Confrontación de Lenguas y
Literatura Nacional
- Marcos Carlos Carbajo - www.corodebabel.com.ar -
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Analizaremos a continuación algunos fragmentos pertenecientes a El Matadero de Echeverría. A partir de estos fragmentos trataremos de dilucidar de qué modo podemos leer la confrontación de lenguas en el texto teniendo en cuenta el problema estético que implica la construcción de una lengua literaria. Respecto a la construcción de una lengua literaria Grüner afirma que una literatura nacional puede rastrearse en las formas particulares que una lengua toma al enfrentarse con otra.[1] Para los románticos literatura nacional es todo aquello que rompe con los postulados de la generación anterior, con el neoclasicismo. Para lograr este objetivo, Echeverría plantea una necesidad de renovación de las formas, de no imitación de cánones. En la Advertencia a las Rimas prefija que su voluntad principal fue pintar: “El principal designio del autor de la Cautiva, ha sido pintar algunos rasgos de la fisonomía poética del desierto (...) “ha escogido, para formar su cuadro...”[2] Como vemos, adquiere preponderancia el aspecto visual. Se propone, pues, fundar el repertorio de imágenes visuales canónicas que identificaría más tarde a nuestra literatura nacional. Principia, además, con la introducción de locuciones vulgares y de localismos.[3] Esta elección contrasta con las voces altisonantes del clasicismo. En este texto Echeverría realiza también un diagnóstico que podemos resumir en la siguiente fórmula: no tenemos nada, el vacío es lo que tenemos. Por lo tanto, debemos encontrar la productividad poética en el desierto (desierto equivale a la ausencia, a la falta). El matadero es una suerte de inserción de ese desierto en la ciudad. “En el relato de Echeverría, el matadero es un espacio de penetración de lo rural en lo urbano, una orilla (como dirá luego Borges) que, en vez de separar, comunica a la ciudad con la llanura: por lo tanto, un espacio abierto a la invasión rural del santuario urbano.”[4] En este sentido, en El Matadero podemos verificar un intento de búsqueda de esa poética, ya no en el desierto sino en la plebe ruralizada, en esa “pequeña clase proletaria” que pertenece al mundo del matadero. Y, si bien Echeverría recupera a Herder en lo que atañe al descubrimiento del pueblo [5], en El Matadero las masas son definidas negativamente por lo que les falta. El narrador aplica la palabra bárbaro para designar al pueblo en tanto que éste representa la barbarie ya que apoya al despotismo de un gobierno. El Matadero es la representación de la nación, es una pequeña república. No es la patria. Son los que han asesinado a la patria. “El matadero es un relato sobre la violencia de los cuerpos que apuesta a producir con la violencia de las palabras el efecto de violentar al lector, del mismo modo que las acciones violentan al héroe unitario.[6] Podemos afirmar que el texto ejemplifica con crudas imágenes esta violencia y se caracteriza, además, por estar recorrido por una estética grotesca. Y, si bien en Víctor Hugo el arte moderno resulta de la combinación totalmente natural de dos tipos, el sublime y el grotesco [7], en el matadero lo grotesco y lo sublime generan un contraste irresoluble. Aparecen separados. Aquí lo grotesco se encuentra asociado a lo bajo, a lo ruin, a lo inmundo. En este sentido Echeverría se distancia de la teoría romántica. Tenemos entonces a lo grotesco, lo inmundo, lo feo, lo bárbaro, lo caótico de la masa opuesto a lo sublime, a lo ideal encarnado en las valientes actitudes del joven. La masa encarna el discurso oficial rosista y el joven adopta el discurso del romanticismo, el del dogma socialista, el de la sociedad civilizada. Teniendo en cuenta esto, podemos afirmar que la confrontación de las lenguas en el texto funciona con la lógica de un sistema de oposición violenta. La masa se manifiesta contra el individuo, lo ataca: el discurso de la masa está en contra del discurso de la civilización. Y el discurso del narrador entra en pugna con este discurso de la plebe.El narrador genera, entonces, una guerra de discursos cuya arena es la escritura. Hay un discurso oficial sobre las conciencias y sobre el individuo. Es el discurso de la esfera pública proveniente del poder político. Con este discurso se enfrenta el narrador utilizando como arma la ironía. Se apropia del discurso oficial y desmonta sus razones. No es el discurso federal en contra del discurso unitario. Es el discurso oficial enfrentado al discurso patriota.Además de las oposiciones: Despotismo/Libertad, Salvajismo/Ilustración y Brutalidad/Razón. Reconocemos en el texto un enfrentamiento entre dos diccionarios en el simulacro del juicio entre el juez y el joven. Se ponen en manifiesto los dos sentidos de un mismo vocablo. Uno entiende la palabra en un sentido corporal y el otro en un sentido espiritual, metafísico.[8] Al mismo tiempo, observando algunos fragmentos del relato encontramos que la descripción que Echeverría realiza de la masa resulta poco forzada:
“A sus espaldas se rebullían
caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de
negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la
fábula.”
[9]
Como puede observarse, en este fragmento se
aligera el fraseo y adquiere una sonoridad amena que parece asentarse en
datos inmediatos, en la acumulación de detalles, etc. Por otro lado, el
siguiente fragmento, el que describe al joven, contrasta con el anterior: “Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraba el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabella se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.” [10]
Marcos Carlos Carbajo ( Artículo extraído de su sitio con su autorización ) ( Le agrdecemos su colaboración ) Notas [1] “Toda literatura “nacional”, si es que hay tal cosa, se hace contra otras literaturas “nacionales”, y en última instancia contra sí misma.” Cfr. GRÜNER, Eduardo: “La argentina como pentimento” en Un género culpable. La práctica del ensayo: entredichos, preferencias e intromisiones. Ediciones Homo Sapiens. Rosario, 1996. Página 33. [2] ECHEVERRÍA, E.: “Advertencia a la Cautiva” en Páginas Literarias. W. M. Jackson INC Editores. Buenos Aires. Página 208. [3] “De intento usa a menudo de locuciones vulgares y nombra a las cosas por su nombre” Cfr. ECHEVERRÍA, E.: “Advertencia a la Cautiva” en Páginas Literarias. Op cit, página 209. [4] SARLO, B.; ALTAMIRANO, C.: “Esteban Echeverría el poeta pensador” en Ensayos Argentinos, De Sarmiento a Cortázar. Editorial Aries. Bs. As., 1947. Página 43. [5] Cfr. HERDER, Johan Gottfried: Poesía y lenguaje. Fascículo treinta y ocho de la antología alemana editada por la universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Literatura Anglogermana. Buenos Aires, 1950. Página 34-35. [6] IGLESIAS, Cristina: “Muertes o crímenes: Un dilema estético (A propósito de las Víctimas de la cultura en El Matadero de Echeverría y EN El niño proletario de Lamborghini)” en Narrativa Argentina. Noveno Encuentro de escritores Dr. Roberto Noble. Cuaderno N° XI, Fundación Roberto Noble. Bs. As., 1996. Página 25. [7] Dice Víctor Hugo: “De la fecunda unión del tipo grotesco con el sublime nace el genio moderno.” Cfr. En HUGO, Víctor: Cromwell. Colección Austral. Madrid, 1967. Página 19. [8] Cfr. ECHEVERRÍA, Esteban: El Matadero. La cautiva. Ediciones Clásicas. Bs. As., 1999. Páginas 118-120. [9] Ibidem, página 107. [10] Ibidem, página 118. [11] JITRIK, Noé: “Forma y significación en El Matadero de Esteban Echeverría” en El fuego de la especie. Editorial Siglo XXI, Bs. As, 1971. Página 91. [12] Esta idea ya estaba presente en David Viñas, en Literatura Argentina y realidad política afirma: “La mirada romántica ya no es integradora, sino antinómica: todo lo de Europa, lo referido explícita o implícitamente al allá (...) y –lo que interesa poner de relieve- frustrado, estéticamente falso. Y lo referido aquí, cargado a veces con un realismo elemental, resuelve aunque parcialmente una verdad estética.” Cfr. VIÑAS, D.: “Mármol: Los dos ojos del romanticismo” en Literatura argentina y realidad política. Centro Editor de América Latina. Bs. As., 1982. [13] JITRIK, Noé: “Forma y significación en El Matadero de Esteban Echeverría” en El fuego de la especie. Op cit. Página 94.Modificado el ( domingo, 11 de febrero de 2007 ) |
Fray Mocho y "El País de los Matreros"
