Romano - Germánico
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La denominación Sacro Imperio Romano Germánico surgió en el siglo XV para designar al Imperio creado por Otón I de Sajonia, el Grande, en el año 962, cuando fue coronado por el papa Juan XII. Pretendía ser el continuador del Imperio Romano de Occidente y del Imperio Carolingio. (1) Siguiendo a este último, reafirmó la ligazón esencial que unía Imperio e Iglesia. Su defensa del Papado se convirtió en una tutela cesaropapista. Con este monarca se instauró la costumbre de que el rey electo de Alemania se coronara luego, en Pavía, rey de Italia y emperador de Roma. Aunque Francia era el lugar de origen de los carolingios sólo integraba teóricamente el Sacro Imperio Romano Germánico. No sólo era independiente de hecho sino que se convertiría en un rival del mismo. La hegemonía de los monarcas germanos motivó la insurrección papal en el siglo XI. La profunda reforma eclesiástica de Gregorio VII y el reclamo de libertad ante el poder temporal prepararon lo que da en denominarse querella de las investiduras, en las que se enfrentaron Enrique IV y sus sucesores con el Papado. Se trataba, en última instancia, de la lucha entre un modelo cesarista y otro teocrático. La lucha continuó hasta el siglo XIV. Inicialmente el Imperio comprendía los reinos de Germania (Sajonia, Franconia, Suabia, Baviera, etc.) e Italia. Se expandió en el año 1032 mediante la incorporación del reino de Borgoña. Hacia mediados del siglo XIII fue perdiendo paulatinamente los territorios meridionales (Italia, el Delfinado, los cantones suizos, etc), quedando restringido casi al reino germánico. Este Imperio surgió en un momento de debilidad del Papado y mantuvo con él una disputa por el control temporal y espiritual de Europa occidental y central. Dicho enfrentamiento tuvo su primera manifestación en la ya citada Lucha (o Querella) de las Investiduras (1073-1122). A partir de entonces comenzó la larga decadencia del Imperio, que había alcanzado su esplendor poco antes, cuando el reinado de Enrique III (1039-56). Las derrotas de Enrique IV, Enrique V y de sus sucesores fueron aprovechadas por los grandes señores feudales alemanes, que se atribuyeron así numerosas prerrogativas en perjuicio del emperador, y también de las ciudades del norte y del centro de la península itálica (organizadas en municipios o comunas). Ya Federico I Barbarroja (uno de los más grandes emperadores) le había concedido a estas comunidades urbanas el privilegio de Constanza (1183) tras un encarnizado combate contra las mismas. Al igual que Carlomagno y Otón I, Federico era un entusiasta del ideal imperial. Con el apoyo de los juristas de Bolonia aspiró a restaurar un imperio donde la voluntad del soberano fuera ley indiscutida. Los particularismos en el campo (grandes señores feudales) y en la ciudad (comunas) conspiraron contra ese ideal. Federico II (otro de los grandes emperadores germanos) en el siglo XIII también bregó por el desarrollo de un imperio europeo cristiano pero halló obstáculos aún mayores que los de sus antecesores. A las fuerzas opositoras internas se les sumaba ahora el frente internacional representado por los poderes rivales de Francia, Inglaterra y Castilla. Cabe destacar que el Dante era un ferviente partidario del proyecto imperial. El linaje sajón inicial de los otónidas fue reemplazada primero por otro de Franconia y luego por una dinastía de Suabia (en el sur de Alemania), la de los Hohenstaufen. A ella pertenecieron ambos Federicos. Durante el período inmediatamente posterior a la muerte de Federico II (1194-1250), Alemania se transformó en un conglomerado de principados autónomos en tanto que las ciudades itálicas se liberaban del poder imperial. El Imperio desapareció en tanto institución efectiva. No obstante, en Italia continuaron las luchas