FOBIA
A UNA RESPUESTA
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Fobia: del griego phobos, miedo. Apasionada aversión hacia
una cosa.
(Diccionario "Pequeño Larousse Ilustrado"
- Ediciones Larousse - París, 1974.) |
Ella
miraba absorta la pantalla de TV. En ella, el Ministro de Economía daba a
conocer los prolegómenos del último plan económico. Su pequeña hijita
se le acercó y le dijo:
-
Quién es ese señor, mamá ? -.
Su
madre la miró desconcertada. En aquella fracción de segundo no era su
hija la que estaba frente a ella sino un monstruo enorme con un cartel
echo con luces de neón que decía "Soy el futuro". La pequeña
volvió a repetir su pregunta, ya con cierta carga de angustia ante la no
respuesta de su progenitora. Ella le devolvió la mirada y amagó con
abrir la boca; enseguida la cerró sin decir palabra alguna. Se puso a
llorar desconsoladamente.
La
nena, compungida, empezó a acariciarle el pelo. Su madre, instantáneamente
la abrazó y redobló sus llantos que ahora eran acompañados por los de
la criatura. Sobre la mesa, las boletas impagas de luz, gas, teléfono y
los impuestos municipales y provinciales se desparramaban como naipes de
un juego cuyo resultado era impredecible.
Cuando
ambas se calmaron, su hija, tras preguntarle si estaba bien y al
responderle ésta que ya sí, volvió
a repetir su pregunta: - Quién era ese señor, mamá ? -.
Volvió
su madre a mirarla; la abrazó otra vez, y le dijo como un susurro y al oído:
- ya lo sabrás a su debido tiempo ¡ -.
Julio
Salas (Febrero 2002).
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EL
CEREBRO DE PORCELANA
Las
calles aparecen ligeras como en todo día hábil que se precie de tal. Sus
habitantes vienen en uno y otro sentido; se cruzan permanentemente, a
veces chocándose entre sí. Humberto, con su maletín a cuestas, ajeno a
todo el torbellino humano que se agita a su alrededor camina a paso lento
mirando de soslayo y casi descuidadamente los escaparates. Nada parecería
importarle en demasía; es más: su actitud es propia de aquellos que, con
tal de que pasen unos cuantos minutos en su vida vacía, no vacilan en ir
de extremo a extremo de la ciudad. De vez en cuando, levanta un poco la
vista pero aún así parece no percatarse del infierno de calor y gente
que gira en torno a él. Pocos segundos después, cegado por la fuerte luz
solar, regresa su mirada a la posición anterior.
Lo rutinario de su actitud le
empieza a minar la paciencia cuando, sorpresivamente, una ancha y corta
vidriera algo antigua y falta de limpieza aparece ante sus ojos en medio
de tan desganada caminata. Iba a seguir su rumbo sin inmutarse cuando
alcanza a percibir algo dentro de ese escaparate que lo hace detenerse y
retroceder un poco. Allí, sobre una almohadilla roja reposaba un
pisapapeles de porcelana, cuya forma era una exacta réplica de un cerebro
humano. De unos quince centímetros de largo por ocho de ancho, aquel
objeto llamaba la atención no tanto por su forma en sí sino por su extraña
coloración verde pálido y por la discontinua aparición de pequeñas y
muy breves explosiones brillantes que parecían girar a su alrededor.
No pasaron diez minutos
cuando Humberto sale de aquel comercio de compra venta de antigüedades
con un paquete echo con un arrugado y descolorido papel, adornado con una
especie de moño desprolijamente hecho. Apretándolo muy fuerte con su
brazo izquierdo contra su pecho, apura el paso hacia su hogar con la
ansiedad propia de un niño por estrenar un juguete nuevo. Si alguien lo
detuviese de improviso y le preguntase del porqué de su decisión, nada
él sabría contestar; un impulso más fuerte que cualquier resistencia de
la lógica o el sentido común lo llevó a derogar una suma importante de
dinero - al menos para sus escuálidos ingresos como oficinista - por
aquella cosa que no poseía ningún valor traducible en algún rédito
económico; no había para Humberto más explicación que ésa y tampoco
le importaba que pudiera llegar a existir.
Ya instalado en el living de
su casa, el pisapapeles, librado de sus mediocres envolturas, reposa en el
centro de una mesa redonda de medianas dimensiones ubicada justo al medio
de la habitación. Toma una silla y se sienta, a una distancia no mayor de
un metro, ante aquel cerebro de porcelana. No puede ni quiere saber porqué
pero le resulta imposible evitar aquel extraño impulso que lo viene
envolviendo desde el momento que se detuviera frente a la vidriera y que
ahora lo lleva a fijar su mirada sobre lo que ha comprado.
Imposible intentar el cálculo
de la cantidad de veces que giraron las agujas de reloj. Allí prosigue
Humberto; absorto; tenso; como completamente alienado. El verde cerebro,
en medio de las primeras tinieblas de la noche y de la ausencia de toda
luz artificial, pareciera resaltar con luz propia, aunque nadie tendría
la suficiente seguridad de confirmar tal cosa.
Ni los dolores de su columna - producto de las horas de estar
encorvado sobre la silla -, ni los continuos ruidos estomacales que
denotan la escasez de alimentos en su interior lo mueven de su posición.