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Bajo el seudónimo de Fray Mocho se escondía el nombre de José Sixto Álvarez, escritor entrerriano de prolífica obra, sobre todo de índole costumbrista. Es uno de los tantos valores literarios forjados por la provincia de Entre Ríos. Fray Mocho nació en Gualeguay el 26 de agosto de 1858 y falleció en Buenos Aires el 23 de agosto de 1903 debido a una dolencia pulmonar. Agosto fue así el mes que lo vio nacer y desaparecer. Tres años después, la revista Caras y Caretas (publicación semanal que él había creado) compiló los cuentos que había publicado allí y los editó en libro con el título Cuentos de Fray Mocho. También se publicó póstumamente Salsero Criollo. Álvarez estudió, en calidad de internado, en el prestigioso colegio de Concepción del Uruguay, ingresando en el mismo hacia 1872. Siete años después marcha a Buenos Aires, donde se inicia como reportero en el diario El Nacional. En 1881 ingresa en otro periódico, La Patria Argentina, y al año siguiente se edita su primer libro: Esmeraldas. Cinco años más tarde, en 1887, aparecen Galería de ladrones (o Vida de los ladrones y su manera de robar) y Memorias de un vigilante, donde vuelca los conocimientos directos que había adquirido en el mundo del hampa y la marginalidad. En el año 1897 publica Viaje al país de los matreros (un notable aporte a la literatura regional y en el cual nos detendremos más adelante) y En el Mar Austral (crónicas de la Tierra del Fuego redactadas desde su escritorio en la capital argentina a partir de datos aportados por terceras personas). Al año siguiente funda la ya citada Caras y caretas, revista humorística y de información general que alcanzó una gran popularidad. Para la misma Álvarez elaboró, con el seudónimo Fray Mocho, numerosos relatos agrupados tras su muerte en diferentes ediciones bajo el genérico título de Cuentos. Estos reflejan de manera precisa variados aspectos de la sociedad porteña. Al respecto escribe Adolfo Prieto en su Diccionario Básico de la Literatura Argentina (Buenos Aires, CEAL, 1968): “Los cuentos de ‘Fray Mocho’ constituyen una sabrosa radiografía de la sociedad porteña en un momento de profundas dislocaciones provocadas por la prosperidad y el rápido crecimiento demográfico. Con un oído muy fiel a las variantes del idioma coloquial, y una capacidad de observación que no perdonaba los deslices del ridículo ni las rémoras pintorescas de las convenciones sociales, Álvarez elevó el costumbrismo a su expresión más legítimamente festejada en la literatura argentina. Los Cuentos fueron escritos entre 1898 y 1903.” Viaje al país de los matreros En este libro Álvarez “describe la vida y el paisaje de las islas y las tierras costeñas entrerrianas y santafecinas hacia fines del siglo XIX” (estudio preliminar a la obra citada, edición a cargo de Verónica Bondorevsky, Editorial Estrada, Buenos Aires, 2000). El mismo pertenece al género gauchesco y –se sigue informando en el proemio citado- “fue concebido durante un viaje que realizó el autor a la provincia de Entre Ríos como oficial mayor del Ministerio de Marina.” Ese paisaje no era ajeno a Fray Mocho, todo por el contrario. Nacido en el sur entrerriano, conocía debidamente esos paisajes litoraleños. En tanto narrador-viajero describe con simpatía los accidentes geográficos, la flora, fauna y heterogéneos personajes de la agreste zona. Más precisión hallamos en el breve pero sustancioso estudio introductorio señalado: “Su relato se refiere a dos aspectos distintos de las regiones del Paraná: a las tierras bajas, es decir, a las islas, inundables cuando el río sale de su cauce; y las tierras altas, que se extienden más allá de los anegadizos. En unas y otras es diferente el paisaje, como así también el temperamento y los medios de subsistencia de sus moradores. En las tierras bajas habita el ‘matrero’, el hombre sin familia, con un pasado oscuro, que ha huido de la justicia y se refugia en la libertad de estas regiones, acompañado por su canoa, equivalente para él al caballo del gaucho pampeano. Su vida está colmada de privaciones y miserias, acechada de peligros, en donde la ley del más fuerte se impone sin vacilación. En cambio, en las tierras altas habita el capataz o el peón de estancia en compañía de su familia y que se encuentra dedicado a las tareas rurales. Su narración, al combinar las impresiones de viaje con las figuras y las escenas, da como resultado un estudio intuitivo de la sociedad del litoral. De gran sensibilidad, pintó con realismo, crudeza y admiración el paisaje del gaucho del litoral en Un viaje al país de los matreros a través de una serie de cuadros en que tipos, escenas y paisajes desfilan ante el lector en un estilo sencillo, matizado con pintorescos diálogos del más auténtico sabor popular.” “Es el lenguaje propio de los gauchos de la región, que Álvarez transcribe respetando la forma en que la gente del litoral hablaba.” Dino Saurio. |
"Un Hombre Extraño"
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A las diez de la mañana
Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. Sabía que su problema no tenía
otra solución que la cárcel, porque Barsut seguramente no le facilitaría
el dinero. De pronto se sorprendió. Roberto Arlt. |
de Esteban Echeverría
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"(…) El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de camiceros marchó a ofrecérselo en nombre de los federales del Matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga, rinforzando sobre el mismo tema, y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de came, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo”. Esteban Echeverría - "El Matadero". |
- Fábula de Godofredo Daireaux -
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De flor en flor iba la mariposa, luciendo sus mil colores, más linda que las mismas flores, más divina que un pétalo de rosa. A cada paso, en sus revoloteos, encontraba a las abejas, atareadas siempre, siempre afanadas. Asimismo, como sabía dejarles el paso, saludándolas afablemente, las abejas le habían criado cariño, y de cuando en cuando se dignaban algunas de ellas conversar un rato con ella. Así se enteró la mariposa de cómo las abejas edificaban su colmena, la proveían de todo lo necesario para el invierno, tenían sus depósitos llenos y hasta podían dedicarse a un negocio lucrativo de intercambio de productos con otros insectos. Se le ofrecieron mucho, poniendo sus casas a su disposición, prometiéndole mil cosas, rogándole que las ocupara, sin cumplimiento. La mariposa, llena de imaginación, se figuró que con semejante ayuda, podría también ella poner negocio. No había trabajado, hasta entonces, en recoger la miel, sino para su consumo personal; pero, como las abejas, sabía juntarla, y lo mismo que ellas, podría muy bien hacer fortuna. Sólo le faltaba un poco de cera para empezar y algunos otros materiales para formar la colmena. Fue a ver a sus amigas las abejas, a pedirles la cera. Una, desde el umbral de su casa, le contestó que, justamente en este momento, acababa de disponer de la poca que tenía guardada, y que de veras sentía mucho no poderla favorecer. La segunda entreabrió la puerta, y le dijo que todavía no tenía cera disponible; y la tercera, por la ventana, le gritó que recién al día siguiente la iba a tener. Otra, con mucha franqueza, le contestó que, realmente, tenía, pero que la iba a necesitar y no se la podía prestar. Y la mariposa volvió a sus flores, convencida de que de los mismos que se ofrecen, muchos han tenido, muchos tendrán, muchos van a tener, muchísimos tienen y se lo guardan, y que, si los hay, bien pocos deben ser los que tienen y dan. Godofredo Daireaux. ( De su Obra "69 Fábulas Argentinas" ) |
- Fábula de Godofredo Daireaux -
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Al pie de una bolsa de arroz se encontraron un día la hormiga y la cucaracha. La primera, con cuidado, agarró un grano de los que salían por la costura de la bolsa y con gran trabajo lo llevó hasta su cueva. Volvió, tomó otro, y se lo llevó también; y así siguió sin descanso. La cucaracha subió hasta la misma boca de la bolsa, probó un grano, lo tiró, probó varios, probó muchos, mordiéndolos apenas y tirándolos en seguida. Una vez llena, se durmió entre el mismo arroz y lo ensució todo. Al bajar, horas después, volvió a ver a la hormiga que seguía trabajando, llevando sin descanso los granitos a la cueva. Se burló de ella, la trató de avarienta y se fue a pasear sin rumbo por los techos del granero. La hormiga se fue para su casa, a comer y dormir. Días después, la cucaracha, en una hora de hambre, se acordó de la bendita bolsa de arroz y corrió a donde había estado parada, pero la habían quitado de aquel sitio, justamente por haberla ella ensuciado tanto. -No importa -dijo-, la hormiga tiene. Y fue en su busca. La hormiga la recibió muy bien, y consintió, sin mayor dificultad, en prestarle cien granos de arroz, pero con la condición que le devolviese ciento diez al mes. Agradecida, la cucaracha se comió los granos sin contar, y cuando no tuvo más, fue a visitar otra vez a la hormiga. Pero no consiguió nada hasta no haber cumplido con su anterior compromiso. ¡ Y qué trabajo le costó! Habían escondido la bolsa de arroz en un rincón obscuro, lejos de la cueva de la hormiga, y tuvo que hacer viajes y viajes. La hormiga almacenaba los granos a medida que venían llegando. Puso aparte ocho de los diez que le correspondían por rédito, y como la cucaracha le preguntase por qué hacía así, le contestó: -Estos ocho los comeré yo; los otros dos quedan de reserva; y son ellos los que me permiten trabajar para mí sola, y también hacer trabajar a los demás para mí. Con la economía se conserva la independencia propia y hasta se compra la ajena. Godofredo Daireaux. ( De su Obra "69 Fábulas Argentinas" ) |
- Fábula de Godofredo Daireaux -
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La araña había tendido su tela en lugar muy propicio para cazar moscas. Al cabo de un rato cayó en la tela, no una mosca, sino un soberbio moscón, y la araña, alegremente ansiosa, lo miraba con toda su atención, estirando los hilos de la tela, esperando el momento oportuno para abalanzarse sobre el cautivo y despedazarlo. Pero el moscón era bravo y fuerte; empezó a sacudir toda la tela, como Sansón el templo de Baal, y pronto vio la araña que para conservar la presa era de toda necesidad tender sin demora otros dos hilos principales, de la orilla de la tela hasta la rama en que estaba atada. La araña es mezquina; le pareció mucho el gasto. Es cierto que el moscón era lindo y valía la pena; presas así no se agarran todos los días; pero también dos hilos más, y de los gruesos, ¡amigo! es mucha plata, y quiso creer que podía pasarlo sin ellos. No esperó mucho rato el resultado; el moscón se fue con tela y todo, y la araña quedó colgando de un hilo, por suerte. Ni voraz, ni mezquino: ni loco, ni tonto; sólo es juicioso el que sabe medir el gasto con el provecho. Godofredo Daireaux. ( De su Obra "69 Fábulas Argentinas" ) |