entre los partidarios del papa -güelfos- y los del emperador -gibelinos. Güelfo deriva del nombre propio alemán Welf. Por su parte, gibelino también proviene de un nombre de persona: Konrad Weibelingen. El desarrollo de los Estados particulares (antecesores de los Estados nacionales) fueron minando lo que quedaba del poder imperial, a pesar del acercamiento entre el mismo y la Iglesia, al estar amenazados por enemigos comunes (el cisma protestante y los nuevos poderes temporales). El último emperador coronado por el papa fue Carlos V de Habsburgo (Carlos I de España), postrera expresión de la unión imperial-papal. Tras la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia (1648) el Imperio se convirtió en una ficción, una especie de endeble federación integrada por más de 300 Etados que dependían formalmente del emperado pero independientes en los hechos. Incluso (como se observó en el citado tratado) algunos de esos Estados se aliaron con potencias extranjeras. Durante el siglo XVIII se fue perfilando la hegemonía de Prusia, Estado del oriente germánico (surgido a partir de la secular expansión de la Marca de Brandeburgo en territorios balto-eslavos). Prusia sería el motor de la unidad alemana tras dirimir su liderazgo con Sajonia y Austria -núcleo de los dominios hereditarios de los Habsburgos, que en el siglo XV se habían convertido en los emperadores del Sacro Imperio. Las guerras napoleónicas (fines del siglo XVIII y principios del XIX) implicaron la mutilación y reducción al mínimo del Imperio. El 6 de agosto de 1806 Francisco II renunció al título de emperador del Sacro Imperio Románico, tomando el de emperadr de Austria. El Imperio Austríaco (luego Austro-húngaro) - desintegrado al final de la I° Guerra Mundial en 1918- fue la última expresión de una entidad política milenaria que desempeñó un papel fundamental en la difusión de la cultura romano-germánica y cristiana. Javier Etcheverry. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ (1) Algunos estudiosos consideran al Imperio carolingio como Sacro Imperio Romano Germánico, siendo la tarea de Otón I meramente una refundación o restauración. Carlomagno fue coronado emperador por el papa León III en la Navidad del año 800. Ese Imperio no pretende ser original, sino un retorno al antiguo Imperio Romano, cuya capital se había trasladado a Constantinopla o Bizancio. De esa forma, el papa convertía al rey de los francos (por herencia) y de los lombardos (por derecho de conquista) en defensor de la cristiandad contra los musulmanes (especialmente, en España) y en propagador del cristianismo entre los pueblos paganos de la recientemente conquistada Germania. Esta coronación implicó el alejamiento del papa romano respecto de Bizancio. En el año 812 se efectuó un acuerdo entre francos y Bizancio. Los primeros entregaron Venecia y Dalmacia (sobre el Adriático) a los bizantinos, y éstos reconocieron el doble título de Carlomagno: imperator y basileus. A través de la alianza con los francos carolingios el Papado buscaba un protector secular para la Iglesia. Durante la época carolingia, el Imperio abarcaba Francia, Germania (o Alemania) hasta el río Elba, Austria y el reino de Italia. Teóricamente su soberanía se extendía a través de todo el mundo u orbe cristiano. El centro del Imperio carolongio estaba en la ciudad de Aix-la-Chapelle (Aquisgrán en castellano), al noreste de Francia. Allí residía el emperador. Sus funcionarios delegados eran los condes, los marqueses (en las zonas de frontera) y los missi dominici (inspectores que controlaban a condes y marqueses). Tras la muerte de Carlomagno y con el paulatino deterioro del poder central desarrollo del feudalismo), los funcionarios territoriales acrecentaron sus prerrogativas. De esa manera, descentralización mediante, se fue conformando una especie de federación de