Impávido, sigue allí contemplando cómo aquellas mini explosiones de luz
ahora se han incrementado transformando al pisapapeles en una suerte de árbol
navideño lleno de lucecitas blancas que prenden y apagan
intermitentemente.
De repente, algo lo lleva a
cambiar de posición: sin apartar sus ojos, y abriéndolos más aún, se
reincorpora sobre la silla apoyando violentamente su espalda contra el
respaldo de la misma, cuando un rayo de luz inmensamente blanco se
desprende del cerebro de porcelana proyectándose sobre una de las
paredes.
No hay sonido alguno
alrededor. Por si algo hacía falta para incrementar el misterio, el
silencio más absoluto inunda la habitación mientras seguía la gran
aureola blanca sobre la pared. Los ojos de Humberto que antes no se
despegaban de aquella cosa, ahora cambian de dirección y de objetivo.
Durante largos minutos sólo el blanco más puro observó sobre la pared
del living mientras comenzaba a sentir que su mirada ardía; aún así
nada se quería perder de todo aquel misterio y, si así lo hubiera
querido, no hubiera podido, tal el grado de absorción en el que se
encontraba.
Transcurridas un par de
horas, comienza a parpadear, consecuencia directa del gran esfuerzo al que
está sometiendo su vista. Empero, cuando en un instante divisa la aparición
de pequeñas manchas multicolores que se iban agrandando y uniendo entre sí
como formando una imagen en el medio del escudo blanco de la pared, vuelve
automáticamente a colocar sus ojos allí.
Si antes la quietud era
total, ahora la dinámica de las miles y miles de manchitas entrelazándose
convertían a todo el ámbito de la habitación en un verdadero festival
danzante de luces. De a poco tanto movimiento cromático fue frenándose
para dar lugar a imágenes concretas. Cuando el último puntito lumínico
termina de acomodarse en determinado sitio de aquel panorama, Humberto
empieza a sentir un potente escalofrío que le recorre el cuerpo de la
cabeza a los pies: frente a él se ve nítidamente a su persona correr y
reír sin parar en medio de un hermoso paisaje compuesto de inmensos
follajes verdes, altas montañas, un celestial lago y miles de animales de
todos los tamaños y colores circulando a su alrededor o corriendo
directamente junto a él. Minutos después, la imagen cambia: él seguía
estando pero ahora abrazado a una bella mujer prodigándose mutuamente
toda clase de caricias y besos. Una amplia sonrisa se dibuja en el rostro
del Humberto real mientras pequeñas lágrimas surcan sus mejillas. Un
nuevo movimiento de las manchas de color y vuelve a verse a sí mismo pero
ahora junto a su escritorio dándole los últimos retoques a la carta de
renuncia a su empleo mientras varias pilas de papeles y algunos libros lo
circundan. Llorando desconsoladamente por la emoción recuerda cómo debió
dejar forzosamente de lado su deseo de ser escritor para dedicarse de
lleno a su trabajo en aquella oscura y pétrea oficina, obligado por las
despiadadas circunstancias materiales que aparecían como consecuencia de
que tenía una esposa que
mantener; y que ahora ella ya no estaba...
Félix es una uno de los
pocos amigos que Humberto conserva luego de su casamiento; habiéndose
conocido ambos en el mismo lugar de trabajo, salían cada tanto con sus
respectivas esposas a divertirse en forma. Ahora, él es el que con
desesperación y fuerza golpea a la puerta del domicilio de su amigo,
preocupado por la ausencia por cuatro días consecutivos de su empleo sin
tener ninguna clase de noticias sobre su persona. Convencido de la
inutilidad de su acción, Félix decide interrogar a los vecinos buscando
algún indicio que diese con su paradero. Es en vano; nadie hay en toda la
cuadra ni en la de enfrente que haya visto a Humberto en las últimas
cuatro jornadas. Uno de ellos le propone acompañarlo para ir en busca de
la policía; pese al escozor que tal propuesta le provoca, acepta.
Forzada la puerta, apenas
ingresan al living de aquella
casa Félix, el vecino y cuatro agentes se encuentran con un espeluznante
cuadro: en medio de un gran desorden, el cuerpo desangrado y sin vida de
Humberto reposa junto a las sillas tumbadas. Sobre el centro de la mesa,
luciendo impertérrito el ahora sombrío cerebro de porcelana, de color
verde pálido, atrapa la atención de Félix, a pesar del doloroso espectáculo
que le significa ver a su amigo muerto.
Julio Salas.
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ACCIDENTE
Me
siento solo: muy solo. La oscuridad me envuelve y me traga hasta
asfixiarme. A mi alrededor, una extraña mezcla de restos metálicos y
humanos aparentan ser los gruesos barrotes de una jaula de la muerte.
Un
peso terrible me oprime el pecho; mis piernas no responden y siento que cálidos
y espesos hilos de sangre recorren calmadamente mi rostro como si
intentaran cubrirlo para algún acontecimiento especial. Recién ahora
comienzan a percibirse sonidos: una catarata de murmullos a medio lengua
bajan desde afuera de mi prisión; algunas luces tenues que alcanzo a
divisar los acompañan. En tanto, en mis cercanías, un penetrante y
desagradable olor que no llego a reconocer me inunda de asco hasta el
punto de incitarme al vómito; pero ni siquiera esto puedo hacer: los músculos
de mi cuerpo parecen haberse esfumado, respondiendo sólo con mis huesos
para contener lo que me queda de vida.