Don Delmiro Ayala Gauna,
el Guaraní y el Género Policial Argentino
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Estuvimos leyendo unos cuentos del escritor correntino Velmiro Ayala Gauna, de tipo policial, donde hace hablar a sus protagonistas (sobre todo al comisario don Frutos Gómez) con los modismos típicos de la provincia mesopotámica de Corrientes, donde el guaraní es la segunda lengua después del castellano. Es un guaraní, tenemos entendido, menos puro que el empleado en Paraguay. Paraguay y Uruguay son justamente voces guaraníticas. La parte final de ambos topónimos es "i", que significa agua, río. "Paragoa" aparentemente significa loro. Por ende, ese sería "el río de los loros". Uruguay significaría "río de los caracoles de agua" o "río del país de las aves silvestres", asegún se traduzca. "Uruguá" (forma anticuada) o "uruá" vale por caracol de agua, pero también puede tratarse de dos palabras: "urú" (cierta ave silvestre) y "-gua" (sufijo que indica origen y que puede traducirse por la preposición "de"). El libro que terminamos de leer se llama "Los casos de don Frutos Gómez". El tal Frutos es un astuto y observador comisario que está a cargo de la comisaría ("comesaría") de un pueblito perdido de la provincia correntina. Corrientes junto con Entre Rios y Misiones integran la Mesopotamia argentina, la tierra "entre ríos", en este caso entre los ríos Paraná y Uruguay. Corrientes, al igual que Misiones (donde hay una gran variedad de etnias), limitan con el Brasil. Acá van algunos datos biográficos de Ayala Gauna, que esperamos puedan ser del interés internáutico. Generalmente se difunde a los escritores que se han consagrado en Buenos Aires y a los que están de moda, pero se deja de lado a valiosos exponentes de las letras argentinas que reflejan las realidades regionales, como José Pedroni, Mateo Booz, Martiniano Leguizamón, Gudiño Kramer, Ernesto Castro, César Carrizo, Fray Mocho o el mismo Ayala Gauna, entre tantos otros. En la contratapa del libro mencionado (editado por el Centro Editor de América Latina en 1967) se expresa lo siguiente: "Nació (don Velmiro) en Corrientes en 1905 y falleció en 1967. Durante largos años fue maestro en su provincia natal y en Santa Fe. El río Paraná, la selva, la tierra, las leyendas, el hombre del litoral son los temas y personajes, tanto de su labor ensayística ("La selva y su hombre", 1944; "Litoral", 1950) como de su obra literaria. Aunque le atrajo el teatro y publicó una novela -"Leandro Montes", 1955- Ayala Gauna fue fundamentalmente cuentista. En publicaciones periódicas del interior y de Buenos Aires aparecieron sus primeros cuentos y en 1952 reúne su primer volumen de "Cuentos correntinos". Más tarde le siguieron "Otros cuentos correntinos" (1953) y "Paranaseros" (1957). Frutos Gómez, el protagonista de sus cuentos de "Los casos de don Frutos Gómez" (1955) y "Frutos Gómez, comisario" (1960) se hizo rápidamente popular. Fue llevado a la radio, al teatro y al cine." El género policial tiene una larga y prolífica historia en la Argentina. Suele citarse como iniciador a Eduardo Holmberg (un exponente de la denominada "Generación del '80"). Holmberg era descendiente del baron de Holmberg, un militar alemán que llegó a la Argentina junto con José de San Martín en 1812 para sumarse a la lucha por la independencia. Eduardo Holmberg fue cientista natural, político, funcionario y escritor. También se lo considera un precursor del género fantástico en la Argentina. Rodolfo Walsh y Borges-Bioy Casares (a través del seudónimo Bustos Domecq) son quizá, junto con Ayala Gauna y Leonardo Castellani (nacido en el norte santafesino, en Reconquista), los más destacados exponentes de la narrativa policial local. Hay, además, dos novelas policiales argentinas que leímos hace algún tiempo y resultan dignas de mención. Una se titula "El llanto de Némesis". Fue escrita con el seudónimo de Roger Ivnnes por el rosarino Roger Pla. La otra, de menor bueno literario pero más ingeniosa, la escribió Lisardo Alonso (tal vez también un seudónimo). El personaje principal inventa un método científico para alterar la antigüedad de un cadáver y de esa manera desconcertar a la investigación policial. Borges y Bioy dirigieron la prestigiosa colección de literatura policial "El Séptimo Círculo" que editó Emecé entre 1945 y 1983. Walsh, malogrado por su militancia en la guerrilla marxista-peronista (fue elemento central en el aparato de inteligencia de unos de los sectores que confluyó en Montoneros y en la misma estructura de Montoneros), también dirigió una colección de policiales: la famosa Serie Naranja de Hachette. Walsh era descendiente de irlandeses. Tuvo una infancia bastante dura, dado que perdió a sus padres siendo muy chico. Se crió en un orfanato, en la Patagonia. Era una persona culta. Traducía fluidamente del inglés. Se destacó como periodista de investigación, escritor y traductor. Tras militar en el nacionalismo derivó, luego, hacia posturas marxistas. Estuvo entre los fundadores de la agencia periodística-propagandística Prensa Latina, surgida en Cuba al poco tiempo de imponerse el régimen castrista. De esa fundación participaron varios argentinos, entre ellos Jorge Massetti (el "Comandante Segundo" que desapareció en la selva salteña hacia 1964, cuando estaba armando la infraestructura de apoyo al Che Guevara, que bajaría desde Bolivia para iniciar la guerra de guerrillas en Argentina, el país clave para Guevara en su estrategia revolucionaria continental) y "Pajarito" Rogelio García Lupo. Volviendo a don Velmiro, cuya literatura no se agota en el pintoresquismo del color local. En el Diccionario Biográfico, Histórico y Geográfico Argentino de la editorial El Ateneo se aportan más datos. Leemos que su nombre completo era Bienvenido Velmiro Ayala Gauna. Murió en 1967. "Como narrador, su tema favorito es el paisaje del Litoral, particularmente el del Alto Paraná. Don Frutos Gómez es el personaje esencial de sus narraciones policiales, donde el humor y al astucia tienen ameno tratamiento." En los relatos de Ayala Gauna se reproduce el habla regional de los correntinos. Aparecen, por ejemplo, diversos términos que en guaraní indican énfasis: pa, ité, nicó. Van algunos ejemplos: "-¿Por qué pa jue, m'hija?" Jue vale por fue y m'hija (m'hijo, m'hijito, m'hijita) es un tratamiento cariñoso que va más allá de lo filial. "-¿Quieren pa que les cebe unos mates?" "- ¿Quién pa vive n'aquel rancho?" N'aquel es la contracción de "en aquel" y m'hija de "mi hija". "-Yo me vua a arreglar, pero siempre me ha gustao nicó ser autoridá." Vua vale por voy y en gustao aparece la típica pérdida de "d" del lenguaje campero, gauchesco o arrabalero. Una palabra que nos llamó especialmente la atención ha sido trinqui. Indica "beodez, borrachera" y suena parecida al drink inglés. Tal vez la hayan tomado y deformado del inglés. En Corrientes supo haber estancias de ingleses, como en buena parte de la Argentina. Añamembú es el peor de los insultos. Significa literalmente "hijo del diablo (o del demonio)". Concluyamos estas líneas con la genial y risueña adaptación que hace el "comesario" don Frutos de la palabra psicoanálisis. El la llama “circo-análisi”. Y, en verdad, esa supuesta ciencia tiene mucho de circo y charlatanería. Argentina, para su desgracia, debe ser el país que más ha sufrido y sigue sufriendo la plaga del psicoanálisis. Debe ser el país con mayor densidad de psicólogos (o psico-locos) por km2. Greg Haedowm. |
Algunas Voces "Tierra Adentro"
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Es bueno aunar tres voces que representan las letras en el litoral argentino: Si hubo algún poeta que ilustra y canta lo que ocurrió en la llanura chaco-pampeana ese debe ser probablemente José Pedroni. Tal es así que José Pedroni representa la sangre italiana, la sangre gringa que está en esta tierra. No obstante Pedroni jamás deja de lado el color local. Como representante de la sangre gringa, jamás invoca la tierra ancestral sino que instaura su obra en tierra americana; por lo que esto significa, que tanto su poesía como su prosa se enraíza en un sitio a medio conquistar. Su canto a estas tierras se establecen desde lo epopéyico: la conquista de la tierra de la llanura santafesina y chaco-pampeana:
Por otra parte, cosas que por cierto han ocurrido, Pedroni no enseña mediante sus poesías la confrontación o el encuentro entre dos geografías, culturas, costumbres, personas y demás; tal es así, que Carlos Carlino, nos habla del origen del nombre de la laguna que hoy conocemos como Mar Chiquita, la cual según su teoría, fue impuesto por los mismos gringos, del anhelo de continuar teniendo el océano cerca, “como una manera de estar unidos, por figuración, con la patria ultramarina que la mayoría no volvió a ver jamás”, agrega. No obstante, no todo es tan lirico ni eglógico en la poesía de Pedroni, en él hubo esas intuiciones que no faltaron ni en Ezequiel Martínez Estrada, en Sarmiento o en Lucio V. Mansilla: ese extrañamiento de esa antigua tierra, de la tierra extraña que debería ser propia; de ese extrañamiento que surge a partir de algo que se conoce demasiado como para no reconocerla. Aunque José Pedroni, no escribe solo como un argentino, sino como una generación de europeos en una tierra que no la llegan a entender completamente, ya que esta tierra en Pedroni se corresponde con algo totalmente nuevo y por habitar. Por lo que estas llanuras no son extrañas por la complejidad que estas tierras tienen, sino por lo desconocidas que eran para los europeos que llegaron por aquel entonces. A través de sus líneas uno puede pesquisar la tierra como premisa de vivencias totalmente nuevas y de trabajo; pero también de extrañamiento del recién llegado. Por otra parte, según me parece, su filosofía respecto a esa inmensa llanura en la cual se halla enclavada (desde mediados del siglo XIX) Esperanza, la primera colonia del país es mediante la poesía y el trabajo de la tierra. Su modo de conjurarlo es mediante el arte de la cotidianeidad; el modo de hacerlo es sino mediante la celebración de lo diverso, esa misma diversidad que existió entre ambas culturas que hoy ya se hallan sincretizadas en una; José Pedroni canta el recuerdo de ese encuentro entre los gringos que arribaban (a esta llanura) con esta llanura, lo cual desde luego tuvo un lugar en la historia, en la que la sangre europea, en aras de la civilización, avanzaba hacia el norte, en busca de más tierras:
Declara en una poesía llamada “Mar y mar”. Mateo Booz en cambio es un caso distinto al de José Pedroni…. Mateo Booz más bien habla sobre las poblaciones que comienzan a poblarse valga la redundancia. Mateo Booz nos habla más bien de pequeñas poblaciones que fueron o serán ciudades del llano, e incluso nos habla de la Santa Fe de antes; todas estas, a varios cientos de kilómetros de Buenos Aires. Pero todas estas ciudades y poblados conviven con algo lo antiguo, con lo de antes; no sé si estaré errado pero Mateo Booz es un escritor que supo mezclar a su manera y en su época las diversas frecuencias que se fueron sumando una encima de otra a lo largo de los años. Tal vez por eso es que sus cuentos transcurren en las ciudades, en los campos, en las selvas, en las islas y en los pueblos: tales distinciones no son meros paseos por la Santa Fe que él quería plasmar; a pesar de ser abiertamente diversas geografías, las mismas se encargan de hacer notar nítidamente no solo la idiosincrasia de las gentes que allí habitan, sino que también, mediante estos diversos ambientes sean rurales o urbanos, representan también, las diversas épocas por las que estas tierras históricamente han pasado, aunque, el ambiente más nuevo, es decir, más recientemente adquirido, también denota los diversos rasgos de la naturaleza en la que estos personajes viven. Dijo alguna vez Ricardo Rojas: “El indio, que pereció, vive en el guacho, que está pereciendo, sobrevive en el criollo actual, y los tres sobrevivirá en el argentino futuro. Este no será la negación de sus precursores; será su perfección. El gaucho marca un paso de ascensión sobre el indio; el argentino del porvenir, lo marcará sobre el gaucho” Y más adelante agrega, considerando si el progreso fracasara: “El pueblo argentino sería una síntesis de esos tipos humanos anteriores, en acorde con las nuevas influencias europeas, extranjeras, cosmopolitas: pero no puede ser un europeo, un extranjero, un cosmopolita, porque entonces ya no sería un argentino…” Esta temática es la que Mateo Booz se ha encargado de tratar directa e indirectamente en su obra. Las características de sus personajes nunca escapan de esa paradoja en las que operan lo europeo y lo realmente americano. Valga citar algún fragmento de Santa Fe mi país: “Vive don Hilario Tierra en las inmediaciones del convento de los franciscanos, en una casa de techo saledizo y ventanucos con jambas de algarrobo, a una cara del suelo. Al abrigo de los naranjos de su huerta, suele matear con viejos camaradas que lo visitan-caso todos jubilados de la Administración- y comentan alguna riña de gallos, o alguna campaña electoral, o algún nombramiento del Ejecutivo”. Se verá por otro lado la presencia de ciertos tenores burocráticos y estatales en la obra de Booz: la burocracia, los intereses políticos, los nombramientos, la frivolidad crecen tanto como las tasas demográficas lo hacen. Estos diversos estratos a los que Mateo Booz acude para desarrollar sus cuentos, jamás cesan de interrelacionarse… a pesar que este escritor no haya sido del todo ensalzado de lo que se dice “el gran escritor”, sus escritos reseñan con lucidez lo que en verdad ocurría por aquellos días en el litoral santafesino, lejos de Buenos Aires, la gran metrópolis… Pero a pesar de toda esa virulencia, que siempre fue común a Buenos Aires, a pesar de esa explosividad que uno puede sentir cuando recorre “sus avenidas urgentes”, sus calles populosas, sus peatonales poliglotas, la misma es realmente, implosiva, es decir, explota hacia dentro. Gudiño Kieffer, en Carta Abierta a Buenos Aires violento, dedica algunas líneas que refleja de un modo muy particular, la visión de un provinciano en la metrópolis, cuando recién comenzaba la década del ´70 pero que no por eso ha perdido vigencia :
Ni el Gran Chaco, esa gran zona imprecisa como para constatarla con propiedad, ni el resto del interior del país, ni mucho menos “América del Sur, tierra adentro”, han escapado a los ominosos influjos de Buenos Aires, entendiendo por ominoso, lo que es sagrado y maldito a la vez. Si: todos ellos reproducen a mi modesto entender lo histórico, la gente común ignora la historia, de lo que realmente ha ocurrido por aquí. Estas tierras, hijos de una ciudad huérfana, han reproducido y repetido una historia de orfandad… Es fácil comprenderlo: se trata de la gran albacea de América del Sur, de la reina del Plata en la cual se “Notará que Buenos Aires es el punto final de su viaje, la ultima gran ciudad en el concierto de las urbes mundiales; pero no comprenderá que es la cúspide, a la vez de aquellas llanuras de cereales y ganados, abandonada sin compasión a su destino” Tal como dice Ezequiel Martínez Estrada en La cabeza de Goliat. Andrés Ugueruaga. ( Agradecemos su Colaboración ). |
-Una Poesía de Evaristo carriego -
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Evaristo Carriego. ( Poesía Perteneciente a su Libro “Poesías Completas” ). |
Distintos Aspectos de la Planicie
-Texto de Guillermo E. Hudson -
-1° Parte-
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Invito al lector a acompañar a este niño de apenas seis anos, —pero ya es capaz de montar en pelo y andar al galope sin caerse—, subiéndose a una imaginaria cabalgadura y cruzar tras él la legua que separa la tranquera de un sitio donde la tierra se eleva a un metro o un metro y medio por encima del nivel circundante. Allí, sobre nuestros caballos, tendremos a la vista un horizonte mucho más amplio que el que podría llegar a dominar de pie el más alto de los hombres. De este modo podrá formarse una idea de como era la comarca en la que pasé los diez años más susceptibles de mi vida: desde los cinco hasta los quince. Vemos a nuestro alrededor una extensión de tierra muy plana. El horizonte aparece como un perfecto anillo de un vago color azul precisamente allá donde el cristal del cielo se apoya sobre este mundo verde. Verde al final del otoño, durante todo el invierno y la primavera —es decir— de abril a noviembre. Empero aquello no se parecía a un prado o a una extensión de césped bien cuidado. Había, sí, áreas más uniformes donde seguramente habían estado pastoreando las ovejas, pero en general la superficie variaba, presentando un aspecto bastante salvaje. En ciertos lugares la tierra se cubría de espesos matorrales de cardoon thisfles [ 1 ] o alcachofa silvestre. Hasta donde se perdía la vista podía divisarse su color azulado o verde grisáceo. En otros sitios florecía el cardo gigante. Esta planta posee grandes hojas verdes jaspeadas de blanco y alcanza una altura de dos metros durante la época de floración. Había también otro tipo de accidentes en aquella verde planicie: eran las grietas producidas por las vizcachas, roedores del tamaño de una liebre. Las vizcachas, grandes excavadoras, pululaban por todo ese distrito. Actualmente han sido prácticamente exterminadas. Vivían en "pueblos" llamados vizcacheras, compuestos por treinta o cuarenta inmensas cuevas, casi tan grandes como media docena de madrigueras de tejones unidas. La tierra que extraían de estas excavaciones formaba un montículo que despropósito por completo de vegetación, se destacaban en el paisaje como una mancha color arcilla sobre el verde de la superficie. Desde el caballo se llegaban a contar cincuenta o sesenta de estos montículos o vizcacheras. No se veían cercos ni otros árboles que no fueran los que habían plantado en las viejas estancias y como éstas se hallaban muy distanciadas, los montes y bosquecillos, vistos desde lejos, simulaban pequeñas islas o colinas azules sobre la gran llanura o pampa. Por lo general se trataba de árboles de sombra, siendo el más común el álamo de Lombardía que es el que con mayor facilidad crece en esa zona. Estos árboles de las estancias o haciendas eran, aun en la época de mi narración, invariablemente muy antiguos y en muchos casos se encontraban en avanzado estado de decadencia y podredumbre. Resulta interesante enterarse de cómo aparecieron aquellos montes y bosquecillos en un país donde prácticamente no se plantaban árboles. Los primeros colonos que se establecieron en las vastas y solitarias pampas, provenían de países en los que la gente estaba acostumbrada a sentarse a la sombra de los árboles, países en los que el grano, el vino y el aceite eran artículos de primera necesidad en los que se cultivaban hortalizas en el jardín... Naturalmente, entonces se ocuparon de hacer jardines, de plantar árboles —frutales y de sombra — dondequiera que construían sus hogares. Sin duda, durante dos o tres generaciones trataron de vivir corno en los distritos rurales de España. Pero luego empezaron a dedicarse a la cría de ganado y como éste vagaba a su antojo por la llanura y era más salvaje que doméstico, debieron pasarse la vida a caballo para controlarlo. Abandonaron pues las antiguas tareas de arar la tierra y proteger a las cosechas de los insectos, los pájaros y sus propios animales. Se vieron obligados a renunciar asimismo al aceite, al vino y al pan, acostumbrándose a basar su alimentación en la carne. Sentados a la sombra, comían la fruta de los árboles que habían plantado sus padres o sus bisabuelos, hasta que esos árboles se morían de viejos, los derribaba un viento o los destruía el ganado. Se acababa entonces la sombra y la fruta. Guillermo E. Hudson. ( Capítulo V de su Libro “Allá Lejos y hace Tiempo” ) ( 1918 ). ( Continúa en la 2° Parte ) Nota [ 1 ] N.T.: El autor probablemente se refiera al cardo de Castilla que es, comestible. |