príncipes unidos al emperador por obligaciones de vasallaje mayormente formales. En cuanto a las relaciones con la Iglesia, conviene reproducir lo contenido en la Enciclopedia Salvat Monitor (Barcelona, 1966): "Carlomagno y sus sucesores imitaron el cesaro-papismo de los emperadores bizantinos convocando concilios, procurando intervenir en la confirmación de la elección pontificia mediante un missus [enviado especial] y distribuyendo beneficios entre sus fideles a costa de los bienes eclesiásticos. Esta situación duró hasta el Tratado de Verdún (843), en que la costumbre germánica de la división del reino triunfó sobre la concepción unitaria romano-cristiana del poder." La situación del ya decaído Imperio se vió agravada por la ruptura del unidad cristiana (entre Occidente y Oriente), las disputas entre príncipes y por las invasiones de los musulmanes desde el sur y de los vikingos desde el norte. Carlos II el Calvo pretendió sin éxito restaurar la unidad imperial (875). El proceso de fragmentanción del poder prosiguió, sobre todo tras la muerte de Carlos III el Gordo (el último emperador carolingio que conservó los territorios dominados por Carlomagno). Ese monarca gobernó entre los años 881 y 888. Cuando su deceso el Imperio se dividió en 6 reinos. La dinastía carolingia desapareció en Italia (desde fines del siglo IX), en Alemania (911) y , finalmente, en Francia, donde más tiempo perduró. |
Breve Historia de Cuenca ( España )
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Una de las ciudades medievales mejor conservadas de España, ciudad Patrimonio de la Humanidad, Cuenca está ubicada como puerta de la Serranía conquense entre las hoces del río Júcar y su afluente el Huécar. Prehistoria e historia antigua La historia de Cuenca está, en buena parte, por hacer. Strabon, Plinio y Ptolomeo nos informan de que los primeros habitantes de esta región fueron unos beribraces celtíberos llamados olcades. Desde la Edad del Hierro constan civitas, castros o polis en diferentes puntos de la provincia (Urbicua, Cartala Egelasta, Contrebia, Belgida, Caraca, Alaba, Condabora, Istonium, Libana, Urcesa, Segóbriga, Ercávica, Valeria...) pero no hay constancia de que en el actual emplazamiento de Cuenca hubiera existido asentamiento alguno, el más próximo era Bursada, en la zona de Pinar de Jábaga donde Anibal los sometió y deportó al norte de Africa ocupando su lugar los carpetanos. Historia Medieval Fue con la invasión musulmana de 711 cuando llegó a esta kura (región administrativa) llamada Santabariya (Celtiberia arabizada y Santaver castellanizado) su fundador, al-Samh de la familia berebere de los Beni Di-l-nun, quienes levantaron un poblado aprovechando las condiciones geográficas defensivas de las hoces al que llamaron Kunka. Construyeron una plaza dependiente del califato de Córdoba al más puro estilo andalusí con un castillo en la zona más elevada, una medina con su mezquita aljama en el lugar que hoy ocupa la catedral y una alcazaba todos ellos separados por fosos labrados en la roca viva y fortificados con murallas; en la desembocadura del rio Huécar construyeron un gran estanque para incrementar el sistema defensivo de la ciudad .. El primer gobernador militar que consta fue Sulayman ben Utman, muerto en 768 por el maestro de escuela Sakya ibn Abd al-Wahid, que se declaró en rebeldía enfrentándose a las tropas omeyas de Abd al-Rhahman I. Hilal al-Madyuni es nombrado gobernador en 772, enfrentándose a los bereberes de Valencia, hecho por el que es depuesto y enviado a Córdoba como rehén en 781. El emir Muhammad I nombró gobernador a Sulayman ben Tawril muriendo en 887, su hijo Musa se hizo con el gobierno y con 20.000 hombres conquista Toledo y se mantiene independiente hasta su muerte en 908. Su nieto Yahyá fue gobernador y señor de Uclés hasta 933, su hijo Fath le sucedió