Honoré de Balzac ( 1799 - 1850 )

     El 20 de mayo  de 1799, en la ciudad de Tours, Francia, nace el gran maestro de las letras Honoré de Balzac. Su padre Bernard Françoise Balzac, burgués que aspiraba a formar parte de la aristocracia se casa con Laure Sallambier, una refinada mujer 32 años menor que Bernard, que le daría 4 hijos, entre ellos, Honoré que fue confiado a una institutriz inglesa  hasta los 8 años y luego fue internado pupilo en uno de los mejores colegios franceses. La infancia lo encontró a Balzac sin el calor de su madre y la soledad como compañía. Pero ese frío de los primeros años, se contraponía a un Balzac que devoraba tratados de zoología, textos religiosos, novelas históricas  y todo lo que llegaba a sus manos, y como se podía esperar de un genio, era en el colegio un alumno del montón.

    Por problemas financieros, los Balzac, se trasladan de Tours a la pueblerina Villaparisi y Honoré para complacer a su padre comienza en la carrera de leyes que logra sin obstáculos en 1819 cuando sólo tenía 20 años. Aquello nutre de escenas, archivos, expedientes, personajes  e historias que formaran su obra, porque Honoré quería ser escritor y a pesar de que aquello no era un medio para obtener riquezas, su padre confía en la inteligencia de su hijo y le otorga una renta de 1500 francos anuales; Honoré se instala en París.

    Su impulsividad y sus ganas de comerse las cosas, lo llevan a ser un comprador compulsivo de bienes suntuarios. Antigüedades, muebles de estilo, tapices y ropa fina le llevan a cosechar acreedores de todo tipo que hasta trascienden la fronteras parisinas. Perseguido por estos, cambiará continuamente de domicilio y  llegará a alquilar casas con dos puertas de salida para poder escapar.

   Su capacidad de trabajo era arrolladora, usando como combustible mares de cafés, pero su ópera prima” Cronwell” (5 actos en verso), resultará un fiasco. De la tragedia se vuelca a la novela y escribe  bajo seudónimo  tres obras en colaboración. Se mete en negocios como la compra  minas en Cerdeña, cultivo de hortalizas, comercialización de abono, editar revistas, reeditó clásicos, pero fracasó, hasta que en 1829  publicó “El último Chuan”,  y a partir de ahí consigue algo fundamental: ser reconocido por el célebre VICTOR HUGO, lo que le da prestigio y renombre. Luego, en 1831 aparece “La piel de zapa”, novela que por su éxito lo hace trascender las fronteras traduciéndose al ruso, al inglés y también al alemán.

    Algo que nunca faltó en la vida de Balzac fueron las mujeres, a pesar de que sus descripciones lo mostraban un hombre impresentable: gordo, petiso, vestía mal  y de modales toscos, tenía amoríos de todo tipo, pero su preferencia eran las aristócratas; aunque dos de ellas, madame de Bernny y la marquesa rusa Eve de Hanska (casada con un  coronel ruso) serán las que más amó en toda su vida. Con esta última, se casa en Ucrania en marzo de 1850.

     “No he tenido ni una juventud afortunada ni una primavera florida; pero tendré el más brillante de los veranos  y el más dulce de los otoños”.Consumido y demacrado morirá el 18 de agosto de 1850  en París,  y a partir de allí se hizo inmortal. Diría lo siguiente antes de fenecer “Preveo para mí el más siniestro destino: morir la víspera del día en que habrá de llegarme cuanto todo he deseado”.

LA COMEDIA HUMANA

    Merece un párrafo aparte la más inconmensurable de sus obras: La comedia humana, que según cuentan, un día de 1833 entra exaltado a la casa de su hermana Laura y dice   “¡Felicitadme , he hallado una idea milagrosa y me convertiré en un genio! Tenía ya en la cabeza aquel por demás de ambicioso proyecto. Consistía en más de 90 novelas,                                              que sobrepasaban las diez mil páginas  y de las cuales llegó a concluir  74 de ellas.

    Esta vasta obra, cuya primera edición aparece en 1842, consistía  en una primera parte de 24 volúmenes que eran los Estudios de Costumbres, que representaban todos los datos de la vida social: fisonomías, carácter, profesiones, infancia, vejez, política, guerra. La segunda parte constaba de 15 volúmenes en los Estudios Filosóficos  donde expone el porqué de los sentimientos; el cómo de la vida y las condiciones más allá de las cuales la sociedad y el hombre dejan de existir. La tercera parte de 9 volúmenes, se completaba con los Estudios Analíticos. “Así el hombre, la sociedad, la humanidad, serán descritos, juzgados, analizados sin repeticiones  y en una obra que será como “Las mil y una noches” de Occidente.

    Se ha conseguido censar la obra, y en 12mil páginas se identificaron más de 2.500 personajes y 1.500 anónimos estables. “El protagonista de mi obra es la sociedad francesa, y yo, no actúo sino como secretario”, se jactaba nuestro protagonista.

    Ante la enormidad de su “epopeya literaria”, era dificultoso clasificar su pensamiento sobre la política y la sociedad en su conjunto.        

Hernán A. Favía.

FUENTES

◘  ARES, DANIEL. Historia de escritores. Alfaguara, 1998.

◘ OLLERO, CARLOS. Un asunto tenebroso, de Honoré de Balzac, Barcelona, Salvat Editores, 1969.

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Leer y Escribir... Un Placer

 

     A pesar de ser sometido a varias operaciones, Borges perdió paulatinamente la visión del ojo derecho,lo que forzó (y estropeó al fin)la visión del izquierdo. Los especialistas lo obligaron a dejar de leer y escribir ya en 1.955. El mundo se volvió cada día más gris; los colores fueron desapareciendo uno a uno, con excepción del persistente amarillo. Para un hombre acostumbrado a usar una caligrafía minúscula, aquellas limitaciones  fueron radicales. Tuvo que aprender un nuevo oficio, el de dictar. El escritor se convirtió en dictador. (Revertía, así, a la función que el padre había ejercido cuando él era un niño).

     Aprendió penosamente a ensayar cada verso en la cabeza. Cuando tenía el texto entero en la memoria, se lo dictaba a la madre y entonces ésta se lo leía y releía (con puntuación y todo) hasta que él quedara satisfecho. Pronto, amigos y parientes comenzaron a ayudar a la madre en la tarea de amanuenses de este amable pero exigente dictador. Borges les enseñó a leer en los distintos idiomas que él poseía: algunos de esos amanuenses no dominaban las lenguas que  leían y apenas sabían cómo pronunciarlas.  Pero la paciencia infinita y la infinita minuciosidad de Borges suplían las deficiencias. Muchos de los textos, por otra parte, se los sabía de memoria y acompañaba su lectura (relectura, para él) con una suerte de doblaje entre dientes. Poco a poco, una verdadera escuela de lectores, traductores y secretarios empezó a reunirse en torno de él. Para agradecerles el don del tiempo que le hacían, Borges a veces incluía el nombre de estos queridos amigos como coautores de su obra.

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   Párrafo extractado del libro "Jorge Luis Borges, Ficcionario - Una antología de sus textos"; editado por Emir Rodríguez Monegal; colección Tierra Firme; editorial Fondo de Cultura Económica; México; 1.981.

     Mucho se ha dicho y se dice -pero cada vez menos se dirá- sobre lo que significa leer y escribir; escribir y leer. En una sociedad obnubilada por las maravillas electrónicas, informáticas y cibernéticas a lo largo de todos sus estratos el simple pero placentero acto de sentarse a leer y/o escribir parece querer trastocarse en un acto de heroísmo; y cuando de heroísmo hablamos entramos en el terreno prácticamente de lo sobrehumano ; de lo especial; de lo aislado.

     La soledad fue la mejor compañera de lectores y/o escritores. Introducidos en ella quién no disfrutó o pergueñó las más fantásticas aventuras o los más idolatrados sueños dejándose arrastrar por un mundo paralelo en el que, si bien todo valía, la posibilidad de revancha y triunfo estaba a la vuelta de cada página o en el reverso en blanco de una hoja llena de palabras. Hoy -ahora- aquellos sublimes momentos solitarios se transformaron casi,casi en una pesada culpa; hundidos en esta mezcla de cemento, cables y carne humana (y de la otra) nos han puesto contra la pared y nos declaran culpables de ignorar a la tecnología. La condena: el destierro a las lejanas playas de lo distinto, de lo excéntrico, de lo marginal.

     Sin embargo,...paradójica situación la nuestra: al costado de la vida por decisión ajena pero con la chapa de héroes por decisión propia aún esgrimimos nuestro argumento de voces y palabras sobre un campo de batalla imaginario, en una guerra no declarada y sin bandos, en la que no habrá vencedores ni vencidos.

     La paz, el acuerdo y detrás, qué ?... Un sembrado de cerebros vacíos y achatados que se pierde en el horizonte se despliega ante nuestros ojos. ...Pero -y aquí lo extraño- no nos importa. Seguimos en la misma huella como si no hubiese vidas en juego; visibles e invisibles a la vez seguimos marchando no sabemos bien a dónde y sin ánimo de triunfar ni de caer derrotados, sólo por que así se despliegan nuestras vidas dentro de esta jaula gigantesca. ...Que al final no he dicho nada ?... Puede ser. Quizás mejor se ganaría tiempo prestando atención al crujido de los barrotes que de a poco van cediendo.

Julio Zalazar.

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La Leyenda del Ahó-Ahó

Texto de Juan Bautista Ambrosetti

     A don Patricio Gamon, respetable vecino del pueblo de San Lorenzo o Güirapaí, sobre el Alto Paraná, debo la siguiente leyenda de los indios de las misiones jesuíticas de Jesús y Trinidad, que florecieron en el Paraguay.

     Según ellos, el Ahó-Ahó era un animal terrible, parecido a la oveja, con grandes garras, y que devoraba sin piedad a las personas que encontraba en el monte.

     La única salvación que había contra este terrible monstruo era el subirse a una palmera, pues era árbol sagrado del Calvario. Cualquier otro árbol era cavado por el Ahó-Ahó con sus potentes uñas y el que había trepado sobre él era devorado inmediatamente.

     No hay para qué decir que esta leyenda es de origen jesuítico y que tenía por objeto impedir que los indios saliera fuera del radio que tenían marcado en las reducciones respectivas, a fin de que no desertasen, se perdieran en el monte, se los comiera algún tigre, que entonces eran abundantes, o fueran víctimas de los otros indios salvajes, que no dejaban de merodear por los alrededores de las misiones.

      En cuanto a lo de la palmera, también tiene su razón, pues son árboles muy delgados, muy altos y difíciles de trepar, de modo que los indios no debían de tener mucha fe en esta ancla de salvación.

      Don Patricio Gamón me ha referido también que hasta su tiempo, ahora unos 45 años [en la segunda mitad del siglo XIX], se había conservado esa leyenda entre los habitantes de allí, de modo que una vez se vió en serios apuros para poder seguir más adelante, en una expedición de carácter militar, porque al llegar al salto del arroyo Nacunday, los indios que lo acompañaban no querían continuar viaje y se excusaban gritando: "¡El Ahó-Ahó! ¡El Ahó-Ahó!"

    No está de más hacer observar que algunos datos de esta leyenda se encuentran en el cuento del Petey. Ya en él también, trepándose al árbol, se salva el hombre de ese monstruo informe y velludo que resulta ser igualmente un animal feroz.

Juan B. Ambrosetti.

Texto Elegido de su Obra

 "Supersticiones y leyendas. Región misionera.

 Valles Calchaquíes. Las Pampas".

 

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A Un Año de la Presentación de

 "La Grande",  el Libro Póstumo

 de Juan José Saer

     Tal recordatorio no es ocioso. El libro póstumo de un autor que mediante  sus libros iluminó el claroscuro de los hombres y de la Santa Fe pegada al Paraná. Tiene y tuvo la predestinación única de culminar  una de las odiseas literarias más interesantes de los últimos veinte años. “El mundo existe para un libro”reza una feliz y trascendente frase de Mallarmé, adecuada para ilustrar al mundo y en este caso, a la propia vida y a la propia obra de Juan José Saer. “La grande” es sin dudas la obra final del escritor santafesino. Su vida toda, su larga trayectoria se justifica y se sella con “La grande”.

     En las cuatrocientas y tantas páginas de esta obra está el retorno de Gutiérrez a la zona y en paralelo, la historia del “precisionismo”, una anónima  vanguardia creada en Rincón, cuyo mentor se desconoce. “La grande” es como ese recuerdo múltiple, hecho de fragmentos de muchos recuerdos repetidos. En que  la abundancia suele ser opresiva o euforizante, pero la repetición es siempre estética y el efecto es misterioso. Y teniendo en cuenta la vuelta del personaje principal  el mito siempre sugiere  que los regresos suelen ser catastróficos. Pues  todo regreso va contra las leyes físicas del universo, que está eternamente, o casi, en expansión.

      “La grande” trata sobre una región imaginaria y paralela en que  no hay regiones, o que es mas difícil precisar del limite de una región. Tal cuestión nos recuerda a la “Santa Maria” de Juan Carlos Onetti, a la “Yoknapathawpha” de Faulkner, a la región de “Molloy”, con sus praderas rudas y agrestes que discurren en los libros de Samuel Beckett. Esa benévola, incesante costumbre de construir lugares paralelos, de depositarios de tantas cuestiones humanas sin respuestas. “La grande” trata sobre las obsesiones de su autor que ya prefiguran en el resto de sus libros: el tiempo, el paso del tiempo, las disertaciones bajo el mismo y ardiente sol  del litoral santafesino. Todas ellas abundando en frases exactas, ahincadas en lo sensitivo, ya que lo extraño del mundo no son sus confines impensables y distorsionados, sino lo inmediato y familiar.  Saer supo encontrar en sus escritos el lugar claro de la conciencia por el que transcurren los pensamientos y la percepción que transmiten sus palabras, justamente su mayor cualidad.

     Juan José Saer  con “La grande”, su ultimo libro,  pudo sellar su vasta obra literaria. Así estaba escrito. Para constatarnos de que su nombre está entre los narradores más personales e innovadores que la lengua española dio en las por lo menos, ultimas dos décadas. Tras fallecer en Paris, en Junio del 2005, “La grande” fue presentada a principios de Octubre del año pasado, por Seix Barral. Todas las itálicas corresponden a fragmentos extraídos de ella.

Andrés Ugueruaga.

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El Marqués de Sade

    Donatien Alphonse François, marqués de Sade, nació en París hacia 1740 y murió en el manicomio de Charenton en 1814.  Era miembro de una antigua y noble familia, oriunda de Aviñón, en el sur de Francia. Entre sus antepasados se destaca Laura de Noves, la amada cantada por el poeta italiano Petrarca . 

   Fue alumno de los jesuitas. No obstante, a partir de 1764 se entregó a una existencia libertina, que –vale aclararlo- no era algo excepcional entre la clase nobiliaria a la cual pertenecía.

   Su vida escandalosa (donde destacan sus aventuras eróticas), sus actividades políticas y su obra como escritor le valieron procesos judiciales y encarcelamientos antes y durante la revolución francesa (en la cual participó). Su última detención se produjo en el manicomio de Charenton, adonde fue internado en 1803 por orden de Napoleón, acusado de pornógrafo.

   Sade combatió en la Guerra de los Siete Años. Poco después fue condenado a muerte al ser acusado de crímenes odiosos. Escapó, pero fue detenido rápidamente y encarcelado en la  Bastilla, recuperando su libertad cuando el asalto popular a dicha fortaleza al inicio de la revolución francesa. 

    En su vasta producción literaria, desarrollada básicamente durante su cautiverio, se alterna lo erótico, orgiástico y perverso, con reflexiones filosóficas, disquisiciones morales y críticas político-sociales. En sus escritos se percibe cierto nihilismo y pesimismo.

    Sade fue autor de varias novelas, entre las cuales se destacan Justine o las desdichas de la virtud (1791), Aline y Valcour (1795), La nueva Justine, seguida de la historia de su hermana Juliette (1797), La filosofía en el tocador (1795) –su obra más ambiciosa. 

     Buena parte de sus escritos permanece inédita a pesar de que en el siglo XX  se publicaron varios de ellos:  Diálogo entre un cura y un moribundo (1926), Pequeñas historias, cuentos y fabliaux (*) (1926),  Los 120 días de Sodoma (1931-35). 

    Cartas y documentos personales descubiertos en el transcurso de los últimos tiempos provocaron la revalorización literaria y personal de tan peculiar marqués. Los surrealistas han tenido bastante que ver en esta rehabilitación, al ver en Sade un rebelde que cuestiona lo prohibido.

     La obra de Sade influyó notablemente en diversos grupos literarios de los siglos XIX (en especial sobre Baudelaire y Flaubert) y XX  (desde Apollinaire hasta los surrealistas).

    El término sadismo es un derivado de Sade, más precisamente de ciertas conductas descritas por el marqués en sus textos. El sadismo es una perversión sexual de la persona que goza cometiendo actos crueles con la persona que mantiene relaciones sexuales o con un testigo. Sade describe esta anomalía sexual en Los 120 días de Sodoma.

    En sentido figurativo, también define la crueldad refinada que produce placer en quien la ejecuta.  

Luis Spissa.

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(*) Cuentos populares franceses que datan de los siglos XII y XIII.

 

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Fábulas de la Argentina (II):

El Hombre y la Oveja

     El hombre dijo a la oveja: ¡Te voy a proteger!

     Y a la oveja le gustó.

    -Apenas -dijo el hombre- tienes en las espaldas, para resistir al frío, algunas hebras de gruesa lana. Vives en rocas ásperas, donde tienes que brincar a cada paso, con riesgo de tu vida, para buscar el escaso alimento, el pobre pasto que allí crece. Los leones no te dejan en paz. Crías hijos flacos con tu poca leche, y da pena ver en semejante miseria a ti y a toda tu familia. Ven conmigo. Te daré rico vellón de lana fina y tupida, perseguiré a tus enemigos, curaré tus enfermedades, tendrás parques seguros y prados abundantes. verás, tus corderos, ¡qué gordos serán! Ven, pues; te voy a proteger.

     Y fue la oveja, balando de gozo.

     El hombre, primero, la encerró en un corral. Quiso ella salir; un perro le mordió el hocico.

     Le hirieron en la oreja con un cuchillo y la metieron en un baño, frío, de olor muy feo.

      Por fin, de compañero, le dieron un carnero que a ella no le gustaba anda.

      En vano protestó.

      -Es para tu bien -dijo el hombre-: ¿no ves que te estoy protegiendo?

      Poco a poco se fue acostumbrando.

    Sus formas agrestes cambiaron por completo; sus mechones cerdosos se volvieron lana, y se hinchó de orgullo al ver su hermoso vellón.

     Entonces, el hombre la esquiló.

     La oveja tuvo magníficos hijos, rebosantes de salud y redondos de gordura.

     El hombre se los llevó, sin decirle para donde.

    La oveja quiso saltar el corral para seguirlos, y rompió un listón de madera. El hombre, furioso, asestándole un golpe en la cabeza:

-   ¡Vaya! -dijo- ¡métase uno a proteger ingratos!.

Godofredo Daireaux.

 Extractado de su obra "Fábulas Argentinas".

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La Soledad y la Distancia en la

 Literatura de Diego R. Oxley

     Diego Oxley nació en Rosario en 1901. Vivió veinte años, veinte largos años de su vida en el departamento 9 de Julio, al norte de la provincia de Santa Fe trabajando como maestro rural y falleció a una edad bien avanzada, en Santa Fe capital. Esa veintena de años en aquellos parajes norteños influyeron en su modo de concebir la vida y su forma de plasmarla.

     Autor de libros como Teutaj (1952); Tierra arisca (1955) y de relatos como Quebrachos (1947); Agua y sombra (1958); Soledad y distancia (1966) por nombrar algunos, configuran su obra ahora, injustamente olvidada o al menos no lo suficientemente apreciada. Es accesible comentar algunos rasgos  bien marcados de sus libros.

     Inés Santa Cruz escribió que en ella se trasciende a algo que va más allá de lo inmediato. “Hay una trascendencia – comenta- de lo natural a lo simbólico. Es la separación de la mira regionalista por parte del autor hacia lo universal, un sumergirse en lo inmediato para arribar a distancias infinitas”.

     Al igual que otras literaturas trabajadas en el litoral, Diego Oxley enmarcó su producción en el río, el monte y la ciudad; tres tópicos recurrentes también en Mateo Booz, en Juan José Saer y en Juan L Ortiz. Pero a diferencia de estos, Oxley trabaja desde la soledad y distancia extremas sobredeterminadas tanto por cuestiones topológicas, geográficas que allí constantemente imperan. Donde la naturaleza constantemente pone a prueba. Es factible de mencionar por otra parte, que tal recurrencia nos sugiere al hombre solo en si mismo. La trascendencia que señala la cita, mas arriba, es que la vida y la muerte en Oxley, y recordando el titulo de alguna novela de Ray Bradbury, es un asunto solitario. La distancia no está hecha de leguas de monte sino del instinto que puja por vivir y que sin embargo siempre cae  donde la naturaleza siempre persiste. “¿En que rincón  de mi vitalidad contenida brotan estas fuerzas que quiero desperdigar? ¿Qué remoto estimulo me conmueve para exaltarme? (…) Me rodea la inmensidad y solo soy una sombra bajo la serenidad de esta luna”, escribe en La noche, la luna y mi sombra. En otro cuento: “Sale al patio y se enfrenta con el cielo estrellado, sereno. Ahí está el río brillando en escamas de plata, imperturbable, salvaje siguiendo con seguridad su camino de siglos”. Oxley tiene el atributo  de hacer de cada uno de sus relatos, situaciones que parecen aisladas, encerradas en una caja de cristal. Su modo de expresión alterna armoniosamente entre la adjetivación poética y la precisión realista. Las adversidades antepuestas a los personajes son algo así como una especie de ritos iniciáticos, que una vez superados, la serenidad, la calma  y la  contemplación atónita retornan. Atónita, ya que el contexto se muestra tal cual es: inmanente, hecho de distancias y de siglos. Esta es exactamente la escuela a la que Oxley acude para enseñar a sus personajes y lectores.

     Tal vez a lo largo de su obra subyace el mensaje de que estamos solos porque nos negamos a volver adonde en verdad somos; porque queremos salir de algo en lo cual no hay salidas, no hay entradas, no hay distancias verdaderas por recorrer. De que estamos hechos de distancias y palabras que no nos fueron dadas a conocer. De que estas dos no logran ni lograrán jamás  ilustrarnos algo demasiado natural, demasiado propio como para simbolizarlo, como para saberlo.

Andrés Ugueruaga.

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Un Nuevo Combate para Tirant

     TIRANT LO BLANC  cabalga aún en una aventura más, ahora en una nueva adaptación hecha por Pascual Alapont al género teatral y direccionada al público infantil. Esta versión, que pueden encontrar en la colección “MICALET TEATRE” acompañada de una introducción y unas propuestas escénicas oportunas, no se centra en una de las partes de la obra, sino que, con un esfuerzo de síntesis acertada y un trabajo dignísimo, recorre el periplo del caballero bretón desde su estadía en Inglaterra hasta su casamiento con Carmesina.

     Frecuentemente, los teóricos de la literatura se interrogan sobre qué es eso de hacer de una obra un buen texto literario, que la convierte en un clásico. Así, por ejemplo, Xavier Bru de Sala en el Descrèdit de la literatura identifica a los grandes autores (o las grandes obras) con aquellos que inspiran a la relectura y que aconsejan. Por su lado, George Steiner dice: “Defino un clàssic  -clásico- (…) como una forma significativa que nos llegeix  -llega- a nosotros. Nos llega a nosotros más que nosotros lo leemos (lo escuchamos, lo percibimos). (…) Cada vez que aborden, el clásico nos interrogará (…). El clásico nos preguntará sobre nosotros: ¿”Has entendido”?, ¿Has imaginado seriamente”?, ¿Estás preparado para actuar a partir de las preguntas, a partir de las potencialidades de ser transformado, enriquecido, que he planteado”? Dice de otra manera: el clásico es con relación a la capacidad que tiene de influencia sobre el receptor. El clásico, por el hecho de ser, tiene el germen de la adaptabilidad y la ascendencia en el lector. 

Adaptar un clásico

     Por ser así, es que hallaron la razón por la cual los clásicos vencen la barrera del tiempo, y a menudo los encuentran enmascarados en adaptaciones de diversa índole, muchas de las cuales se basan en soportes genéricos que ni tan sólo existen cuando el autor primero traza las líneas maestras.

    Así las cosas, hoy tienen a nuestro alcance versiones noveladas y cinematográficas de La Odisea (una obra narrativa originariamente en verso y destinada a ser recitada, cantada) o tragedias y comedias de Shakespeare, adaptaciones más fieles o más libres, como el musical cinematográfico west side story. Estas interpretaciones, si están bien hechas, poseen el encanto de ser una relectura personal de la obra glosada y la capacidad de captar nuevos receptores que se interrogan sobre las cuestiones que el clásico plantea, y en algunos casos, remiten al interesado al original que, por primera vez, segunda o decena, se confrontará con el desasosiego que va a mover al autor primero a salir para escribir sus dudas y sus certezas.

Descubrir el “Tirant”

    Ninguno pone en duda que el TIRANT LO BLANC  de Martorell es un clásico que, además de tener ediciones filológicas, con mucha notas al pie de página, posee también traducciones a un humo de lenguas, versiones actualizadas, transposiciones a cómic, ediciones parciales de algunas de las partes, sin olvidar la película de Vicente Aranda, que ha alzado una cierta pulseada entre los más puristas o elogios entre los más eclécticos.

    Ahora, esta nueva lectura del TIRANT, que Pascual Alapont ha hecho en clave teatral y  pensada para un público a partir de los 10 años, merece todos nuestros reconocimientos, porque seguro, hará gozar e interrogar a aquellos más jóvenes -que, quizás, tropezarán por primera vez con los combates militares y amorosos del caballero bretón -, pero también porque contribuirá al hecho de que algunos de sus lectores-espectadores en el futuro encontrarán la necesidad de indagar en ellos mismos, y buscar las respuestas en el TIRANT de Martorell. Por otra parte, en esta ocasión, Alapont, escritor todo terreno que no desconoce las bambalinas, luce una vez más su repertorio de registros que, además de ser amplio, nunca olvida el elemento humorístico.