Distintos Aspectos de la Planicie
-Texto de Guillermo E. Hudson -
-2° Parte-
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Y así fue como los colonos españoles de las pampas dejaron de ser agricultores para transformarse sin excepción en ganaderos y cazadores. Más tarde, cuando el país se liberó del yugo español, como se lo llamaba comúnmente, se sucedieron las guerras sanguinarias entre las distintas facciones, guerras similares a las que llevan a cabo los cuervos y las urracas, con la única diferencia que se empleaban cuchillos en vez de picos. Esta situación contribuyó a estancar a los colonos en su estilo rudo e incivilizado de vida. Y fue también así como aquellos grupos de árboles quedaron como restos de un pasado desaparecido. Volveré a referirme a estos montes cuando describa nuestros vecinos más cercanos y sus hogares. Por ahora habré de limitarme a mencionar las casas con o sin árboles que formaban parte de aquel paisaje. Eran en su gran mayoría casas bajas, escasamente visibles a media legua de distancia. Para entrar en ellas debía uno invariablemente encorvarse. Se las construía con ladrillos crudos o cocidos o, más a menudo aún, con paja y barro. El techo solía estar hecho de espadañas o juncos. En algunas de las mejores había también un jardín que consistía en unos pocos metros de terreno protegidos de las aves y de los animales. Se cultivaban allí. algunas flores y ciertas hierbas, especialmente el perejil, la ruda, la salvia, el tanaceto y el marrubio. No se practicaba otro tipo de cultivo fuera de los ya mencionados. Sólo se comían cebollas y ajo, hortalizas que se adquirían en el almacén como el pan, el arroz, la yerba, el aceite, el vinagre, pasas, canela, pimienta, comino y todo aquello que se pudiera conseguir para sazonar el pastel de carne y darle gustos diferentes a la monótona dieta de carne de vaca, oveja y cerdo. Las únicas piezas de caza que se consumían eran el avestruz, el armadillo, el tinamú (la perdiz del país). Eran los muchachitos los encargados de cazarlas con trampas o persiguiéndolas a caballo y enlazándolas. Como no se les permitía usar armas de fuego rara vez probaban los nativos aves como los patos salvajes o los chorlos. En lo que respecta a la vizcacha, el corpulento roedor que abundaba en la zona, no había gaucho que comiera su carne. A mi, sin embargo, me resultaba más sabrosa aún que la del conejo. Los cambios que traía el verano a la planicie comenzaban a notarse en noviembre. El pasto muerto y .seco tomaba un color marrón-arnarillento; el cardo gigante adquiría una tonalidad herrumbre. En esta temporada —de noviembre a febrero — el monte de casa, con su fresca sombra y su inalterable verdor, se —convertía en un verdadero oasis dentro de aquella vasta planicie amarilla. Era entonces, a medida que los cursos de agua se iban secando y se acercaban los días en que el ganado vacuno y los rebaños de ovejas habrían de padecer de sed, que se sucedían ante nuestros ojos las burlonas y engañosas ilusiones del espejismo. Apenas llegada la primavera, en días cálidos y de cielo despejado se presentaba el espejismo de agua. Este es muy semejante en su aspecto al fenómeno que se produce en un caluroso día de verano inglés, cuando el aire que cubre la superficie de la tierra se toma visible y danza en forma de tenues y ascendentes lenguas de fuego, transparentes como el cristal unas, perladas o plateadas otras. Siendo la pampa más chata, nivelada y su temperatura más alta, los efectos se intensifican. Las llamitas temblorosas y apenas visibles adquieren la apariencia de lagunas o sábanas de agua rizadas por el viento brillando bajo el sol como plata fundida. El parecido con el agua aumenta cuando hay montes o edificios en el horizonte alzándose como oscuras islas o lomas, azules en la distancia. El ganado que pasta cerca de donde se halla apostado el espectador, vadea hundido hasta las rodillas o la panza a través de ese imaginario y resplandeciente líquido. El aspecto de la planicie resultaba muy diferente durante lo que se denominaba el "año del cardo". Los cardos gigantes, que habitualmente ocupaban áreas bien definidas o crecían en zonas aisladas, comenzaban a aparecer por todos lados. Gran parte de los campos se cubría entonces de estas plantas. En estos años de exuberancia, los tallos se volvían gruesos como los de la espadaña o el junco y alcanzaban una altura inusitada: tres metros. Era asombroso ver cómo brotaban hojas grandes como las del ruibarbo y cómo surgían los tallos, tan próximos que casi se tocaban. Si uno se metía entre los cardos y se quedaba allí parado se le antojaba que se los podía oír crecer, ya que las inmensas hojas se liberaban de su acalambrada posición mediante súbitas y rápidas sacudidas que producían una suerte de chasquido análogo al de las cáscaras de semilla de retama cuando se abren en el mes de junio inglés. Este sonido resultaba empero más fuerte aún. Para el gaucho, ese ser que pasa la mitad del día a caballo y ama su libertad como si fuera un pájaro silvestre, un "año de cardos" no era sino un odioso período de restricciones. Su pequeño rancho de adobe, con su techo tan bajo, se transformaba en una especie de jaula. Los altos cardos lo cercaban, tapándole la vista en todas direcciones. Cuando montaba se veía obligado a no apartarse de la estrecha huella del ganado. Encogía y levantaba las piernas continuamente para evitar las largas y agudas espinas. En aquellos lejanos y primitivos tiempos, si el gaucho era pobre no llevaba más calzado que un par de espuelas de hierro. Hacia fines de noviembre los cardos ya habían muerto y sus enormes tallos huecos comenzaban a secarse. Quedaban tan livianos como el. Cabo de una pluma de pájaro pero su grosor era semejante al de dos palos de escoba y su largo fluctuaba entre los dos metros y los dos metros y medio. Las raíces no sólo morían sino que además se pulverizaban en la tierra, de manera que se podía sacar cualquier tallo de su sirio con un solo dedo. Sin embargo, éste no llegaba a tumbarse por su propio peso porque estaba sostenido por docenas de otros tallos y éstos, a su vez, por cientos más y estos cientos por miles y millones. Los cardos secos causaban tantas molestias como los verdes. Se conservaban así durante todo el mes de diciembre y enero, es decir en la época más calurosa, y el peligro de incendio estaba siempre presente en la mente de los pobladores de la región. En cualquier momento una chispa de cigarrillo podía caer por descuido y encender la fatal llamarada. Cuando esto sucedía, bastaba que se vislumbrara el humo a lacia para que el paisano montara su caballo y volara al sitio de donde provenía la alarma. Una vez allí, realizaba la primera tentativa encaminada a detener el fuego: construía una especie de ancho sendero o vereda entre los cardos a unos cincuenta o cien metros del incendio [ 2 ]. Había distintas formas de abrir esta brecha; una de ellas consistía en proceder a enlazar y matar algunas ovejas del rebaño más cercano a las que luego se arrastraba al galope una y otra vez a través del denso cardal hasta obtener el espacio del ancho requerido para aislar las llamas y poder sofocarlas a pisotones y golpes de matras. No siempre. se hallaban ovejas en las cercanías. Y aun cuando las hubiera y se lograra abrir el camino, si llegaba a soplar el viento cálido del norte, una lluvia de chispas y ramitas ardientes alcanzaba el otro lado. El fuego seguía entonces esparciéndose por el campo. Presencié uno de estos importantes incendios a los doce años de edad. Estalló a pocas leguas de casa. Avanzaba en nuestra dirección. Vi a mi padre subirse al caballo y salir a todo galope. Me tomó más de media hora conseguir un caballo, razón por la cual llegué tarde al lugar. Un nuevo incendio se había iniciado ya a unos ochocientos metros del principal. En éste se encontraba la mayoría de los hombres, luchando con las llamas. Me dirigí al más pequeño. Hallé a seis o siete vecinos que acababan de llegar. Antes de que entráramos en acción aparecieron veinte hombres provenientes del incendio principal. Ellos habían abierto la brecha entre los cardos, pero, viendo cómo se propagaba este más pequeño que recién se iniciaba, habían decidido volar en nuestra ayuda, abandonando su tarea. Su anterior labor les había demandado una hora. A medida que se aproximaban yo los observaba. Me llamó la atención la presencia del jinete que iba adelante, un negro alto en mangas de camisa. Era la primera vez que lo veía. "¿Quién será este negro? " me pregunté asombrado. En ese momento oigo que el negro me grita en inglés: —Hallo, my boy, what are you doing here? [ 3 ]. Era mi padre. Una hora de ardua lucha con las llamas, entre nubes de negras cenizas, bajo el ardiente sol y azotado por el viento, lo habían convertido en un verdadero africano. Durante los meses de diciembre y enero, cuando este desolado mundo de cardos muertos y secos como yesca continuaba en pie, amenazante y peligroso, el único deseo, la única esperanza de todos nosotros era la llegada del pampero. Este viento sopla