hasta 936 siendo desposeído del dominio de Uclés y en compensación designado gobernador de la plaza de Madrid. Abd al-Rahman al-Midras gozaba de la confianza de al-Mansur otorgándole el califa el título honorífico de "Nasir al-Dawla" siendo el artífice de la entronización en Toledo de su hijo Ismael al-Zafir en 1025. Su hijo Yahyá al-Mamún formó el más extenso y culto de los reinos de taifas anexionando los reinos de Valencia y Córdoba muriendo en 1075. El hijo de éste, Ismael, ejerció como príncipe conquense desde 1049. En 1076 el aragonés Sancho Ramírez pone cerco a la plaza de Cuenca sin poder conquistarla. En 1080 Yahyá al-Kadir pierde Toledo y el valí Said ben al-Farach le refugia en Cuenca celebrando el famoso Pacto de Cuenca por el que Alfonso VI recibe Zorita y otros castillos a cambio de ayuda militar, también se acuñan monedas. En 1088 el jefe militar conquense ben Zennun pacta con el rey de Zaragoza, al-Mostaín entregarle la fortaleza de Segorbe a cambio de ayuda militar contra el cerco impuesto en Valencia a al-Kadir. Como consecuencia de la derrota de Alfonso VI en Sagrajas el rey sevillano al-Mutamid aprovecha para adueñarse de Cuenca pero en 1091 los almorávides atacan Sevilla y el rey al-Mutamid envía a su nuera, la princesa Zaida, pidiendo ayuda al leonés Alfonso ofreciéndole a cambio, para su guarda y custodia, la ciudad de Cuenca entre otras plazas. En 1093 entra un destacamento de tropas cristianas. En las inmediaciones de Cuenca Alvar Fañez es derrotado en el verano de 1098 por el general almorávide ben Aisa. En 1108 Cuenca pasará al control de los almorávides y en 1144 el caid Abu Muhammad Abd Allah ben Fetah, al Tagri (el fronterizo) se rebela, al año siguiente, el 15 de Mayo, toma Murcia y se declara independiente. En 1147 Muhammad ben Abd Allah ibn Said ben Mardanís, el llamado Rey Lobo o Ben Lope, es proclamado rey de Cuenca, Murcia, Valencia y toda la parte oriental peninsular siendo independiente enfrentándose a los almohades hasta el 8 de Marzo de 1172 que muere, aconsejando a su hijo Hilal que ante el avance militar imparable de estos integristas, firme pacto con ellos. Un Alfonso VIII de 17 años cerca la ciudad pero tras cinco meses de asedio el califa Abu Yacub Yusuf viene en auxilio de los conquenses obligando al castellano a huir. El califa Yucub, el filósofo Averroes, el historiador Sahib al-Sala (hace una detallada descripción de Cuenca) y otros notables almohades entran en la ciudad y socorren a los oprimidos. Abu Yacub Yusuf y Alfonso VIII firman treguas para siete años pero en el verano de 1176 los conquenses, junto con los de Alarcón y Moya algaran las tierras cristianas de Huete y Uclés rompiendo el pacto. Alfonso VIII convoca a las gentes de Almoguera, Avila, Atienza, Segovia, Molina, Zamora, La Transierra junto al señor de Albarracín Pedro Ruiz de Azagra, conde Nuño Pérez de Lara, Pedro Gutiérrez, Alvar Fañez, Tello Pérez, Nuño Sánchez, a los reyes de León Fernando y el de Aragón Alfonso El Casto y las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava y Montegaudio y pone cerco a la ciudad en el día de la Epifanía del Señor de 1177. El alcaide Abu Beka pide auxilio al califa Yacub Yusuf pero este se encuentra en Africa atendiendo otros asuntos y deniega la ayuda. El 27 de Julio los conquenses hacen una salida atacando el campamento cristiano con el objeto de dar un golpe de gracia contra el rey pero solamente logran matar al conde Nuño Pérez de Lara. El hambre, las enfermedades y los muertos por los continuos ataques de manganas y trabucos, obligan que a mediados de septiembre se rindan y entreguen la ciudad. El ejército cristiano toma la alcazaba y el castillo y, tras el abandono musulmán de la ciudad, Alfonso VIII y su séquito entran triunfantes en Octubre en la ciudad de Cuenca, pasando desde entonces, a formar parte del reino de Castilla.. Alfonso X el Sabio le concedió título de Ciudad. Agrimiro Saiz Ordoño. ( Agradecemos su colaboraciòn ) |