Vicent Borrás.

Artículo publicado en L´ILLA Revista de lletres, Secciò Reportatge, pàg. 21, tardor / 2006 / núm. 43, Edicions Bromera, Alcira, València.

Traducción del Valenciano a cargo de Pablo G. Font.

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G. K. Chesterton

      Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874- Beaconsfield, 1936) es conocido, sobre todo, por las historias detectivescas del Padre Brown -una figura bonachona y lúcida que desentraña misterios aparentemente insolubles- y por la novela breve "El hombre que fue jueves" (1908). En ésta Chesterton lleva hasta un límite increíble el carácter paradójico que es una de las características salientes de sus escritos. La historia recuerda a un par de obras del polaco-británico Joseph Conrad: el cuento "El anarquista" y la novela "El agente secreto" (donde anticipa de alguna manera al moderno hombre-bomba). Tanto Chesterton como Conrad no hacen más que reflejar el carácter retorcido y la fluidez de la realidad, ese río del cual hablaba el pre-socrático Heráclito, siempre cambiante.

     Siguiendo con las relaciones, nos viene a la memoria una novela titulada "Armagedón", pergeñada por un autor norteamericano a principios de los años '70, donde se retoma la figura del retrasado mental instrumento del terrorismo. En este caso, ya en una época "mediática", el gran golpe no apunta ya a un emblema de la ciencia y de la medición del tiempo (como el Observatorio de Greenwich), como en la citada novela de Conrad, sino a un show televisivo que se transmite en directo a millones de personas.

     Volviendo a Chesterton, además de la novela y el cuento, cultivó el ensayo (moral, político, literario), la crítica de arte, el periodismo y la poesía.

     Entre sus autores preferidos figuraba Charles Dickens, a quien dedicara uno de sus estudios críticos.

     Refiriéndose a sus orígenes, escribió en su autobiografia publica en 1936 (año de su muerte).

     "Nací de padres respetables, pero honrados; es decir, en un mundo donde la palabra respetabilidad no era todavía un término meramente ofensivo, sino que conservaba alguna leve conexión filológica con la idea de ser respetado".

     Recurriendo una vez más a la paradoja, Chesterton señala algo típico de los tiempos modernos: la degradación y adulteración del lenguaje, reflejo de la subversión de los valores (que en el sentido etimológico consiste en poner como superior lo que es inferior), fenómeno que supiera tratar de manera magistral otro escritor del lengua inglesa, nacido en la India: George Orwell (seudónimo de Eric Blair). 

     Durante la etapa juvenil, Chesterton sintió un especial interés por el ocultismo, la teosofía y el espiritismo, de lo cual luego se arrepintió. Cabe aclarar que en esa época (últimas décadas del siglo XIX y principios del XX) tales manifestaciones espirituales estaban muy extendidas en el ambiente intelectual. El mismo Arthur Conan Doyle, cuyo personaje Sherlock Homles simbolizaba -al menos aparentemente- la encarnación del positivismo racionalista, adhirió de manera entusiasta al espiritismo, escribiendo obras sobre el tema. Oscar Wilde, por su parte, combinaba el satanismo con el ocultismo (como puede apreciarse de manera más o menos velada en "El retato de Dorian Grey"). Tal combinación sería desarrollada en grado sumo por el mago Alistair Crowley, fundador de una abadía satánica en Sicilia.

     En su época madura, Chesterton se convirtió al catolicismo, influido por el historiador y ensayista Hillaire Belloc, autor -entre otras obras- de "Las grandes herejías" (donde sostiene que el islam es una herejía cristiana, planteo que ya se encuentra entre escritores religiosos del cristianismo oriental durante la primera Edad Media) y "La crisis de la civilización". La estrecha relación entre ambos hizo que el irónico Bernard Shaw los evocara con el mote "Chesterbelloc".

     En el terreno político y social, G. K. CH. defendió la tradición greco-latina-católica y repudió el capitalismo exacerbado, el imperialismo y el socialismo, viendo en todos ellos la encarnación de una misma tendencia avasalladora contra la libertad, la espiritualidad, la belleza, la justicia y el bien. Tales puntos de vista se hallan expresados en su obra "Heretics" (1905). Junto con su amigo Belloc pergeñó el "distribucionismo", sistema socio-económico inspirado en la encíclica de Leon XIII "Rerum novarum".

Luis Spissa.

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Gérard de Nerval

     El verdadero nombre de este escritor francés que nació y murió en París era Gérard Labrunie. Su existencia no fue muy prolongada, dado que nació en 1808 y falleció en 1855. Si corta fue su vida, lo mismo no puede decirse de su genio.

     Su trayectoria está ligada al movimiento romántico, sobre todo al germánico. Tradujo del alemán el Fausto de Johan Wolfgang Goethe (1828), entre otras obras.

     Autor de poesías dotadas de una gran riqueza evocativa, también cultivó el teatro (colaborando con Alejandro Dumas) y la narrativa, destacándose sus cuentos vinculados con lo fantástico y maravilloso.

     Para Nerval, al igual que para August Strindberg, la obra artística se asemejaba a la obra alquímica, cuyo secreto íntimo revela. Cultor del esoterismo, se adentró en los misterios de la gnosis, el orientalismo, el pitagorismo la alquimia y el tarot. Junto con Honoré de Balzac guió a Charles Baudelaire en el estudio del hermetismo.

     No fue menor su talento como crítico y publicista.

     Bohemio y noctámbulo, poseía un espíritu extraño y exquisito. Desde 1851 sufrió encierros en diversos nosocomios mentales.

     En un ataque de locura Gérard de Nerval terminó con su vida, según algunos colgándose de una de las vigas de un cuarto y según otros ahorcándose de un farol en la calle Vieille Lanterne (es decir, en la calle del Viejo Farol). Quizá, remedando a Odín, que se colgó de un árbol, o a otras figuras divinas que se ofrecieron en sacrificio, Nerval pensaba que la inmolación era el paso previo para acceder a la suprema sabiduría.

     Podría aplicarse a este artista el aserto, hoy poco empleado, de "genio y figura, hasta la sepultura". Murió como vivió, fiel a un destino trágico, como el de Fausto.

     Su compleja, rica y atormentada personalidad se reflejan en sus creaciones, donde se combina la realidad profana y la realidad de los sueños, la realidad fantástica. Por esa razón se lo considera un precursor de la poesía moderna y, más precisamente, del surrealismo.

     En su libro Voyage en Orient (Viaje al Oriente) recopila sus impresiones sobre un viaje que realizara al Oriente en 1843. Cabe destacar que los románticos, especialmente los alemanes, iniciaron el estudio sistemático de las antiguas filosofías y religiones del Asia milenaria.

     Sus narraciones líricas se reúnen en el libro Filles de Feu (Hijas del Fuego).

     No menos interesantes resultan la compilación de sus sonetos Les Chimères (Las Quimeras) y las novelas cortas Sylvie (Silvia)  y Aurelia, o el sueño y la vida, producto del entrelazamiento entre la lucidez y el delirio.

     Entre sus composiciones teatrales figuran Los Burckhart y Escenas de la vida oriental.

     Napoleón y la Francia guerrera y La muerte de Talma fueron otros de los libros que escribió. 

     Nerval no fue debidamente conocido hasta bastante después de su muerte.

Greg Haedowm.

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Manuel Puig

 o la Evocación de la Imagen

     Evocar a Manuel Puig, a los libros de Manuel Puig y a la literatura son sino el intento y el ejercicio entre tantos otros, de evocar la imagen. La labor de nuestro escritor, en este caso, ha sido desarrollada en un contexto bastante peculiar y fronterizo: se trata esencialmente de imágenes desarrolladas en palabras, imitando, reproduciendo a su vez, las técnicas del cine. Los libros de Puig son películas o telenovelas narradas, recreadas por metáforas aparentemente estéticas que sin embargo dejan  entrever de modo concreto y nítido el clímax que allí se vive. Tal modo de concebir este arte o mejor dicho, estos dos artes  plasmados en papel y tinta, le valió el  reconocimiento  de la critica  literaria  de la época y posteriormente, pensando en “Boquitas pintadas” y en “El beso de la mujer araña”, sus obras fueron llevadas a la pantalla.

     Según Bella Jozef: “La novela de vanguardia también constituye un mito para las capas ociosas de nuestra sociedad patronizada, en la cual el artista sucumbe al crear su mensaje apocalíptico, no incorporado a la vacuidad de las dime-novels producidas en serie por la industria cultural”. Manuel Puig tomó elementos mas que relevantes de la cultura popular, para reproducir una vez mas a lo largo de la historia, al que tiene algo que contar. La verdad que alli se expresa es incuestionable.

   Evocar  a su vez la imagen  es pensar en muchos sentidos: el sentido psicológico, el social y el moral. En la antigüedad, Epicuro se refería a ellas como meros simulacros o como ídolos, pensando en la cosificación  de las imágenes. Que la imagen , él decía, es una entidad de menor cuantía y que se da en la conciencia como cualquier otra cosa. La imagen como la connotación  de la apariencia y está en el arte de lo que creemos verdadero. La imagen como objeto dela inteligencia, en la que mediante la cual, colegimos el mundo.

     En resumen: en un sentido psicológico, la imagen es en lo cual reside el conocimiento de uno mismo, en especial de nuestro cuerpo, respecto al mundo y de relacionar a ambos, de allí la inteligencia. Manuel Puig a lo largo de sus libros suele describirlo absolutamente todo. Desde el desamparo  de sus personajes que conversan, el autor jamás se da a conocer, al  menos directamente. Comenta Alberto Cousté: “ La solidez de su obra demuestra que tenía razón en su apuesta, y que la identidad no está reñida  con la búsqueda perpetua”. Es que las parte que componen la totalidad de su obra, son como bloques conjugados con piadosa lucidez, en que no se logra concertar el todo. Algo siempre continua escondido, no dicho. El sentido psicológico y el sentido estético  concuerdan con aquel despropósito, pues a pesar de estar todo dicho y mostrado, aun así continúan los puntos ciegos en su obra, lo cual no hacen mas que engrandecerla. Así como el yo es un eterno buscador de un corazón en el mundo, del tiempo perdido o simplemente de sí mismo, la búsqueda y hallazgo siempre se prestan a una ambigüedad irreductible. En cierto modo ni una de las dos ocurren totalmente. Lo elíptico predomina en esa organicidad, . Los personajes de Puig actúan su obra, lo atacan, le arman libros enteros , aman y luego se desengañan. Pero hay algo que no saben o no quieren saber: las correspondencias compulsivas de los enamorados, una muerte no del todo clara, las adivinaciones de la gitana, son sino una continuidad que denota un conocimiento conjunto que va creando hechos, hechos que ellos mismos no logran entender ni por tanto decirlo.

   En sus novelas las mujeres son siempre las principales protagonista. La obsesión de Puig por la problemática de sus heroínas despechadas o desengañadas de sus amantes nos hacen deducir que, en sus obras, abunda la intuición femenina. En todos sus libros, se puede decir, jamás hay un pensamiento que podamos llamar racional. Puig se olvida  del modelo patriarcal de la sociedad de su época y donde el hombre era el señor de la casa y la voz oficial de la razón.

    Pero el  elemento mas fuerte, es que Manuel Puig encara sus libros  como tantos otros escritores, en situaciones  dentro de un contexto mágico, dentro de un contexto que se justifica a sí mismo, como en otra realidad. Los sueños en “Pubis angelical”, de la mujer que está muriéndose en un hospital mejicano  por ejemplo; el don adivinatorio  de las dos mujeres desdoblan la realidad, o si se quiere, los inserta en ella; los pensamientos  que se dan dentro  de las conversaciones en “Boquitas pintadas”; la homosexualidad, las notas al pie de la pagina en “El beso de la mujer araña” y en tantos otros  inacabables recursos, multiplican el contexto de lo real , tal vez para suplir la exacerbada autonomía  de sus personajes. Cuyas ambigüedades propias de nuestra cultura, los hace ver desamparados. Pues no es que el contexto les sea adverso, como comentaba Cousté, sino que por el contrario, la ambigüedad es la condena que cada uno de ellos llevan. Pues las situaciones son esclarecedoramente claras, enturbiadas sino por la ambigüedad que ellos mismos ignoran.

Andrés Ugueruaga.

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Rudyard Kipling

( 1865 - 1937 )

     Kipling nació y pasó parte de su vida en la India. Sus experiencias en el país asiático, que era la joya más preciada del Imperio Británico, supo recrearlas y volcarlas en su obra literaria. Se le considera el mejor cronista de la experiencia colonial británica en el subcontinente hindostánico.

     La infancia del escritor transcurrió en la India. Su ciudad natal fue Bombay. Su padre fue John Lockwood Kipling (autor e ilustrador de Beast and Man in India).  Su madre, Alice, estaba emparentada con el pintor y dibujante Sir Edward Burne-Jones.

     En 1871 Kipling se trasladó, junto con su hermana menor, a Gran Bretaña para desarrollar sus estudios. Pasó allí cinco infelices años en la casa de un pariente anciano que residía en Southsea. Esta etapa de su vida fue recreada posteriormente con cierta amargura en la narración Baa, Baa, Black Sheep. Hacia 1878 el futuro escritor se trasladó a una escuela privada de categoria inferior (United Services College) destinada a los hijos de funcionarios públicos. Allí comenzó a escribir poesía, publicando un volumen en 1881. Los relatos de Stalky & Co. testimonian su vida en esa institución.

     De regreso en la India, Kipling se instaló en Lahore, dedicándose al periodismo entre 1882 y 1889. Una de sus obras más famosas, Plain Tales from the Hills, justamente fue editada en primera instancia por "The Civil and Military Gazette", publicación que le contaba como colaborador.

     Sus primeros versos, de corte satírico, fueron agrupados en el libro Departamental Ditties (1886) - traducidas al castellano como Canciones del distrito. Dos años después pergeñó la ya citada recopilación de relatos Plain Tales from the Hills (Sencillas historias de las colinas), que se inicia con la narración Lispeth, triste historia que refleja el amor imposible entre una joven hindú y un inglés y dos concepciones culturales muy diferentes. La obra Soldiers Three también data de este período.

     Su estilo vigoroso, sencillo -tomado de la práctica periodística- se fortaleció y perfeccionó por la influencia de Robert Stevenson y Guy de Maupassant, dos excelentes narradores.

     En funciones periodísticas fue enviado a Inglaterra, adonde llegó tras visitar Japón y los Estados Unidos. Trasladó las vivencias del periplo en From Sea to Sea (1889) - De mar a mar.

     En Londres se editó su primera novela: The light  that Failed (1891) - La luz que se apaga. Esta novela obtuvo menor repercusión que sus relatos. También se publicaron en la capital del Imperio las siguientes obras de Kipling: Life's Handicap - Peripecias de la vida - y Barrack-Room Ballads (1892) - Baladas de cuartel. Las mismas lo hicieron famoso como adalid del imperalismo británico. En sus concepciones imperialistas y su afán didáctico influyó el trato que mantuvo con el nacionalista William Ernest Henley. Al respecto, en la Enciclopedia Salvat Monitor (Barcelona, 1966) se expresa lo siguiente:

     "Su vocabulario poético se enriqueció con vocablos técnicos, militares y dialécticos, dando a sus baladas una marcha rítmica y onomatopéyica, que refleja las causas del colonialismo y de la civilización mecánica."

     Tiempo después se trasladó a los Estados Unidos, afincándose en Vermont (Nueva Inglaterra). Permaneció en ese país americano cuatro años (1892-96). Los libros The Jungle Book (1894) - El libro de la selva -, The Second Jungle Book (1895) - El segundo libro de la selva -, Captains Courageous (1897) - Capitanes intrépidos - y la colección de poemas The Seven Seas (1890) - Los siete mares - reflejan la influencia norteamericana.

     Kipling se había casado en 1892 con Caroline Balestier, la hija de su agente literario norteamericano.

     En 1896 retornó a Inglaterra, estableciéndose de manera definitiva hacia 1902 en Bateman's (Sussex). Kim (1901), una de sus obras más renombradas, data de este nuevo período. 

     Kipling compuso asimismo una gran cantidad de cuentos para niños y adolescentes: Stalky & Co. (1899), Just So. Stories for Children (1902) - Precisamente así. Historias para niños - Puck of Pook's Hill (1906) - Puck de las colinas -, Rewards and Fairies (1910)  - Recompensas y hadas.

     Kipling siguió viajando a través del mundo. Visitó Sudáfrica rn 1900, durante la guerra anglo-boer. Desde allí envió crónicas que se destacaban por sus consideraciones sobre la violencia y por su ardiente imperialismo, que contrastaba con el creciente sentimiento anti-imperialista que se estaba expandiendo en la misma Gran Bretaña.

    La formidable habilidad verbal de su madurez tendió a distanciarse de la crudeza, de la violencia y del sentimentalismo de sus obras iniciales. De esa manera, al acercarse la Primera Guerra Mundial, su obra se fue tornando paulatinamente cada vez más sombría. Manifiestaciones de ese nuevo talante son creaciones tardías como A Diversity of Creatures (1917), Debits and Credits (1926) y Limits and Renewals (1932).

     La muerte de su único hijo en 1915 contribuyó en ese cambio de perspectiva.

     En 1907 recibió el Premio Nobel de Literatura.

     Kipling falleció en Londres y fue enterrado en la Abadía de Westminster.

     Póstumamente se publicó una autobiografía que no llegó a concluir: Something of Myself.

Greg Haedowm. 

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Lo Kafkiano

     El 2 de Junio de 1963, en Palma, Mallorca, Camilo José Cela escribió en su prologo para “La colmena” que la literatura no es una charada sino mas bien una actitud. Esto implica decir que tal actitud va en consecuencia, consigo misma: el escritor es la premisa de lo individual primero y tal vez, solo tal vez, la representación de su generación y su tiempo. Ahora bien: lo kafkiano, lo que se suele entender por lo kafkiano es una de las tantas actitudes y una de las mas conocidas que yacen paradas ante la literatura, el universo y el mundo. Lo kafkiano a prima facie es la voz o el accionar del hombre sin atributos, en permanente y estéril diáspora por el mundo, accionando allí donde nada hay por hacer…

     Borges en “Kafka y sus precursores” creyó reconocer sus hábitos, su voz, su impronta frente al mundo mediante algunos textos que denotaban lo kafkiano. En cambio citemos palabras que califican lo kafkiano según Borges: lo inamovible; lo que nunca podrá llegar; lo sobrenatural; lo ambiguo; lo ambiguamente desconocido; lo que se desconfía; el que desconfía; lo desconocido que uno o cree tener; lo apócrifo…

     Por otra parte, Albert Camus, en “La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”, con buenas razones replica que su obra es un símbolo harto difícil de entender. A pesar de la naturalidad con la que Kafka narra sus relatos. “Los grandes problemas están en la calle” asegura el filósofo francés recordando a Nietzsche, para recordarnos que entre lo cotidiano y lo sobrenatural, está la esperanza kafkiana, como una medida que crece ante la adversidad, la cual es algo así como un teorema de lo absurdo. Pero en la actitud kafkiana solo esta esperanza, este accionar, es el que nos absuelve.

     Podríamos afirmar también que lo kafkiano es la actitud de una entidad frente a un registro simbólico como cuando Camus habla tanto de  lo cotidiano como de lo sobrenatural, junto a todas las características registradas por Borges. Hay así una noción mas acabada de lo kafkiano.¿ Pero qué mas puede decirse de lo kafkiano, Cómo se produce? ¿De qué modo opera?

     Lo kafiano es una aspiración  o acción que de antemano carece de sentido. Es una aspiración o un hecho que jamás llega a consumarse, y en la que el hombre jamás logra entrar a su historia esencial. Lo sobrenatural jamás es explicito en lo kafkiano, mas bien se explaya en eventos cotidianos, eslabonados, que finalmente dan cuenta de un hecho que a lo largo del libro es extraño y sobrenatural. En “La metamorfosis”, la mutación de Gregor Samsara reside directamente en lo grotesco, como un hecho social: el mutismo y encierro del personaje repercute en todo el entorno. Como el silencio que despierta sospechas y ruido. Vale acotar la cercanía entre Kafka y “los esperpentos” de  Valle Inclán. “La metamorfosis” es un disparate que contiene a su vez dos sentidos  y no uno. Cuando uno está a punto de desestimar una obra de tamaña dimensión por ser justamente un disparate, resulta que es una realidad sistemáticamente deformada,  recargada de valores grotescos y absurdos, a la vez que se degradan los valores literarios consagrados; para ello se dignifica aquí  un lenguaje coloquial y desgarrad; la materia para el esperpento la ofrece el inframundo en sus varias formas. Esta es una definición que nos acerca a los esperpentos y a su vez a lo kafkiano. 


     Por otra parte lo sobrenatural es el resultado de dos o más hechos, y conforma el punto oscuro de la obra.


     En un sentido cronológico, lo sobrenatural no aparece jamás en un primer momento sino que lo hace entre hechos lógicamente concertados,  como si el personaje que los realizara, fuera por un momento borrado de la escena, para dar lugar a lo sobrenatural (ya sea lo divino o lo demoníaco). Lo sobrenatural puede expresarse en como un impedimento o en una facilitación demasiado evidente, como si un ser superior tendría  algo que ver con la historia, siendo lo kafkiano en este caso, el desconcierto de  alguien que no tiene noción de ello.

     Kafka supo hacer que las partes de sus novelas rebasen la totalidad de las mismas: “El todo es más que la suma de las partes”, tal como reza una formula física. . Hay a lo largo de sus obras un punto sobrenatural donde hace su aparición y lo cual la motejamos como absurdas  o hasta incluso como mágicas. En que la verdad, cada vez más apremiante y  por momentos desfigurada, sobrepasa con creces cualquier cuestión  (como por ejemplo la moral). No se llega a discernir  si lo que ocurre es parte de un acontecimiento, es parte de un plan  o es el modus operandi  ubicado entre el destino y la manufactura  de alguien que jamás se da a conocer.


     Cuestiones como estas se dan en kafkiano: los personajes son despojados a favor de una implacable verdad a la cual todo le pertenece, y que Albert Camus  lo llamó “Dios” (“No hay nada que no sea de Dios”) a ese sentimiento oceánico que los aplasta a cada línea y a cada pagina; pero eso sin hacerse conocer. Lo kafkiano es algo más  que simples metáforas, signos y símbolos representativos de un férreo impedimento por conocer lo esencial. Es una actitud mucho más concreta, sublime y desesperada: es la búsqueda de la esperanza mediante la acción y la espera realmente verdaderas, “en el desierto de la gracia divina”.

Andrés Ugueruaga.

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Wolfram Von Eschenbach

 y el santo grial

    Poeta épico y minnesinger (cantor del amor cortés) germano que vivió aproximadamente entre los años 1170 y 1220. Nació en Baviera, en el sur de la actual Alemania e integró un grupo de artistas protegidos por el landgrave de Turingia en el castillo de Wartburg. Su única obra completa es el Parzival, composición épica notable por su lirismo, humor y profundidad filosófica. Tiene un sitial entreb los más grandes poetas medievales, como el Dante. Willehalm es su otra gran obra. La misma se inspira en la canción de gesta de los Aliscans. En ambas creaciones sintetizó una profunda concepción poética, mística y filosófica del mundo. La lucha entre el bien y el mal, el triunfo de la castidad y la redención por la fe son algunas de las cuestiones allí tratadas. Eschenbach era un caballero templario.

    Parzival, Parsifal, Percivale o Perceval es uno de los principales protagonistas de la leyenda artúrica. Su nombre significaría "el que va a través del valle o de los valles", lo cual podría tener un sentido simbólico (es decir, el que supera los escollos, representados por las montañas).

      Parzival aparentemente es una forma tardía que asumió un héroe de la mitología céltica: Gawain. La búsqueda del Grial emprendida por estos caballeros de la Corte de Arturo también se enraiza en tradiciones célticas. Es muy probable, a su vez, que los celtas (básicamente, los druidas, sus líderes espirituales-políticos) hayan tomado estas tradiciones de un antiguo pueblo que habitaba la vertiente atlántica de Europa antes de la expansión célta desde Europa central. Suele definirse a esta población por sus rasgos físicos: dolicocéfalos gráciles.

      Chrestien o Chrétien de Troyes es el autor de la primera obra escrita (o, por lo menos, de las que se han conservado) acerca de la búsqueda del Grial emprendida por Parzival. (*)

    Eschenbach dice inspirarse en un texto del trovador occitano Guyot. No sabemos si éste existió en verdad o es un producto de la imaginación del poeta germano. Es probable que haya alguna verdad profunda, aunque simbólica, en tal atribución. Eschenbach se habría nutrido, al menos parcialmente, de tradiciones (saberes) trascendentes transmitidos por los poetas del sur de la actual Francia (por entonces Languedoc u Occitania), norte de España y norte de Italia que empleaban la lengua de oc. El malogrado sabio alemán Otto Rahn profesaba la creencia de una íntima relación entre Eschenbach, los trovadores occitanos, la preservación del Grial y los cátaros, quienes habrían sido sus guardianes. Antes de la caída del último bastión principal del catarismo (Montsegur), la copa sagrada -elaborada a partir de la diadema caida de la frente de Lucifer tras su caída por rebelarse contra Dios- habría sido escondida en las profundas grutas del Sabarthes.

     Munsalvaesche, el Castillo del Grial en la obra de Eschenbach, sería Montsegur (el Monte Seguro o de la Salvación). Richard Wagner, a fines del siglo XIX, recreó el Parzival y Munsalvaesche pasó a ser Montsalvat.