Oigo
llantos. El ruido crece a mi alrededor; veo un chisporroteo incesante en
el ahora visible ómnibus: sus restos asemejan a un trapo de piso
sumamente retorcido. Gritos por doquier lanzando nombres de anónimos,
esperando respuesta. ...Pero nadie responde; a lo sumo, algún débil
quejido o alguna medio respiración en franco proceso de extinción... .
Ya
la luz es más intensa. Percibo restos humanos a escasos metros de mí en
estoica posición; parecen muñecos inertes luciendo coloridos harapos
payasescos bajo un infinito manto hecho con manchas sanguinolentas. Ya el
aire es más fresco y puro, aunque respirar me resulte dificultoso
mientras un dolor lacerante me recorre el cuerpo de adentro hacia fuera.
Al
fin, un pedazo de carrocería cede a uno de mis costados. Gritos jubilosos
festejan el -hasta el momento- único hallazgo viviente. Un hombre alto,
forrado con un especie de impermeable azul salpicado por innumerables
manchas de grasa y de sangre asoma su cabeza sobre mi existencia,
alcanzando a divisar sobre su rostro señales visibles de satisfacción,
al tiempo que vocifera con apasionada energía una y otra vez, volviendo
hacia fuera: ¡...Hay un sobreviviente!, ¡hay un sobreviviente...!.
Al
poco tiempo, unos fornidos brazos retiran un trozo de metal enredado a mis
pies, casi enteros. Liberado por fin mi pecho del trozo de asiento -o algo
parecido...- el dolor no ha cedido pero el alivio de sentirme vivir
nuevamente reemplaza al mejor de los calmantes.
En
poco tiempo, y en medio de ansiosos y nerviosos gritos, me retiran de mi
ahora ex jaula y me depositan sobre una pequeña camilla amarilla en medio
de atroces dolores que se extienden desde la cabeza a los pies. Ya estoy
afuera.
Soy
finalmente colocado en una diminuta caverna cuadrada y blanca que de
inmediato identifico como una ambulancia. Mientras me adosan infinidad de
tubos y otros elementos a mi cuerpo, un señor casi desprovisto de
cabello, bastante canoso y con un impecable guardapolvo blanco me ausculta
por largos minutos; yo quisiera decirle algo pero un largo tubo que, creo,
es de plástico y que acaba en una especie de medio naranja transparente
me tapa la boca, me atora de oxígeno y me renueva la vida. Un par de
minutos más y ya se va.
Han
puesto en marcha el vehículo. Escucho a mi chofer hablar por radio
avisando de mi próxima llegada al hospital; una voz desconocida que no
logro identificar me ha dicho: ¡Te Salvarás!.
Un
muchacho joven pero esta vez con guardapolvo celeste con una pequeña
inscripción en rojo en un bolsillo cerca del hombro que reza
"Hospital Municipal" se acomoda junto a mí sosteniendo una
botella llena de un líquido ámbar conectada a una goma transparente que
acaba en mi brazo derecho; mientras tanto, otro se encarga de cerrar las
puertas de la ambulancia.
Breves segundos me bastaron para divisar que allá fuera, en el medio de
la espesa noche, aún mucha gente grita desaforadamente corriendo de aquí
para allá con ruidos continuos de chapas que se derrumban como música de
fondo. Al momento, la kombi parte haciendo sonar la sirena. Kilómetro a
kilómetro, Metro a metro me alejo del accidente y me acerco nuevamente a
la vida...
Julio Salas.
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INTENTANDO REGRESAR
Ruta difícil si las hay. He salido hace dos horas y no consigo avanzar más
que unos pocos metros. A derecha e izquierda horizontes interminables
decampo hacen que el inmovilismo en el que me encuentro se haga más
ostensible.
El coro de bocinas llena el espacio. Siete son ya las horas a las que he
sido condenado por el destino a este estancamiento perpetuo; de nada me ha
servido la catarsis ocasional con aquéllos con los que estoy en la misma
desgracia.
Cuerpo y musculatura en su totalidad no aguantan más este encierro
involuntario; me decido: salgo del coche.
Jamás había visto semejante río de autos, encajonado y estático, partiendo
en dos un paisaje campestre merecedor de un mejor trato. Los bocinazos
ahora ya son insoportables, castigando mis oídos; y mis ojos empiezan a
estar bastante lastimados por el reflejo del sol golpeando de lleno contra
tanto metal. Sólo me queda bajar algo mis párpados y tapar lis orejas
buscando inútilmente aislarme de aquel mundo de desesperada y alienada
agonía. Fue un instante después, en que lo diviso sobre un punto lejano,
recostado sobre el horizonte del Este. Algo brillante, descolorido y
gastado, aquel viejo ciempiés que corre diariamente por dos rieles de duro
acero, siempre paralelos.
No me importó nada. Corro como nunca antes lo había hecho hacia aquella
dirección durante largos minutos. Cuando mis piernas dijeron "basta",
entre medio de mil jadeos, caigo de rodillas al suelo. Descubro que nada
había que se asemejara a aquellas vías o que se pareciera a un tren. El
calor me jugó una mala pasada. Vuelvo al coche; lo pongo en marcha y me
siento al volante con la puerta del vehículo abierta, esperando que se
despeje el camino para seguir mi rumbo hacia la locura cotidiana.