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"Por Apolo médico y Esculapio juro: por Higias, Panacea y todos los dioses y diosas a quien pongo por testigo de la observancia de este voto, que me obligo a cumplir lo que ofrezco con todas mis fuerzas y voluntad. Tributaré a mi maestro de Medicina igual respeto que a los autores de mis días, partiendo con ellos mi fortuna y socorriéndoles en caso necesario; trataré a sus hijos como a mis hermanos y, si quisieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin otro género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones habladas y demás métodos de enseñanza a mis hijos, a los de mis maestros y a los discípulos que me sigan bajo el convenio y juramento que determina la ley médica y a nadie más. "Fijaré el régimen de los enfermos del modo que les sea más provechoso según mis facultades y mi conocimiento, evitando todo mal e injusticia. No me avendré a pretensiones que afecten a la administración de venenos, ni persuadiré a persona alguna con sugestiones de esta especie; me abstendré igualmente de administrar a las mujeres embarazadas pesarios abortivos. Mi vida la pasaré y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No practicaré la talla dejando esa operación y otras a los especialistas que se dedican a practicarla ordinariamente. "Cuando entre en una casa, no llevaré otro propósito que el bien y la salud de los enfermos, cuidando mucho de no cometer intencionadamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitando principalmente la seducción de las mujeres jóvenes, libres o esclavas. Guardaré reserva acerca de lo que oiga o vea en la sociedad y no sea preciso que se divulgue, sea o no del dominio de mi profesión, considerando el ser discreto como un deber en semejantes casos. Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres: si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte adversa". Hipócrates. |
de un Entierro en la Roma Antigua
en Palabras de Polibio
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"Cuando se ha retirado el cadáver de la casa, se le conduce hacia el foro con los restantes ornamentos, delante de la tribuna, permaneciendo todos los asistentes alrededor; si el difunto deja un hijo mayor de edad y se encuentra presente, éste, y si no, algún otro pariente, sube a la tribuna y habla de las virtudes del fallecido y de las gestas que llevó a cabo en vida. Después de este acto entierran el cadáver y, cuando han cumplido los ritos habituales, colocan una estatua del difunto en un lugar visible de la casa, en una hornacina de madera. “En las festividades públicas exponen las imágenes cuidadosamente colocadas. Cuando muere algún otro familiar ilustre, también las sacan en el entierro y las colocan encima del rostro de personas que se les parezcan en estatura y en el físico y son conducidos sobre carros precedidos de los haces, las hachas y las demás insignias que les solían acompañar en vida, de acuerdo con la categoría de cada uno y con su actividad política." Polibio, 6, 53, 1-8. |
( Enviada por Cristóbal Colón )
- 1° Parte -
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"(...) Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles 30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda y navegué a las Islas Madera por camino no acostumbrado, por evitar los perjuicios que me hubiera causado una armada francesa que me aguardaba cerca del cabo de San Vicente, y de allí a las Islas Canarias. De aquí partí con una nave y dos carabelas; envié los otros navíos directamente a la Isla Española, y yo navegué rumbo al Sur con propósito de llegar a la línea equinoccial, y de allí seguir al Poniente hasta que la Española quedase al Norte. Llegando a las islas de Cabo Verde (falso nombre, porque son tan secas que no vi en ellas cosa verde alguna) con toda la gente enferma, no osé detenerme en ellas y navegué al Sudoeste 480 millas, donde anocheciendo tenía la Estrella Polar en cinco grados. Allí me desamparó el viento y entré en una zona de calor y tan grande, que creí que se me quemarían los navíos y la gente. El desorden fue tal que no había persona que osase descender bajo cubierta a reparar las vasijas y víveres. Duró este calor ocho días, el primero de los cuales fue soleado y los siete siguientes de lluvia y nublados, que si hubiesen sido soleados como el primero creo que no hubiéramos podido escapar de manera alguna. Plugo a Nuestra Señora, al cabo de esos ocho días, darme buen viento de Levante y yo seguí al Poniente, mas no osé declinar hacia el Sur porque hallé grandísimo cambio en el cielo y las estrellas. Decidí, pues, mantener rumbo Oeste y navegar a la altura de Sierra Leona hasta donde había pensado encontrar tierra para reparar los navíos, remediar la escasez de víveres y tomar agua, que ya no tenía. Al cabo de diecisiete días en que Nuestro Señor me dio viento favorable, el martes 31 de julio, al mediodía, avistamos tierra. Yo la esperaba desde el lunes anterior y había mantenido el rumbo invariable hasta entonces, mas el martes, al salir el sol, careciendo ya de agua, decidí dirigirme a las islas de los caribes y tomé esa dirección. Como su Alta Majestad siempre ha usado de misericordia conmigo, por suerte subió un marinero a la gavia y vio al Poniente tres montañas juntas. Dijimos la Salve Regina y otras oraciones, y dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor; después dejé el camino al Norte y me dirigí a tierra; llegué con el crepúsculo al cabo que llamé de la Galea [hoy cabo Galeote] después de haber bautizado a la isla con el nombre de Trinidad. Allí hubiera encontrado puerto de haber sido más hondo; había casas, gente y muy lindas tierras, tan hermosas y verdes como las huertas de Valencia en marzo. Pesóme cuando no pude entrar a puerto, y recorrí la costa hasta el extremo Oeste; navegadas cinco leguas hallé fondo y anclé las naves. Al día siguiente me di a la vela buscando puerto para reparar los navíos y tomar agua y víveres. Tomé una pipa de agua y con ella anduve hasta llegar al cabo; allí hallé abrigo del viento de Levante y buen fondo, donde mandé a echar el ancla, reparar los toneles y tomar agua y leña, y envié gente a tierra a descansar de tanto tiempo que andaban penando". ( Continúa en la 2° Parte ) Cristóbal Colón. |
( Enviada por Cristóbal Colón )
- 2° Parte -
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"A esta punta la llamé del Arenal [hoy punta de Icacos] y allí se halló la tierra hollada de unos animales que tenían las patas como de cabra que, según parece, había en abundancia, aunque no se vio sino uno muerto. Al día siguiente vino del Oriente una gran canoa con 24 hombres, todos mancebos, muy ataviados y armados de arcos, flechas y escudos, de buena figura y no negros, sino más blancos que los otros que he visto en las Indias, de lindos gestos y hermosos cuerpos, con los cabellos cortados al uso de Castilla. Traían la cabeza atada con un pañuelo de algodón tejido a labores y colores tan finos, que yo creí eran de gasa. Traían otro de estos pañuelos ceñido a la cintura y se cubrían con él en lugar de taparrabo. Cuando llegó la canoa sus ocupantes hablaron de lejos, y ni yo ni otro alguno les entendimos, mas yo les mandaba a hacer señas de acercarse. En esto se pasaron más de dos horas; si se aproximaban un poco, luego se alejaban. Yo les hacía mostrar bacines y otras cosas que lucían enamorándolos para que viniesen; al cabo de buen rato se acercaron algo más de lo que hasta entonces habían hecho. Yo deseaba lograr información, y no teniendo ya cosa que mostrarles