     En la leyenda artúrica, el rey Amfortas (custodio del Grial) es herido por el mago diabólico Klingsor y su espada (símbolo e instrumento del poder) es robada. Amfortas está asociado con el Rey Pescador (el "pescador de almas", de "conocimientos supremos"). Su herida sanará y la espada será recuperada sólo por obra de un caballero puro, inocente y temerario (un "loco"). Es decir, por una figura que no esté contaminada por el mal mundano y que conjugue valores, superioridad espiritual y don guerrero. Este héroe ha crecido en la soledad del bosque y tras unirse a la corte artúrica (el polo del Bien frente a la corte de Lucifer, el polo maligno) perpetra una serie de aventuras (pruebas iniciáticas) previas a la acción suprema: la Búsqueda del Grial (símbolo de la energía y del saber esencial, del supremo bien). Su obtención permitirá la redención del rey (la cabeza) y de la comunidad (el resto del organismo) heridos de muerte por el caos luciferino. Recordemos que el mal no tiene entidad propia. Es la privación del Bien. Obtenido, recuperado el Bien, aquel desaparece. El Orden se impone sobre el caos, reinstaurando el acto de la Creación.

Greg Haedowm.

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     Chrétien de Troyes es un poeta francés de origen celta que vivió entre los años 1135 y 1185 aproximadamente. No pocos estudiosos lo han considerado el mayor poeta medieval después del florentino Dante Alighieri. En la Enciclopedia Salvat Monitor (Barcelona, 1966) se brindan los siguientes datos sobre su obra:

     "Más que a las pocas poesías que compuso, la fama de C. se debe a las aventuras y a los romances, sobre todo del ciclo bretón y de Artús. Dando nueva forma y esplendor a la literatura "cortesana" señaló una época de arte original en el norte de Francia. Aún con una diversa concepción de la vida, C. se inspiró en los modelos de la poesía trovadoresca e introdujo un nuevo metro: las octavas rimadas a pares. De sus imitaciones juveniles de Ovidio se conserva la Philomela, y con buen fundamento se le atribuye un Guillaume d'Anglaterre. Además de Cligès y de Erec et Enide, los grandes poemas de C. que han llegado a nosotros son Lancelot ( o el Caballero de la Carreta), Iván (o el Caballero del León) y Perceval (o la historia del Grial), iniciado en 1181 a petición de Felipe de Alsacia e inacabado por la muerte del poeta".

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Fedra, Fedro y Esopo

     En la mitología griega Fedra es la esposa de Teseo, hija del rey cretense Minos y de Pasifae. Habiéndose enamorado de Hipólito -hijo de su esposo-, al ser rechazada por el joven le acusó de acosador ante Teseo. Este lo entregó a las iras del dios Neptuno. Fedra, arrepentida por su vil acción, se ahorcó. Hipólito había nacido de la unión de Teseo con la reina de las amazonas Hipólita.

     El griego Eurípides, el romano Séneca y el francés Jean Baptiste Racine utilizaron este drama para componer sus respectivas tragedias.

     Tragedia (obra teatral triste y final generalmente infeliz) es una palabra griega.    Tragoidia significa literalmente "canción o canto de machos cabríos".   Aparentemente esta denominación se debe a que las primitivas tragedias griegas incluían a sátiros representados como hombres con patas de cabra). Tragós significa macho cabrío y oidia deriva de oidé (canción). El castellano oda se origina en oidé.

     Fedro (del griego phaidros) fue un fabulista latino, liberto del emperador Augusto, que vivió entre los años 15 a. C. y 50 d. C. Compuso unas 145 fábulas, algunas de ellas originales y otras adaptaciones de las de Esopo. Este último, otro gran fabulista griego (siglo VI a. C.), se abocó a recoger composiciones que circulaban oralmente. Las fabulas de Esopo fueron recogidas, a su vez, en el siglo XIV por Máximo Planudes. Ciertos estudiosos han puesto en duda la existencia de Esopo, al menos en tanto ser humano de carne y hueso.

     Una de sus fábulas más famosas es la títulada Gragulus superbus et pavo (El grajo vano y el pavo real), difundida por el francés Jean de la Fontaine (1621-1695), quien recogió la fábula con el título Le geal paré des plumes du paon. En España también fue divulgada por Samaniego bajo la denominación El grajo vano.

     Estas fábulas tienen una intención pedagógica y moralizante, ilustrando verdades universales.

      Fedro es también un diálogo de Platón que versa sobre la belleza y la retórica.

Javier Etcheverry.

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Spoon River

     La antología de Spoon River fue escrita por Edgar Lee Masters. Su novedosa manera de concebir lo poético merece alguna que otra reflexión, aunque no pondremos en tela de juicio el valor poético intrínseco en esta nota el cual es discreto, ya que su estilo se parece más a la prosa realista que al  vuelo poético de Whitman, tan  admirado por Masters.

     Lo cierto es que Spoon River, el río Spoon, es un río que atraviesa el noreste de Estados Unidos en el estado de Illinois. Edgar Lee Masters sin embargo le dio este titulo, el carácter de una región. Este invento o artilugio geográfico, si así se puede denominar a esta trasgresión, representó para Edgar Lee Masters un ámbito en que se dio una continuidad temporal, aunque en el pasado, nunca en “el presente” que a Masters le tocó vivir. Su continuidades un rico encadenamiento de vidas y nombres ignotos, desterrados y exhibidos en formas de poemas. Spoon River es una geografía imaginaria con vida propia y que contiene la capacidad de ser no siempre el mismo (como alguna vez dijo Bertrand Roussel). O bien: Spoon River es una simbolización de un río con sus aguas que corren y que muta ya que uno no baja siempre al mismo río, tal como pensó Heráclito. Edgar Lee Masters en este libro enseña de lo efímero de la vida, por lo que cada vida se resume en una página; como también está la reinterpretación del pasado, que según él, tenia la capacidad de cambiar. Sus numerosos  personajes nos hablan desde la muerte. Hay incluso una insinuación de “lo posible” inserto en el pasado…En “Cassius Hueffer” dice: “Mi epitafio debería haber sido: ¨La vida no fue amable con él,/ y en el los elementos se combinaron de tal / que le hizo la guerra a la vida/ y en ella la mataron/ En vida yo no aguantaba las malas lenguas;/ y ahora que estoy muerto tengo que soportar/ un grabado de un tonto”.

     Edgar Lee Masters se anticipó en  varias décadas al realismo mágico, como también al “Pedro Páramo” y quizás también al revisionismo histórico. Después los años arribarían con sus Macondos y sus Santa Marías. El monologo del pasado no hace más que decir lo que realmente es. Casi doscientos cincuenta personajes nos hablan de sus vicisitudes en Spoon River, esa región del pasado. La insistencia de esta antología por parte de su autor, le habrá significado la construcción de un nexo y un testamento de lo anónimo. Es el retorno lo que se reivindica mediante este libro. El cual incluso contiene consideraciones de lo que ellos llamaban “Futuro”

     Así como Stephen Jay Gould dijo alguna vez que Dios habita en los detalles, podríamos agregar que los que Dios hace está en el devenir, incluso en la voz que ya se fueron, nos hace ver que todo ha cambiado pero algo sigue allí.

     En cuanto a su concepción literaria no es única aunque si en poesía. De todas maneras Spoon River nos recuerda bastante a “Vidas Imaginarias”  de Marcel Schwob, ese desfiladero de voces que van desde las más celebres hasta las más anonimas.El brillo de libros como éstos  se debe quizás a cierta ignorancia: hay una verdad por siempre velada…Estos indicios dan la impresión de que hay algo que existe de hecho pero que se nos escurre entre las manos. Estos libros a modo de desfiladeros, lleno de inflexiones y de terceros, nos hablan algo muy sinuoso e inasible. Es como el Ser de Heidegger conectivo y múltiple aunque pobre su significación. En Masters el ser es también la esencia y el origen. En este punto, en donde uno de los personajes, “Griffy el tonelero”: Quizá piensas que tus ojos abarcan un vasto horizonte / pero en realidad no ves más que el interior de tu tonel./ No te  puedes asomar por encima del borde / para ver las cosas que hay fuera y a ti mismo a la vez”.

      En Spoon River como en cualquier otro libro que juega con lo fragmentario, se enfatizan situaciones aisladas. Es más lo que no se dice que lo que sí se dice. Como los haikus japoneses, estos fragmentos insinúan  mas de lo que dicen de ahí, la inducción de este tipo de libros a la más intima subjetividad.  

      En el prologo al Pensamiento Vivo de  Ralph W. Emerson, Masters anotó un verso de John Burroughs:

“Quien se atreve a afirmar al Yo

Puede esperar tranquilamente mientras el Hado

                                                                         apresurado

Satisface sus demandas con seguridad”

      Desde este punto de vista, la concepción de Spoon River es semejante a la de Hume: si bien hay un Yo este es bastante etéreo y difuso. Y que la humanidad en fin no es más que un manojo de percepciones rápidas, fugaces a lo largo de la vida que en verdad jamás muere ya que la vida es vida; los únicos que alguna vez morimos somos nosotros.   

EL mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer

      Macedonio Fernández en “No todo es vigilia para los ojos abiertos” afirmó con justa razón que la obra capital de Schopenhauer que consta de tres volúmenes puede ser resumida en unas pocas páginas. Esta joya filosófica que sin miedo a contradicción, podemos ubicarla entre los diez libros más influyentes para el quehacer humanista de los últimos doscientos años, amerita algún comentario.

      El goce estético que nos da su sistema metafísico como para resumirla en unas pocas páginas; la profundidad y simpleza de sus ideas, más su persistencia en el tiempo, hacen pensar que es un libro que ya está “tallado en el tiempo”.

     Como el pensamiento alemán mismo, “El mundo como representación y voluntad” en el cual conviven el pensamiento occidental y el pensamiento oriental (más específicamente el hindú). El pensamiento de los griegos y el moderno; y por gracia de Arthur Schopenhauer  ver mediante sus iluminaciones, el vislumbramiento del pensamiento actual.

     Schopenhauer inauguró hacia 1816 una corriente que se extendería desde Nietzsche pasando por Freud y Foucault, hasta llegar a  Deleuze, lo cual habla de su vigencia.

     Desde el termino  “representación”, termino empirista desde luego kantiano surgió la multiplicidad que caracteriza el pensamiento de  Schopenhauer. Tal como la posibilidad  de existir en el espacio y en el tiempo, llevan a decir al héroe schopenhaueriano que “el mundo es mi representación”, semejante a la de “El Judio errante” cuando Jesús condena a Cartaphilus (Isaac Laquedem) diciéndole “Continuaré, pero tú errarás hasta que yo regrese”. En que lo errático de Cartaphilus y en donde se halla su obrar siempre por fuera de la razón.  En ese errar constante está la más nítida representación de su metafísica. La causalidad también kantiana no encuentra lugar en este sistema. La nada es la plenitud invisible del mundo y cuya evidencia debe ser enseñada por la palabra, tal como pensó Blanchot. La representación que nos enseña Schopenhauer es la de un mundo pleno, que trasciende la moral y las creencias establecidas y en el que según el metafísico, se aconseja el retiro, así como alguna vez Parménides aconsejó la espera. Todo para que la vida continúe pasando, tal  como pasa un sueño, tal como grita Bassanio en “El mercader de Venecia”: “Las  más brillantes apariencias pueden cubrir las más vulgares realidades. El mundo vive  engañado por relumbrones.”

     Desde el término Voluntad es justamente la añoranza, el deseo y el dolor  que todo individuo conlleva en semejante mundo: “Individuo” y “Voluntad”. Para Schopenhauer el principio de individuación  es un error, un velo  ya que es el individuo que ha perdido su origen, al cual el individuo correspondía. Por eso: ¿Qué es el accionar individual sino el esfuerzo esencial de conseguir lo ya perdido?...Ese es el interrogante  Sartre se hace al figurarse a Baudelaire , en la biografia que él escribió sobre el poeta y agrega que Su esfuerzo esencial es el de la recuperación . La imagen suya que busca en los demás se borra si cesar (…) porque se busca en el espejo tal como se ha compuesto: es la imagen de su actividad”. Sastre no hace otra cosa que remitirse a la voluntad  promulgada por Schopenhauer: El desconcierto  ante el espejo es haberle sacado certezas a algo que estuvo allí. Es un camino heroico hecho a medias, pues hay una retirada que para  la doctrina  va más allá de la muerte que lo estético y el arte. Cuando volvemos a caer una vez más en la inacción que Schopenhauer proclama: la contemplación como el estado perfecto de la voluntad, en el essere. Esa unidad múltiple y pobre de significación.

     Arthur Schopenhauer al igual que su obra capital son indicios reveladores del pensamiento alemán: ese pensamiento casi impersonal que está en todos lados y que se hunde en el origen mismo de las cosas. Ese pensamiento al que le otorgamos injustamente una nacionalidad es en verdad común a todos.

Andrès Ugueruaga.

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Desde La Pampa

Poema de Rubén Darío

¡Yo os saludo desde el fondo de la pampa! ¡Yo os

saludo

bajo el gran sol argentino

que como un glorioso escudo

cincelado en oro fino

sobre el palio azul del viento,

se destaca en el divino

firmamento!

Os saludo desde el campo lleno de hojas y de luces

cuya verde maravilla cruzan potros y avestruces,

o la enorme vaca roja,

o el rebaño gris, que a un tiempo luz y hoja

busca y muerde,

en el mágico ondular

que simula el fresco y verde

trebolar.

En la pampa solitaria

todo es himno o es plegaria;

escuchad

cómo cielo y tierra se unen en un cántico infinito;

todo vibra en este grito:

¡Libertad!

Junto al médano que finge

ya un enorme lomo equino, ya la testa de una esfinge,

bajo un aire de cristal,

pasa el gaucho, muge el toro,

y entre fina flor de oro

y entre el cardo episcopal,

la calandria lanza el trino

de tristezas o de amor:

la calandria misteriosa, ese triste y campesino

ruiseñor.

Yo os saludo en el ensueño

de pasadas epopeyas gloriosas;

el caballo zahareño

del vencedor; la bandera,

los fusiles con sus truenos y la sangre con sus rosas;

Ia aguerrida hueste fiera,

la aguerrida hueste fiera que va a toque de clarín,

el que guía, el Héroe, el Hombre;

y en los labios de los bravos, este nombre:

¡San Martín!.De la pampa en las augustas

soledades,

al clamor de las robustas

cien bocinas del pampero, yo saludo a las ciudades

de la mar,

con sus costas erizadas de navíos,

con sus ríos

donde mil urnas colmadas su riqueza han de volcar.

¡Argentinos, Dios os guarde!

Ven mis ojos cómo riega

perla y rosa de la tarde

el crepúsculo que llega,

mientras la pampa ilumina

rojo y puro, como el oro en el crisol,

el diamante que prefiere la República Argentina:

¡Vuestro Sol!

 

Rubén Darío.

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Fábulas de Esopo:

 El Asno que cargaba una Imagen

     Una vez le correspondió a un asno cargar una imagen de un dios por las calles de una ciudad para ser llevada a un templo. Y por donde él pasaba, la multitud se postraba ante la imagen. 

     El asno, pensando que se postraban en respeto hacia él, se erguía orgullosamente, dándose aires y negándose a dar un paso más. 

     El conductor, viendo su decidida parada, lanzó su látigo sobre sus espaldas y le dijo: 

     -¡Oh, cabeza hueca, todavía no ha llegado la hora en que los hombres adoren a los asnos!

                          Nunca tomes como tuyos los méritos ajenos.

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Fábulas de Esopo:

 La Viuda y su Oveja

     Una pobre viuda tenía una única oveja. Al tiempo de la trasquila, y deseando tomar su lana en forma económica, la trasquiló ella misma, pero usaba la herramienta en tan mala forma que junto con la lana le cortaba también la carne. La oveja acongojada y con dolor, le dijo: 

     -¿Por qué me maltratas así, ama? ¿En que te puede beneficiar el agregar mi sangre a la lana? Si quieres mi carne, llama al carnicero quien me matará al instante sin sufrimiento, pero si lo que deseas es mi lana, ahí está el esquilador, quien me esquilará sin herirme.

     Antes de ejercer una actividad, prepárate y

 entrénate  adecuadamente para ejecutarla bien.

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Fábulas de Samaniego:

 La Cigarra y La Hormiga

( Fábula II )

Cantando la Cigarra

Pasó el verano entero,

Sin hacer provisiones

Allá para el invierno;

Los fríos la obligaron

A guardar el silencio

Y a acogerse al abrigo

De su estrecho aposento.

Viose desproveída

Del preciso sustento:

Sin mosca, sin gusano,

Sin trigo, sin centeno.

Habitaba la Hormiga

Allí tabique en medio,

Y con mil expresiones

De atención y respeto

La dijo: «Doña Hormiga,

Pues que en vuestro granero

Sobran las provisiones

Para vuestro alimento,

Prestad alguna cosa

Con que viva este invierno

Esta triste Cigarra,

Que alegre en otro tiempo,

Nunca conoció el daño,

Nunca supo temerlo.

No dudéis en prestarme;

Que fielmente prometo

Pagaros con ganancias,

Por el nombre que tengo.»

La codiciosa Hormiga

Respondió con denuedo,

Ocultando a la espalda

Las llaves del granero:

«¡Yo prestar lo que gano

Con un trabajo inmenso!

Dime, pues, holgazana,

¿Qué has hecho en el buen tiempo?»

«Yo, dijo la Cigarra,

A todo pasajero

Cantaba alegremente,

Sin cesar ni un momento.»

«¡Hola! ¿con que cantabas

Cuando yo andaba al remo?

Pues ahora, que yo como,

Baila, pese a tu cuerpo.»

Félix Samaniego ( de su libro "Fábulas" - Fábula II ).

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Fábulas de Samaniego:

 El León vencido por el Hombre

( Fábula VI )

Cierto artífice pintó

Una lucha, en que valiente

Un Hombre tan solamente

A un horrible León venció.

Otro león, que el cuadro vio,

Sin preguntar por su autor,

En tono despreciador

Dijo: «Bien se deja ver

Que es pintar como querer,

Y no fue león el pintor.»

Félix Samaniego ( de su libro "Fábulas" - Fábula II ).

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Carmen Saeculare

( Extracto. IV, 1. Venus Tardía. Siglo 19 a. C. )

¿Mueves de nuevo guerras, Venus
después de paz tan prolongada?
Déjame, te lo ruego, te lo ruego.
Ya no soy como era bajo el reinado
de la buena Cinara. Cesa, madre cruel
de los dulces Cupidos, de ablandar
con tu suave imperio a un hombre endurecido
de cerca de diez lustros. Vete
adonde te llaman los tiernos ruegos
de los jóvenes. Más a tono será que,
en alas de purpúreos cisnes,
te llegues a la casa de Paulo Máximo,
si buscas abrasar un corazón idóneo;
pues él es noble, bello y elocuente
en favor de los nerviosos reos,
joven de mil habilidades,
y llevará muy lejos las enseñas de tu milicia.
Y, si alguna vez es más fuerte
que el pródigo rival y puede reírse
de sus regalos, cerca de los lagos
Albanos, te erigirá una estatua de mármol
bajo un techo de limonero.
Aspirarás allí mucho incienso,
y te deleitarán liras y flautas Berecintias
con sus sones mezclados, y la siringa.
Allí, dos veces en el día, niños
y tiernas vírgenes, alabando
tu divinidad, golpearán tres veces
el suelo con blanco pie,
según el rito Salio.
A mí ya no me agradan mujer ni niño,
ni crédula esperanza de amor mutuo,
ni disputar por vino, ni ceñir
mis sienes con las flores nuevas.
Pero, ¡ay!, ¿por qué, por qué, Ligurino,
corre una lágrima furtiva por mis mejillas?
¿Por qué un poco elegante silencio
paraliza mi lengua y mi elocuencia?
En mis nocturnos sueños imagino
que te tengo, que te persigo a ti,
que vuelas por la hierba del campo Marcio,
que te persigo a ti, cruel, por el agua inconstante.

Horacio ( 65 a.C. - 8 a. C. ).

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Mapeando Os Valores de Bentinho,

 en Dom Casmurro, de Machado de Asis

( en Portugués )

             Machado de Assis (1839-1908) antecipa, em sua obra Dom Casmurro, questões de mudança de paradigmas que se desenvolverão na modernidade e culminarão na pós-modernidade, ou seja, no prolongamento da era moderna, segundo Gilles Lipovetsky (2005, p.60). Podemos verificar o embrião da pós-modernidade e a ruptura dos valores tradicionais como base para a estrutura social, na obra de Machado de Assis.

            O interesse desde trabalho é justamente a verificação da perpetuidade dos valores tradicionais gerados pela religião no personagem principal, Bentinho, tendo como ponto de culminância e divisão a ruptura da promessa.

 Analisando o antes e o depois da narrativa em relação às características estabelecidas na vida do personagem por meio da promessa, não somente pelos episódios, como também, pelo ato de recontar a narrativa, que acaba “gerando” o livro que o leitor está lendo, pode-se mapear se há ou não a perpetuação de valores religiosos, o que também quer dizer sociais e morais, em Bentinho.

Aqui comparo os valores sociais e morais com os valores religiosos utilizando os argumentos de Douglas Rodriguez da Conceição (2007, p.8) que retoma a teoria de Paul Tillich:

 

O otimismo de Paul Tillich recaía sobre a possibilidade da percepção do(s) elementos(s) revelador(es) de uma substância espiritual que fosse capaz de indicar, a partir da cultura e de suas múltiplas expressões, algo incondicional e sagrado, mesmo que sua interpretação da realidade estivesse confrontada com um ambiente claramente desteificado tal como os primeiros decênios do século XX.

 

A religião para Tillich “é a substância da cultura e a cultura a forma mesma da religião, que por seu turno se manifesta através de múltiplas expressões como nas artes”.

 

Religión, como preocupación última, es la sustancia que confiere significado a la cultura, y esta es la totalidad de las formas em que se expresa la preocupación fundamental que constituye la religión. En resumen: la religión es el contenido de la cultura, y la cultura es la forma de la religión. (Apud CONCEIÇÃO, 2007, p. 8)

 

Para essa análise serão utilizados teóricos como Zygmunt Bauman e Paul Ricoeur, assim como Frederich Nietzsche e Gilles Lipovetsky, teóricos que pensaram as mudanças das estruturas e relações sociais e os valores que são gerados nessa mudança. Segundo Lipovetsky, “a crise das sociedades modernas é antes de tudo cultural ou espiritual”. (2005, p.65).

Inicio o desenvolvimento do texto com a caracterização e ambientação na qual o personagem Bentinho nasce e vive até o momento da maturidade de escolher entre a execução do papel social que é esperado que seja cumprido ou o de sua própria escolha. Depois comparo com a narrativa pós-promessa e termino com uma breve observação sobre a escrita como elemento de “reconstrução” do sujeito.

Antes de contextualizar o personagem Bentinho, é preciso que não se perca da memória e se dê total atenção ao fato de que a narrativa é uma releitura de seu passado e não o seu passado propriamente dito. Ao recontar sua história, está ao mesmo tempo re-vivendo, como diz o próprio personagem: “viverei o que vivi” (ASSIS, 1997, p.18), e interpretando os fatos ocorridos, fazendo com que esse recontar crie o seu passado, como também, o seu presente em um só momento, como faz ao tentar reconstruir a casa da infância, segundo as palavras do personagem/narrador:

 

Um dia, há bastantes anos, lembrou-me reproduzir no Engenho Novo a casa em que me criei na antiga Rua de Matacavalos, dando-lhe o mesmo aspecto e economia daquela outra, que desapareceu.Construtor e pintor entenderam bem as indicações que lhes fiz: é o mesmo prédio assobradado, três janelas de frente, varanda ao fundo, as mesmas alcovas e salas. Na principal destas, a pintura do teto e das paredes é mais ou menos igual, umas grinaldas de flores miúdas e grandes pássaros que as tomam nos bicos, de espaço a espaço. (...) O mais é também análogo e parecido. (ASSIS, 1997, p.16)[1]

 

Ao término da análise, retornarei para este tópico em que Bentinho refaz sua vida e fala através de Dom Casmurro. Por enquanto basta essa observação.

Bentinho nasce em uma família em que falta a representação do pai; mesmo havendo Tio Cosme, José Dias e padre Cabral é a mãe, D. Glória, que se torna a base da família e o exemplo a ser seguido. Evita mencionar diretamente o pai como no exemplo que se segue:

 

Tenho ali na parede o retrato dela, ao lado do marido, tais quais na outra casa. A pintura escureceu muito, mas ainda dá idéia de ambos. Não me lembra nada dele, a não ser vagamente que era alto e usava cabeleira grande. (...) O de minha mãe mostra que era linda. Contava então vinte anos, e tinha uma flor entre os dedos. No painel parece oferecer a flor ao marido. (ASSIS, 1997, p. 26)[2]

 

Note que ao invés de dizer “meu pai”, diz “ao lado do marido”. Enquanto que a descrição materna é adornada com um adjetivo que a enriquece e enfatiza a presença da flor, também símbolo de beleza.

Mas é um fato que ocorre antes do seu nascimento que determina diretamente sua vida. Tendo nascido seu primeiro filho morto, D. Glória prometeu a Deus, que se desse à luz a um filho menino, em idade propícia, o enviaria para a igreja para se tornar padre. E assim, nasce Bentinho já com o seu destino traçado por uma promessa cujo autor foi outra pessoa, sua mãe, devota da igreja. Sua mãe confia a promessa a parentes e amigos, para que esta seja cumprida e este passa a ser mais um elo forte que o ligará a sua mãe a ponto da submissão.  

