitución que tanto suelen ofender los ánimos castos; la razón es clara; ¿cómo ha de haber mujeres públicas donde las casadas y solteras sin peligro y sin escándalo ejercen este oficio? ¿Para qué ha de haber alcahuetes donde hay maridos tan poco espantadizos, padres indulgentes y dormilones, madres y tías [...] que con tal inteligencia saben instruir en los misterios del amor a sus tiernas alumnas?

      En otras ciudades populosas donde se ven prostitutas insolentes que escandalizan por su lujo, su descaro y su liviandad, donde hay hombres infames que hacen oficio de procurar a la intemperancia placeres cómodos, se ven, no obstante, virtudes domésticas y la virtud encuentra un asilo seguro en multitud de familias en quienes se admira la fidelidad y amor conyugal, la autoridad paterna respetada, modestia y pudor virginal.

      Pero en Roma en vez de alcahuetes y putas hay mujeres casadas, hijas de familia, maridos y padres. Éste es el mayor exceso a que puede llegar la corrupción, de las costumbres, tanto más funesto cuanto más disimulado, y tanto más general cuanto menos se advierta a primera vista [...].

      En Roma, son frecuentes los robos y asesinatos, y el Gobierno es poco diligente en reprimir tales excesos; cuando no hay parte que pida, la justicia no obra, y deja sin castigar el delito; las disputas de las tabernas se acaban a vejonazos. Cuando yo estuve en aquella corte, oí decir que desde el principio del pontificado de Pío 6.º, se contaban en el estado papal dieciocho mil muertes [...] / [...].

      No será fuera de propósito copiar en este lugar un artículo de la Gaceta de Bolonia que tengo presente y dice así: «Nella Domenica poi (día de San Pedro) dopo di avere la S.S. Ponteficata la gran Messa all'altare Papale della confessione dei Gloriosi Apostoli colla solita assistenza del sagro Collegio e Prelatura in habiti sagri portata similmente in alto per andare a spogliarsi alla stanza dei paramenti giunta al luogo dove solea ricevere la, Chinea Monsignor Barberi come Procurator fiscale della Reverenda Camera Apostólica protestò solemnemente per non essersi neppure in quest'anno presentata la suddetta Chinea a la S.S. aprovò e confermò la prottesta»; esta [...] ceremonia se repite todos los años; la hacanea no parece, Monsignore Barbieri repite las protestas y S.S. las aprueba y las confirma [...].

      Sería inútil e imposible hacer aquí una completa descripción de Roma, porque ni todo lo he visto, ni entiendo de todo, ni hay cosa en ella que no esté explicada y juzgada ya en las muchas obras que se han escrito con este fin, y que son tan conocidas generalmente.