para atraerlos mandé subir un tamboril al castillo de popa para que tañesen, y unos mancebos para que danzasen, creyendo que se acercarían a ver la fiesta; mas cuando vieron tañer y danzar dejaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron, embrazó cada uno su escudo y comenzaron a tirarnos flechas. Cesó el tañer y el danzar y mandé a sacar una ballesta; ellos me dejaron y se dirigieron a otra carabela y de golpe se fueron debajo de la popa. El piloto entró con ellos y dio un sayo y un bonete al que le pareció ser el principal de la canoa, concertando que iría a hablar con ellos a la playa. Éstos allá se fueron y le esperaron, pero como él no quiso ir sin mi licencia, al verlo venir con la barca a mi nave regresaron a la canoa y se fueron; nunca más los vi, ni a ellos ni a otros de esta isla. Cuando llegué a la punta del Arenal hallé una boca grande, de dos leguas de anchura de Poniente a Levante, que se abre entre la isla de Trinidad y la Tierra de Gracia; para pasar al Sur había que pasar unos hileros de corrientes que atravesaban la boca y traían un rugir muy grande; creí que sería un arrecife de bajos y peñas infranqueables. Detrás de ésta había otro hilero, y otro más, trayendo todos un rugir tan grande como las olas de la mar que van a romper y dar en peñas. Fondeé en dicha punta, fuera de la boca, y hallé que venía agua del Oriente hasta el Poniente con tanta furia como hace el Guadalquivir en tiempos de avenida, y esto continuó día y noche, tanto que creí que no podría volver atrás por la corriente ni ir adelante por los bajos. En la noche, ya muy tarde, estando a bordo de la nave oí un rugir muy terrible que venía del Sur hacia nosotros. Me paré a mirar y vi que, levantando la mar de Poniente a Levante, venía una loma tan alta como la nave, y todavía venía hacia mí poco a poco; sobre ella venía un hilero de corriente rugiendo con gran estrépito, con aquella furia del rugir que dije me parecían ondas de la mar que daban en peñas. Aún hoy en día tengo el miedo en el cuerpo, pues creí me volcaría la nave cuando llegase bajo ella. Pasó la ola y llegó hasta la boca, donde se mantuvo por mucho tiempo". ( Continúa en la 3° Parte ) Cristóbal Colón. |
( Enviada por Cristóbal Colón )
- 3° Parte -
| "Al
día siguiente envíe la barca a sondear la boca y hallé que en el lugar más
bajo tenía seis o siete brazas de fondo, y de continuo andaban aquellos
hileros, unos por entrar y otros por salir. Plugo a Nuestro Señor darme
buen viento y atravesé la boca hacia adentro, donde hallé tranquilidad.
Por suerte se sacó agua del mar y la hallé dulce. Navegué hacia el Sur,
hasta una sierra muy alta, distante unas 26 leguas de la punta del Arenal;
allí habían dos cabos de tierra muy alta, el uno hacia el Oriente,
perteneciendo a la isla de Trinidad, y el otro hacia Occidente,
correspondiente a la Tierra de Gracia. Hallé una boca muy angosta [Boca
Grande] más estrecha que la existente en la punta del Arenal con los
mismos hileros y el mismo rugir fuerte del agua; como allá, la mar era
dulce. Hasta entonces yo no había logrado información de ninguna gente de estas tierras, y lo deseaba vivamente. Por tanto, navegué a lo largo de la costa hacia el Poniente; cuanto más andaba hallaba el agua de la mar más dulce y sabrosa. Navegando un gran trecho, llegué a un lugar cuyas tierras me parecieron labradas; allí fondeé y envié las barcas a tierra, donde hallaron que los habitantes se habían ido recientemente, y encontraron el monte cubierto de monos; regresaron, y considerando que ésta era tierra montuosa y que me parecía que hacia el Poniente las tierras eran más llanas y estarían más pobladas, mandé levar anclas y recorrí la costa hasta el cabo de la serranía, donde anclé en un río. Luego vino mucha gente, y me dijeron que llamaban a esta tierra Paria, y que hacia el Poniente estaba más