Em todos os momentos, a religiosidade estava tocando o caminho de Bentinho, inclusive nas brincadeiras de criança, como um véu que envolvia sua visão e sua vida. Aos poucos, a atmosfera religiosa do seminário vai se arraigando em seu imaginário como uma idéia e possibilidade agradável:

 

Entretanto, ia-me afeiçoando à idéia da igreja; brincos de criança, livros devotos, imagens de santos, conversações de casa, tudo convergia para o altar. Quando íamos à missa, dizia-me sempre que era para aprender a ser padre, e que reparasse no padre, não tirasse os olhos do padre. Em casa, brincava de missa, - um tanto às escondidas, porque minha mãe dizia que missa não era coisa de brincadeira. Arranjávamos um altar, Capitu e eu. Ela servia de sacristão, e alterávamos o ritual, no sentido de dividirmos a hóstia entre nós; a hóstia era sempre um doce.  No tempo em que brincávamos assim, era muito comum ouvir a minha vizinha: ‘Hoje há missa?’ Eu já sabia o que isto queria dizer, respondia afirmativamente, e ia pedir hóstia por outro nome. Voltava com ela, arranjávamos o altar, engrolávamos o latim e precipitávamos as cerimônias. Dominus, non sum dignus... Isto, que eu devia dizer três vezes, penso que só dizia uma, tal era a gulodice do padre e do sacristão. Não bebíamos vinho nem água; não tínhamos o primeiro, e a segunda viria tirar-nos o gosto do sacrifício. (ASSIS, 1997, p. 32)

 

            A religião é um dos elementos tradicionais que formam a base de uma sociedade e, principalmente por causa da promessa feita por sua mãe, o compromisso com a igreja é incutido em Bentinho que passa a gostar da idéia de ser seminarista e, posteriormente padre.  Mas, como relembra Bauman (2001, p.10): “Os primeiros sólidos a derreter e os primeiros sagrados a profanar eram as lealdades tradicionais, os direitos costumeiros e as obrigações que atavam pés e mãos, impediam os movimentos e restringiam as iniciativas”.

            Ao ouvir José Dias conversando com D. Glória sobre uma possível aproximação amorosa entre Bentinho e Capitu, aquele gosta da idéia (ASSIS, 1997, p. 33)  e inicia a ruptura com a solidez da obrigação religiosa que o assombra e o impede de se unir verdadeiramente à Capitu.

Porém essa ruptura se percebe de várias formas, formas que se relacionam entre si. Uma é a transmutação da religião em Capitu, ou seja, os elementos religiosos e seu compromisso começam a se mesclar e se transformar em um compromisso com Capitu. “Cheguei a pensar nela durante as missas daquele mês, com intervalos, é verdade, mas com exclusivismo também”. (ASSIS, 1997, p. 35) E mais explicitamente nas citações que seguem:

 

Padre futuro, estava assim diante dela como de um altar, sendo uma das faces da Epístola e a outra o Evangelho. A boca podia ser o cálix, os lábios a patena. Faltava dizer a missa nova, por um latim que ninguém aprende, e é a língua católica dos homens. (...) Estávamos ali com o céu em nós. As mãos, unindo os nervos, faziam das duas criaturas uma só, mas uma só criatura seráfica. (ASSIS, 1997, pp. 38-39)

 

Conto esta minúcias para que melhor se entenda aquela manhã da minha amiga; logo virá a tarde, e da manhã e da tarde se fará o primeiro dia, como no Gênesis, onde se fizeram sucessivamente sete. (ASSIS, 1997, p. 49)

 

 

            Com a introdução do elemento erótico-amoroso na vida de Bentinho, há a dessacralização da religião. Bentinho passa a crer mais em “um coqueiro velho que nos velhos livros” e acrescenta: “Pássaros, borboletas, uma cigarra que ensaiava o estio, toda a gente viva do ar era da mesma opinião”. (ASSIS, 1997, p.33).

            Porém, se há uma dessacralização da religião, vemos uma divinização do humano como foco principal da narrativa que se segue. Dessa forma, Bentinho se depara não mais com o religioso instituído, mas sim, com o encontro consigo mesmo quando descobre seu desejo por Capitu. O primeiro desejo que brota verdadeiramente de si. Há uma revelação do ser humano e o deslocamento da religião. O personagem nos diz:

 

Esse primeiro palpitar da seiva, essa revelação da consciência a si própria, nunca mais me esqueceu, nem achei que lhe fosse comparável qualquer outra sensação da mesma espécie. Naturalmente por ser minha. Naturalmente também por ser a primeira”.   (ASSIS, 1997, p. 35)

 

 

Como protótipo de uma sociedade moderna, Bentinho procura se desvencilhar das bases rígidas e ir de encontro ao humano se personalizando através do outro – Capitu – já que, como descreve Lipovetsky, é somente ampliando o campo das experiências que a cultura modernista passa a ser por excelência uma cultura da personalidade tendo como centro o eu, resultado de uma insubmissão aos deuses, das hierarquias hereditárias e do domínio da tradição. (2005, pp. 63-66). Além disso, o “maior efeito será o de desvalorizar o instituído”. (p.74)

Bentinho se descobre homem através do beijo que sela seu relacionamento com Capitu e inicia o encontro consigo mesmo. Com essa experiência de ruptura exclama: “-Homens não são padres”. (ASSIS, 1997, pp. 75-76). Mas, ao dizer que não quer ser padre, não se reconhece. (p. 58) porque está iniciando um processo de auto-reconhecimento e autonomia.

Como menciona Lipovetsky (2005, p. 78): “O processo de personalização, cujo trabalho consiste em liquefazer as rigidezes e afirmar a idiossincrasia do indivíduo, manifesta-se aqui na fase inaugural revolucionária”.

            Porém, se por um lado Bentinho deseja uma ruptura com a obrigatoriedade do seminário e com a promessa de ser padre, feita por sua mãe, por outro lado não deixa de ser submisso aos desejos da mãe (ASSIS, 1997, p.89), iniciando um combate interno entre seu desejo individual e sua obrigação social pré-determinada antes do seu nascimento.

            Padre Cabral afirma que se pode servir a Deus sem ser no seminário desde que não haja vocação. No caso de Bentinho, havia tomado a decisão de ser “homem”, de se encontrar com o humano. Essa concessão do padre “dava a minha mãe um perdão antecipado, fazendo vir do credor a revelação da dívida. Os olhos dela brilharam, mas a boca disse que não”. (ASSIS, 1997, p. 102). D. Glória, faz da promessa um vínculo moral com a igreja que se torna sua ambição. (p. 59).

            Nesse combate que se trava em Bentinho vale tanto aumentar o número de promessas não cumpridas como no passado, mentir e fingir para que pensem que será de fato padre e que não possui nenhum envolvimento mais íntimo com Capitu, como também, utilizar a desculpa do seminário sempre quando isto lhe for útil e em benefício próprio.

            Seu discurso vai convergindo em direção ao humano e se afastando cada vez mais de algum comprometimento com a igreja. Troca a promessa que pesava em sua vida pelo juramento de casamento com Capitu aquela que é comparada ao altar de uma missa. “- Mas eu também juro! Juro, Capitu, juro por Deus Nosso Senhor que só me casarei com você”. (ASSIS, 1997, p. 100) E, dessa vez, não jura em vão: 

 

O que o mandamento divino quer é que não juremos em vão pelo santo nome de Deus. Eu não ia mentir ao seminário, uma vez que levava um contrato feito no próprio cartório do céu. Quanto ao selo, Deus, como fez as mão limpas, assim fez os lábios limpos, e a malícia está antes na tua cabeça perversa que na daquele casal de adolescentes... (p. 104)

 

                        Todo o seu discurso se inverte. Quando está criando versos inverte a frase “Perde-se a vida, ganha-se a batalha!” por “Ganha-se a vida, perde-se a batalha!”. (p.112) O que importar não é o objetivo para o qual se vive, mais sim a conquista da vida. Não há mais batalha que dignifique a perda de uma vida porque, segundo Bauman (2001, p. 160), não há vocação para uma vida inteira. 

            Em conversa com José Dias diz que “Deus fará o que o senhor quer” (ASSIS, 1997, P. 60); põe Deus, não como o regente da vida das pessoas, mas sim, como o “regido” pelos desejos destas.

Reflete sobre o ato de prometer porque, como nos diz Nietzsche, deve-se questionar as condições de surgimentos dos valores e suas possíveis origens.(1998, p.12) E, como não se pode saber ao certo, se alguém vai ou não manter um juramento, afirma que a constituição política de transferir o juramento à simples afirmação é uma atitude moral que termina com a categoria de pecado e acrescenta:

 

Faltar ao compromisso é sempre infidelidade, mas a alguém que tenha mais temor a Deus que aos homens não lhe importará mentir, uma vez ou outra, desde que não mete a alma no purgatório. Não confundam purgatório com inferno, que é o eterno naufrágio. Purgatório é uma casa de penhores que empresta sobre todas as virtudes a juro alto e prazo curto mas os prazos renovam-se, até que um dia uma ou duas virtudes medianas pagam todos os pecados grandes e pequenos. (ASSIS, 1997, p. 204)

 

 

Ou seja, àquele que teme mais o ser humano, o rompimento de uma afirmação seria apenas uma infidelidade, ao passo que àquele que possui mais temor a Deus, ao romper com sua promessa, também estaria cometendo um pecado.

Comprido o vínculo moral que D. Glória tinha de oferecer um sacerdote à igreja que, ao invés de Bentinho, foi um órfão, Bentinho se entrega a Capitu e transfere a submissão que fazia com que considerasse sua mãe uma santa mesmo o obrigando a fazer algo contra sua vontade (ASSIS, 1997, p. 150), para a noiva Capitu e inicia o que Paul Ricoeur denomina ipseidade (1991, p.147), visto que é o contato com o outro que faz com que encontre o si mesmo.

 

Naquele tempo, por mais mulheres bonitas que achasse, nenhuma receberia a mínima parte do amor que tinha a Capitu. À minha própria mãe não queria mais que metade. Capitu era tudo e mais que tudo. (ASSIS, 1997, p. 202)

 

            Bentinho se coloca no trânsito entre o que é chamada por Nietzsche (1998, p. 29) de uma “moral escrava” e uma “moral nobre”, uma vez que a moral nobre nasce de um “sim” sobre si mesmo e a moral escrava nasce de uma reação a um “não” de fora. Ou seja, a não aprovação de qualquer envolvimento amoroso de Bentinho por parte de sua mãe, se encaminha para um “sim” autônomo.

            Além disso, Bentinho também se põe entre outros dois conceitos de Friedrich Nietzsche: a “felicidade do nobre” que está na ação e a “felicidade do homem comum” que é passiva. (p. 30)

            Nesse momento do livro Dom Casmurro, Bentinho se encontra realizando seu profundo desejo de estar unido à mulher que por muitos anos amou. O relacionamento com os amigos de seminário Escobar e de infância Sancha, também tornava a vida de casado agradável, se não fosse pela ausência de um filho.

            Depois de dois anos de casados, nasce Ezequiel para a felicidade do casal. Porém, em pouco tempo começa-se a perceber as semelhanças entre o filho e o amigo Escobar. De início as semelhanças são tratadas como mera imitação dos adultos pela criança, porém, os anos vão reafirmando as semelhanças e transforma o relacionamento entre Capitu e Bentinho porque enche o coração deste com os sentimentos da possibilidade de traição de Capitu com seu melhor amigo.

            Nesse momento há uma intensificação de Bentinho como ser humano já que vai se desvinculando de Capitu por desprezo, que após o falecimento de Escobar tem a certeza da traição da esposa.

            Sente vontade de cometer suicídio, depois, assistindo à peça Otelo, pensa que é Capitu que merece a morte. Mas, sua tentativa mais próxima de provocar a morte é justamente em Ezequiel, a qual não tem coragem de dar cabo. Porém, é nesse ponto da narrativa que afirma para Capitu que o filho não é dele e decide se separar dela.

            Bentinho vai ficando só e perdendo o contato com as pessoas que sempre estiveram ao seu redor, porém, mais próximo de si próprio e, aos cinqüenta nos de idade, decide escrever a história de sua vida como uma forma de reviver o passado.

            Se começa a narrativa justificando o título da obra e conseqüentemente seu novo apelido, é somente no final da narrativa que damos forma a esse novo aspecto de Bentinho.

              Depois de traçado todo o percurso que Bentinho faz em sua narrativa até se “transformar” em Dom Casmurro, podemos também traçar algumas relações sobre os tópicos levantados no desenvolvimento do texto sobre a personagem, entre o antes e o depois da promessa de ir para o seminário ser quebrada.

            Como mencionei no início do desenvolvimento, temos que ter em mente que toda a narrativa é um recontar, ou melhor, um reviver do passado que se torna presente. Bentinho diz: “como te disse no capítulo 2, o meu fim em imitar a outra [casa] foi ligar as duas pontas da vida, o que aliás não alcancei”. (ASSIS, 1997, p. 127). Porque não se pode voltar ao que era antes, uma vez que as experiências e o tempo fizeram com que se “transformasse” em outro. É uma viagem de regresso ao que já não existe, ou seja, não é o seu retorno ao passado, mas sim, essa impossibilidade transformada em escrita. (FOFFANI, 2005, p. 83). O próprio narrador nos diz: “Mas os tempos mudaram tudo. Os sonhos antigos foram aposentados, e os modernos moram no cérebro da pessoa. Estes, ainda que quisessem imitar os outros não poderiam fazê-los”. (ASSIS, 1997, p. 128)

Aqui a palavra “transformar” não demonstra corretamente o que ocorre, uma vez que não se trata exatamente de uma transformação, mas sim de um reconhecimento das possibilidades que se carrega em seu interior e podem tornar-se, podem vir a ser manifestadas.

Lembremos que ao afirmar que não queria ir para o seminário não se reconhecia porque estava iniciando a tomada de consciência do seu “eu”. Isso porque como descreve Nietzsche (1998, p.7), “somos o que está mais distante; para nós mesmos somos desconhecidos.

 E, a princípio podemos pensar que o que escreve é a sua essência como nos diz: “Ora, há só um modo de escrever a própria essência, é contá-la toda, o bem e o mal.” (ASSIS, 1997, p. 135). Mas logo adiante, quando tenta provar sua “essência religiosa” escreve:

 

(...) ia era reconciliar-me com Deus, depois do que se passou no capítulo 67. Nem era só pedir-lhe perdão do pecado, era também agradecer o restabelecimento de minha mãe, e visto que digo tudo, fazê-lo renunciar ao pagamento da minha promessa. Jeová, posto que divino, ou por isso mesmo, é um Rothschild muito mais humano, e não faz moratórias, perdoa as dívidas integralmente, uma vez que o devedor queira deveras emendar a vida e cortar nas despesas. (...) Mas a minha incorrigível timidez me fechou essa porta certa; receei não achar palavras com que dizer ao confessor o meu segredo. (p. 137)

 

 

            Tenta demonstrar sua essência de devoto, mas é incapaz de se confessar porque a esfera humana está ganhando mais relevância em sua vida fazendo com que haja uma ruptura com a religião. Como nos mostra Nietzsche (1998, p.36) “a ação é tudo porque não existe ‘ser’ (essência)  atrás do ‘fazer’ (ação). (...) A ação é causa e efeito”.

            Depois, por meio do seu envolvimento com Capitu, ou seja, o outro, inicia o encontro consigo:

 

Escapei ao agregado, escapei a minha mãe não indo ao quarto dela, mas não escapei a mim mesmo. Corri ao meu quarto, e entre atrás de mim. Eu falava-me, eu perseguia-me, eu atirava-me à cama, e rolava comigo, e chorava, e abafava os soluços com a ponta do lençol”. (ASSIS, 1997, p. 144)

 

            Mas acaba por reconhecer que esse aspecto de Bentinho que o tanto assustava e o perseguia “era um homem apenas encoberto”. (p. 239) E aqui, podemos fazer uma observação de que alcança a ipseidade, por ter saído de seu universo fechado que remetia ao seminário para o interesse por Capitu, momento em que estranha a si mesmo. Porém, essa ipseidade se desagrega em mesmidade, uma vez que a ipseidade é modulada pela alteridade. Bentinho termina a narrativa encarando-se com o Casmurro que já estava em si e isolado da alteridade. Não alcança a liberdade de si no outro, mas mantém sua dependência em Capitu que já não existe mais a não ser como experiência passada

 

Agora, porque é que nenhuma dessas caprichosas me fez esquecer a primeira amada do meu coração? Talvez porque nenhuma tinha os olhos de ressaca, n em os de cigana oblíqua e dissimulada. Mas não é este propriamente o resto do livro. O resto é saber se a Capitu da praia da Glória já estava dentro da de Matacavalos, ou se esta foi mudada naquela por efeito de algum caso incidente. Jesus, filho de Sirach, se soubesse dos meus primeiros ciúmes, dir-me-ia, como no seu cap. IX, vers. I: ‘Não tenhas ciúmes de tua mulher para que ela não se meta a enganar-te com a malícia que aprender de ti”. Mas eu creio que não, e tu concordarás comigo; se te lembras bem da Capitu menina, hás de reconhecer que uma estava dentro da outra, como a fruta dentro da casca”. (ASSIS, 1997, p. 250)

           

            . Por isso, não se pode dizer que alcançou uma moral nobre porque ainda mantém a dependência de Capitu. Não há um “sim” absoluto sobre si mesmo. Como também não se pode dizer que obteve a felicidade do nobre porque em sua vida só há passividade, após o afastamento daquela que tinha olhos de cigana dissimulada.

Com relação à promessa, se por um lado Bentinho rompeu com a promessa da mãe, não rompeu com o juramento, ou como o próprio personagem sugere, afirmação moral, que estabeleceu com Capitu, sendo fiel a ela até o momento da separação. Mesmo quando surge uma sombra de atração por Sancha, se recrimina e ao ler “(...) nas costas do cartão: ‘Ao meu querido Bentinho o seu querido Escobar 20-4-70.’ Estas palavras fortaleceram-me os pensamentos daquela manhã, e espancaram de todo as recordações da véspera”. (Assis, 1997, p. 214) Mantendo a fidelidade, não só a sua amada Capitu, como também ao seu melhor amigo Escobar. A fidelidade se mostra no plano do humano, não mais no plano religioso.

            Mas nos enganamos se pensamos que Bentinho se torna uma pessoa que se importa verdadeiramente com o ser humano, isso porque, segundo Ricouer (1991, p.149): “uma coisa é a perseveração do caráter; uma outra, a perseveração da fidelidade à palavra dada”.

Bentinho, após a traição da amada e do melhor amigo, se torna uma pessoa fria a ponto de, após a morte de Ezequiel, por febre tifóide, receber a conta do velório e dizer: “pagaria o triplo para não tornar a vê-lo”. (ASSIS, 1997, p. 248)

            Sua escrita, ao contrário da escrita do colega leproso da juventude, não o fornece um reflexo espiritual. Ele não se reconstrói positivamente através da escrita, a escrita só ratifica sua impossibilidade, incapacidade de se reconstruir de forma positiva.

 Gisele Cardoso de Lemos

 ( PUC - Rio – Brasil )

( Agradecemos su Colaboración )

 

Bibliografia:

 ASSIS, Machado. Dom Casmurro. Rio de Janeiro: O Globo/Klick Editora, 1997.

BAUMAN, Zygmunt. Modernidade Líquida. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Ed., 2001.

CONCEIÇÃO, Douglas Rodriguez da. Para uma poética da vitalidade: religião e antropologia na escritura machadiana. Universidade Metodista de São Paulo. São Bernardo do Campo; Tese apresentada em março de 2007.

FOFFANI, Henrique. Tato Laviera: el poeta sobre la cuerda floja. In: Katatay. Año 1, número 1/2. La Plata, junio de 2005.

LIPOVETSKY, Gilles. A era do vazio. São Paulo: Manole, 2005.

NIETZSCHE, Friedrich. Genealogia da moral: uma polêmica. São Paulo: Companhia das Letras, 1998.

RICOEUR, Paul. O si-mesmo como um outro. São Paulo: Ed. Papirus, 1991.


Notas:

[1] Grifo meu.

[2] Grifo meu.

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Un Cuento de H. G. Wells:

El Huevo de Cristal

( de su Libro: "Cuentos del Espacio y del Tiempo" )

     Hasta hace un año, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas borradas por el tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista y Anticuario. Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego de ajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por la polilla -uno sosteniendo una lámpara-, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado en forma de huevo y pulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra, un joven de negra barba, tez morena y ropas holgadas. El joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su compañero comprara el artículo.

     Mientras estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y la mantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con los talones muy gastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.

     El clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave miró con nerviosismo hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el precio era alto -era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta- y pasó a un intento de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.

     -Cinco libras es mi precio -dijo como si deseara ahorrarse la molestia de una discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.

     -Cinco libras es mi precio -repitió el señor Cave con voz temblorosa.

     El joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador, observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.

     -Dele cinco libras -dijo.

     El clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.

     -Es mucho dinero -dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con quien parecía estar en términos de considerable familiaridad. Esto le dio al señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta. A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero se aferró a la historia de que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria del flequillo oscuro y los ojos pequeños.

     Era una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave. Andaba pesadamente y tenía la cara colorada.

     -Ese cristal está en venta -subrayó-. Y cinco libras es un buen precio. ¡No sé qué te pasa, Cave, mira que no aceptar la oferta del caballero!

     El señor Cave, muy perturbado por la interrupción, la miró furioso por encima de la montura de las gafas, y, sin excesiva seguridad, reafirmó su derecho a llevar los negocios a su manera. Comenzó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y algo divertidos, proporcionando ocasionalmente sugerencias a la señora Cave. El señor Cave, acosado, persistió en una confusa e imposible historia de alguien que se había interesado por el cristal aquella mañana y su nerviosismo se hizo penoso. Pero se aferró a su historia con extraordinaria tenacidad. Fue el joven oriental el que puso fin a la curiosa controversia. Propuso que volvieran al cabo de dos días para dar al pretendido interesado la debida oportunidad.

     -Y entonces, hemos de insistir -dijo el clérigo-. ¡Cinco libras!

     La señora Cave se encargó de pedir disculpas por la actitud de su marido, explicando que a veces era un poco raro, y, cuando los dos clientes salieron, la pareja se preparó para discutir todos los aspectos del incidente con plena libertad.

     La señora Cave le habló a su marido en un tono especialmente directo. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, se hizo un lío con sus historias manteniendo por una parte que tenía otro cliente a la vista y asegurando, por otra, que el cristal valía honradamente diez guineas.

     -Entonces ¿por qué pediste cinco libras? -preguntó su mujer. -Déjame llevar los negocios a mi manera -respondió el señor Cave.

     El señor Cave tenía viviendo con él a un hijastro y a una hijastra, y por la noche en la cena se volvió a discutir la transacción. Ninguno de ellos tenía una opinión muy buena de los métodos comerciales del señor Cave y esta actuación les pareció el colmo de la locura.

     -Yo creo que no es la primera vez que se niega a vender ese cristal -aseguró el hijastro, un fornido patán de dieciocho años.

     -Pero ¡cinco libras! -intervino la hijastra, una joven de veintiséis años propensa a las discusiones.

     Las respuestas del señor Cave eran lastimosas. Sólo era capaz de farfullar débiles afirmaciones de que conocía su negocio mejor que nadie. Hicieron que, dejando la cena a medio comer, se fuera a la tienda para cerrarla hasta el día siguiente, con las orejas al rojo vivo y lágrimas de humillación detrás de las gafas. ¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Qué locura! Ése era el problema que más le preocupaba. Durante un tiempo no pudo encontrar forma alguna de evitar la venta.

     Después de cenar, hijastra e hijastro se acicalaron y salieron, y la mujer se retiró al piso de arriba para reflexionar sobre los aspectos comerciales del cristal con un poco de azúcar, limón y lo demás, en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y se quedó allí hasta tarde con el pretexto de preparar rocas ornamentales para peceras, pero en realidad con una finalidad personal que se explicará mejor más tarde. Al día siguiente la señora Cave advirtió que el cristal había sido retirado del escaparate y se encontraba detrás de unos libros de pesca usados. Ella volvió a ponerlo en el escaparate, en un lugar destacado, pero no discutió más sobre el asunto, dado que una jaqueca la desanimaba a discutir, al contrario que el señor Cave, siempre opuesto a las discusiones. El día transcurrió de forma desagradable.   El señor Cave estuvo más abstraído que de costumbre y, al mismo tiempo, excepcionalmente irritable. Por la tarde, cuando su mujer dormía su siesta habitual, retiró de nuevo el cristal del escaparate.

     Al día siguiente el señor Cave tenía que entregar un pedido de perros marinos en uno de los hospitales universitarios donde los necesitaban para prácticas de disección. Durante su ausencia la señora Cave volvió a cavilar sobre el tema del cristal y la manera más apropiada de gastarse cinco libras llovidas del cielo. Ya había ideado algunos planes muy agradables, entre otros un vestido de seda verde para ella y una excursión a Richmond, cuando el chirrido de la campanilla de la puerta principal exigió su presencia en la tienda. El cliente era un profesor que venía a quejarse de que no habían sido entregadas ciertas ranas pedidas para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama especial de los negocios del señor Cave, y el caballero, que había llegado con ánimo un tanto agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras -completamente educadas por lo que a él se refería. Los ojos de la señora Cave se volvieron entonces naturalmente hacia el escaparate, puesto que la visión del cristal significaba la seguridad de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que había desaparecido!

     Fue al sitio, detrás de la caja sobre el mostrador, donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, así que inmediatamente empezó una impaciente búsqueda por toda la tienda.

     Cuando el señor Cave volvió de su negocio con los perros marinos hacia las dos menos cuarto de la tarde, encontró la tienda en cierto desorden y a su mujer, extremadamente exasperada y de rodillas, detrás del mostrador rebuscando entre sus materiales de taxidermia. Cuando la crispante campanilla anunció su vuelta, asomó la cara por encima del mostrador, acalorada y furiosa, y directamente le acusó de esconderlo.

     - ¿Esconder qué? -preguntó el señor Cave.

     -¡El cristal!

     A lo que el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, corrió al escaparate.

     -¿No está aquí? ¡Cielos! ¿Qué ha sido de él?

     Justo entonces el hijastro del señor Cave volvió a entrar en la tienda desde la habitación interior -había llegado a casa un minuto o así antes que el señor Cave- blasfemando a sus anchas. Estaba de aprendiz con un comerciante de muebles usados calle abajo, pero comía en casa y, naturalmente, estaba enojado por no haber encontrado la comida dispuesta.

     Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, se olvidó de la comida y el objeto de su cólera pasó de su madre a su padrastro. Lo primero que pensaron, desde luego, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó categóricamente todo conocimiento de su destino ofreciendo voluntariamente su perjura declaración jurada sobre el asunto, y finalmente llegó hasta el punto de acusar primero a su mujer y después a su hijastro de haberlo cogido con vistas a una venta privada. Y así comenzó una discusión extremadamente enconada y exaltada que terminó con la señora Cave en un estado de nervios muy especial entre la histeria y el frenesí, e hizo que el hijastro llegara por la tarde con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave escapó a las emociones de su mujer refugiándose en la tienda.