Julio Salas.
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TU FANTASIA Y LA REALIDAD
Café de por medio,
discusiones a pleno;
así es este tema, hoy
entre vos y yo.
Y es que la pretendida calidad
de tus palabras
se pierden en el laberinto
de tus propios sueños
y nadie hay más ya
que las pueda rescatar.
Ya no me frotes en la cara,
no hace falta,
tus anhelos de vedette,
que mi vida es ser
y la tuya, mira,
está al caer.
Sólo somos dos,
date cuenta,
y sólo estás vos
ante la inmensidad de tu universo
que finalmente es tan real
como una pompa de jabón
que revienta siempre en cuanto
la deseás atrapar.
Y mira
cómo tu vida se consume
en ese juego
de buscar y rechazar,
de elegir y descartar,
de escapar
para no sentir,
para olvidar,
para no estar.
Entiende:
el mundo traspone
las fronteras de tu ser,
mujer.
Entiende:
que mi mundo no encuentra espacio
en él,
mujer.
Y no creas que no me llega
el sentido de tus lamentos;
pero si es que no te tengo
por esa fantasía tuya
de un futuro
que no es cierto.
Entiende que nada
puedo hacer
para rescatarte de la realidad;
si el sol a los dos
nos quema por igual;
e inmersos en tanto tormento
el pasado como viejo cuento
sólo sedante puede ser.
Pero si me amaras,
si querer te dejaras,
quizás yo te podría ayudar
a ver
lo que es entender
y vivir
la realidad.
Pero como no quiero
contagiarme tu obsesión,
veo que la realidad es
que se agotó toda ilusión;
que ya no hay forma
de construir algo de a dos;
que me domina por completo
el imperio del dolor
y que en el aire aún flota
una única palabra,
irreversible, atronadora,
terminante, fatal:
¡Adiós!
Julio Salas.
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LA LLEGADA DE LAS VISITAS CELESTIALES
Llegamos, por fin. La mesa
cubierta de polvo; una botella de sidra por la mitad, trozos aislados de
pan dulce amohosado y sólo pequeños ruidos intermitentes de roedores que
buscan escapar ante nuestra presencia. Pocos metros más allá, sobre lo que
debió haber sido en otro tiempo una puerta, un par de bolsas mugrientas
cubiertas de bichitos inidentificables nos cortan el campo visual. Le hago
una seña a mi compañero para que avancemos; pese a su visible temor,
asiente con la cabeza.
Mucho
es el tiempo que nos lleva avanzar: lo pesado de la atmósfera y la
cantidad enorme de obstáculos que debemos sortear nos consumen más minutos
de lo que habíamos supuesto. Arribamos a una sala espaciosa que, por el
orden de los mobiliarios, debió haber sido la cocina. Una mesa idéntica
a la primera y tres sillas tumbadas ocupan el centro; alrededor y contra
las paredes una antiquísima cocina sin hornallas y sin puerta su horno; la
alacena sin protección o con restos de la misma colgando. Aquí también los
ratones buscan esconderse.
Decidimos
continuar por una inmensa abertura ubicada a la derecha y que muestra
señales de haber sido un ventanal. Al atravesarla, el sol opaco nos golpea
de lleno y nos hace sentir algo ahogados dentro de nuestras escafandras.
Mi compañero, al borde de la desesperación, intenta sacarse la suya.
Poniéndome enérgico consigo evitar lo que hubiese sido su muerte segura.
Parados
bajo la luz solar debatimos un par de minutos sobre cómo seguir. Si bien
era mi idea rodear por detrás la casa -o lo que quedaba de ella- mi
compañero me convenció de la inutilidad de tal medida ya que...qué
podíamos encontrar allí que nos sorprendiera ?. Decidimos volver al punto
de partida, aunque evitando el desagradable camino de ida. A vuelo de
pájaro, observamos la vereda opuesta: casas semidestruídas, postes de
alumbrado caídos, escasos restos de árboles quemados. Sobre el pavimento,
pequeños cráteres y múltiples rajaduras que nacen de ellos y se bifurcan
caprichosamente. Mientras, el calor que sentimos no es tanto por la acción
del Astro Rey como por las fuertes cargas radioactivas que hacen volver
locas las agujas de nuestros medidores; a ello se le suma el nauseabundo
olor a pólvora que, pese a la impermeabilidad de nuestros trajes
protectores, no sé cómo pero se ha metido en los conductos que nos brindan
el oxígeno. La cara de mi compañero lo dice todo: sin necesidad de hacer
uso del intercomunicador, con una mano me hace una clara seña de que no da
más. Hay que volver.
Gracias a
la habilidad de nuestros vehículos todo terreno, en un par de horas
dejamos atrás la ciudad -o lo que quedó ella- . No sólo comienzo a divisar
a nuestra nave espacial; sobre el ojo de buey principal alcanzo a
reconocer los contornos del rostro de nuestro compañero que se quedó de
guardia. Este, quien también nos divisó, no tarda en tomar contacto radial
con nosotros. Jubilosos, respondemos a su cálido mensaje de bienvenida y
le recomendamos que prepare velozmente nuestro ingreso y próximo despegue.