del sudoeste. Suele presentarse con asombrosa rapidez, súbitamente, y con extraordinaria violencia en la época estival. Lo hace por lo general en tardes muy calurosas a las que ha precedido una serie de días de persistente viento norte, abrasador como el aliento de una fragua. Finalmente se calmaba este odioso soplo y el cielo se sumía en una tiniebla, una extraña oscuridad. Poco a poco se iba alzando una nube de tormenta sombría y opaca como si una montaña hubiera aparecido de pronto en la planicie, allá a lo lejos. En escasos minutos cubría la mitad del firmamento. Acompañada de truenos y relámpagos, caía una lluvia torrencial. Simultáneamente se desataba un vendaval que azotaba los encorvados árboles y sacudía la casa rugiendo feroz. Un par de horas más tarde todo habría pasado. A la mañana siguiente los detestables cardos habrían desaparecido casi totalmente o por lo menos se los encontraría diseminados por el campo. Luego de semejante tormenta el paisano experimentaba una sensación de alivio. Ya podía montar y salir nuevamente al galope en cualquier dirección por la vasta planicie, viendo cómo la tierra se extendiaía leguas y leguas delante de sus ojos. Se sentía entone como un prisionero al que le han abierto las puertas de la celda, como un hombre que tras una larga enfermedad, recupera su vigor y puede volver a respirar bien y a caminar. No vivía yo atado al caballo, ni dependía de él tanto como el gaucho. Con todo, cuando evoco mi propia sensación de alivio después del pampero, me estremezco. (Quizá sería más exacto decir: "vuelve a invadirme el fantasma de aquel estremecimiento"). Experimentaba un inusitado placer al galopar sobre grandes extensiones de tierra oscura y plana, oyendo cómo los cascos de mi caballo quebraban los millones de tallos huecos desecados que la cubrían. Me parecía que eran los huesos de incontables enemigos muertos en batalla y esto me producía una extraña mezcla de sentimientos: una cierta alegría en la que también había una pizca de satisfacción por la venganza que le daba al conjunto un acre sabor. He mencionado hasta ahora los contratiempos que el cardo gigante —cardo asnal para los criollos, Carduus mariana para los botánicos— ocasionaba en la región. Les resultará extraño entonces que diga a continuación que también podía considerarse al "año de cardos" como una bendición. Se trataba, sin duda, de un año de angustia; al temor de los incendios se sumaban las grandes zozobras que traían aparejados los relatos de robos y otros delitos. Estos rumores se difundían por toda la comarca, amedrentando muy particularmente a las pobres mujeres que se veían obligadas a quedarse tanto tiempo solas en los ranchos, encerradas por la espesa maraña de cardos llenos de espinas. Pero, a pesar de todo lo antedicho, el "año de cardos" recibía además el nombre de "año de engorde", puesto que los animales sin excepción— ganado vacuno, caballar, ovino y aun los cerdos— podían mordisquear a gusto las enormes hojas y los blandos y dulzones tallitos. Se hallaban pues en excelentes condiciones. Había sin embargo un par de inconvenientes para tener en cuenta: lo que los caballos ganaban en peso lo perdían en fuerza y vigor, y la leche de vaca adquiría un gusto desagradable. La mejor época de engorde llegaba cuando las plantas se habían endurecido tanto que dejaban de ser apetecibles para los animales, y las flores empezaban a derramar sus semillas. Cada flor era del tamaño de un pocillo de café; se abría en una mole blanca que esparcía una veintena de bolitas plateadas. Estas bolitas, una vez liberadas de sus pesadas semillas, flotaban en el viento, elevándose. El aire se llenaba de millares, de miríadas de ellas en cualquier dirección que uno mirara. La semilla caída era tan abundante que cubría el suelo en el que aún permanecían de pie las plantas muertas. La semilla del cardo es alargada y sutil, del tamaño de un grano de arroz carolina. Su color fluctua entre el gris verdoso y el azulado y tiene manchas negras. Las ovejas la devoraban usando sus movedizos y extensibles labios superiores como si fueran cepillos de sacar migas, a fin de recogerlas dentro de sus bocazas. Los caballos hacían lo mismo. Los bovinos en cambio, no podían aprovecharlas, ya fuera porque no conocieran este truco o porque no eran capaces de usar eficazmente los labios y la lengua para tomar un alimento tan inasible como miguitas de pan. Los cerdos también engordaban durante este período como las ovejas y los caballos. Pero quienes más se beneficiaban eran las aves domésticas y silvestres, más aún que cualquier mamífero. Guillermo E. Hudson. ( Capítulo V de su Libro “Allá Lejos y hace Tiempo” ) ( 1918 ). ( Continúa en la 3° y Ultima Parte ) Notas [ 2 ] El autor probablemente se refiera al cardo de Castilla que es, comestible. [ 3 ] ¡Hola hijo! ¿Qué estás haciendo aquí? |
Distintos Aspectos de la Planicie
-Texto de Guillermo E. Hudson -
-3° y Ultima Parte-
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Para cerrar este capítulo, volveré a dedicar un par de páginas al pampero, el viento del sudoeste de las pampas argentinas. Describiré la mayor de todas las grandes tormentas que he presenciado. Tuvo lugar cuando yo tenía casi siete años. Este viento no es como el del sudoeste del Atlántico Norte e Inglaterra, cálido y cargado de humedad procedente de los tórridos mares tropicales, como el que Joseph Conrad ha personificado en su Mirror the Sea, en uno de los pasajes más sublimes de la literatura reciente. Se trata de un viento excesivamente violento —como saben todos los marineros que lo han conocido en el Atlántico Sur, saliendo del río, de la Plata. Es frío y seco, aunque muchas veces venga acompañado de grandes nubes, truenos y torrentes de lluvia y granizo. La tormenta puede durar media hora o medio día, pero cuando ha pasado, el cielo queda límpido y sobreviene un tiempo espléndido. En aquella ocasión, la temperatura estival se había tornado sofocante y, hacia la tarde, todos los chicos —las niñas y los varones— decidimos salir a dar un paseo por el campo. A poca distancia de la casa —habríamos recorrido apenas medio kilómetro cuando nos dimos cuenta de que el cielo se estaba oscureciendo. Esta oscuridad avanzaba desde el sudoeste, cubriendo el firmamento con tal rapidez que nos alarmamos y emprendimos el regreso a toda carrera. La formidable tiniebla color pizarra, acompañada de nubes amarillas de polvo, se nos adelantó y antes de que cruzáramos la tranquera, los chillidos aterrorizados de los pájaros llegaron a nuestros oídos. Al volver la vista atrás, vimos muchísimas gaviotas y chorlos volando enloquecidos, tratando de escapar de la tormenta que se avecindaba. Un enjambre de alguaciles de gran tamaño paso como una nube sobre nuestras cabezas. Segundos después había desaparecido. En el momento preciso en que llegábamos al portón de entrada, cayeron las primeras gotas, pesadas y barrosas. Apenas habíamos conseguido refugiamos en la casa cuando se desató la tormenta en toda su furia. Afuera estaba oscuro como si hubiera anochecido; la conjunción de truenos y viento nos aturdía; los relámpagos eran enceguecedores y la lluvia caía a raudales. Luego empezó a aclarar lentamente. A medida que esto sucedía el aire tornóse blanco. Granizaba. Trozos de hielo de extraordinario tamaño, grandes como huevos de gallina pero de diferente forma: eran chatos, (de poco más de un centímetro de grosor), y por su color parecían bloques o pequeños ladrillos de nieve comprimida. Por fin la tierra se puso blanca. A pesar de su enorme tamaño, el furioso viento arrastraba el granizo por montones contra la pared de los edificios, dejando entonces pozos de casi medio metro de profundidad en el blanco suelo de donde se habían levantado. La tormenta terminó al anochecer. Recién al día siguiente la luz del sol reveló los destrozos que ésta había ocasionado. Zapallos, calabazas y sandías yacían por el suelo en pedazos; la mayor parte de los cultivos, incluyendo el maíz, habían sido desbastados. También los árboles frutales habían sufrido grandes daños. Cuarenta o cincuenta ovejas perecieron y otras cien quedaron tan lastimadas que por espacio de muchos días se las veía caminar rengueando. Parecían como atontadas por los golpes recibidos en la cabeza. Murieron asimismo tres novillos y un caballo, un viejo y querido caballo de montar, un caballo con historia: el pobre Zango. Todos lloramos su muerte. Había, pertenecido originalmente a un oficial de caballería que sentía por él un gran cariño, cosa rara en una tierra donde el caballo y la carne de caballo resultaban particularmente baratas y los hombres solían mostrarse descuidados y hasta crueles con estos animales. Aquel oficial había pasado años en la Banda Oriental, actuando en la guerrilla. Zango había sido su cabalgadura en todas las batallas en que interviniera. Cuando regresó a Buenos Ayres [ 4 ] llevó consigo a su viejo caballo. Dos o tres años más tarde vino a visitar a mi padre, de quien se había hecho bastante amigo, y le contó que había sido destinado al norte. No sabía qué hacer con Zango. Tenía veinte años; no servía ya para la lucha. De toda la gente que este oficial conocía, sólo había, a su entender, un hombre a quien se lo dejaría. —Yo sé que si usted se queda con el animal y promete cuidarlo hasta que su vida termine, Zango estará a salvo. Podré sentirme confiado, tranquilo y contento con la suerte que le ha de tocar, tan contento como me lo permita esta separación forzosa del ser que más he amado en mi vida. Mi padre consintió y cuidó del caballo por espacio de nueve años hasta que aquel funesto granizo le dio muerte. Zango era un animal de buena estampa, de pelaje tostado oscuro, cola y crines