     Por la noche se volvió a tratar el asunto con menos pasión y un talante judicial bajo la presidencia de la hijastra. La cena transcurrió de forma lamentable y culminó con una escena penosa. El señor Cave cedió finalmente a una extrema exasperación y salió por la puerta principal dando un violento portazo. El resto de la familia, después de hablar de él con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde el desván al sótano esperando dar con el cristal.

     Al día siguiente se presentaron de nuevo los dos clientes. Fueron recibidos por la señora Cave casi llorando. Se enteraron de que nadie podía imaginarse todo lo que había tenido que aguantar a Cave en diversas etapas de su matrimonial peregrinación... También les informó embrolladamente de la desaparición. El clérigo y el oriental se rieron por dentro en silencio y dijeron que era de lo más extraordinario. Y como la señora Cave parecía dispuesta a contarles la historia completa de su vida hicieron ademán de irse de la tienda, por lo que la señora Cave, aferrándose todavía a la esperanza, pidió la dirección del clérigo para, en caso de sacar algo a Cave, poder comunicárselo. La dirección fue entregada como era de esperar, pero, al parecer, posteriormente se extravió. La señora Cave no recuerda nada al respecto.

     Aquel día por la noche los Cave parecían haber agotado todas sus emociones y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un sombrío aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones dentro de la familia Cave estuvieron muy tensas, pero ni el cristal ni el cliente volvieron a aparecer.

     Ahora bien, para no andarnos con rodeos, tenemos que admitir que el señor Cave era un embustero. Sabía perfectamente dónde estaba el cristal. Se hallaba en las habitaciones del señor Jacoby Wace, profesor ayudante de prácticas en el hospital de Santa Catalina en la calle Westbourne. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una licorera con whisky americano. Y fue precisamente del señor Wace de quien se obtuvieron los pormenores en los que se basa esta historia. Cave lo había llevado al hospital escondido en el saco de los perros marinos, y, una vez allí, había presionado al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace dudó un poco al principio. Su relación con Cave era especial. Le atraían los personajes raros, y más de una vez había invitado al viejo a fumar y a beber en sus habitaciones, animándole a desvelar sus opiniones, bastante divertidas, sobre la vida en general y sobre su esposa en particular. El señor Wace había tenido que vérselas también con la señora Cave en ocasiones en que el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Conocía las constantes interferencias a las que Cave estaba sometido y, habiendo sopesado la historia judicialmente, decidió dar refugio al cristal. El señor Cave prometió explicar las razones de su extraordinario apego por el cristal de una manera más detallada en una ocasión posterior, pero habló claramente de ver visiones en él. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

     Contó una historia complicada. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otros restos en la subasta de los efectos de otro comerciante de antigüedades y, desconociendo cuál pudiera ser su valor, le había puesto el precio de diez chelines. Lo había tenido a ese precio durante algunos meses y estaba pensando en reducir la cantidad cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

     En aquella época tenía muy mala salud -hay que tener muy en cuenta que a lo largo de toda esta experiencia su estado físico era de decaimiento-, sufría una angustia considerable a causa de la negligencia y hasta los verdaderos malos tratos que recibía de su mujer y de sus hijastros. Su mujer era vanidosa, extravagante, insensible y cada vez más aficionada a beber a solas; su hijastra era ruin y ambiciosa, y su hijastro había concebido una violenta antipatía hacia él y no perdía ocasión de demostrársela. Las responsabilidades del negocio le oprimían excesivamente y el señor Wace no cree que estuviera completamente limpio de ocasionales excesos en la bebida. Había comenzado la vida en una posición acomodada, había recibido una buena educación y padecía melancolía e insomnio que se prolongaban durante semanas. Cuando sus pensamientos se le hacían intolerables, temeroso de molestar a su familia, abandonaba el lecho conyugal deslizándose sin hacer ruido y vagaba por la casa. Y hacia las tres de la mañana, un día a finales de agosto, la casualidad le llevó a la tienda.

     La sucia tiendecilla estaba sumida en una negrura impenetrable salvo en un punto donde percibió un insólito resplandor. Al acercarse, descubrió que era el huevo de cristal que estaba en el rincón del mostrador en dirección a la ventana. Un fino rayo de luz penetraba por una rendija en la persiana, incidía sobre el objeto y parecía como si fuera a llenar todo su interior.

     Al señor Cave se le ocurrió que eso no concordaba con las leyes de la óptica que había aprendido en su juventud. Podía comprender que los rayos fueran reflejados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no casaba con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, observando el interior y la superficie con un transitorio renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había decidido su elección vocacional. Le sorprendió descubrir que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Al cambiar de sitio para conseguir puntos de vista distintos, repentinamente notó que se había interpuesto entre el rayo y el cristal, y que a pesar de ello el cristal continuaba luminoso.  Profundamente asombrado, lo retiró de la luz y lo llevó a la parte más oscura de la tienda. Allí siguió brillando cuatro o cinco minutos, al término de los cuales se oscureció lentamente y se apagó. Lo expuso al fino haz de luz de día y recobró la luminosidad casi al instante.

     Hasta aquí, por lo menos, el señor Wace pudo comprobar la sorprendente historia del señor Cave. Él mismo había tenido repetidas veces expuesto el cristal a un rayo de luz -su diámetro tenía que ser inferior a un milímetro. En completa oscuridad, como la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal presentaba indudablemente una fosforescencia muy débil. Parecía, no obstante, que la luminosidad era de una clase excepcional, no visible a todos por igual, pues al señor Harbinger -cuyo nombre le resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur- le fue completamente imposible ver ninguna luz en absoluto. La propia capacidad del señor Wace para apreciarla era sin comparación inferior a la del señor Cave. Incluso tratándose del señor Cave, la capacidad variaba muy considerablemente: su visión resultaba mucho más intensa durante estados de debilidad y fatiga extremas.

     Pues bien, desde el comienzo, esta luz en el cristal ejerció una fascinación irresistible sobre el señor Cave. Que no contara sus observaciones a ningún ser humano explica mejor la soledad de su alma de lo que lo haría todo un volumen de escritos patéticos. Parece haber estado viviendo en tal atmósfera de mezquinos resentimientos que el admitir la existencia de un placer habría significado el riesgo de perderlo. Observó que a medida que avanzaba el amanecer y aumentaba la cantidad de luz esparcida el cristal perdía toda traza de luminosidad. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro de él, excepto por la noche, en rincones oscuros de la tienda.

     Pero se le ocurrió utilizar una vieja pieza de terciopelo negro que empleaba como fondo para una colección de minerales y, doblándolo y cubriéndose con él la cabeza y las manos, pudo obtener una visión del movimiento luminoso en el interior del cristal incluso a la luz del día. Era muy cauteloso, no fuera a ser descubierto en esa guisa por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía en el piso de arriba, y aun entonces, de manera muy circunspecta en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dando vueltas al cristal en las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que por un instante el objeto le había mostrado la visión de un país, ancho, extenso y extraño, y al girarlo de nuevo, precisamente cuando se debilitaba la luz, volvió a contemplar la misma visión.

     Está claro que resultaría tedioso e innecesario relatar todas las fases del descubrimiento del señor Cave desde ese momento. Baste con decir que la conclusión fue ésta: cuando se observaba el interior del cristal formando éste un ángulo de 137 grados respecto de la dirección del rayo luminoso, mostraba una imagen clara y coherente de un paisaje extenso y extraño. No se parecía en absoluto a un sueño, daba una clara impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólida parecía. Era una imagen en movimiento: es decir, ciertos objetos se movían dentro de ella, pero de forma lenta y ordenada como las cosas reales y, según cambiaba la dirección de la iluminación y de la visión, también cambiaba la imagen. Debió de haber sido, ciertamente, como contemplar una vista a través de un cristal ovalado girándolo para conseguir ver los diferentes detalles.

     El señor Wace me asegura que las declaraciones del señor Cave eran extremadamente detalladas y carecían por completo de cualquiera de los aspectos emocionales que impregnan las impresiones alucinadoras. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver una claridad similar en la desvaída opalescencia del cristal fracasaron completamente por más que lo intentó. La diferencia de intensidad en las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y puede que lo que para el señor Cave era una visión para el señor Wace fuera una mera nebulosidad difusa.

     La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y parecía que siempre la contemplaba desde una altura considerable, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura estaba flanqueada a una distancia remota por vastos acantilados rojizos que le recordaban a los que había visto en un cuadro, pero el señor Wace no pudo determinar de qué cuadro se trataba. Estos acantilados iban de norte a sur -sabía los puntos cardinales por las estrellas que eran visibles por la noche-, alejándose en una perspectiva casi ilimitada y desdibujándose en las nieblas de la distancia antes de encontrarse. En el momento de su primera visión él estaba más cerca del macizo de acantilados orientales, el sol se elevaba sobre ellos y, negras contra la luz del sol y pálidas contra su sombra, aparecieron muchas formas volantes que el señor Cave tomó por pájaros. Una vasta hilera de edificios se extendía por debajo, de forma que él parecía estar mirándolos desde arriba, y, a medida que se acercaban al extremo borroso y refractado de la imagen se tornaban indistintos. También había árboles con formas curiosas y, en cuanto a color, era de un verde profundo como de musgo y de un gris exquisito, junto a un canal ancho y reluciente. Y algo grande, de colores brillantes, cruzó la imagen volando. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, lo hizo sólo en destellos, las manos le temblaban, la cabeza se le movía, la visión aparecía y desaparecía y se tornaba nebulosa y poco nítida. Al principio tuvo las mayores dificultades para volver a recuperar la imagen una vez perdida su dirección.

     La siguiente visión clara, que se le presentó una semana más o menos después que la primera -en el intervalo no había cosechado más que tentadores vislumbres y alguna experiencia útil-, le mostró el valle en toda su longitud. La visión era diferente, pero tuvo la curiosa convicción, confirmada repetidamente por subsiguientes observaciones, de que estaba contemplando ese extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, aunque mirando en una dirección diferente. La larga fachada del gran edificio cuyo tejado había mirado antes desde arriba ahora se alejaba en la perspectiva. Reconoció el tejado. En la parte delantera de la fachada había una terraza de masivas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de la terraza, a ciertos intervalos, se erguían mástiles enormes, pero muy gráciles sosteniendo pequeños objetos brillantes que reflejaban la puesta de sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza sobresalía por encima de un seto de la vegetación más exuberante y grácil, más allá había un amplio y herboso césped sobre el que reposaban ciertas criaturas anchas, de forma parecida a la de los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá todavía había una calzada de piedra rosácea ricamente decorada, y más allá, subiendo valle arriba en exacto paralelo con los remotos acantilados, bordeada de una densa maleza de color rojo, había una ancha extensión de agua parecida a un espejo. El aire parecía rebosar de escuadrillas de grandes pájaros que se deslizaban en curvas majestuosas, y al otro lado del río había una multitud de espléndidos edificios de muchos colores que relucían con sus tracerías y múltiples caras metálicas en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y de repente algo cruzó la visión aleteando repetidamente como el ondear de un enjoyado abanico o el batir de un ala; un rostro o más bien la parte superior de un rostro con unos ojos muy grandes apareció, por decirlo así, muy cerca de la suya propia, y como si estuviera al otro lado del cristal. Al señor Cave la absoluta realidad de estos ojos le dejó tan atónito e impresionado que retiró la cabeza del cristal para mirar por detrás. Se había quedado tan absorto observando que le sorprendió mucho encontrarse en la fría oscuridad de su pequeña tienda con los familiares olores a metílico, humedad y podrido. Y mientras miraba pestañeando a su alrededor, el resplandeciente cristal se oscureció y se apagó.

     Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle destelló por primera vez momentáneamente sobre sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y, a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que veía, su asombro se convertía en pasión. Atendía su negocio apático y destrozado, pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación.  Entonces, unas semanas después de su visión del valle, llegaron los dos clientes, la tensión y excitación de su oferta, y el cristal que se libra de la venta por los pelos como ya he contado.

     Ahora bien, mientras aquello constituyó el secreto del señor Cave siguió siendo una pura maravilla, algo a lo que se va sigilosamente para observar a hurtadillas, como un niño podría mirar un jardín prohibido. Pero el señor Wace posee unos hábitos mentales especialmente lúcidos y consecuentes para un joven investigador científico. Tan pronto como el cristal y la historia llegaron hasta él y se convenció, al ver la fosforescencia con sus propios ojos, de que las declaraciones del señor Cave disponían realmente de ciertas pruebas procedió a desarrollar el asunto sistemáticamente. El señor Cave estaba más que deseoso de regalarse la vista con el maravilloso mundo que veía, y acudía todas las noches desde las ocho y media hasta las diez y media, y a veces, en ausencia del señor Wace, durante el día. También iba las tardes de los domingos. El señor Wace tomó abundantes notas desde el principio, y gracias a su método científico se demostró la relación entre la dirección por la que el rayo inicial entraba en el cristal y la orientación de la imagen. Y metiendo el cristal en una caja perforada únicamente con una pequeña abertura para permitir el acceso del rayo excitador, y sustituyendo las cortinas color beige por otras de holanda negra mejoró muchísimo las condiciones de las observaciones, de forma que en poco tiempo fueron capaces de examinar el valle en cualquiera de las direcciones que querían.

     Una vez despejado el camino, podemos dar una breve explicación de este mundo visionario del interior del cristal. El que veía las cosas era siempre el señor Cave, y el método de trabajo consistía invariablemente en que él observaba el cristal e informaba de lo que veía, mientras el señor Wace, que como estudiante de ciencias había aprendido el truco de escribir a oscuras, redactaba una breve nota de su informe. Cuando el cristal se oscurecía, lo colocaban en su caja en la posición adecuada y daban la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. Nada, verdaderamente, podía haber sido menos visionario y más práctico.

     La atención del señor Cave se vio rápidamente dirigida hacia las criaturas parecidas a pájaros que tanto abundaban en sus primeras visiones. Pronto corrigió su primera impresión y durante algún tiempo consideró que podían representar una especie diurna de murciélagos. Después pensó, de forma bastante grotesca, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le habían asustado tanto en la segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, sin plumas, pero que resplandecían casi con el mismo brillo que los peces recién pescados y con el mismo sutil juego de colores, y estas alas, según supo el señor Wace, no estaban hechas a la manera de las alas de pájaros o murciélagos, sino soportadas por costillas curvas que irradiaban del cuerpo -una especie de ala de mariposa con costillas curvas parece lo mejor para indicar su aspecto. El cuerpo era pequeño, pero dotado de dos manojos de órganos prensiles, semejantes a largos tentáculos, inmediatamente debajo de la boca. Por increíble que le pudiera parecer al señor Wace, al final tuvo el convencimiento de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios cuasi-humanos y del magnífico jardín que daba tanto esplendor al ancho valle. Y el señor Cave percibió que, entre otras peculiaridades, los edificios no tenían puertas, sino que las grandes ventanas circulares que se abrían libremente eran las que servían de entrada y salida a las criaturas. Se posaban sobre los tentáculos, plegaban las alas reduciéndolas casi al tamaño de un bastón y, saltando, entraban en el interior. Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como de grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped se arrastraban perezosamente de un lado para otro gigantescos escarabajos de tierra de brillantes colores. Además, en las calzadas y terrazas se veían unas criaturas de grandes cabezas similares a las de las moscas aladas más grandes, pero sin alas, muy ocupadas saltando sobre su manojo de tentáculos en forma de mano.

     Se ha aludido ya a los relucientes objetos sobre los mástiles que se erguían sobre la terraza del edificio más próximo. Después de observar uno de estos mástiles minuciosamente en un día especialmente claro, al señor Cave se le ocurrió que el objeto reluciente allí situado era un cristal exactamente igual al que estaba mirando. Y una inspección aún más meticulosa le convenció de que cada uno de ellos, unos veinte en conjunto, tenía un objeto similar.

     De vez en cuando una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos, y, plegando las alas y enroscando algunos tentáculos alrededor del mástil, miraban fijamente el cristal durante un rato, a veces hasta un cuarto de hora. Una serie de observaciones hechas a sugerencia del señor Wace convencieron a ambos observadores de que, por lo que a este mundo visionario concernía, el cristal cuyo interior ellos miraban estaba en realidad en la punta del último mástil de la terraza, y que al menos en una ocasión uno de esos habitantes del otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras hacía estas observaciones.

     Y éstos son los hechos esenciales de esta historia singularísima. A menos que lo rechacemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, tenemos que admitir una de las dos alternativas: o bien que el cristal del señor Cave se encontraba en dos mundos a la vez, y que mientras en uno se le llevaba de acá para allá en el otro permanecía estacionario, lo que parece completamente absurdo, o bien que tenía una especial relación de simpatía con otro cristal exactamente igual en ese otro mundo, de forma que lo que se veía en el interior de uno en este mundo era, en las condiciones adecuadas, visible para el observador del cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa. De momento, desde luego, no conocemos ninguna forma en la que dos cristales pudieran entrar en comunicación, pero hoy día sabemos lo suficiente como para comprender que la cosa no es completamente imposible. Esta teoría de los cristales en comunicación fue la suposición que se le ocurrió al señor Wace, y al menos a mí, me parece extremadamente plausible...

     ¿Y dónde estaba ese otro mundo? Sobre esto también la despierta inteligencia del señor Wace arrojó luz rápidamente. Después de ponerse el sol el cielo se oscurecía muy deprisa -el crepúsculo no constituía realmente más que un breve intervalo- y las estrellas se ponían a brillar. Eran evidentemente las mismas que vemos nosotros, formando las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebaran y Sirio, de modo que el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos cientos de millones de millas del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace averiguó que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo a mitad del invierno, y que el Sol parecía un poco más pequeño. ¡Y había dos lunas pequeñas! como la nuestra, pero más pequeñas y con marcas muy diferentes, una de las cuales se movía tan deprisa que su movimiento resultaba claramente visible al mirarla. Estas lunas nunca estaban altas en el cielo, sino que se ponían cuando se elevaban: es decir, cada vez que daban vuelta se eclipsaban por estar tan cerca de su planeta primario. Todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a las condiciones que deben de darse en Marte.

     Desde luego, parece una conclusión muy plausible que al observar el interior del cristal lo que el señor Cave en realidad veía era el planeta Marte y sus habitantes. Si ése fuera el caso, entonces la estrella vespertina que relucía con tanto brillo en el cielo de aquella distante visión no era ni más ni menos que nuestra familiar Tierra.

     Durante algún tiempo los marcianos -si es que eran marcianos- no parecieron haberse percatado de la inspección del señor Cave. Una o dos veces alguno vino a mirar y marchó al poco a otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. En ese periodo el señor Cave pudo vigilar los procedimientos de este pueblo alado sin ser molestado por sus atenciones y, aunque su informe es necesariamente vago y fragmentario, resulta, a pesar de todo, muy sugestivo. Imaginad la impresión que tendría de la humanidad un observador marciano que, después de un difícil proceso de preparación y con los ojos considerablemente fatigados, pudiera ver Londres desde el chapitel de la iglesia de San Martín a intervalos, como máximo, de cuatro minutos cada uno. El señor Cave no pudo cerciorarse de si los marcianos alados eran los mismos que los marcianos que saltaban por las calzadas y las terrazas, y si los últimos podían ponerse las alas a voluntad. Vio varias veces unos bípedos torpes, que recordaban vagamente a monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y, una vez, algunos de ellos huían delante de uno de los marcianos saltarines de cabeza redonda. Este último cogió a uno con sus tentáculos y luego la imagen se desvaneció de repente dejando al señor Cave absolutamente intrigado en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, que el señor Cave al principio tomó por un insecto gigantesco, apareció avanzando por la calzada junto al canal con rapidez extraordinaria. A medida que se acercaba más, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metales relucientes y sorprendente complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, había desaparecido de la vista.

     Pasado algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron pegados al cristal, el señor Cave gritó y saltó, dieron la luz inmediatamente y empezaron a gesticular como haciendo señales. Pero cuando finalmente el señor Cave examinó de nuevo el cristal, el marciano se había marchado.

     Hasta aquí habían avanzado las observaciones a principios del mes de noviembre, y entonces el señor Cave, con la sensación de que las sospechas de la familia sobre el cristal se habían disipado, empezó a llevárselo de acá para allá con el fin de poder disfrutar, surgiera la ocasión de noche o de día, de lo que rápidamente se estaba convirtiendo en lo más real de su existencia.

     En diciembre, el señor Wace tuvo mucho trabajo a causa de un examen que se aproximaba, suspendieron de mala gana las sesiones durante una semana, y en diez u once días -no está muy seguro de cuántos- no vio a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y habiendo amainado la tensión de sus trabajos trimestrales, bajó hasta los Siete Cuadrantes. En la esquina observó la contraventana ante el escaparate de un pajarero, y luego otra en el escaparate de un zapatero. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

     Llamó y le abrió la puerta el hijastro vestido de negro. Éste llamó de inmediato a la señora Cave que, como el señor Wace no pudo por menos de observar, llevaba ropas de luto, baratas, pero amplias y de lo más imponente. Sin gran sorpresa por su parte, el señor Wace supo que Cave había muerto y estaba ya enterrado. Ella lloraba y tenía la voz un poco ronca. Acababa de llegar de Highgate. Parecía tener la mente ocupada con sus propios planes y los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo finalmente conocer los pormenores de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano al día siguiente de su última visita al señor Wace, apretando el cristal entre sus frías manos. Tenía la cara sonriente, según dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar cinco o seis horas muerto cuando lo encontraron.

     Esto supuso una gran conmoción para el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por no haber atendido los claros síntomas de la mala salud del viejo. Pero lo que más le preocupaba era el cristal. Abordó el tema con cuidado porque conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó de una pieza al saber que lo habían vendido.

     El primer impulso de la señora Cave tan pronto como el cuerpo de Cave estuvo en el piso de arriba, había sido el de escribir al loco clérigo que había ofrecido cinco libras por el cristal, informándole de su recuperación, pero tras una violenta búsqueda en la que se le unió su hija se convencieron de que habían perdido la dirección. Como no disponían de los medios necesarios para llorar y enterrar a Cave con el esmerado estilo que exige la dignidad de un antiguo habitante de los Siete Cuadrantes, habían apelado a un anticuario amigo de la calle Great Portland, quien amablemente se había hecho cargo de parte de las mercancías a precio de tasación. La tasación la había hecho el mismo y el huevo de cristal estaba incluido en uno de los lotes. El señor Wace, después de las condolencias pertinentes, expresadas, quizá, un poco bruscamente, marchó de inmediato y apresuradamente a la calle Great Portland. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno, vestido de gris. Y ahí terminan súbitamente los hechos materiales de esta historia curiosa y, al menos para mí, muy sugestiva. El anticuario de la calle Great Portland no sabía quién era el hombre alto vestido de gris, ni lo había observado con la suficiente atención como para describirlo minuciosamente. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado al salir de la tienda. Durante un tiempo el señor Wace permaneció en la tienda poniendo a prueba la paciencia del anticuario con inútiles preguntas, desahogando su propia exasperación. Por fin, dándose cuenta repentinamente de que todo el asunto se le había ido de las manos, había desaparecido como una visión nocturna, volvió a sus habitaciones un poco asombrado de encontrar las notas que había escrito todavía tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

     Naturalmente, su disgusto y decepción fueron muy grandes. Hizo una segunda visita (igualmente infructuosa) al anticuario de la calle Great Portland y recurrió a anuncios en aquellos periódicos que probablemente caerían en las manos de coleccionistas de chucherías. También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambos periódicos, sospechando una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, aconsejándole que una historia tan extraña, por desgracia tan desprovista de pruebas que la apoyaran, podría poner en peligro su reputación de investigador. Además, las obligaciones de su propio trabajo le urgían. Así que después de un mes más o menos, salvo por algún ocasional recordatorio a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal que, desde ese día hasta hoy, sigue sin ser descubierto. De vez en cuando, sin embargo, según me dice y yo le creo absolutamente, le dan arrebatos de celo en los que abandona las ocupaciones más urgentes y reanuda la búsqueda.

     Si permanecerá o no perdido para siempre con su material y su procedencia son todo conjeturas por el momento. Si el actual comprador es un coleccionista era de esperar que las indagaciones del señor Wace llegaran a sus oídos a través de los anticuarios. Ha conseguido descubrir al clérigo y al oriental del señor Cave, que no eran otros que el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bossokuni, en Java. Les estoy muy agradecido por ciertos detalles. Los motivos del príncipe eran simplemente la curiosidad... y extravagancia. Estaba tan empeñado en comprar porque Cave se resistía de forma tan extraña a vender. También es posible que el comprador en la segunda ocasión fuera simplemente un comprador casual y no un coleccionista en absoluto, y el huevo de cristal puede que se encuentre en estos momentos, vaya usted a saber, a una milla de aquí, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles con sus extraordinarias propiedades completamente desconocidas.  Desde luego que es en parte la idea de tal posibilidad la que me ha llevado a narrar la historia de una forma que le dé la oportunidad de llegar a lectores habituales de ficción.

     Mis ideas sobre este asunto son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Creo que el cristal en el mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave están en algún tipo -por el momento completamente inexplicable- de comunicación física, y los dos pensamos también que el cristal terrestre debe de haber sido enviado aquí desde ese planeta, posiblemente en fecha remota, para proporcionar a los marcianos una visión próxima de nuestros asuntos. Posiblemente los compañeros de los cristales que están en los otros mástiles también se encuentran en nuestro planeta. Ninguna teoría de la alucinación es suficiente para explicar los hechos.

FIN

Herbert George Wells.

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Sobre un Cuento de

 Gabriel García Marquez

     William Blake, ese poeta dedicado a construir  piezas tan sublimes, bellas, y  a veces hasta incluso algo aterradoras dijo alguna vez, que la buena literatura nace de las cosas malas. Los mitólogos y los psicoanalistas estarían probablemente muy de acuerdo al decirse que los representantes de estas “cosas malas” (por ser tabúes, por no ser cosas demasiado conocidas) serian como todos sabemos el amor y la muerte. Tanto Joseph Campbell  como Freud han hablado bastante al respecto.