A escasos
metros de nuestro destino, decidimos abandonar allí nuestro medio de
transporte ya que las condiciones ambientales empeoran y no es cuestión de
perder tiempo. Pero aún así, me tomo un par de segundos para detener mi
corrida y levantar del suelo un grupo de hojas ennegrecidas de lo que
parecía ser un almanaque; por el tamaño de los números y su fuerte
coloración roja alcanzo a leer: "2020 - DICIEMBRE 25 - DIA DE NAVIDAD". Y
para certificar la veracidad de la fecha un feo Papa Noel acompaña la
leyenda.
Me vuelve
a la realidad el grito radiofónico de mi compañero, que había ya arribado
al puente de acceso a la nave:
- ¡ Vamos
Baltazar, apúrate ! - .
- ¡ Allí
voy, Melchor ! - le respondo; y uniendo mi pensamiento a la acción
devuelvo al piso el viejo almanaque y continúo mi carrera.
Ya con
Gaspar bajo los controles y con la infinita escenografía de la negrura del
espacio y la brillantez de las estrellas detrás del ojo de buey comenzamos
a discutir sobre qué hacer con los regalos destinados al Planeta Tierra.
- ¡ Vamos
a Ganímedes ! - acota Gaspar.
Cuando
quise saber el porqué de tan categórica decisión, sólo atina a decir:
- ¡ Porque
allí no existe la Navidad
y desconocen al maldito Papa Noel ! - .
Julio
Salas.
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Con
ella estuve o quizás no
La tarde pintaba linda. Estábamos allí, a pasos del verano pero sin
embargo los coletazos del invierno subsistieron días más. Yo no sabía a
ciencia cierta a dónde caminar. No soy de ésos que le buscan razones a
todo lo que hacen… Y en ese anárquico deambular te vi sentada, desplomada
sobre la silla del bar, con la mirada perdida, de piernas cruzadas, frente
a un vaso a medio llenar de no sé qué brebaje de color ámbar. Me compadecí
de vos, ya que juzgué exceso de tristeza en tu semblante. Mientras
los cientos de hombres que pasaban junto a vos miraban de soslayo tus
hermosas piernas desnudas, cruzadas, mis ojos –no sé porqué- se anclaron
en tu cara.
De repente vos
lo notaste y yo, otrora deseoso que llegara a ser así, repentinamente me
encontré sin saber qué hacer. Feliz por un lado, incómodo por otro, decidí
priorizar ese momento de tranquila euforia y me senté junto a vos con no
sé qué excusa que vos, piadosa, aceptaste. Charlamos horas, reímos otras
tantas, sudamos juntos toda la noche en un pequeño hotel céntrico.
Me desperté
tipo ocho de la mañana sin saber qué debía pasar en ese nuevo día; lo
único que admitía que pocas veces en la vida me había sentido tan bien,
tan acompañado, tan a gusto con una mujer. Ni trabajo, ni familia, ni la
programación abúlica de la TV, tan proclive a ser consumida por los
mediocres de mi alcurnia. En esa habitación de mala imitación del estilo
francés del siglo XIX, vos y yo éramos sobrevivientes de un mundo que
sabíamos que iba explotar, y no nos importaba. Para qué traspasar el
umbral y ganar esa calle interminablemente transitada por miles si ese
breve espacio entre pared y pared, entre tu cuerpo y el mío, montaban en
escena un mundo aparte, diferente, digno de ser vivido y que no admitía a
nadie más que a nosotros dos.
Ni lo hablamos,
valió mirarnos en escasos minutos y el acuerdo se tornó tácito. Volvimos a
sumergirnos en la cama a seguir averiguando qué era eso del genuino placer
del que tanto hablan. Minutos, horas, días, quién sabe… Ni relojes ni
calendarios se animaban a materializarse allí dentro. Sin embargo, como
gusta decir a los filósofos de café, ésos que algunos creen perdidos, todo
tiene su punto culminante. Yo no quise admitirlo hasta que te volví a ver
fuera de la cama.
Eras como
otra, no sé cómo definirte… Ya ni hablabas incluso. Te vestías a prisa sin
date vuelva atrás y yo ni mover la boca podía, no me preguntes porqué…
Esa situación duró horas, extrañamente, y me volví a dormir. Horas
después, de regreso en un nuevo despertar, ya no estabas. Me levanté
corriendo y alcancé a verte por la ventana de pie junto al umbral del
hotel, como dudando sobre el qué hacer o quizás revisando tu pasada
actitud. Me puse lo mínimo velozmente y corrí escaleras abajo y por suerte
te alcancé.
No pareció
sorprenderte que te tomara con una involuntaria dosis de agresividad el
brazo, o quizás lo esperaras, no lo sé. Te miré, me miraste y es como que
nada pasaba. De repente, yo te hablé y se me ocurrió decirte: Puedo
entenderte si esta noche cruzas el umbral para no volver más. Puedo
entenderte si tu silencio se prolonga más de la cuenta, sin saber que
decirme, sin enterarme de tus sentimientos. Algo dentro de mí me susurra
que no me apresure a juzgarte, tentación fácil el hacerlo…
Nada dijiste.
Me miraste sin mirar, me oíste sin oir. Y no quiera saber nadie como
ocurrió ni que me pidan detalles ni nada, lo único que puedo decir es que
te esfumaste. Así, de la nada viniste y a la nada te volviste.