      La iglesia de San Pedro es, sin duda, la mayor, la más bella y más rica de la Cristiandad ¡qué pequeñas son, comparadas con ella, la del Escorial y San Pablo de Londres! He oído decir que si este edificio fuese más chico, parecería más grande, y así es la verdad; si no hubiesen dilatado la nave, haciendo cruz latina la que fue cruz griega en su principio, se gozaría más la gran cúpula, y las laterales que la acompañan no estarían cubiertas, como hoy lo están, con la fachada que en gran parte las oculta; añádese a esto que este edificio carece de puntos de vista; la inmensa plaza que tiene delante no es suficiente, y sería menester echar al suelo una gran porción de casas, y aun dar una grande elevación al terreno, para que, a mayor distancia y mayor altura, pudiese gozarse aquella gran fábrica. La columnata circular que forma la plaza es de lo más bello y magnífico que puede verse; se compone de 280 columnas [...] de mayor diámetro que las del pórtico de la Academia de Ciencias de Madrid, las 98 estatuas que están colocadas sobre la cornisa son gigantescas; las dos fuentes que por un conjunto de surtidores despiden aguas abundantes; el obelisco egipcio que ocupa el centro de la plaza, de granito oriental, sin jeroglíficos, de una sola pieza de 74 pies de largo, que, colocado sobre el pedestal, llega a 124 pies de altura; la gran fachada que se ve al frente, con la magnífica escalera que conduce a ella, y la soberbia cúpula que corona el templo, todo es grande, todo sorprende y admira, todo anuncia que aquélla es la primera basílica del Orbe Cristiano, dedicada al Príncipe de los Apóstoles por el Vicario de Jesucristo. Entrando en ella no se forma idea justa de sus dimensiones hasta que por partes se va examinando, entonces se ve que las basas de las pilastras, sin pedestal ni zócalo, tienen cerca de vara y media de altura; que unos niños de mármol que sostienen las pilas de agua bendita y parecen a primera vista de tres cuartas, poco más o menos, son tan grandes como un hombre regular; que hay capillas que parecen iglesias muy espaciosas; que el baldaquino, sostenido de cuatro columnas, que cubre el altar, es más alto que el pórtico del Louvre; el largo interior de este templo es de 575 pies, su altura, desde el piso a la cruz de la linterna 408. Esto basta para formarse una idea de aquel admirable edificio. Hay repartidos en él multitud de altares con grandes cuadros de mosaico; copias de Dominiquino, Guido, Guerchino, Rafael y otros célebres maestros; multitud de bajorrelieves y estatuas de mármol, entre ellas muchas colosales, que representan fundadores de varias religiones; otras sobre los arcos de la nave principal, otras que adornan los sepulcros de los papas. Las cúpulas de las capillas son de mosaico; las de las naves de artesonados de oro; las columnas gigantescas que sostienen y adornan la inmensa mole, de mármoles y piedras que sólo en Roma pueden hallarse, en atención a que sólo en ella se conservan los despojos con que enriqueció a Roma Antigua el mundo tributario. Los sepulcros magníficos de los pontífices Inocencio 8, 11, 12 y 13, León 11, Alejandro 7 y 8, Paulo 3, Urbano 8, Benedicto 14, Gregorio 13, Clemente 10 y 13, los de María Cristina Sobieski, Reina de Inglaterra. La Reina Cristina de Suecia y la Princesa Matilde, todos de preciosos mármoles, ejecutados por los más célebres artífices, adornan, ennoblecen, añaden majestad al mayor templo de la tierra e infunden respetuosa maravilla al que se acerca a examinarlos. Lo que me pareció más digno de admiración entre las excelentes obras de aquella Iglesia son los mosaicos en los altares y las cúpulas, el bajorrelieve de Algardi, que representa a Atila, a quien San Pedro y San Pablo defienden la entrada en Roma, figuras gigantescas, excelente ejecución digna de aquel grande artífice; la Cátedra de San Pedro sostenida por cuatro doctores de la Iglesia, enorme máquina de bronce, descorregida, pero de un grande efecto, pudiéndose decir otro tanto del enorme dosel o baldaquín del altar mayor, todo del mismo metal, y una y otra obra del incorrecto y admirable Bernini. Pero lo que, a mi entender, es superior a todas aunque se cuente entre ellas el célebre grupo de mármol de la Virgen con su Hijo difunto, hecho por Miguel Ángel, donde entre cosas muy buenas se hallan grandes defectos, es el sepulcro de Clemente 13 ejecutado por Antonio Canova, escultor veneciano, el primero de Italia, y por consecuencia, de Europa. La idea no tiene mérito particular, pareciéndose a las de todos los demás sepulcros de aquella Iglesia, que por lo regular consiste en una urna sobre un zócalo, la figura del Pontífice encima, y a los lados dos estatuas alegóricas que acompañan; en ésta el Papa está representado de rodillas haciendo oración, en actitud tan expresiva, con tal verdad y sencillez, ya en el rostro, ya en la postura de las manos, ya en la distribución y pliegues de la vestidura, que si de repente se moviese, no se admiraría el movimiento. A un lado de la urna sepulcral está la Religión, al otro un genio alado en acto de dolor; una y otra figura son excelentes, pero como la última está casi desnuda, se admira más en ella la inteligencia del artífice, basta acostumbrar los ojos a las bellas formas del Apolo de Belvedere, del Antinoo y otras estatuas, las más célebres de la antigüedad en esta clase de naturaleza juvenil, para reconocer en el genio mencionado la más idéntica semejanza. Sobre el zócalo hay dos leones de gran tamaño en guarda del sepulcro; el uno parece que duerme, pero al acercarse se le ven los ojos entreabiertos; el otro parece que acaba de alzar la cabeza habiendo sentido ruido de gente, mira con ojos terribles, y es de temer que, si uno da un paso más, se levante. Hay tal maestría en la actitud, en la expresión de estos animales, tal verdad y ligereza de cincel, que no es posible mirarlos sin temor; no son mazacotes ni tienen pelucas blondas, ni están desollados como los que tiran el carro de Cibeles, son dos leones de los más espantosos del África, están vivos y están guardando el sepulcro de Clemente 13, para que nadie se acerque a profanar tan sagradas cenizas. Esta obra está grabada por el famoso Morghen, y en cuanto es posible, la copia da una idea justa del excelente original. La iglesia de San Pedro, en lo exterior e interior, tiene defectos capaces de justificar las críticas que de ella se han hecho. Si se coteja, ya en las proporciones, ya en los ornatos, con las pocas que ha perdonado el tiempo, y que nos acuerdan la feliz época de las artes en la Antigua Roma, se halla por cierto que es muy inferior a aquellos modelos admirables, pero sin querer disculpar estos defectos, y concediéndolos todos, confesamos que las artes modernas no han producido obra más digna; que el Escorial, San Pablo de Londres, el Louvre, el Hospital de Inválidos, la Catedral de Milán, en suma, los templos y fábricas más celebradas en Europa, desde la resurrección de las artes, todas se oscurecen al cotejarlas con éste, que los sepulcros de Westminster y San Dionís, por más que entre ellos haya cosas muy apreciables, son muy inferiores a los depósitos de pontífices y personajes ilustres que enriquecen la Basílica Vaticana; y que los exquisitos mosaicos de sus altares y cúpulas son únicos en el mundo, y superiores a todo cuanto en este género produjo la docta antigüedad; en suma, cuando Europa no ha construido obra alguna ni más grande, ni más rica, ni más bella, desde la restauración del buen gusto y de las luces, ¿por qué no admiraremos esta fábrica insigne como el santuario de las artes, el primer templo de la cristiandad y el más digno que hasta ahora ha erigido a un Dios omnipotente la pequeñez humana? El actual Pontífice ha hecho construir al lado de esta iglesia una sacristía, estimable únicamente por los exquisitos mármoles que la adornan, y las sumas inmensas que en ella se han gastado.