     Aun así pocas obras  han logrado tanto efecto en lo que se refiere al tema de la muerte, o más bien a la cuestión de la efímera, endeble y cambiante frontera que existe entre la vida y la muerte. El primer cuento de García Márquez que figura en el libro Ojos de perro azul, escrito en 1947. “La tercera resignación”, el cuanto al cual nos referimos trata con la veta más experimental que el colombiano ha realizado y en ciertos aspectos, hasta más fascinantes.  Con respecto al resto de los cuentos que figuran ese libro, “La tercera resignación”  es en donde hay ciertos matices  bastante sugestivos por cierto. Ya en las  primeras líneas el escritor nos ilustra acerca  de la situación del personaje. Pues allí estaba otra vez ese ruido.  Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo  y doloroso, como si de un día para otro se habría desacostumbrado a él: “Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal  se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más e espirales sucesivos y le golpeaba por dentro haciendo vibrara su tallo de vértebras con una vibración  destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo”. 

     No hay aquí una referencia clara, excepto aquello que ocurre dentro  de su cráneo, en donde se instaló como vemos, un panal. El personaje es un muerto que aparentemente siente. El autor redijo cualquier posibilidad espacial a una superficie de algunas pocas pulgadas  cuadradas.  Aquí García Márquez se desentendería de su por entonces futura Macondo, ese espacio imaginario,  pues aquí todo estaría centrado a una porción del cuerpo de una persona.

     Con semejante inicio, si es que algún dato como para emparentar con la leyenda de la mujer de Lot convertida en estatua de sal, o el cuento que Leopoldo Lugones desarrolló a partir de la misma. “Pues toda la tierra que ves  te la voy a dar para siempre, a ti y a toda tu descendencia”, le dijo Yahvé a Lot. Estos son tal vez rasgos comparables con Lot y también atribuibles a “La tercera resignación”… Todo está ocurriendo en los movimientos del personaje; la fiebre sus músculos, las paredes interiores de su cráneo… el ruido es su otro componente, ese “ruido tan pesado  y duro que  de haberlo alcanzado y destruido habría tenido la impresión  de estar deshojando una flor de plomo”. Su cadáver siente cómo se transforma su casa, siente como su muerte desarrolla lo que en este cuento se nos anoticia: la muerte que a fin de cuentas no es tal. Hay una conciencia mayor, o más bien un espejismo  que prolonga justamente esa muerte como si se tratase de una entidad viva. , esa vida como de zombie, sin actividad alguna, tan presente en el folclore antillano…Lo cierto es que  hay un esqueleto  viviendo o escuchando  el ruido de los ratones, sintiendo la devastación  de lo que antes mediaba entre él y el mundo, aunque también esperando la reconstrucción de su cuerpo , esperando volver a nacer a los veinticinco años de edad.  Pero su cuerpo  continua creciendo  “con qué satisfacción miró  la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después,  de medirlo, ¡comprobaba que había crecido varios centímetros!”

     Se puede decir que aquí se recrea  la muerte aunque es más acertado argumentar que aquí se refleja la vida en su mínima expresión, hasta los latidos que solo él percibía ahora se había desvanecido, “ni siquiera tenía que respirar para vivir su muerte”.

     Hasta lo aquí relatado, sale al paso un cuento tal vez mucho más celebre pero que conviene mencionarlo. Nos referimos obviamente al cuento de Edgar Alan Poe, “El entierro prematuro”. Los límites biológicos de la vida y la muerte se difuminan, y es allí cuando los siniestros y extraños quehaceres de alguien en una situación así, entran en escena y ya bien avanzado el cuento, hay algún fragmento interesante para citar: “Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura de quien me había despertado. No podía recordar  ni la hora en  que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba (…) – No tengo nombre en las regiones en donde habito- replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy un espectro”. 

     Al igual que en este cuento, en “La tercera resignación” hacen aparición lo difícil o imposible de figurarse y de nombrar.

     Ya un poco desarrollado el cuento “en el polvillo  bíblico de la muerte”, es cuando el personaje pasa a ser un muerto  imaginario: él subirá por los vasos capilares de un manzano, se convertirá en una manzana para “despertarse mordido  por el hambre de un niño en una mañana otoñal”. Aunque todo esto pasa por la imaginación de un muerto. Por el miedo como motor de esas maquinaciones, si es que existe allí algo, en esa perpetua y condenada incapacidad de expresar. ¿Pero expresar qué? Tal vez el miedo  a ese olor fétido, probablemente a salirse de ese lugar, de “eso” en donde él estaba o sencillamente era.  Que “eso” no era él. “¡Oh desmayo dichoso! ¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!” escribió alguna vez Fray Luís de León. Pero por el contrario, este personaje es el reflejo de la cruel duda cartesiana: “¿Será que  mi naturaleza es tal que estoy  extremadamente sujeto a  confundirme?”, o “Ciertamente la idea que tengo del espíritu humano (…) es incomparablemente más  clara que la idea de cosa corporal alguna”. Eso figura en sus Meditaciones. Por cierto es la duda al respecto de un cuerpo, lo que nos confirma un aún joven García Márquez. El relato se cierne sobre una gran falta de certezas, las que a su vez  justifican el cuento y a su personaje. Lo horroroso de ese cuerpo, el lugar en donde transcurre la trama. Entonces, si bien se menciona que allí efectivamente hay un personaje yaciendo dentro de una tumba, se puede suponer también que, más brillante, más innovador  sería considerar que en el  cuento (que se desarrolla dentro de un ataúd) no hay absolutamente nadie, más allá de las atenciones  que provienen del exterior, más allá de las percepciones y sensaciones que ocurren allí dentro. Como si el cuento transcurre realmente, pero que allí dentro no hay un cuerpo dentro de ese ataúd: el cuerpo del personaje es más imaginario que el cuento mismo. Las descripciones realizadas podría tratarse de una zanja  para los cimientos de una casa; o bien, una superficie se iría a colocar un  entablonado; o el lugar más fresco y húmedo posible en donde una mujer atiende un helecho…en un puro y cotidiano realismo mágico es lo que produce esa situación. Al fin y al cabo  el cuento recrea una vida que existe a pesar de la muerte. O al menos una conciencia que trasciende hechos  como lo es la muerte. Ese puede ser el mecanismo  que actúa en este misterio.

     Pero la gran magia que posee el autor de este cuento no solo es su capacidad para recrear ciertas situaciones, sino que en el sentido sintáctico, García Márquez posee la gran particularidad  de confundir los sujetos con los predicados. Este artilugio es el que nos hace preguntarnos ¿qué será eso que él percibe? ¿Qué está pasando realmente dentro de su cráneo, dentro del ataúd o lo que eso sea? ¿Qué es lo que ocurre allí, fuera del ataud?

       Descompongamos primero en tres oraciones este fragmento:

1)      Resignado oirá las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos.

2)      El frío lleno de polvo y de huesos de cementerio  penetrará  hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”

3)      Pero estará ya tan resignado  morir, que acaso muera de resignación.

      …Estas tres son frases extraídas de su final. Si bien las tres fueron escogidas al azar, se contempla que el personaje es uno aunque algo disipado y borroso, es difícil figurar su rostro, el interior de su cráneo, el lugar en el que yace… De todas maneras se refieren a lo que le ocurre al personaje. Pero podrían corresponder  no necesariamente  al mismo sujeto que supuestamente yace allí, casi vivo o casi muerto. La primera oración podría hacer referencia a alguien que asiste a un entierro; la tercera podría ser un inexorable hecho suscitado a un convaleciente que no figura necesariamente en el cuento. Y la segunda oración podría estar haciendo referencia a  cualquier ser vivo, que figura en el titulo de este sueño y que es una frase escuchada en un sueño: de un perro azul.

Andrés Ugueruaga.

 ( Agradecemos su Colaboración )

 

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Mesón de Castilla

( del Libro "Impresiones y Viajes",

 de Federico García Lorca )

     Yo vi un mesón en una colina dorada al lado del río de plata de la carretera.
   Bajo la enorme románica fe de estos colores trigueños, ponía una nota melancólica la casona, aburrida por los años.
     En estos mesones viejos que guardan tipos de capote y pelos ariscos, sin mirar a nadie y siempre jadeantes, hay toda la fuerza de un espíritu muerto, español...   Este que yo vi, muy bien pudiera ser el fondo para una figura del Españoleto.
    En la puerta había niños mocosos, de esos que tienen siempre un pedazo de pan en las manos y están llenos de migajas, un banco de piedra carcomida pintado de ocre, y un gallo sultán arrogante, con sus penachos irisados, rodeado de sus lujuriosas gallinas coqueteando graciosamente con sus cuellos.
     Era tanta la inmensidad de los campos y tan majestuoso el canto solar, que la casona se hundía con su pequeñez en el vientre de la lejanía... El aire chocaba en los oídos como el arco de un gigantesco contrabajo, mientras que al cloqueo de las gallinas los niños, riñendo por una bola de cristal, ponían el grito en el cielo...
    Al entrar, diríase que se penetraba en una covacha. Todas las paredes mugrientas de pringue sebosa, tenían una negrura amarillenta incrustada en sus boquetes, por los cuales asomaban sus estrellas de seda las arañas.
    En un rincón estaba el despacho, con unas botellas sin tapar, un lebrillo descacharrado, unos tarros de latón abollados de tanto servir, y dos toneles grandes, de esos que huelen a vino imposible.
    Era aquello como una alacena de madera por la que hubieran restregado manteca negruzca y en la que miles de moscas tenían su vivienda.
     Cuando callaban el aire y los niños, sólo se oía el aleteo nervioso de estos insectos y los resoplidos del mulo en la cuadra cercana.
     Luego, un olor a sudor y a estiércol que lo llenaban todo con sus masas sofocantes.
     En el techo, unas sogas bordadas de moscas señalaban quizá el sitio de algún ahorcado; un mozo soñoliento por el mediodía se desperezaba chabacano con la horrible colilla entre sus labios egipcios, un niño rubito quemado del sol jugueteaba al runrún de un abejorro; otros viejos echados en el suelo como fardos roncaban con los desquiciados sombreros sobre las caras; en el infierno de la cuadra los mayorales hacían sonar los campanillos al enjaezar a los machos, mientras allá, entre las manchas oscuras de los fondos caseros brillaba el joyel purísimo de la hornilla que daba a la maritornes boquiabierta el apagado brillo de un cobre esmaltado de Limoges.
     Con la calma silenciosa de las moscas y del aire, rodeados de aquel ambiente angustioso, todas las personas dormitaban.
     Un reloj viejo de esos que titubean al decir la hora, dio las doce con una rancia solemnidad. Un carbonero con un blusón azul entró rascándose la cabeza, y musitando palabras ininteligibles saludó a la posadera, que era una mujeruca embarazada con la cabellera en desorden y la cara toda ojeras...
      -¿No quieres un vaso?
      Y él:
      - No porque tengo malo el gaznate.
      - ¿Vienes del pueblo?
      - No. Vengo donde mi hermana, que tiene esa enfermedad que es nueva...
      - Si fuera rica, contestó la mujeruca, ya el médico se la habría quitado... Ya... pero ¡los pobres!...
      Y el hombre haciendo un gesto cansado repetía:
      - ¡Los pobres!... ¡los pobres!...
     Y acercándose el uno al otro continuaron en voz baja la eterna cantinela de los humildes.
     Luego los demás, al ruido de la conversación, se despertaron y comenzaron a platicar unos con otros, porque no hay cosa que haga hablar más a dos personas que el estar sentadas bajo un mismo techo sin conocerse... y todos se animaron menos la embarazada, que tenía ese aire cansado que poseen en sus ojos y en sus movimientos los que ven a la muerte o la presienten muy cerca.
      Indudablemente, aquella mujeruca era la figura más interesante del mesón.
     Llegó la hora de comer y todos sacaron de sus bolsas unos papelotes aceitosos y los panes morenos como de cuero. Los colocaron sobre el suelo polvoriento, y abriendo sus navajas comenzaron la tarea diaria.
      Cogían los manjares pobrísimos con las manazas de piedra, se los llevaban a la boca con una religiosa unción, y después se limpiaban en sus pantalones.
     La mesonera repartía vino tinto en vasos sucios de cristal, y como eran muchas las moscas que volaban sobre los pozuelos dulzones, éstas se caían a pares sobre las vasijas, siendo sacadas de la muerte por los sarmentosos dedos de la dueña.
     Llegaban tufaradas sofocantes de tocino, de cuadra, de campo soleado.
    En un rincón, entre unos sacos y tablas, el mozuelo que se desperezaba engullía unas sopas coloradas que la criada le servía entre risas e intentos a ciertas cosas poco decorosas.
     Con el vino y la comida los viajeros se alegraron, y alguno más contento o más triste que los demás, tarareaba entre dientes una monorrítmica canción.
     Y fue sonando la una y la una y media y las dos, y todo igual.
     Siguió el desfile de tipos campesinos, que todos parecen iguales, con sus ojos siempre entornados por la costumbre de mirar toda la vida al campo y al sol... y pasaron esas mujeres, que son un haz de sarmientos, con los ojos enfermos y los cuerpos gibosos, que van con gestos de sacrificadas a que las curen en la vecina ciudad, y desfilaron las mil figuras de tratantes, con sus látigos en la faja, que son muy altos, y los rumbosos de las posadas, y esos hombres castellanos, esclavos por naturaleza, muy finos y comedidos, que tienen aún el miedo al señor feudal, y que al hablarles siempre contestan: "¡Señor! ¡señor!"... y los que son de otras regiones, que hablan exagerando sus palabras para llamar la atención... y hasta se asomó por aquella escena pintoresca el prestidigitador, que va de pueblo en pueblo, sacándose cintas de la boca y variando las rosas de color... Y dieron las dos y las dos y media, y todo igual... Como ya había sombra en la puerta, a ella se salieron todos los personajes para gozar del aire perfumado de los cerros...
     Solamente quedaron dentro adormilados aún y cubiertos de moscas, dos vejetes muy apagados, que con las camisas entreabiertas enseñaban un mechón de pelo cano de sus pechos, como mostrándonos la muerta bravura de su juventud.
     Afuera se respiraba el aire sonado por los montes, que traía en su alma el secreto más agradable de los olores.
     Las peladas y oreadas colinas, tan mansas y suaves, invitan con su blandura de hierbas secas a subir a sus cumbres llanas.
     Unas nubes macizas y blancas se bambolean solemnes sobre las sierras lejanas.
     Por el fondo del camino viene una carreta con los bueyes uncidos, que marchan muy lentos entornando sus enormes ojazos de ópalo azul con voluptuosidad dulcísima y babeando como si masticaran algo muy sabroso... Y pasaron más carretas destartaladas, con arrieros en cuclillas sobre ellas, y pasaron asnos tristes, aburridísimos, cargados de retamas y golpeados por rapaces, y hombres, hombres que no veremos más, pero que tienen sus vidas, y sospechosos de los que miran de reojo..., y silencios augustos de sonido y color...
     Dieron las tres... y las cuatro...
     La tarde se deslizaba melosa, admirable...

*****************************************

     El cielo comenzó a componer su sinfonía en tono menor del crepúsculo. El color anaranjado fue abriendo sus regios mantos. La melancolía brotó de los pinares lejanos, abriendo los corazones a la música infinita del Ángelus...
      Ciega el oro de la tierra. Las lejanías sueñan con la noche.

Federico García Lorca

( Fragmento de su Libro "Impresiones y Viajes" -1918- Cap. 5 ).

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Granada.

 Paraíso Cerrado para Muchos

( Texto de Federico García Lorca )

     Granada ama lo diminuto. Y en general toda Andalucía. El lenguaje del pueblo pone los verbos en diminutivo. Nada tan incitante para la confidencia y el amor. Pero los diminutivos de Sevilla y los diminutivos de Málaga son ciudades en las encrucijadas del agua, ciudades con sed de aventura que se escapan al mar. Granada, quieta y fina, ceñida por sus sierras y definitivamente anclada, busca a sí misma sus horizontes, se recrea en sus pequeñas joyas y ofrece en su lenguaje diminutivo soso, su diminutivo sin ritmo y casi sin gracia, si se compara con el baile fonético de Málaga y Sevilla, pero cordial, doméstico, entrañable. Diminutivo asustado como un pájaro, que abre secretas cámaras de sentimiento y revela el más definido matiz de la ciudad.

     El diminutivo no tiene más misión que la de limitar, ceñir, traer a la habitación y poner en nuestra mano los objetos o ideas de gran perspectiva.

    Se limita el tiempo, el espacio, el mar, la luna, las distancias, y hasta lo prodigioso: la acción.

    No queremos que el mundo sea tan grande ni el mar tan hondo. Hay necesidad de limitar, de domesticar los términos inmensos.

    Granada no puede salir de su casa. No es como las otras ciudades que están a la orilla del mar o de los grandes ríos, que viajan y vuelven enriquecidas con lo que han visto. Granada, solitaria y pura, se achica, ciñe su alma extraordinaria y no tiene más salida que su alto puesto natural de estrellas. Por eso, porque no tiene sed de aventuras, se dobla sobre sí misma y usa del diminutivo para recoger su imaginación, como recoge su cuerpo para evitar el vuelo excesivo y armonizar sobriamente sus arquitecturas interiores con las vivas arquitecturas de la ciudad.

     Por eso la estética genuinamente granadina es la estética del diminutivo, la estética de las cosas diminutas.

     Las creaciones justas de Granada son el camarín y el mirador de bellas y reducidas proporciones. Así como el jardín pequeño y la estatua chica.

     Lo que se llaman escuelas granadinas son núcleos de artistas que trabajan con primor obras de pequeño tamaño. No quiere esto decir que limiten su actividad a esta clase de trabajo; pero, desde luego, es lo más característico de sus personalidades.

     Se puede afirmar que las escuelas de Granada y sus más genuinas representantes son preciosistas. La tradición del arabesco de la Alhambra, complicado y de pequeño ámbito, pesa en todos los grandes artistas de aquella tierra. El pequeño palacio de la Alhambra, palacio que la fantasía andaluza vio mirando con los gemelos al revés, ha sido siempre el eje estético de la ciudad. Parece que Granada no se ha enterado de que en ella se levantan el palacio de Carlos V y la dibujada catedral. No hay tradición cesárea ni tradición de haz de columnas. Granada todavía se asusta de su gran torre fría y se mete en sus antiguos camarines, con una maceta de arrayán y un chorro de agua helada, para labrar en dura madera pequeñas torres de marfil.

     La tradición renacentista, con tener en la urbe bellas muestras de su actividad, se despega, se escapa o, burlándose de las proporciones que impone la época, construye la inverosímil torrecilla de Santa Ana: torre diminuta, más para palomas que para campanas, hecha con todo el garbo y la gracia antigua de Granada.

     En los años en que renace el arco del triunfo, labra Alonso Cano sus virgencitas, preciosos ejemplares de virtud y de intimidad. Cuando el castellano es apto para describir los elementos de la Naturaleza y flexible hasta el punto de estar dispuesto para las más agudas construcciones místicas, tiene Fray Luis de Granada delectaciones descriptivas de cosas y objetos pequeñísimos.

     Es Fray Luis quien, en la Introducción al símbolo de la fe, habla de cómo resplandece más la sabiduría y providencia de Dios en las cosas pequeñas que en las grandes. Humilde y preciosista, hombre de rincón y maestro de miradas, como todos los buenos granadinos.

     En la época en que Góngora lanza su proclama de poesía pura y abstracta, recogida con avidez por los espíritus más líricos de su tiempo, no podía Granada permanecer inactiva en la lucha que definía una vez más el mapa literario de España. Soto de Rojas abraza la estrecha y difícil regla gongorina; pero, mientras el sutil cordobés juega con mares, selvas y elementos de la Naturaleza, Soto de Rojas se encierra en su Jardín para descubrir surtidores, dalias, jilgueros y aires suaves. Aires moriscos, medio italianos, que mueven todavía sus ramas, frutos y boscajes de su poema.

     En suma: su característica es el preciosismo granadino. Ordena su naturaleza con un instinto de interior doméstico. Huye de los grandes elementos de la Naturaleza, y prefiere las guirnaldas y los cestos de frutas que hace con sus propias manos. Así pasó siempre en Granada. Por debajo de la impresión renacentista, la sangre indígena daba sus frutos virginales.

     La estética de las cosas pequeñas ha sido nuestro fruto más castizo, la nota distinta y el más delicado juego de nuestros artistas. Y no es obra de paciencia, sino obra de tiempo; no obra de trabajo, sino obra de pura virtud y amor. Esto no podía suceder en otra ciudad. Pero sí en Granada.

     Granada es una ciudad de ocio, una ciudad para la contemplación y la fantasía, una ciudad donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo. Las horas son allí más largas y sabrosas que en ninguna otra ciudad de España. Tiene crepúsculos complicados de luces constantemente inéditas que parece no terminarán nunca.

     Sostenemos con los amigos largas conversaciones en medio de sus calles.

     Vive con la fantasía. Está llena de iniciativas, pero falta de acción.

     Sólo en la ciudad de ocios y tranquilidades puede haber exquisitos catadores de aguas, de temperaturas y de crepúsculos, como los hay en Granada.

     El granadino está rodeado de la naturaleza más espléndida, pero no va a ella. Los paisajes son extraordinarios; pero el granadino prefiere mirarlos desde su ventana. Le asustan los elementos y desprecia el vulgo voceador, que no es de ninguna parte. Como es hombre de fantasía, no es, naturalmente, hombre de valor. Prefiere el aire suave y frío de su nieve al viento terrible y áspero que se oye en Ronda, por ejemplo, y está dispuesto a poner su alma en diminutivo y traer al mundo dentro de su cuarto. Sabiamente se da cuenta de que así puede comprender mejor.  Renuncia a la aventura, a los viajes, a las curiosidades exteriores; las más veces renuncia al lujo, a los vestidos, a la urbe.

     Desprecia todo esto y engalana su jardín. Se retira consigo mismo. Es hombre de pocos amigos. (¿No es proverbial en Andalucía la reserva de Granada?)

     De esta manera mira y se fija amorosamente en los objetos que lo rodean. Además, no tiene prisa. Quizá por esta mecánica los artistas de Granada se hayan deleitado en labrar cosas pequeñas o describir mundos de pequeño ámbito. Se me puede decir que éstas son las condiciones más aptas para producir una filosofía. Pero una filosofía necesita una constancia y un equilibrio matemático, bastante difícil en Granada. Granada es apta para el sueño y el ensueño.  Por todas partes limita con lo inefable. Y hay mucha diferencia entre soñar y pensar, aunque las actitudes sean gemelas. Granada será siempre más plástica que filosófica. Más lírica que dramática. La sustancia entrañable de su personalidad se esconde en los interiores de sus casas y de su paisaje. Su voz es una voz que baja de un miradorcillo o sube de una ventana oscura. Voz impersonal, aguda, llena de una inefable melancolía aristocrática. Pero ¿quién la canta? ¿De dónde ha salido esa voz delgada, noche y día al mismo tiempo?

     Para oírla hay necesidad de entrar en los pequeños camarines, rincones y esquinas de la ciudad. Hay que vivir su interior sin gente y su soledad ceñida. Y lo más admirable: hay que hurgar y explorar nuestra propia intimidad y secreto, es decir, hay que adoptar una actitud definidamente lírica.

     Hay necesidad de empobrecerse un poquito, de olvidar nuestro nombre, de renunciar a eso que han llamado las gentes personalidad.

     Todo lo contrario que Sevilla. Sevilla es el hombre y su complejo sensual y sentimental. Es la intriga política y el arco de triunfo. Don Pedro y Don Juan. Está llena de elemento humano, y su voz arranca lágrimas, porque todos la entienden. Granada es como la narración de lo que ya pasó en Sevilla.

     Hay un vacío de cosa definitivamente acabada.

     Comprendiendo el alma íntima y recatada de la ciudad, alma de interior y jardín pequeño, se explica también la estética de muchos de nuestros artistas más representativos y sus característicos procedimientos.

     Todo tiene por fuerza un dulce aire doméstico; pero, verdaderamente, ¿quién penetra esta intimidad? Por eso, cuando en el siglo XVII un poeta granadino, don Pedro Soto de Rojas, de vuelta de Madrid, lleno de pesadumbre y desengaños, escribe en la portada de un libro suyo estas palabras: "Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos», hace, a mi modo de ver, la más exacta definición de Granada: Paraíso cerrado para muchos.

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Un Viaje a Liliput

( Texto de Jonathan Swift )

Primera Parte ( Fragmento )

Capítulo 1

     El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho prisionero e internado...

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     Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el tercero. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí residí tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi pensión muy corta, representaba una carga demasiado grande para una tan reducida fortuna, entré de aprendiz con míster James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando fuí aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar, pues siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro pariente, conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en Leida. En este último punto estudié Física dos años y siete meses, seguro de que me sería útil en largas travesías.

     Poco después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi buen maestro míster Bates, me coloqué de médico en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham Panell, con quien en tres años y medio hice un viaje o dos a Oriente y varios a otros puntos.

     Al volver decidí establecerme en Londres, propósito en que me animó míster Bates, mi maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé parte de una casa pequeña en la Old Jewry; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con mistress Mary Burton, hija segunda de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street, y con ella recibí cuatrocientas libras como dote.

     Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos, empezó a decaer mi negocio; porque mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de tantos y tantos entre mis colegas. Así, consulté con mi mujer y con algún amigo, y determiné volverme al mar. Fui médico sucesivamente en dos barcos y durante seis años hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar algo mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos, y a este propósito siempre llevaba buen repuesto de libros conmigo; y cuando desembarcábamos, en observar las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en aprender su lengua, para lo que me daba gran facilidad la firmeza de mi memoria.

     El último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí del mar y quise quedarme en casa con mi mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no me salieron las cuentas. Llevaba tres años de aguardar que cambiaran las cosas, cuando acepté un ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a emprender un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo de 1699, y la travesía al principio fue muy próspera.