Parado uno, dos,
tres, no sé cuántos minutos sobre ese umbral cuando me percaté: todo
elemento humano se había esfumado. El conserje, los transeúntes, los
automovilistas… Ni mujer ni hombre alguno se veía. Y me pregunté entonces
(en realidad las preguntas se atascaban en el embudo de mi mente por
millones pero no sé porqué preferí ésa antes) por la razón por la cual no
ocurría lo mismo con mi persona, porque continuaba en mi materialidad.
Me miré y miré el
cielo. El atardecer era demasiado rojo y caliente para mí pero sirvió para
finalmente caer en la cuenta que mi periplo tocaba a su fin. Mientras
llamaradas cubrían el cielo otras gentes fueron apareciendo pero ya no
eran las mismas. Las miré, volví a mirarme y me dije: ¡Bienvenido al
infierno!
Julio Salas.
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Mumy
El libro lo tenía aún entre mis
manos. Ese párrafo que acababa de leer fue lo suficientemente contundente
para disipar cualquier duda. Sin embargo, no terminaba de aceptarlo; eran
muchos años de vivir intensamente junta a él como para darme cuenta de la
verdad…
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Memy desparramaba dulzura
sobre el sofá. Sus garritas, pese a mis temores iniciales, apenas tenían
filo y no representabna ningún peligro para el tapizado. Piruetas de aquí,
volteretas de allá, y un cariño enorme que me hacía olvidar de mi soledad.
A veces, cuando estaba distraído leyendo, solía pegar saltos sorpesivos
sobre mi regazo. Al principio me asustaba pero despúes, acostumbrado,
sonreía prematuramente a sabiendas que esa posición de acecho era clara
muestra de su propósito.
Pero un día ya no fue así. El primero lo dejé pasar
porque lo atribuí a cierto cansancio o a cualquier otro factor relacionado
con lo que puede soportar la anatomía de un animal; un gato, para el caso.
Pero el hecho no fue aislado. Fueron dos, tres, cuatro, cinco días y más…
Tras quince jornadas en las que no sólo dejó de estar sobre mis piernas
sino también se mostraba taciturno y hasta odioso ( así me lo demostró
cuando, queriendo sacarlo del rincón en el que estaba, me tiró un
tarascón, emitiendo un rugido entre apagado e intimidatorio ). Mi
preocupación trocó velozmente en miedo cuando al pasar junto a mí su
mirada era desafiante y diabólica. Aún así, pese a no querer más nada
conmigo, seguía respetándome y a la hora del almuerzo y de la cena como
cualquier otro felino venía corriendo con la cola levantada entre suaves
maullidos. Un día, pensando que había vuelto a ser el de antes, mientras
comía, intenté acariciarlo: su reacción fue desmedidamente violenta. Se
volvió sobre sí mismo, se prendió de mi brazo y me clavó sus dientes sobre
la zona de la muñeca. Dió la casualidad que aún no me había sacado el saco
y el pullover, por lo que no llegó a penetrar en mi carne y herirme aunque
sí me provocó dolor. A partir de allí sólo atiné a mirarlo de lejos.
También comencé a evaluar la posibilidad de desprenderme de él pero era
mucho el tiempo y más aún los buenos momentos vividos junto a él, lo que
me llevó a borrar de mi mente esta idea.
Como tampoco me resignaba a la situación empecé a
evaluar posibles alternativas. De esta manera, decidí dirigirme a la
biblioteca del barrio. Como viejo habitué de aquel glorioso rincón de
lectura y de vida sabía que allí tenían material referido a lo que me
interesaba. Allí fui, lo busqué y, pese a que me costó, encontré lo que
andaba necesitando. Era un tratado sobre gatos domésticos, escrito en 1672
en Inglaterra, en el que hablaban, entre otros, de felinos de cabeza
grande, con un mechón muy grueso de color negro sobre el pelo blanco.
Me senté, comencé a leer y… me espanté. Valga decir,
simplemente, que en él se inspiró Edgar Allan Poe para escribir su célebre
cuento. Cerré el libro, cerré los ojos, puse la mente en blanco un
momento. Al volver en mí, todo me marcaba sólo un camino: la destrucción
de Memy. No era fácil, pese a todo, decidirme. Por eso es que durante más
de dos horas caminé sin ton ni son por la ciudad. Quería definir un método
de exterminio pero me costaba, me costaba… no quería infligirle dolor o el
menor sufirmiento posible pero la suerte estaba echada: Mumy debería
morir.
Llegué finalmente a mi hogar. Abrí la puerta, con gran
esfuerzo; dirigí prestamente mis pasos hacia la sala de lectura, otrora su
lugar preferido, y lo encaré a metros de mi escritorio. Se me erizó la
piel: aquel mechón negro le marcaba toda la cabeza y el pecho pero además
no se apoyaba sobre sus cuatro patas sino solamente sobre las dos
traseras, en actitud desafiante. Al estirarse totalmente tomó la altura de
un humano mientras su rostro no era ya el suyo sino el de Lucifer. Allí me
di cuenta que ya era tarde…
Julio
Salas.
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En
tu Interior ( Poesía )
A partir de una mirada
dentro tuyo estoy,
desde los ojos del alma,
dejando de ser yo.