muy largas. Yo lo recuerdo flaco y envejecido. Así estaba ya cuando yo lo conocí. Su función principal consistía en cargar con los chicos sobre su lomo para que aprendiéramos a montar. Mis padres habían experimentado anteriormente una gran pena relacionada con Zango. Faltaban aún muchos años para que aconteciera su extraña muerte. Mucho tiempo había aguardado la llegada de una carta o algún tipo de mensaje de su dueño ausente y a menudo se imaginaban el regreso del oficial, su alegría al encontrar vivo a su viejo y querido compañero y poder ponerle los brazos alrededor del pescuezo. Pero nunca más volvió el soldado, ni recibimos noticias de él. Finalmente llegamos a la conclusión de que había perdido la vida en aquella lejana región del país donde se libraban tantas batallas. Volviendo al relato de los daños que la tormenta de granizo produjo, diré que los más afectados fueron sin duda los pájaros. Antes de que se iniciara, enormes cantidades de chorlos dorados en bandada atravesaban la llanura. Uno de los muchachos criollos que trabajaba en casa se ofreció a traer una bolsa de ellos para la mesa. Tomó pues un morral y me subió sobre las ancas de su caballo. A media legua de casa encontramos gran número de estos chorlos muertos. Yacían uno al lado del otro tal como antes habían volado en su compacta bandada. Sin embargo, mi compañero se negaba a recogerlos. Había otros saltando por ahí con un ala quebrada. Fue justamente a éstos a los que el criollito se puso a perseguir. Detrás de ellos se dirigió, dejándome para que le tuviera mientras tanto las riendas del caballo. Una vez que lograba atraparlos, les daba vuelta el pescuezo y los metía en la bolsa. Cuando hubo recolectado dos o tres docenas, se subió. nuevamente a su caballo y regresamos a casa. Esa misma mañana nos enterarnos de que también había perdido la vida un ser humano. Había sucedido en forma muy curiosa. Se trataba de un niño de seis años de dad que vivía en un rancho vecino. Hallábase el pequeño parado en medio de la habitación, mirando cómo granizaba, cuando un trozo de hielo de los que caían atravesó el techo de paja y lo golpeó en la cabeza, causándole la muerte en forma instantánea. Guillermo E. Hudson. ( Capítulo V de su Libro “Allá Lejos y hace Tiempo” ) ( 1918 ). Nota [ 4 ] Hudson conserva la grafía antigua. También nosotros la utilizaremos (señalándola siempre en bastardilla) para no quitarle parte de su sabor original al texto. |
- Fábula de Godofredo Daireaux -
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La gaviota, como lo sabe cualquiera, nunca se queda muy atrás para ganarse la vida. De gañote algo ancho, de apetito insaciable, poco delicada, le mete pico a cualquier bocado, caiga del cielo o sea pura basura. Con esto, algo doctora: y si deja de comer un rato, no por ello cierra el pico, pues también le sirve para charlar. ¡Dios nos libre de sus gritos cuando habla de política! A pesar del pelaje, es prima hermana, dicen, del ave negra, que llaman, en los pueblos de campaña. Por allá, busca a los que andan por pleitear; atiza el fuego; los manda a su primo que vive en el pueblito, y éste se las sabe componer de tal modo que todos salen perdiendo, menos él, por supuesto. Son dos diablos muy vivos, muy útiles en día de elección, y muy amigos del juez. Un día, se quejaban todos los animalitos que viven en la campaña, de la invasión de la langosta. Los que más habían trabajado eran los más afligidos. -¡Pensar todo el año -decían-, y no cosechar ni Cristo! Ni un grano va a dejar esta maldita langosta, ni una hebra de pasto. ¡Si el gobierno, siquiera, bajase el impuesto! -Al contrario -dijo uno-; han votado otro más para matar la langosta. Y todos se callaron, deplorando su miseria. Sola, la gaviota parecía más bien risueña. Uno le preguntó por qué. -Amigo -le contestó-, el que sabe vivir, hasta de la langosta vive. Godofredo Daireaux. ( De su Obra "69 Fábulas Argentinas" ) |
A mi Caballo
- Juan María Gutiérrez -
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Juan María Gutiérrez. ( 1809 - 1878 ) |
Al Hombre que pasó
- Ricardo Güiraldes -
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Al Hombre que pasó
Ricardo Güiraldes. ( 1886 - 1927 ) |
A un Ombú en medio de la Pampa
- Bartolomé Mitre -
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Bartolomé Mitre. ( 1821 - 1906 ) |
- Roberto Arlt -
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Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones. Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual. Puede establecerse esta regla: Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es. La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia. Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.) Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas. Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés. Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido". A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos. Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina". Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio. Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas: -Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas... Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos... Pero este es tema para otra oportunidad. Roberto Arlt. ( Texto perteneciente a sus "Aguafuertes Porteñas" ). |
-Una Poesía de Evaristo carriego -
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Evaristo Carriego. ( Poesía Perteneciente a su Libro “Poesías Completas” ). |
Cosas de Viejo...
- José Alonso y Trelles -
( "El Viejo Pancho" )
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José Alonso y Trelles. ( "El Viejo Pancho" ). ( 1857 - 1924 ). |
Alguien que anda por ahí...
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Julio Florencio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas (Bélgica), de padres argentinos. A los 4 años su familia volvió a nuestro país. Vivió su infancia en Banfield junto a su madre, su hermana (1 año menor que él), y una tía. Julio Cortázar padre abandonó a la familia dejando en su hijo su nombre, y su ausencia. Fue maestro en el Colegio Nacional de Bolívar y en la Escuela Normal de Chivilcoy. En Mendoza dictó clases en la Universidad de Cuyo, e impartió cursos sobre poetas ingleses y franceses. Obtuvo el título de Traductor de Inglés y Francés tras cursar en apenas 9 meses estudios que normalmente insumen 3 años. El esfuerzo le provocó síntomas neuróticos que exorcizó con la escritura de un cuento: Circe, luego incluido en Bestiario. En 1951 viajó a París, y allí encontró su lugar. Su famosa confesión “me elijo europeo”, ha sido tan criticada como sus posturas políticas, su escritura y su propia figura. Cortázar fue ante todo un hombre dotado de aquel humor que no envejece (como tampoco su rostro parecía hacerlo). En sus cuentos el lector queda atrapado en un embotellamiento de autos (La autopista del Sur), o en una red de mentiras (La salud de los enfermos), sintiendo el mismo tedioso fastidio de los personajes. Rayuela, considerada por muchos escritores “lectura de principiantes”, consigue que al cerrar el libro uno deba sacudir la cabeza para desembarazarse de la búsqueda que Oliveira arrastra, a ambos lados del Atlántico. Quizás la misma búsqueda que llevó a Cortázar a viajar incansablemente. En 1983, un año antes de su muerte, aparece Los autonautas de la cosmopista, escrito con Carol Dunlop, su última mujer, en el que se narra un viaje de 33 días entre París y Marsella, realizado en 1982. Casi atrapado en su propia técnica, Cortázar realiza este viaje conociendo la gravedad de las dolencias que padece Carol, y ocultándosela. A su vez, Carol decide no informarle a Julio el diagnóstico de su enfermedad: leucemia crónica. Cada uno conoce la cercanía de la muerte del otro, pero ignora que en esa última entrega a la agonía de su amante, está entregando también, su propia vida. Por algo Cortázar, no creía en las casualidades. En los tomos de Cartas recopiladas por Aurora Bernárdez, su primera esposa e incondicional compañera (fue quien lo acompañó el año que Julio sobrevivió a Carol), los grandes rasgos se repiten: pasión por la música y el boxeo, generosidad y calidez con los amigos, viajes, libros, y el juego sin reglas que le permitió escribir en la primera carta del Tomo I dirigida a Eduardo Castagnino, del 23 de mayo de 1937: “Perdona las innumerables faltas de estilo, pero no pienso hacer borrador y pasar luego en limpio la carta. Te escribo directamente, ya que no me preocupa el temor de tanta gente que está a la espera de que se publiquen, en la edición de las “Obras completas”, las correspondientes colecciones epistolares”. Julio tenía entonces, solo 22 años. Su camino estaba marcado. A los saltos –pequeños, ridículos, valientes, graciosos-, cruzó la rayuela dibujada bajo sus pies, que lo llevó al cielo. El 12 de febrero del corriente año se cumplieron 20 años de su muerte. El 26 de agosto pasado, 90 años de su nacimiento. “Presencias”, una exposición en su homenaje organizada por la Fundación Internacional Argentina, comenzó en Colombia y desembarcó en el sur de nuestro país, llegando a Rosario en el marco del III Congreso Internacional de la Lengua, para partir el año próximo hacia Europa. Mucho se ha escrito y hablado sobre Cortázar, bregando por -para homenajearlo o desprestigiarlo- usar las palabras que torpemente, intentan plasmar su vida. Cuando en realidad su vida está en sus palabras. Y sus palabras, en sus libros. Sin prejuicios, ni presiones, ni preavisos de pretéritos proclives a preámbulos, nada más preciso para apreciar las presillas que aprisionan su presencia, que precipitarnos a su prominente obra.