     No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que en la travesía a las Indias Orientales fuimos arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud Sur. De nuestra tripulación murieron doce hombres, a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y el resto se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que es el principio del verano en aquellas regiones, los marineros columbraron entre la espesa niebla que reinaba una roca a obra de medio cable de distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no pudimos evitar que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes, yo entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco y de la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en el barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo decir; pero supongo que perecerían todos.  En cuanto a mí, nadé a la ventura, empujado por viento y marea. A menudo alargaba las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando estaba casi agotado y me era imposible luchar más, hice pie. Por entonces la tormenta había amainado mucho.

     El declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar a la playa, lo que conseguí, según mi cuenta, a eso de las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro cerca de media milla, sin descubrir señal alguna de casas ni habitantes; caso de haberlos, yo estaba en tan miserable condición que no podía advertirlo. Me encontraba cansado en extremo, y con esto, más lo caluroso del tiempo y la media pinta de aguardiente que me había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la hierba, que era muy corta y suave, y dormí más profundamente que recordaba haber dormido en mi vida, y durante unas nueve horas, según pude ver, pues al despertarme amanecía. Intenté levantarme, pero no pude moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los brazos y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados del terreno, y mi cabello, largo y fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía varias delgadas ligaduras que me cruzaban el cuerpo desde debajo de los brazos hasta los muslos. Soló podía mirar hacia arriba; el sol empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía yo a mi alrededor un ruido confuso; pero la postura en que yacía solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí moverse sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó sobre el pecho y me llegó casi hasta la barbilla; forzando la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí que se trataba de una criatura humana cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y flecha en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí que lo menos cuarenta de la misma especie, según mis conjeturas, seguían al primero. Estaba yo en extremo asombrado, y rugí tan fuerte, que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según me dijeron después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados a la arena.

     No obstante, volvieron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme de lleno la cara, levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración, exclamó con una voz chillona, aunque bien distinta: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas palabras varias veces; pero yo entonces no sabía lo que querían decir. El lector me creerá si le digo que este rato fue para mí de gran molestia. Finalmente, luchando por libertarme, tuve la fortuna de romper los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí el arbitrio de que se habían valido para atarme-, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes dolores, aflojé algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas. Pero aquellas criaturas huyeron otra vez antes de que yo pudiera atraparlas.

Jonathan Swift.

( Fragmento Extractado del Libro de Jonathan Swift

 "Viajes de Gulliver", 1° Parte - Cap. I ).

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Leonardo Da Vinci

 y sus Aforismos

 ( Selección )

-1° Parte-

<> El amor a un objeto, cualquiera que sea, es hijo de su conocimiento. El amor es tanto más ferviente cuanto más cierto es el conocimiento; pero la certidumbre nace del conocimiento integral de todas las partes, que reunidas forman el todo que debe ser amado.

<> Si no conoces a Dios, no podrás amarlo; si lo amas por el bien que de Él esperas y no por su virtud soberana, imitas al perro que menea la cola y festeja con sus saltos a quien le va a dar un hueso; si el animal conociera la superioridad del hombre, lo amaría mejor.

<> Hay, sin duda, la misma proporción de la mentira y la verdad que de las tinieblas a la luz; y la verdad es tan elevada esencia que, aun si se aplica a materia humilde y baja, sobrepasa incomparablemente las vagas y mentirosas amplificaciones y los más grandes y sublimes discursos. Aunque nuestro espíritu, en efecto, tenga a la mentira por quinto elemento (agregado a los cuatro que componen el mundo: aire, tierra, fuego y agua), no deja de ser cierto que la verdad es la soberana alimentación no de los espíritus vagabundos, pero sí de las inteligencias agudas. Mas tú, que vives de ensueños, preferirás los sofismas y las mentiras de los charlatanes en las cosas grandes e inciertas, a las verdades naturales, bien que menos pretenciosas.

<> Los antiguos llamaban al hombre un mundo menor, designación justa, porque está compuesto de tierra, agua, aire y fuego como el cuerpo terrestre, y a él se asemeja. Si el hombre tiene sus huesos, que le sirven de armadura y sostienen su carne, el mundo tiene sus rocas que sostienen su tierra; si el hombre tiene dentro de sí un lago de sangre, donde crece y decrece el pulmón para su respiración, el cuerpo de la tierra tiene su mar océano que, cada seis horas, crece y decrece también para su respiración; si de aquel lago de sangre derivan las venas que van ramificándose por todo el organismo, análogamente el mar océano llena el cuerpo terrestre con innumerables venas de agua; pero faltan a nuestro globo los nervios, que no le han sido dados porque ellos están destinados al movimiento, y el mundo, en su perpetua estabilidad, carece de movimiento, y donde no hay movimiento los nervios son inútiles. Pero, en todo lo demás, el hombre y el mundo son semejantes.

<> La naturaleza ha distribuido en el cuerpo del hombre los músculos, que estiran los tendones y mueven los miembros de acuerdo con la voluntad y deseo del común sentido, a semejanza de los oficiales distribuidos por su señor en varias provincias y ciudades, los cuales en dichos lugares lo representan y obedecen a su voluntad. Y el oficial que una vez haya obedecido a las indicaciones directas de su señor, hará después espontáneamente, en igual caso, lo necesario, sin desviarse de la voluntad superior.

Leonardo Da Vinci.

( Extractado de su Obra "Aforismos" ).

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Raymond Chandler

y su Simple Arte de Matar

     Raymond Thornton Chandler, nació en Chicago en 1888. Tuvo varios empleos antes de comenzar a ser realmente lo que se dice “un escritor”. Ha vivido en Inglaterra, en donde trabajó como reportero del London Daily Express y en el Bristol Western Gazette. Algún escritor argentino alguna vez afirmó que “Hammet ha sido el primero pero Chandler lo hizo mejor”.   Evidentemente este escritor se refería a Chandler como el principal sucesor de  sino de  Dashiell Hammet, el verdadero fundador del “policial negro”, genero que se reía de los policiales de los ingleses, desde Agatha Christie hasta Sir Conan Doyle. Todos estos fueron dejados de lado para narrar historias que ahora ocurrían ya no en círculos cerrados y aristocráticos, ni tampoco los crímenes se  resolvían desde un confortable y acogedor living londinense, cosas con las que sus predecesores en la Inglaterra victoriana, simpatizaban. Para el policial negro los asesinatos podían ocurrir en cualquier lugar, a cualquier hora y a cualquiera. Obviamente el tiempo había pasado, era el siglo veinte, el siglo de la Norteamérica  democrática, de los negocios y del dinero, fuese fácil y sucio, o no. El policial negro profesaba entre dientes y entre líneas algún axioma muy escandaloso por cierto: a mayor riqueza y democracia, mayor número de negocios turbios y de crímenes.

     Tanto Hammet como Raymond Chandler  se iniciaron en la revista The Mask, una revista que comenzó a publicar cuentos bajo la supervisión del General T. Shaw. La mayoría de sus libros transcurren en la costa oeste de Estados Unidos, más precisamente en Los Angeles, aunque Chandler no se dedica solamente  a describir los círculos más glamorosos de la ciudad, sino también,  a los que iban muy por debajo de lo que por entonces se podía, o se permitía ver: al respecto, nada de glamour ni de lentejuelas para Chandler. Este escritor supo hacer referencia, en la mayor parte de su obra, a las porciones más bajas y  renegadas de la ciudad en las que siempre algún ricachón viene a “meter la cola”. Nadie es realmente un ganador en sus libros, todos llevan las de perder: la sociedad capitalista para Chandler es un lugar que se rige con la ley de la selva. Es que a pesar de todo, el desgastado y hasta crédulo  “sueño americano” ha dado lugar a los crímenes y las estafas sin el menor escrúpulo. Raymond Chandler se ha dignado entonces a mostrar el lado más pesadillesco e inhumano de ese sueño que se profesaba en el país de la libertad. De allí es justamente de donde ha surgido ese género (en su época vernáculo y académicamente reprobable), que consistía tanto en el champagne, las limusinas, los suculentos cheques y los trajes caros de la clase pudiente de Estados Unidos aunque en el whisky barato, los bares de segunda, los asesinatos por doquier por resolver, a los matones inescrupulosos de los más pobres. En sus coloridas historias siempre hay mujeres tentadoras, hermosas, malvadas y llenas de codicia, en las que siempre acude a resolver las cosas a algún que otro detective celebre, tal como el gran Phillip Marlowe: esa celebre personificación puntillosa y metódica,  que decía a sus lectores que algo había cambiado en la sociedad de la primera mitad del siglo pasado. La riqueza y las industrias, pero también la corrupción y la escasa moral estaban transformando a la sociedad norteamericana por completo.

     Tanto Raymond Chandler como su personaje Phillip Marlowe encarnaron a su manera, aquel viejo cuento que Edgar Alan Poe había recreado hacia más de un siglo atrás, cuando ya todo comenzaba a “multiplicarse”: “El hombre de las multitudes”, ese hombre perdido en un mar de gente entre la sospecha y el anonimato…

     Por otra parte, las obras de Chandler han sido varias por cierto: Playback, Adiós muñeca, La dama del lago, la ventana siniestra, El largo adiós, La daga azul por mencionar solo algunos.  Por otra parte se han publicado post mortem y a modo de biografía, algunas cartas inéditas de su autoría, en las que expone su visión acerca de la literatura de su tiempo. Estas cartas son algo así como lo que Raymond Chandler expuso más formalmente, en uno de sus libros más conocidos y citados El simple arte de matar. En  estos libros el autor evidencia una formación que podría decirse que es casi “clásica”, lo cual es insospechado para una figura eminente de un  género que (si se quiere) es secundario. Siendo ya un consagrado, tuvo la oportunidad de trabajar como guionista en Hollywood, como colegas por aquellos días estaban nada más y nada menos que William Faulkner y James Cain (otro buen exponente del género policial).

     Raymond Chandler falleció en 1959 en la ciudad de Los Angeles, California, y es considerado hoy por hoy,  una de las grandes figuras de la literatura norteamericana y universal del siglo pasado.

Andrés Ugueruaga.

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Desde mi Celda. Cartas Literarias

( Carta Primera )  ( Fragmento )

Monasterio de Veruela, 1864.

Queridos amigos:

     Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hallar de continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez; diríase, por el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible me separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se ofrece a mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!

     Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso, en la redacción, en el teatro Real, en La Iberia; hoy, sonándome aún en el oído la última frase de una discusión ardiente la última palabra de un artículo de fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso rumor de cien conversaciones distintas, sentado a la lumbre de un campestre hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi taza de café, único exceso que en estas soledades me permito sin que turbe la honda calma que me rodea otro ruido que el del viento que gime a lo largo de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio o corre subterránea atravesando sus claustros sombríos y medrosos. Una muchacha con su zagalejo corto y naranjado, su corpiño oscuro, su camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas con un listón negro, que sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina, atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros donde se condimenta la futura cena, y dispone el agua hirviente, negra y amarga que me mira beber con asombro. A estas alturas, y mientras dura el frío, la cocina es el estrado, el gabinete y el estudio.

     Cuando sopla el cierzo, cae la nieve o azota la lluvia los vidrios del balcón de mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la llama, y allí, teniendo a mis pies al perro, que se enrosca junto a la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan las cacerolas y los trastos de la espetera, al reflejo del fuego, ¡cuántas veces he interrumpido la lectura de una escena de La Tempestad, de Shakespeare, o del Caín, de Byron, para oír el ruido del agua que hierve a borbotones, coronándose de espuma y levantando con sus penachos de vapor. azul y ligero la tapadera de metal que golpea los bordes de la vajilla! Un mes hace que falto de aquí y todo se encuentra lo mismo que antes de marcharme. El temeroso respeto de estos criados hacia todo lo que me pertenece, no puede menos de traerme a la imaginación las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes arreglos de cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de polvo, pero con las mismas señales y colocados en el orden que yo los tenía, están aún mis libros y mis papeles. Más allá cuelga de un clavo la cartera de dibujo; en un rincón veo la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado bastante y no he matado casi nada. Después de apurar mi taza de café, y mientras miro danzar las llamas violadas, rojas y amarillas a través del humo del cigarro que se extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado un poco sobre qué escribiría a ustedes para El Contemporáneo, ya que me he comprometido a contribuir con una gota de agua, a fin de llenar ese océano sin fondo, ese abismo de cuartillas que se llama periódico, especie de tonel que, como al de las Danaidas, siempre se le está echando original y siempre está vacío. Las únicas ideas que me han quedado como flotando en la memoria y sueltas de la masa general que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren a los detalles de éste, que carecen en sí de interés, que en otras mil ocasiones he podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han ofrecido a mi imaginación en conjunto y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario y patente.

      Los diversos medios de locomoción de que he tenido que servirme para llegar hasta aquí, me han recordado épocas y escenas tan distintas, que algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por pluma más avezada que la mía a esta clase de estudios bastarían a bosquejar un curioso cuadro de costumbres.

     Como por todo equipaje no llevaba más que un pequeño saco de noche, después de haberme despedido de ustedes llegué a la estación del ferrocarril a punto de montar en el tren. Previo un ligero saludo de cabeza dirigido a las pocas personas que de antemano se encontraban en el coche y que habían de ser mis compañeros de viaje, me acomodé en un rincón, esperando el momento de partir, que no debía de tardar mucho, a juzgar por la precipitación de los rezagados, el ir y venir de los guardas de la vía y el incesante golpear de las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como un caballo de raza impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el hipódromo. De cuando en cuando una pequeña oscilación hacía crujir las coyunturas de acero del monstruo; por último sonó la campana, el coche hizo un brusco movimiento de delante atrás y de atrás adelante, y aquella especie de culebra negra y monstruosa partió arrastrándose por el suelo a lo largo de los raíles y arrojando silbidos estridentes que resonaban de una manera particular en el silencio de la noche. La primera sensación que se experimenta al arrancar un tren es siempre insoportable. Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería ambulante, igual aunque en grado máximo, al que produce un simón desvencijado al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios, marea y aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero como quiera que aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, también es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación de las impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se pertenece uno a sí mismo por completo (...).

Gustavo Adolfo Bécquer.

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Rozanov, ese Ingenuo Filisteo

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   Recientemente se ha comenzado a revalorar los trabajos del filósofo y místico ruso Vasily Rozanov, quien fue considerado uno de los más grandes prosistas rusos, un genuino mago de la palabra.  
   Rozanov fue un “peligroso” oponente de los cristianos. Nikolai Berdyaev hizo algún estudio sobre este muy peculiar filósofo…

     Vasily Vasilievich Rozanov  vivió entre 1856 y 1919,  fue uno de los más controversiales escritores de la época prerrevolucionarios.  Sus puntos de vista se denominaron por aquel entonces como una “religión de la procreación” ya que trató  de conciliar las enseñanzas del dogma cristiano con el lado más saludable del sexo, dos entidades conceptualmente contrarias en la época de Rozanov. Hoy, en un mundo probablemente demasiado acelerado, que ya da por supuestas ciertas cosas y que ya no se cuestiona la redención en el sentido religioso, y que ha dado por obvio de que el sexo es algo realmente sano y no un tabú, Rozanov, desde la Rusia de un siglo atrás, viene para hablarnos sobre cómo el hombre debe vivir la vida entre el goce y lo místico.
     Sin embargo  el tiempo  que a este peculiar filósofo  le tocó vivir fue difícil para el Cristianismo en Rusia, y  por un momento, Rozanov pareció ser un verdadero reformador del Cristianismo, a tal punto que fue llamado el Rasputin de la inteligencia debido a su mixtura entre el erotismo y la religiosidad. Sin lugar a dudas, ambos personajes fueron falsos profetas respectivamente.
     Muy poco conocido incluso en nuestros días, puede llegar hasta nosotros mediante algún eco de Nikolai Berdaiev, justamente su adversario filosófico. Rozanov fue un pensador que se esforzó por conciliar dos cosas conceptualmente muy contrarias: el sexo y la religión.  Evidentemente fue un rebelde que fustigaba a lo que por entonces era “lo establecido” en la  Rusia monárquica de fin de siglo.  Rozanov fue una suerte de interrogador de sus propios contemporáneos, él los ponía a prueba mediante sus escritos. Es por eso que construyó su propio Apocalipsis de su tiempo. Primeramente, ya  había llamado la atención hacia 1890 cuando publicó algunos esbozos políticos en el diario conservador Novoye Vremya. Rozanov quizás fue uno de los primeros en criticar la ortodoxia rusa de aquel entonces, y además llamó la atención también sobre la muerte de la fe cristiana, sobre los judíos y el antisemitismo (tal como Nietzsche, el loco de Weimar, en la Europa central había proclamado hacia 1883, apenas siete años antes). Y, anticipándose en algunas décadas a Sigmund Freud, aceptó la homosexualidad como el otro lado del ser humano, es decir, como así también vaticinó en algún sentido la obra psicoanalítica, al ver al sexo como algo verdaderamente natural y sano.
 Rozanov frecuentemente se refería asimismo como el hombre subterráneo, aquel héroe de   Dostoievsky, y se autoproclamó el derecho de afirmar dos cosas distintas al mismo tiempo. Sus escritos escandalizaron a Lenin y a Trotsky.
     A pesar de haber sido largamente olvidado incluso por grandes escritores rusos como Vladimir Nabokov o el mismo Gogol.

La doctrina

     Vasily Rozanov fue más que nada,  un hombre inmerso en el ser y en la conciencia personal.   Como Tolstoi respecto al sentimiento de la vida, ambos vinieron a reforzar la cotidianeidad  con una filistea inconsistencia, sus propias ideas religiosas. A la vez que ambos buscaron poner al mundo al desnudo, para conquistar la muerte y la tragedia personal. Para este filosofo este mundo es sino merecedor de  fuego, pero en su historia se afirma otro mundo aún más genuino, en el cual hay una conexión entre lo humano y lo divino, en los que se manifiestan todos los impulsos creadores en búsqueda de una nueva tierra, y por lo tanto, y mediante estos, se da la afirmación del mundo.      
     Trató de reunir ciertas ideas en un cuerpo filosófico que contemple también el misticismo... él desarrolló alguna relación entre Cristo y el mundo, en un articulo llamado “Lo más dulce de Jesucristo y los amargos frutos del mundo”, en donde aclara que de Dios sale Jesús hecho un niño, que está en un  mundo recién creado. Rozanov ve como imposible que ambas creaciones de Dios  (el mundo como niño y Jesús como niño) se puedan conciliar, por lo que justamente, Jesús es lo más dulce y el mundo es lo más amargo. Para Rozanov el ser es lo que es y el mundo es la dulzura de lo vivido.
     El mundo es un lugar en el cual nosotros podemos ser o no-ser, en lo que se entrecruza lo real con lo ilusorio y lo eterno con lo efímero.
     Rozanov opuso la muerte no a la vida eterna ni a la resurrección sino al nacimiento y a la posibilidad de “otras” nuevas vidas, las que continúan sin fin, y sin salida. Este fue su método para evitar la tragedia de la muerte. Su enemigo intelectual, el filosofo Berdayev, en respuesta a esta afirmación, agregó que semejante consuelo tendía a situar la reproducción humana a la par de la crianza de ganado…
     Para Rozanov, al igual que para Schopenhauer,  la creatividad siempre ha venido a suplir las insuficiencias, como expresión de la insatisfacción que surca por estas vidas, por lo que no solo el arte, la literatura, la filosofía, la cultura y la creación de la cultura que indican la trascendencia de lo humano, pero el filosofo ruso enfatiza  también, y más que nada en el amor sexual lo cual “es más que este mismo mundo”. Es así como Rozanov le da al amor sexual el carácter de trascendencia. Por lo que el amor para este filosofo es trascendente y además metafísico. El sexo afirma Rozanov, es la salvación, la divinidad, el triunfo por encima de la muerte; pero el sexo está sucio desde su mismo origen, solo la Palabra puede salvarla. Rozanov hipnotizó a todos con su dilema “Cristo o el mundo”: se atrevió a argumentar que el matrimonio cristiano no existe, y que la Iglesia de su tiempo estaba en contra del verdadero amor.
     Entonces, a la vez que ve la creación como un acto divino, suele hallarse también sordo y ciego ante la tragedia de la muerte “la cual ronda entre la Creación y el Creador”.
Solo este  tipo de amor, es decir el sexual,  es el que nos salva realmente de la muerte: Rozanov exclama que está enfadado con la tragedia de la muerte, y que quiere simplemente gozar de la vida. “No hay nada que no puedas hacer” afirma. Por otra parte el mal es para él algo concreto y no un simple espejismo.
     El mundo no puede ser salvado de su vida limitada. Pero Rozanov intenta la salvación por siempre aun viviendo en él y repudia  el no-ser y la muerte.
     Lo cierto es que Vasily Rozanov vivió una época de hambruna que antecedió a la Revolución.  Por supuesto que su trabajo fue muy olvidado en épocas de la Unión Soviética. Actualmente se ha puesto a disposición a los lectores rusos a pesar que siga siendo muy poco leído, aunque se lo relaciona frecuentemente en haber vindicado ciertas posturas que recién décadas más tarde se llevarían a cabo.

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La Ciudad Indiana,

de Juan Agustín García

     Cuando lo literario, entiéndase este termino cuando el modo de hacérnoslo saber es hasta estético,  se inmiscuye con la historia, suelen surgir libros por cierto interesantes. Podemos mencionar algunos: Los tres ciclos chaqueños, Guido Miranda; Muerte y transfiguración de Martín Fierro, de Ezequiel Martínez Estrada y el que más nos interesa en este caso: La Ciudad Indiana, de Juan Agustín García… Esto dice Juan Agustín García en su libro cumbre, La Ciudad Indiana: “La modesta aldea sudamericana comprueba la relativa verdad de la teoría de Marx. En esa agrupación sin capitales y comercio, que ignora la mercadería, no hay más valores que los creados por el trabajo productor. La tierra es un don casi gratuito, como el aire, el agua, el calor, las fecundas fuerzas naturales. Por si sola no tiene valor; en cambio es necesario que la violente el esfuerzo humano para que se transforme en riqueza.”

     Por cierto, los primeros habitantes se habían dispuesto de una manera concreta en el terreno en el que iría a desarrollarse esa ciudad, así pues, a una manera de resistir posicionados en el espacio, correspondió un modo de posicionarse en el espíritu de todos y cada uno; el paganismo y el cristianismo fueron adosándose hasta tornarse, estas dos entidades totalmente opuestas, en una sola, en las primeras familias rioplatenses y por ende en las que las sucedieran: … “El admirable desarrollo de la conciencia cristiana sufrió una interrupción en el medio americano. La sociedad colonial carecía de ideales. Sus dioses y sus santos se diferenciaban de los que fueron el consuelo del pasado, como las esculturas jesuíticas de las obras de arte primitivos. En medio de toda su rudeza la Edad Media fue desinteresada, noble y fecunda...”

     …“La noción del deber espontáneamente cumplido, base de todo orden social, se deforma en el alma criolla coloreada por el negro, que solo puede concebirla con arreglo a su experiencia, el mandato del amo, sancionado con el látigo, el insulto, la absoluta depresión moral. Su religión, impregnada de paganismo, llena de supersticiones equivalentes de los antiguos dioses, sin su gracia y poesía, se corrompe al contacto del fetichismo africano, y el mandinga negro comparte las infernales tareas con el demonio católico, usurpando su influencia. Es el trastorno de todas las ideas normales. El contagio se extiende libremente, penetra por todos los intersticios como una atmósfera mefítica, enervando los mejores estímulos, inculcando su moral esclava, con su tabla especial de valores que coloca en primer termino todo lo contrario de lo que se estima en los pueblos sanos y bien constituidos”

     Y más adelante nos comunica que…“El desprecio del trabajo es el sentimiento predominante. El concepto feudal de la vida no es adecuado al medio americano que requiere condiciones de actividad y energías especiales. Lo coloca en una situación peligrosa para su moralidad. Si la riqueza es el bien único que trae por si sola la felicidad, todos los medios serán buenos para adquirirla”

     En lo sucesivo a aquellos prístinos años,  se puede repasar la fría pero elocuente historia de la economía de un país, la cual nació desde la creación de la Ciudad Indiana,  lo que se podría decir es más o menos lo siguiente: que “a pesar de la liberalización de 1778, las exportaciones libres implicaban importaciones libres. Careciendo el Litoral de actividades desarrolladas para satisfacer la demanda expansiva y estando la producción  del interior también escasamente desarrollada y a grandes distancias, los productos importados conquistaron rápidamente  el mercado de la región. Así “la elevación de ingresos y la importancia  que iban adquiriendo, las ocupaciones comerciales y urbanas provocó el crecimiento  de la población de las ciudades del Litoral. Tal es el caso principalmente de la ciudad de Buenos Aires que hacia 1850 tenia una población vecina de cien mil habitantes. Tomando el Litoral en conjunto, la población urbana debía representar alrededor del 25 % mientras que el 75% de aquella vivía en zonas rurales”.

     …“El proceso de transformación y de crecimiento de la economía del Litoral, con ser notable, estuvo limitado en toda la etapa de transición. A tal punto que la región  siguió siendo escasamente poblada y las condiciones de vida, particularmente de las poblaciones más alejadas de los centros urbanos continuó siendo muy primitiva”.

     Tal vez el principal motivo e indicio del pensamiento americano, para decirlo de una manera abarcativa,  era la conquista de una tierra vacía y  virgen,  la soledad y el privilegio en la cual se encontraba no solo eso sino que también el desamparo de las protecciones que en Europa eran comunes. El hombre americano se había parado como un organismo vivo rastrero, los más altos y celestiales ideales de justicia convivirían con los más bajos y viles. Ese modo de concebir el mundo, que hoy encontramos entre los hipócritas y los casos de doble personalidad son sino un eco de aquellos días y aquellas llanuras…Tal es así que Alberdi en el  décimo capitulo de La Guerra del Paraguay escribe: “Ningún emigrado dejará la América del Norte o la Australia, por los países del Plata, a pesar de la inmensa superioridad de éstos últimos, si su vida ha de estar a merced de los asesinos y su propiedad a la discreción de  los ladrones”.