Leandro Fernández de Moratín.

( Párrafo Extractado de su Libro "Viaje a Italia" - 1867 ).

Regresar

 

 

 

 

 

 

 

Leyendo un Poema de Ungaretti

 

     Creo que pocos poemas son más sugestivos que ese llamado 'No llores Más', de Giusseppe Ungaretti.

 

Para de matar a los muertos,

No llores más, no llores más

Si esperas no perecer.

Su susurro es imperceptible,

Ellos no hacen más ruido

Que el crecimiento de la hierba,

Felices donde el hombre no transita.

     Es interesante el planteo que hace: concibe la vida después de la muerte, y el llanto ('No llores más, no llores más') que en este caso implica la muerte y por ende la vida.

     El poema escrito por Ungaretti es un feliz almacigo de vida y muerte, las dos, en sólo siete versos, aparecen y desaparecen.  Pero por otra parte está también lo imperceptible, que se suele poner en juego en cualquier obra de arte, en cualquier poema de Ungaretti…

     Eso que el poeta califica como imperceptible, es justamente esa, la palabra de la que se sirve para situar la vida de los muertos, en "el crecimiento de la hierba", allí donde el hombre no anda, con algo que no hace ruido...

     Eso puede ser el ritmo, el destino o algunas otras cosas en las que tiene lugar lo silenciado ya sea por olvido o a la fuerza. " 

     Vale la pena recordar este poema ya que es como que el poeta apalabró un misterio, que dio nacimiento a un poema que nada dejará a fin de cuentas, en claro. Pero Ungaretti no fue el primero ni el ultimo en percibirlo. Dijo Angelus Silesius: "Te nutres de imágenes cuando tú mismo eres imagen.

     ¿Cómo piensas tú, pues, subsistir?". Pienso que en hechos tan triviales como  el crecimiento de la hierba, la atención de una imagen, en cosas tan intangibles y desmesuradas a la vez hay algo que nosotros no sabemos que ni siquiera suponemos que existe. Para Rumi el olvido es "una cura, una forma de acercarse al otro lado", para él es "la muerte como olvido de esta tierra. Aniquilación y olvido." Sin embargo es curioso lo que se puede llegar a decir respecto a esto último: si la muerte es olvido de esta tierra, porqué en esta tierra está también ese olvido. Queda por saber cuál es el contenido del mismo, qué es lo que no aceptamos recordar y ser. Por lo menos este breve poema citado, en algún instante, parece desmembrar y recordar ese misterioso olvido.

Andrés Ugueruaga.

( Agradecemos su Colaboración )

Regresar

 

 

 

 

 

 

 

Los Peluqueros en Italia, según

 Leandro Fernández de Moratín

     (…) En Francia e Inglaterra, están persuadidos de que allá se van pelos y barbas, y tanto por su homogeneidad cuanto por su situación, está en uso que el mismo artífice que empolva los cabellos haga la rasura, pero en Bruselas, como en España se piensa de otro modo. Ningún peluquero puede ejercer la navaja, ninguno que afeite puede hacer los rizos. Hay prohibiciones gremiales sobre esto con multas a los infractores y entre estas dos facultades hay absoluta separación. Los talentos humanos son muy limitados y es muy difícil que un artífice sea excelente en dos profesiones distintas; por esta razón sin duda se mantiene tal costumbre en Flandes a fin de que cada profesor pueda en su ramo apurar los esfuerzos del genio y llegar en la carrera que sigue, con exclusión de todas las otras, a lo más sublime del arte. No obstante, el barbero que me afeitó, me afeitó muy mal.