Alejandra Tenaglia. |
- Fábula de Godofredo Daireaux -
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Hicieron, un día, sociedad el hurón y la gata, para beneficiar una cantidad de ratas que se habían apoderado de una casa. Durante muchos días, vivieron como reyes y en la mayor amistad. La gata cazaba poco, porque las ratas eran grandes y no las podía agarrar sola; pero ayudaba al hurón; y éste mataba muchas, haciéndole su parte a la compañera, quien, por su lado, y para variarle la comida, le dejaba algo de lo que le daban los amos de la casa. Pero, poco a poco, fueron escaseando las ratas; el hurón se comía las pocas que podía cazar, y la gata, que había tenido familia, ya no le daba nada al hurón, pues apenas le alcanzaba para sí la ración. Vino la penuria; hubo reyertas. Así sucede a menudo, entre los mismos hombres, que en vez de comer los últimos pedazos de pan, se los tiran a la cabeza. Medio muerto de hambre, el hurón, un día, vio pasar cerca de él uno de los cachorritos de la gata, y se lo comió. La gata cuando volvió, buscó al hijo; pero ni rastro encontró. Al día siguiente, el hurón, cebado, se cazó otro. La gata, esta vez, lo vio y corrió sobre él; en vano, ya se lo había comido. Echó la gata los gritos al cielo, y se deshizo la sociedad. Más bien sola, pensó tarde la pobre, y no tan mal acompañada. Godofredo Daireaux. ( De su Obra "69 Fábulas Argentinas" ) |
- Roberto Arlt -
- Cap. I -
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Cierto astrólogo me dijo una vez que el signo zodiacal que presidía la casa de mi nacimiento indicaba, entre otros accidentes, temerarios peligros en viajes de mar, y yo sonreí con dulzura porque no creía en la influencia de los astros; de manera que al iniciar mi viaje hacia Panamá ni por un momento se me ocurrió que me aguardaban aventuras tan tremendas como las que me permitirían compaginar la presente crónica, que, sumada a los informes telegráficos del corresponsal del "Times" en Honolulú, constituye una de las más sorprendentísimas historias que la Geología haya podido desear para completar sus estudios sobre las dislocaciones que se producen en el fondo del océano Pacífico. Tuve el presentimiento de la desgracia el día 23 de setiembre a las 16 horas, momento en que permanecía recostado en la hamaca del primer puente del buque "Blue Star", mirando caer la tarde sobre el puerto de Antofagasta. Humeaban las chimeneas de la ciudad al borde del desierto, y amarilleaban lentamente las fachadas de las fábricas. El arco del puerto, con sus casas escalonadas en la falda de los cerros, encajonaba calles en pendiente que parecían fundirse en la neblina azul que flotaba en los socavones de la cordillera. Durante el día había soplado un viento fuerte y el aire estaba cargado del rojizo polvo del desierto. A un costado del puerto, sobre la superficie montuosa de un cerro trepaba la vía de un ferrocarril; de pronto, un convoy de pasajeros, chapadas las ventanillas por el oro del sol, se perdió entre un abultamiento de montañas y no sé por qué el corazón se me encogió dolorosamente. Si en aquel momento hubiera escuchado la voz de mis instintos habría abandonado el "Blue Star", pero poderosas razones me impedían bajar a tierra. Esto hizo que apartando el pensamiento del fugitivo presagio, fijara la atención en los hombres que vagabundeaban por el puerto. Como sobrevivientes de una catástrofe, pasaban cabalgando en mulos indígenas achocolatados. Más haraposos que limosneros, de cerca parecían leprosos; los ojos despestañados, los párpados encendidos, requemados por el salitre de las calicheras. Un manco, con un loro montado en una pértiga, canturreaba mostrando el muñón ennegrecido. A veces entre esta multitud de miserables descalzos, resonaba la bocina de un automóvil y se veía a los haraposos saltar precipitadamente a un costado para evitar que los aplastara la máquina. El "Blue Star" estaba amarrado frente a una casa de piedra. En el zócalo del muro se veía una muestra de latón; bajando los ojos se descubrían numerosos botes que iban y venían en torno del buque, mientras que los brazos de los guinches rechinaban depositando en la cala del buque las últimas toneladas de salitre que podía estibar. Yo permanecía recostado en la hamaca, extraordinariamente fatigado, las articulaciones adoloridas, debido a la quizá excesiva humedad atmosférica. Además, había estado engripado desde que embarqué en Puerto Caldera, donde mi familia, un poco violentamente, me recomendó que no me dejara ver por la localidad durante mucho tiempo. El recuerdo de las últimas estafas divertidas que cometiera, sumado a la debilidad, hacía que lo que me rodeaba adquiriera en mi sensibilidad una especie de vidriosidad de alucinación. A momentos, me imaginaba a mis compañeros de viajé bailando en los cabarets de Atacama, luego entrecerraba los ojos y me dejaba estar, arrullado por el ronquido sordo de los guinches. La última vez que abrí los ojos observé algunas palomas que revoloteaban en torno de la torre de la iglesia, que sobresalía en la pendiente de casas de piedra. Por el puerto continuaba el desfile de indígenas montados en mulos; entre las manchas verdes de un bosquecillo se extendía una muralla acornisada, agujereada por numerosas aberturas. Debía de ser un edificio público. Más allá una bandera inglesa flameaba sobre el llamado "castillo de Ab-el-Kader", cuya torre redonda se recortaba en el aire rojizo como la avanzada de una ciudadela antigua. En ese instante estalló a mis espaldas la voz de mi primo Luciano. —Tengo que comunicarte una noticia. Levanté los ojos. Luciano compuso el gesto que le era habitual, pues se había especializado en comunicarle a sus prójimos malas nuevas, e inclinando su cara amarillenta y angulosa hacia la mía, repitió: —Te juro que es tremenda. Si pudiera devolver el pasaje, lo entregaba ahora mismo. —¿Qué diablos pasa? —En la Sirena de Sal (el más importante cabaret de Antofagasta) me han informado que el barco no sólo ha cambiado de dueño, lo cual no tendría importancia, sino que también le han cambiado el nombre. Primitivamente se llamó "Don Pedro II" y no "Blue Star". Y tú sabes, barco que cambia de nombre está condenado a la desgracia. En aquel mismo momento Luciano se dio cuenta de que Mariana Lacasa escuchaba sus palabras y levantó expresamente la voz para interesarla en su "noticia". Mariana Lacasa era una joven que en aquel viaje de circunvalación se había enredado en cierta manera con Ab-el-Korda, hijo de un remoto emir árabe. Luciano estaba ligeramente enamorado de miss Mariana, de modo que para engancharla en la conversación le preguntó: —Señorita Mariana, ¿no tenía usted noticia del cambio de nombre del barco? —No. Ella se sentó a mi lado, y luego: —¿Tiene acaso importancia el cambio? Luciano prosiguió: —Está archirrequeteprobado que barco que cambia de nombre concita contra sí la cólera de todas las fuerzas plutónicas. En síntesis, que estamos fritos. Hacía unos momentos que a espaldas de miss Mariana se había detenido el señor Gastido. El señor Gastido era un millonario peruano que viajaba con su esposa y tres hermanas de su mujer, lo cual motivaba la murmuración de todos los maldicientes. Atraído por el perfume de carne de miss Mariana, trató jactanciosamente de aclarar la cuestión: —¿Qué es lo que entiende usted, señor Camblor, por estar fritos? Luciano detestaba a Gastido. En vez de mantenerse calmoso, respondió un poco nerviosamente: —¿Qué entiendo por estar fritos? ¿Qué es lo que entiendo? Pues entiendo, señor Gastido, que usted, yo y todos los pasajeros de este buque seremos víctimas de terribles sucesos durante este viaje. El peruano se sintió despectivo frente al destino, por dos razones: tenía dinero y sabía boxear. Replicó, entre un poco mordaz y otro poco escéptico: —Entonces, ¿por qué se ha embarcado en este buque, caballero? Luciano, amostazado por el retintín burlón que campanilleaba en ese equívoco término de "caballero", replicó hostil: —No acostumbro a discutir mis presentimientos. Dijo, y volviéndole la espalda al peruano comenzó ostensiblemente a cargar su pipa. La situación se tornó desagradable. Miss Mariana tarareaba una cancioncilla insolente; el señor Gastido me miraba a mí y a mi primo como si tuviera la intención de rompernos los huesos, pero su esposa y las tres hermanas de su esposa le llamaron, y los cinco, dignamente, se alejaron. Luciano, echando una bocanada de humo al espacio, continuó en el mismo momento que el árabe se sentaba cortésmente junto a miss Mariana, a la que aspiraba integrar a su harem: —Además, a bordo he descubierto otra particularidad impresionante—Diga, diga, Luciano. Le escuchamos: —Son muchas las cosas raras que ocurren en este barco. Primero, como les dije, el cambio de nombre, después el caso de la tripulación. —¿Qué ocurre con la tripulación? —¿Cómo, no lo saben? —No. —Pues bien: la tripulación de este buque está compuesta por un atajo de facinerosos. —¿Qué? —Lo que ustedes oyen. Eh, tú —exclamó dirigiéndose a un camarero que pasaba— ¿qué hacías antes de embarcarte? —Era zapatero. —¿Nunca habías navegado? —No, señor. Se alejó el camarero y Luciano, presa de un ataque de desesperado pesimismo, prosiguió: —¿Ven ustedes? Cualquier día que la mar esté un poco picada, este forajido nos vomita encima. Dos señoras ancianas, a quienes el léxico de mi primo horrorizó, se apartaron. Luciano dirigiéndose a miss Mariana, al árabe y a mí, prosiguió: —No he encontrado nunca una tripulación de pasado más impresionante. Miss Mariana sonrió. —No se ría, miss Mariana. Verá usted. El mucamo de nuestro camarote anteriormente era guardaagujas en el ferrocarril a Santiago, pero como provocó el choque de dos trenes de carga, por embriagarse, fue expulsado de la compañía; el capataz de comedor ha sido elegido para ese cargo porque se sospecha que es un apache regenerado y sólo un apache podría hacerse respetar de semejantes autodidactos. —¿Debido a qué eligieron gente semejante? —preguntó la señora Miriam, esposa del pastor protestante que iba relevado a Quito, y que se había aproximado silenciosamente a nuestro grupo. —En la Sirena de Sal me informaron que la empresa está a punto de quebrar y en conflicto con las asociaciones de trabajadores portuarios. Tan mal se encuentran de fondos los propietarios del "Blue Star" que, sin confirmación... naturalmente sin confirmación... me han dicho que la instalación de telegrafía sin hilos está tan averiada que no funciona. —¿Cómo ha tenido usted el coraje de embarcarse en semejante buque? Luciano y yo suspiramos al mismo tiempo, sin atrevernos a responder que habíamos embarcado porque nos regalaron los pasajes y, además, que a mí, no a mi primo, sino a mí, me había acompañado a prudente distancia un escolta del jefe de policía. Pero esta es otra historia... Tal fue la conversación con que se inició el viaje que algunas semanas después, Coun, corresponsal del "Times" en Honolulú, clasificaba con un buen sentido de la palabra la "Travesía del Terror".
Roberto Arlt. ( De su Obra "Viaje Terrible" ) |