     …Esa argumentación no era del todo errada, ya ciertos viajeros como  Moussy y Parish ya habían hablado de la situación por estos lares, es decir de tierras vacías en donde el estancamiento y barbarie  era grande. Por aquí no se habían desarrollado las condiciones tecnológicas propicias, las cuales serian imprescindibles, más que nada desde la segunda mitad de ese siglo en lo que atañe a la industria frigorífica; ni mucho menos se había logrado conseguir buenos capitales ni mano de obra para llevar a cabo el desarrollo de toda una zona.  Según Aldo Ferrer, en su libro La economía argentina, explicó que este hecho influyó de modo importante el desarrollo consecuente de la agronomía: sin dudas que “esto cristalizó el régimen de la tierra que influiría sensiblemente en el desarrollo posterior”…

     Por eso mismo es que siempre es que Alberdi asegura que  siempre “Habrá ladrones y asesinos mientras no haya gobierno. No habrá gobierno mientras la provincia de Buenos Aires confisque  todos sus elementos en provecho local suyo. Lo habrá cuando más  para Buenos Aires, y será la única provincia  que se pueble, gracias a eso, no solo con inmigrados de Europa, sino también con  los habitantes de las otras provincias desheredadas de toda seguridad. Tal será el caso en que se verán los intereses materiales en las otras provincias  argentinas, mientras carezcan  de un gobierno  nacional propio y eficaz”.

     Esas eran las deducciones de Alberdi, no en nuestros días ni en 1660, sino que en  el año 1869 aproximadamente. Buenos Aires fue desde su misma fundación, una suerte de reina del feudo, todo iría  a parar a Buenos Aires: habían transcurrido poco más de dos siglos de la fundación de Buenos Aires, aunque la modalidad continuaba siendo la misma.  Es allí, en especial, donde se afincaría ese sistema fronterizo entre lo pagano y lo cristiano. La figura de  Dios ya no sería tan abstracta como lo enseñaron las doctrinas de Santo Tomás y San Agustín en la Edad Media, sino que se tornaría mucho más próxima y concreta.

     De allí que el sacerdote, el virrey o el patrón pasarían a ser las figuras de Dios. Dios pasaría a ser “la tiranía del rostro humano” de la cual hablaría Charles Baudelaire en medio de la metrópolis parisina. Esa tiranía alternadamente discreta a veces y brutal otras, gobernaría al habitante de Ciudad Indiana. La soledad, la infinitud, la laxitud de las costumbres, la apariencia militar de su fachada, lo irían moldeando de esa manera. De antaño la religión era un agente que operaba en la conciencia, en América, en cambio,  la religión se suplantó por otras cosas, otros entes que en si no eran tan contemplativos, aunque cabe decir que estos elementos que suplieron a la religión, no es que la eclipsaron sino que le dieron su lugar como cualquier otro pueblo que se precie de civilizado. De allí radican estas curiosas cruzas entre el oro, el paganismo y el catolicismo. Todo eso más la fe en “un futuro grandioso de la patria” lo que lo han hecho tomar ciertas características que se transmitieron de generación en generación  inexorablemente. La fe era una gracia del Todopoderoso, la nación y su grandeza significaba poseer riquezas aunque siempre en el sentido subjetivo: La ecuación era más o menos esta: “Yo-nación tengo riqueza”.

     El pensamiento del americano era demasiado simple, se basaba en la más despiadada inmediatez, tanto temporal como espacialmente.

     Lo lejano respondía para el americano a algo que se le escapaba directamente de las manos. Lo lejano era algo que no correspondía a este universo y a esos tiempos. La ciudad Indiana fue una ciudad creada, como cualquier empresa humana, desde y mediante la fe en el futuro, pero una fe tan intensa como estrecha; evidentemente se trataba de  una fe imposible de sostenerse en los siglos venideros.  A esto justamente hace referencia Juan Agustín García al comenzar su libro: “Creo que tres o cuatro sentimientos se destacan con bastante nitidez: la fe en la grandeza futura del país, el pundonor criollo, el culto nacional del coraje, el desprecio de la ley, que han sido los motivos de la voluntad social en esa época”.

     Juan Agustín García describe además, la verdadera situación del hombre destinado a vivir en suelo sudamericano: “Si se tiende la vista, dice un contemporáneo por la vasta extensión de estas campañas, al instante se presenta la triste situación del labrador: éste, aunque dueño absoluto  de una porción de tierra, capaz  en otras partes en mantener a un potentado , vive en ella escasamente y se halla sin recursos y sin auxilio para hacerla producir una porción de frutos apreciables  que podrían hacer feliz a una familia: desconoce enteramente todo genero de industrias; labra solamente aquella porción  que considera necesaria a su sustento; lo que es peor, desconoce  enteramente aquel deseo que nace en los hombres  de aumentar sus comodidades y sus bienes. Triste situación  que mantendrá a nuestra América en la infancia por un tiempo ilimitado, si de común acuerdo no ocurrimos a inflamar el corazón del labrador haciéndole recordar del letargo en la que le ha sepultado la inacción” eso dice el autor en alguna pagina de La Ciudad Indiana.

     La ciudad indiana fue una suerte de continuación de las costumbres medievales españolas, en la cual existía un gran comercio. Los modos de vida de esta ciudad, nada tuvieron que ver con las ciudades de origen precolombino, a pesar de que el español convivía con el nativo.   Muchas misiones han tenido en la época que la ciudad indiana comenzaba a ser una realidad:  Hernandarias hizo una nueva legislación para el trabajo indígena (1603), y numerosas expediciones: a Patagonia para buscar la ciudad de los Césares (1604) y a Uruguay y Brasil para contener a los portugueses. En 1617, se dividió la región rioplatense en dos gobernaciones: la del Guayrá, que comprendía las ciudades de Asunción, Santiago de Jerez, Villa Rica y Ciudad Real, y la del Río de la Plata. Los franciscanos hicieron algunas misiones entre los guaraníes, creando en 1612 la provincia, pero los que verdaderamente crearon las misiones paraguayas fueron los jesuitas. Era una ciudad con múltiples propósitos, era una imitación más de aquella Utopía que Tomas Moro había escrito, pero una versión de esa ciudad aunque más militarizada, más expuesta a las energías de la naturaleza como del salvaje, (pues todas las expediciones han estado basadas de alguna u otra manera  en ese libro que  a su vez, este estaba basado en La república de Platón.)

     La utopía consistía  en recobrar ese paraíso cristiano que los cristianos habían perdido. El resto de las fuerzas que sobraban en Europa, especialmente España,  estaban a disposición de un Nuevo Mundo, que comenzaba a dar sus frutos para la corona española. 

     Psíquicamente esos episodios serían capital en la evolución de una nación. La inacción de un hombre atónito al contemplar esa extensa atmósfera, seria la que determinaría los derroteros de la patria. Dicha causa podría en manifiesto nuevamente en la página 77, al argumentar que debido a la futura grandeza de la nación, los habitantes de este suelo debía “vivir contentos en su miseria”.

     Pero a tal ciudad tal ley, es por eso que, Ricardo Levene, en un folletín en homenaje al tercer centenario de la Política Indiana,  al referirse a Solórzano, el autor de La Política Indiana, dice: “Refiere que uno de los títulos de la dominación según todos los autores era el de las inspiraciones y revelaciones con que Dios fue  impulsando a los Reyes y la gran felicidad y facilidad con que habían actuado  en todas partes, siendo tan pocos los que iban  a descubrir y conquistar y muchos los milagros”. Las leyes jurídicas eran suministradas de un modo selecto y al azar, desde las leyes naturales, ya que lo libre era para quienes lo encontrasen primero.  Solórzano admitía que el dominio de los Reyes de las tierras donde habitaban los indios era genuino, ya que estos eran solo bárbaros “por carecer de razón y discurso bastante para usar bien de ella”. La política Indiana fue ideada en los siglos XVI y XVII y corresponde  la época del  Siglo de Oro español.  La  Política Indiana era desde luego euro centrista: se trataba de convertir “en  hombres” primero y en cristianos después a todos los que no eran europeos. La principal inspiración de esta política era Aristóteles, quien había dicho que en el mundo  había siervos esclavos por naturaleza, quienes debían obedecer a los más prudentes ya sea voluntariamente, ya sea por la fuerza: “El Padre José Acosta había dividido esta materia en tres clases: en la primera a los chinos, japoneses y Orientales que tenían su forma de gobierno, leyes, letras que revelaban su capacidad; en la segunda los peruanos, los mexicanos y chilenos que también, ¨aunque no tanto¨ mostraron tener alguna capacidad y se gobernaban por leyes y en poblaciones sí bien todo tiranizado; y en la tercera ¨cuenta a los más¨, que carecían de esto y andaban desnudos por los montes¨. De los primeros no se trataba, de los segundos, muchos consideraban que se les podía quitar su gobierno y tomarlos los Reyes de España a su cargo y de los terceros ¨convienen todos¨, que no se había hallado otro modo de reducirlos, pudieran con justicia ser dominados ¨porque para hacerlos cristianos era primero necesario hacerlos hombres¨” dice Levene.

     Ahora bien: esa era la política que era más común en la época de Solórzano. Esta manera de pararse como jueces ante el resto del mundo, en nombre de Dios, de los Reyes de España y de  la buena moral, etc.; respondía a la “causa justa”, en la que, demás está decirlo, jamás era puesta en tela de juicio…

     Entre 1619 y 1621 Solórzano Pereira intentó fundar una Tribunal de la Inquisición en Buenos Aires. Para él, la herejía era perjudicial para la religión como para la política de la Ciudad. Ese plan dicho sea de paso, fracasó.  Pero sin embargo sí logró fundar una Audiencia, éste hecho fue el que influyó en  Buenos Aires, incluso en nuestros días. Solórzano Pereira “en voto singular ponderó la necesidad de tal establecimiento en este puerto  y que con esto se hallaría la ciudad más poblada  y asistida  de personas de autoridad, la justicia y real hacienda mejor administrada y la plaza  más ayudada para cualquier defensa del enemigo”, dice Ricardo  Levene en este folletín. Aunque la Política Indiana ideada por Solórzano Pereira era propicia para defender al indio y “Justicia recta y, limpia y santamente, sin lo cual no pueden conservarse los Reynos, como ni los cuerpos humanos sin alma” podría ser el corolario más representativo de este jurista.

     Todo evidentemente había sido pensado: a una política, una ciudad. Importaba más la política que la ciudad; esta última había sido para el dominio físico del paisaje, pero la política tenia una función, si se quiere,  más sutil. Mediante la misma y sus respectivas leyes, se afincaría un dominio incluso psicológico. Es de esa manera se encontraba la vía más efectiva para introducirse en lo más privado de quien no era europeo. A todo esto Solórzano se opuso, e mediante su visión política que más tarde serviría de basamento para el Derecho Patrio Argentino y de cada una de las Naciones de Hispano-América: su concepción era en relación al Derecho Antiguo, crear un Derecho Indiano en pos de la libertad, la igualdad, la propiedad y la solidaridad social. 

      En La Ciudad Indiana, Juan Agustín García cuenta no solo el origen de una ciudad que pasaría pronto a ser Buenos Aires, es también un registro psicológico y social de lo que en este país sudamericano jamás ha dejado de estar y de ser. Fue uno de los pocos historiadores que ha sabido ver lo actual en el origen de la Argentina, o mejor dicho, en la prehistoria de la Argentina, por consecuencia, el Gran Chaco, guarda una gran relación con esa Ciudad Indiana, fundada por Juan de Garay.   

     Ese sentimiento se diseminaría a  lo largo y ancho de un territorio en el que se había fundado una ciudad en la cual las únicas riquezas serían la llanura, su tierra y una miríada de cabezas de ganado que eran su pan y su sustento. Jamás olvidaremos su fecha: 1580. Desde esa fecha, el dominio tendría  lugar en un sitio enclavado junto al puerto y que actualmente se llama Buenos Aires.

     Su actitud demandante persiste debido la inercia misma de los siglos, su demanda, para decirlo de un  modo metafórico,  cae sobre el interior de un país con un peso no de hormigón sino de siglos, lo cual es aun más inexorable. Es ese su peso que roza con lo metafísico; por eso a la hora de hablar del embelesamiento que causa su misteriosa existencia debemos recordar ese peso y ese tiempo, de ese modo Buenos Aires  no fue la ciudad  que entronó la conquista en el sector sur de América del Sur sino su tiempo que lleva enmarcada allí… Lo cierto es que el Río de la Plata, hacia 1580,  volvió a poblarse por motivos económicos y dar un puerto al servicio de Paraguay y Tucumán. Luego de la fundación de Santa Fe  por Juan de Garay en 1573, sirvió de  avance, Garay hacia 1580, por orden del Adelantado Torres de Vera, procedió a refundar Buenos Aires. Entre ellos había colonos asunceños: 10 españoles, 55 mestizos y 1 mujer. Poco después se erigió Cabildo y se repartieron tierras. Pronto empezó a configurarse el Río de la Plata como la boca ilegal de salida de la plata del Potosí. En 1617, se dividió la región rioplatense. La Gobernación del Río de la Plata comprendió las ciudades de Buenos Aires, Concepción, Corrientes y Santa Fe. En 1620 Buenos Aires consiguió tener obispado. La zona prosperó mucho gracias al contrabando con Brasil durante la unión de las dos Coronas y en 1602 se autorizó el comercio entre ambos territorios. En 1618 se pretendió aminorar el contrabando mediante el comercio directo con Sevilla, que podría hacerse en dos naves anuales, pero en 1622 se estableció la aduana seca de Córdoba, que asfixió la economía bonaerense. Buenos Aires aumentó de unos mil habitantes en 1620 a unos 5.000 en 1680, y las encomiendas de 15 en 1639 a 26 en 1673. En 1663 se creó la Audiencia de Buenos Aires, que se extinguió en 1671. Durante el siglo XVII, se despobló Concepción por la presión de los indios, trasladándose sus vecinos a Corrientes.

     Pero más allá de estos interesantes hechos que comenta, creo que Juan Agustín García, supo inaugurar una tradición que iría a influir a Ezequiel Martínez Estrada, y que iría a anticiparse a las doctrinas de Oswald Spengler por muy pocos años. García, como Martínez   Estrada, como Spengler, fueron tres pensadores que se remontaron a los orígenes de la historia de los pueblos,  para buscar las principales características y rasgos que jamás  se desligan de los mismos; es como que Juan Agustín García se remite a la esencia de la Argentina, y por cierto, nada hay que lo desdiga, merito que Martínez Estrada parece también haber logrado. Podemos decir esto sin miedo a estar equivocados, en Ciudad Indiana  no se trata de ciencia lo que se pretendió hacer, sino que entre sus páginas hay algo de predicción, hay como un tenor, un dejo de ciencia oculta, para decirlo de modo metafórico, hay algo de lucida y poética elucidación de la sociedad de su época que por ser tener el mismo origen, es también nuestra. 

Andrés Ugueruaga. 

( Agradecemos su Colaboración )

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A Literatura de Cordel como um

Pretexto  para a Leitura de Os Sertões

( en Portugués )

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     Tenho o livro aberto diante de mim, sobre a minha mesa. O autor, cujo rosto vi no belo frontispício, está sorrindo com satisfação e sinto que estou em boas mãos.

Alberto Manguel.

           Acredita-se hoje que a prática da leitura é pouco exercida pela sociedade de modo geral. Atualmente a escola se depara com o fato de seus estudantes estarem mais voltados para os meios tecnológicos, tais como: TV, computador, videogame, entre outros. As crianças e os adolescentes dedicam grande parte de seu tempo a essas tecnologias, o que acarreta um afastamento dos mesmos em relação à leitura.

            Como, então, motivar a leitura de um clássico Os Sertões em uma geração marcada por esse desenvolvimento tecnológico?

            A resposta não é simples. Por um lado existe uma dificuldade de fazer com que esta geração goste de ler o que não conhece, e, por outro lado, não podemos dar a mesma somente o que ela gosta de ler, o que ela conhece.

            Qual seria, então, a solução?

            Nossa proposta para um possível caminho é, dentre as inúmeras possibilidades, despertar o interesse dos alunos pela leitura a partir da contextualização histórica e social da obra. Buscamos, especificamente, neste estudo, a apropriação da cultura popular, a Literatura de Cordel e da representação do espaço regional, o Cangaço, como uma forma de contextualizar a obra de Euclides da Cunha. Para tanto, dividimos o trabalho em seções: 2. A História de Cordel; 3. O Cangaço; 4. O Fanatismo Religioso e 5. Considerações finais.

2. A História de Cordel

2.1 Origens

A literatura de cordel existe desde a época dos povos greco-romanos, fenícios e saxônicos. O cordel chega à Península Ibérica por volta do século XVI.

            Em Portugal, a literatura de cordel recebe o nome de “folhas volantes” ou “folhas soltas”. Na Espanha, esta literatura se chama “pliegos sueltos”, denominação que também passa á América Latina, ao lado de “hojas” e “corridos”. Tal denominação é corrente na Argentina, México, Nicarágua e Peru.

            Na França, o mesmo tipo de literatura popular corresponde à “littérature de colportage”, mais dirigida ao meio rural, enquanto nas cidades prevalece o “canard”. Na Inglaterra, denomina-se “cocks” ou “catchpennies”, em relação aos romances e histórias imaginárias, e “broadsides”, relativamente aos folhetos sobre fatos históricos.

2.2 A literatura de cordel no Brasil

            A literatura de cordel, oriunda de Portugal, chega ao Brasil através dos nossos colonizadores, instalando-se em Salvador, na Bahia, difundindo-se para os demais estados nordestinos.

            Por volta de 1750 aparecem os primeiros poetas da literatura de cordel oral, batizada como poesia popular. Câmara Cascudo, em seu livro O folclore: literatura oral e literatura popular, define a literatura de cordel: “São estórias que quebram a solidão do trabalhador rural, ajudando-o, ao mesmo tempo, a suportar a sua miséria atual, por um mecanismo de projeção que o identifica com os heróis da narrativa”. (COUTINHO, 1959: p. 115)

            A literatura de cordel é assim chamada pela forma como são vendidos os folhetos, dependurados em barbantes (cordão), nas feiras, mercados e praças, principalmente das cidades do interior e nos subúrbios das grandes cidades. O povo se refere à literatura de cordel apenas como folhetos.

            No Brasil, o cordel era chamado de literatura popular ou poesia popular, e os escritores (não cantadores apenas), de poetas de gabinete ou de bancada.

            O poeta popular é o representante do povo, o repórter dos acontecimentos da vida no nordeste do Brasil. Sobre isso, comenta Mário de Andrade, em seu estudo O romanceiro de Lampião:

     Qualquer caso mais ou menos impressionante sucedido no Brasil, e às vezes no estrangeiro, é colhido nos jornais por algum poeta popular praciano, versificado e impresso em folheto. O cantador rural, a infinita maioria das vezes analfabeto, decora o folheto, com o auxílio de algum intermediário alfabetizado, e lá se vai cantando o romance, brejo, catinga e sertão afora. (1963: p.87)

            A literatura de cordel já teve um lado jornalístico muito forte. No final do século XIX, as notícias dificilmente chegavam à massa mais pobre do nordeste. O povo só sabia e acreditava nos acontecimentos se os ouvissem na feira pelos cantadores.

            O cordel não era tido apenas como jornalismo, mas também como cartilha, pois muitos aprendiam a ler através da leitura dos folhetos. As capas desses folhetos levam título e também ilustração. Quando a ilustração se acha presente, é comum basear-se em xilogravura.

         As xilogravuras não estavam presentes no cordel mais antigo. A partir de 1930 elas passam a ilustrar as capas dos cordéis. A xilografia é a arte de gravar em madeira, teve sua origem provavelmente na China, sendo conhecida desde o século VI. No Ocidente, se afirma durante a Idade Média, através de iluminuras e confecções de baralhos. Até m então, a xilogravura era apenas uma técnica de reprodução de cópias. Só mais tarde é que ela começa a ser valorizada como manifestação artística.

(ANGELOTT)

3. O Cangaço

            Surge e se desenvolve na região semi-árida do nordeste brasileiro, na caatinga – mata branca. Em 1987, uma grande seca atinge o nordeste brasileiro. O gado morre, o pasto seca, a água acaba. A situação vai se agravando e, no final do século XIX, a seca destrói toda a região, provocando desemprego seguido de fome e miséria. Diante deste quadro, formam-se bandos para assaltar e conseguir alimentos. Esses bandos são chamados de cangaceiros.

       O termo cangaceiro se estende a todas as modalidades do criminoso nos sertões: é saltedor, o sequaz de atrabiliário e cruel dono de fazendas, de ignorante e perverso chefete político; um criminoso perseguido pela Justiça, muitas vezes vítima da exarcebação de ódios políticos, que vive pelos matos, às ocultas.

(BARROSO, 1962: p. 98).

            Os cabras ou os capangas são cangaceiros mansos, que trabalham na fazenda ou são aparentados do coronel. Os coronéis não são os únicos a fornecer proteção aos cangaceiros, existem também os coiteiros, que dão informações, alimentos e abrigo aos cangaceiros. Além dos cabras e dos capangas há o jagunço, um mercenário contratado para tarefas específicas.

            Os cangaceiros chegam à admiração popular por meio da Literatura de Cordel, que define o cangaceiro como um verdadeiro herói, um bravo, um valente, afinal, no Nordeste, cangaceirismo é sinônimo de luta, de trabalho, de coragem e de inteligência.

            Feitas essas considerações a respeito do cangaceirimo, é necessário abrir um parêntese para comentar sobre a figura principal desse movimento: Lampião. Em entrevista ao Médico de Crato, Dr. Otacílio Macedo, Lampião fala sobre os motivos que o levou a entrar para o Cangaço.

            Chamo-me Virgulino Ferreira da Silva e pertenço à humilde família Ferreira, do Riacho de São Domingos, Município de Vila Bela. Meu pai, por ser constantemente perseguido pela família Nogueira em especial por José Saturnino, nossos vizinhos, resolveu retirar-se para o Município de Águas Brancas, no Estado de Alagoas. Mesmo assim as perseguições não cessaram. Em 1917, em Águas Brancas, meu pai, José Ferreira, foi assassinado pelos Nogueira e Saturnino. Não confiando na ação da justiça pública, porque os assassinos eram escandalosamente protegidos pelos grandes, resolvi pela vingança. Não perdi tempo. Juntei meus recursos e enfrentei a luta, dali em diante. Não escolhia a quem matar, bastando que pertencesse a famílias inimigas, e sei que reduzi bastante o número delas. Tendo cometido violências e depredações, vingando-me dos que me perseguem. Costumo, porém, respeitar as famílias, por mais humildes que sejam. Quando acontece de alguém de meu grupo desrespeitar uma mulher, castigo severamente. Até agora não desejei abandonar a vida das armas, com a qual já me acostumei e sinto-me bem assim.                                                                                                

(FERREIRA, s.d).

              Lampião morre em uma emboscada na gruta de Angicos, Sergipe, em 1938, juntamente com a mulher, Maria Déia, conhecida como Maria Bonita.

4. O Fanatismo Religioso

            Paralelamente ao cangaceirismo, surge o fanatismo religioso, também como forma de os excluídos do sertão se afirmarem perante o mundo.

           A ignorância, o asseio de justiça e de uma vida melhor, o abandono em que se encontram na desigual luta contra a natureza, tornam as populações sertanejas extremamente predispostas ao milagre.

(MONTENEGRO, 1973: p. 13).

O povo da caatinga, descontente com tanta miséria, desigualdade social e submissão de coronéis, vê tanto no cangaceirismo quanto no fanatismo religioso uma esperança por uma vida melhor.

Dentre os fanáticos religiosos, o pregador Antônio Mendes Maciel, apelidado de Antônio Conselheiro, é o que se destaca. Líder do arraial de Canudos, promete vida melhor e mais justa aos seguidores. Com a força da pregação, atrai milhares de pessoas, aumentando o arraial e causando indignação ao Clero, que perde os fiéis, aos latifundiários, que perdem os empregados, e ao poder, já que ele é contra a república. Várias expedições militares tentam destruir o arraial, mas somente na quarta expedição que eles conseguem. Todo o conflito, em Canudos, foi acompanhado pelo jornalista Euclides da Cunha, correspondente do jornal O Estado de São Paulo, que mais tarde, apresenta as suas impressões no livro Os Sertões.  

5. Considerações Finais

            Aproveitar as contribuições da Literatura de Cordel para a leitura de Os Sertões é o que sugerimos neste estudo. Sabemos por experiência que o melhor livro é aquele que mais interessa e agrada ao leitor. Então, como apresentar ao jovem leitor um texto cujos valores sociais e culturais estão tão distantes da realidade dele? Uma das maneiras mais práticas de motivar o jovem a ler é contextualizar a obra, de modo que ele se identifique com a obra, despertando-lhe o prazer pela leitura. Ao contextualizar o livro, o jovem leitor poderá fazer uma análise do fato histórico e das condições de vida do nordestino, promovendo assim, a tessitura da leitura do livro em questão, Os Sertões.

Aline Melo Do Nascimento ( PUC / Brasil ).

Patricia Jerônimo Da Silva ( PUC / Brasil ).

 ( Colaboración de Gisele Cardoso de Lemos )

Bibliografia

ANDRADE, Mário de. Romanceiro de Lampião. In.: O Baile das quatro artes. São Paulo: Martins, 1963.

BARROSO, Gustavo. Terra do Sol. Imprensa Universitária do Ceará, 1962.

CASCUDO, Luís da Câmara. Dicionário do folclore brasileiro. Rio de Janeiro: Instituto Nacional do Livro, 1988.

COUTINHO, Afrânio. Introdução à literatura no Brasil. Rio de Janeiro: Livraria São José, 1959.

MANGUEL, Alberto. Uma história de leitura. São Paulo: Companhia das Letras, 1997.

MONTENEGRO, Abelardo F. Fanáticos e Cangaceiros. Fortaleza: Editora Henriqueta Galeno, 1973.

Webliografia

ANGELOTTI, Christiane Araújo. Folclore 15 – Literatura de Cordel. Disponível em: www.qdivertido.com.br , em 07/06/2005.

FERREIRA, Vera. Lampião por ele mesmo. Entrevista em Juazeiro do Norte. Disponível em: www.Infonet.com.br/lampião em 07/06/2005.

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