Y soy todo amor despiadado
Sonando en tu interior.
Fundido en toda tu piel,
gozando con el corazón
y tus aromas
desperdigados
me realzan
en tu sabor.
Laberinto de ti misma,
allí sentimiento puro
soy, estoy
feliz perdido,
abrazado
y deseando que nunca,
nunca
el mundo
me saque de vos.
Julio Salas.
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Breve Comentario sobre la Invasión
Hoy es el día 15 desde que se desencadenó la invasión. Empero, no
parece haber hecho mucha mella en la población. Para mencionar tan sólo un
ejemplo, hasta hace pocas horas los hinchas de la escuadra aurizul de la
ciudad seguían festejando la obtención del campeonato anual pese a que ya
transcurrieron 20 días de tal suceso.
Y ni mencionemos a
las autoridades: el Benemérito Intendente, a sabiendas de que la Invasión
estaba al caer, prorrogó mediante decreto en 10 días más los festejos de
la “semana Turística”. Este hecho terminó irritándome más que la presencia
de esas criaturas, ya que hacía 1 mes que venía soportando intensas
explosiones –producto de la poderosa pirotecnia moderna-, desfile
incesante de borrachos que vuelcan su contenido etílico cada dos pasos que
dan, pandillas espontáneas de vándalos de toda laya que “festejan” a su
manera; es decir, rompiendo cestos públicos, cabinas telefónicas, vidrios
de propiedad privada, etc. En los momentos más álgidos de las
celebraciones no fueron pocos los que se pasaron de la raya cayendo en el
delito hecho y derecho: robos, atentados, violaciones, asesinatos,
torturas y vejámenes de toda clase, principalmente contra los sectores más
vulnerables de la sociedad. Sin ir más lejos, personalmente me ocupé de
albergar durante varios días a una anciana de 82 años, vecina próxima,
minutos antes de que su humilde morada fuese invadida, saqueada y
destrozada. Me limité, al igual que otros
vecinos, a observar desde mi terraza cómo estos salvajes desarrollaban sus
tropelías. Imposible acercarse. Imposible hacer nada. Las fuerzas de
seguridad estaban abocadas de lleno a cumplir órdenes en el centro
neurálgico de los festejos, como ser: traslado de personas desde los
barrios periféricos, atención de otras tantas lesionadas por pirotecnia o
riña a los centros asistenciales (los médicos y enfermeros tenían
estrictas órdenes de darle prioridad a esta “gente”, so pena de severas
medidas en su contra, a cargo de los organismos “de Derechos Humanos”) ,
impedir enfrentamientos entre habitantes de la zona y los dicharacheros
protegiendo férreamente a estos últimos y su derecho a la “sana
diversión”, etc. Por suerte, a la semana más o menos arribaron los hijos
de esta pobre señora, quienes “a regañadientes” se ocuparon de la misma.
Además, lejos de agradecerme, casi me agreden de hecho –sí lo hicieron de
palabra- por no haber hecho nada por impedir el ataque contra la casa de
mi vecina. A Doña Ofelia, tal su nombre, no la volví a ver. Y en lo que
fuera su casa quedaron varias familias, imposible determinar cuántas. De
día y de noche el fuerte volumen bailantero y la catarata incesante de
cerveza son las características del aguantadero, otrora vivienda de una
humilde octogenaria. Además, según me contaron vecinos linderos, varias de
las chicas adolescentes reciben allí también a su “clientela”. No son
pocas las reyertas que se desencadenan ya que todos quieren “divertirse”
con la más linda de todas…
Pero me fui por las
ramas. El asunto preocupante es que los planes de los invasores sigue
exitosamente, sin ser siquiera molestados. Y lo más tenebroso, en palabras
de un sobreviviente del sector norte de la vecina localidad de Baigorria
(lugar éste donde cayeran las 3 primeras naves), no menos de 3 docenas de
criaturas estaban terminando su proceso de metamorfosis, lo que equivale a
decir que en un par de días no habría manera de diferenciarlos de los
seres humanos. …¿O quizás sí?…
Julio
Salas.
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EXTRAÑO A FELICITAS
En los primeros meses de mayo aún hace calor. Esto se viene
repitiendo en los últimos 7 u 8 años. Como no me gustan las altas
temperaturas no puedo decir que esté adaptado pero me lo tomo con aires de
resignación y trato, sólo trato, de pasarla bien. Felicitas no es así.
Quién sabe porqué no deja de tostar su ya quemado cuerpo durante horas
bajo este sol tórrido. Yo me cansé de decirle que puede hacerle mal,
sobretodo en horas no convenientes pero nada, no me escucha. Felicitas es
como esas mujeres que sólo hacen lo que a ellas se les ocurre en el
momento, en especial, como en este caso, cuando cuentan con un marido que
las consienten vaya a saberse porqué. No quiero volver a hacerme esta
pregunta, estoy cansado.