Leandro Fernández de Moratín.

( Párrafo extractado de su libro “Viaje a Italia” - 1867 ).

Regresar

 

 

 

 

 

 

 

"Cumbres Borrascosas"

Un Clásico de la Literatura Universal

...

     A 160 años de su publicación,  repasamos la vida de su autora, Emily Brontë, una  mujer que murió tempranamente, dejando una novela inmortal.

 

 
 

 Emily Brontë

 

      Esta novela ferozmente apasionada tiene a un páramo azotado por vientos como escenario. Escenario conocido por su autora, Emily Brontë, quien nació el 30 de julio de 1818 en la aldea de Thornton (condado de Yorkshire – Inglaterra), y solo 30 años después, falleció en la aldea de Haworth, donde pasó casi toda su vida.

      María Branwell –mujer dulce y frágil-, dio 6 hijos al reverendo Patrick Brontë, y luego falleció víctima de cáncer. Esos seis niños: María, Elizabeth, Charlotte, Patrick, Emily y Anne, fueron entonces educados por la rigurosidad de su padre y la solidaridad de su tía (Miss Branwell), quien se instaló en el presbiterio. Atemorizada por las fuertes corrientes de aire solo salía de su habitación para dar a sus sobrinas lecciones de costura y enseñarles el arte de manejar una casa. Patrick –el único varón-, y Anne –la más pequeña-, eran sus preferidos.

      Los hermanos se adoraban entre sí, buscando quizás la calidez de la que carecía aquella vieja casa de piedra gris, sin alfombras ni cortinas (el reverendo, obsesionado por el fuego, desconfiaba de todo lo que pudiera arder), cuyas ventanas daban a un cementerio, y cuyo principal sonido estaba dado por la intrepidez del viento. No obstante, las tres veces que Emily se alejó del páramo para trabajar o estudiar, debió regresar presa de la nostalgia que, debilitó su cuerpo y amenazó su salud. En su casa leía, escribía, cocinaba, y para descansar salía a correr con su perro Keeper. Por las noches cuando el reverendo y la tía dormían, los hermanos se reunían a charlar hasta tarde. Patrick, en principio considerado el virtuoso de la familia –adorado por sus hermanas-, caerá en las drogas y el alcohol. María y Elizabeth –las mayores-, con tan solo 12 y 10 años, morirán debido a las pésimas condiciones de vida impuestas en el pensionado al cual el reverendo había enviado a sus hijos. Esto salvará a las otras hermanas, quienes al volver a casa tendrán una nueva sirvienta: Tabby, que permanecerá 30 años con los Brontë, y convertirá la cocina en el refugio de los niños, enseñándoles a cocinar, y contándoles historias de hadas y supersticiones.

      Charlotte en 1845, encuentra accidentalmente versos de Emily, lo cual enfurecerá a esta joven celosamente reservada. El incidente anima a Anne a confesar que también ella escribe. Aplacada la indignación de Emily, Charlotte decide que sus poemas y los de sus hermanas, deben ser publicados. Atenta al rechazo que en la época victoriana había hacia los escritos de mujer, utiliza nombres de hombres: Currer (Charlotte), Ellis (Emily), y Acton (Anne). Así aparece en 1846, una selección de poemas de los hermanos Bell, y Ellis fue el más elogiado. Sin embargo, la publicación no tuvo éxito, lo cual en vez de desanimar a las jóvenes, las decidió a escribir una novela cada una. En 1847 aparece Cumbres Borrascosas, y fue muy mal recibida por la crítica, que consideraba a los personajes odiosos, abominablemente paganos; y al autor un hombre huraño, grosero y brutal. Brutal, en realidad, es la pasión que mueve a los enamorados de la novela: Catherine Earnshaw y el inolvidable Heathcliff. Amor y odio golpean una a una las páginas, como la violencia y aspereza del viento lo hace con el páramo. Los personajes se destruirán uno a otro, encontrando en esa mutua aniquilación, una forma de acercamiento. Así es que Catherine dice, refiriéndose a Heathcliff: “…él está siempre, siempre en mi espíritu; no como un placer, como yo no soy un placer para mí misma, sino como mi propio ser... Sea cual sea la sustancia de nuestras almas, la suya y la mía son iguales”.

      Un año después de la publicación de esta novela, el 19 de diciembre de 1848, Emily muere de tuberculosis habiéndose negado a toda atención médica, estoica y secretamente como vivió.

      Esta maravillosa obra comienza en su título: Cumbres borrascosas; y culmina diciendo entre sus últimas palabras: tierra en calma. En medio de tal aparente antinomia, sucede la historia que hizo de esta novela, un clásico inmortal de la literatura universal.

Alejandra Tenaglia.

Regresar