Hoy, sin embargo, es
diferente: unas horas de chaparrón entre fuerte y moderado y una ventisca
que ahora sí se hizo poderosa parecen ser la señal que buscaba: el
advenimiento del otoño, por fin. ¿qué opinaría Felicitas?... no sé, no
está…
En el patio trasero
la tierra se mantenía movible pese a que la apisoné bien bien. Claro: el
agua caída aflojó el trabajo realizado. No me quedaba otra que repetir lo
hecho. Se me ocurrió abrir los brazos, tirar la cabeza para atrás, cerrar
los ojos y sentir en detalle el viento que crecía en fuerza. No pude
menos que sonreír y sonreír. Por fin los dioses se acordaban de mí y me
daban el gusto. Instantes después bajo la vista y me encuentro con que la
tierra se aflojó más aún, al punto que una mano sobresalía de ella. Pese a
la decepción que me causaba todo ello no me preocupó. Me sentía tan feliz…
Me daba igual que vecinos u ocasionales transeúntes con vista curiosa y
minuciosa se dieran cuenta de ese cadáver allí, no me importaba nada ya,
estaba refrescando fuerte, había llovido en forma y quizás habría más aún.
El tiempo pasaba pero
no me molestaba darme cuenta. La felicidad no era total porque Felicitas
no estaba, se había ido. Y créanme que la extraño, ahora comienzo a
extrañarla. Me parece estar viéndola con su vestido rosa, limpio, bien
cuidado, como si se lo hubiese comprado ayer. Sé que no me perdonaría, si
pudiese verlo, que lo haya usado para envolver el cuerpo enterrado. Pero…
no es ése mi vecino Javier, el almacenero de acá a a la vuelta, el que se
introdujo decididamente a mi jardín ?... Sí, desde acá lo percibo bien, no
hay dudas. No sé si él me vió pero apenas observó aquella mano y parte del
cuerpo sobresaliendo del vestido rosa y de la tierra cada vez más floja y
más mojada se retiró a las apuradas.
En otro momento estaría sumamente preocupado, aterrado pero ahora no me
importaba. Sé que mi vecino, chusma como pocos, iría corriendo a la
policía a contarles. Ya no me importaba, sólo me preocupaba saber que a Felicitas no
volvería a verla, que quedó mal conmigo. Debí ser más complaciente con
ella, no debí imponerme ante aquella situación tan extraña, tan fuera de
lo común. Cómo la extraño, por favor…
Siento una sirena, se
acerca velozmente y se para en seco justo frente a mi vivienda. Desde el
hueco de mi ventana veo que se trata del mismo patrullero desvencijado de
la seccional que a diario solía cruzarme. Bajan 2 policías, van directo al
sector de la tierra removida. Empieza a garuar nuevamente pero no es nada.
Mientras un tercero se acerca con una pala los restantes vienen hacia mí.
Han desenfundado sus armas pero no veo por què tengan que hacerlo. Abro la
puerta lentamente y los hago pasar mientras voluntariamente coloco las
manos tras mi nuca. Me dicen que apoye las manos sobre la mesa del living
mientras uno de ellos empieza a palparme de armas. Terminada su rutina,
atina a preguntarme algo pero no puede: su colega, el de la pala, lo llama
enfervorizado. A todo esto el frente de mi casa se llenó de vecinos,
curiosos y hasta perros callejeros, entusiasmados en vano en obtener algo
de lo allí enterrado.
Nunca
vi ojos tan
desorbitados, tantas bocas de asombro, tantos rostros de perplejidad.
Algunos se dan vuelta, hasta se siente que a alguien se le da por vomitar.
Los policías, reunidos en masa junto al cadáver exhumado, se volvieron a
acordar de mí y empiezan a mirarme de soslayo un instante para volver a
mirar lo que todos, morbosos, miran. Esbozan moverse hacia donde yo estoy,
inmóvil, pero se quedan a pocos metros de la zona. Nuevamente hablan entre ellos pero esta vez, al estar más cerca, puedo escuchar lo
que expresan, pese a que intentan, sin éxito, hacerlo a media voz. El
punto del debate gira en torno a 2 posiciones: mientras algunos quieren
detenerme por homicidio, otros se contentan con hacerlo bajo el modesto
cargo de “alteración del orden público”. Claro, yo los entiendo… No todos
los días se encuentra enterrado en el jardín de un vecino el cadáver de un
extraterrestre… Breves gritos aislados de una mujer me vuelven a la
realidad. ¡Es Felicitas! ¡ha vuelto! …Y se ha vuelto a asustar, ya me
parecía. Espero que no sea motivo suficiente para que se vuelva a ir,
espero que no. Deberé explicarle que antes estaba vivo y ya está muerto,
espero tener éxito…
Julio Salas.
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SOLO Y VACIO
Para qué escribir versos
que no vas a leer,
para qué recorrerte linda
si no vas a estar.
Solo y Vacío
en esta habitación.
Así estoy.
Pasos de a metro
o corridas a kilómetros,
maravillosos mundos
que se inflan
y se desinflan
y vuelven a caer.
y bajo los escombros
estoy yo, olvidándote;
mejor dicho: olvidándome
de mí.
Solo y Vacío
en esta habitación.
Así estoy.
Dealers y coperas,
noches cerradas, luces abiertas,
mi pulso a full,
y mi ritmo es tu ausencia
y tu ausencia
es ya no estar.
Solo y Vacío
en esta habitación.
Así estoy.
De a poco,
de a mucho,
restos de mí al viento
volarán;
que al menos me quede
la conciencia
de que alguna vez
Te amé. Y existí.
Otra vez.
Solo y Vacío
En esta habitación.
Así estoy.
Julio Salas.
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