poblado. Tomé cuatro de ellos y navegué hacia ese rumbo; andadas unas ocho leguas, más allá de una punta que llamé de la Aguja [punta de Alcatraces] hallé las tierras más hermosas del mundo, muy pobladas. Llegué allí una mañana, antes del mediodía, y por ver este verdor y esta hermosura acordé fondear y ver los pobladores, de los cuales algunos vinieron en canoas a rogarme, de parte de su rey, que descendiese a tierra. Cuando vieron que no hice caso de ellos vinieron a la nave en numerosas canoas, y muchos traían piezas de oro al cuello, y algunos, perlas atadas a sus brazos. Me alegró mucho verlas y procuré con empeño saber dónde las hallaban; me dijeron que allí y en la parte Norte de aquella tierra. Quise detenerme, mas los víveres que traía, trigo, vino y carne para esta gente de acá, que obtuve en España con tanta fatiga, se me hubieran echado a perder. Por tanto, yo no buscaba sino llevar los bastimentos a lugar seguro y no detenerme en parte alguna. Procuré conseguir algunas perlas y envié las barcas a tierra. Esta gente es muy numerosa, toda muy bien parecida, del mismo color que los que vi, y muy tratable; la gente nuestra que fue a tierra los halló muy tratables, y fueron recibidos muy honrosamente. Dicen que luego que llegaron las barcas a tierra vinieron dos personajes principales con todo el pueblo; creen que el uno era el padre y el otro el hijo. Los llevaron a una casa muy grande hecha a dos aguas, no redonda como tiendas de campo cual son otras. Allí tenían muchas sillas donde los hicieron sentar y también ellos tomaron asiento, e hicieron traer pan, gran variedad de frutas y vino de muchas clases, blanco y tinto, aunque no de uvas; deben ser producidos de diversas frutas, así como de maíz, que es una simiente que hace una espiga como una mazorca, de la cual llevé yo allá y hay mucha en Castilla; parece que el que lo producía mejor lo tenía en alta estima y lo vendía en alto precio. Los hombres estaban todos juntos a un extremo de la mesa y las mujeres al otro. Recibieron ambas partes gran pena porque no podían entenderse, ellos para preguntar a los otros por nuestra patria, y los nuestros por saber de la de ellos. Después de haber comido en casa del más viejo los llevó el mozo a la suya, donde hicieron otro tanto. Más tarde los llevaron a las barcas en que vinieron a la nave. Yo levé anclas porque andaba muy de prisa por poner en lugar seguro los víveres que había obtenido con tanta fatiga, y que estaban deteriorándose, y también por remediarme a mí mismo, pues estaba enfermo de los ojos por falta de sueño; pues si bien es cierto que cuando fui a descubrir la Tierra Firme estuve treinta y tres días sin dormir y quedé algún tiempo sin vista, no se me dañaron tanto los ojos ni se me inyectaron de sangre, ni sufrí tantos dolores como ahora". ( Continúa en la 4° Parte ) Cristóbal Colón. |
Noticia, Juicio y Recomendación
de la Utopía y de Tomás Moro
( Escrito por Don Francisco de Quevedo Villegas. Caballero del Hábito de Santiago, Señor de las Villas de Cetina, y la Torre de Juan Abad )
( Escrito en 1837 )
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La vida mortal de Tomás Moro escribió en nuestra lengua Fernando de Herrera, varón docto y de juicio severo; su segunda vida escribió con su sangre su muerte, coronada de virtuoso martirio; fue su ingenio admirable, su erudición rara, su constancia santa, su vida exemplar, su muerte gloriosa, docto en lengua latina y griega. Celebraronle en su tiempo Erasmo de Roterodamo y Guillelmo Budeo, como se lee en dos cartas suyas, impresas en el texto de esta Obra: llamóla Utopía, voz griega, cuyo significado es, no hay tal lugar. Vivió en tiempo y Reyno, que le fué forzoso para reprehender el gobierno que padecía, fingir el conveniente. Yo me persuado, que fabricó aquella política contra la tiranía de Ynglaterra, y por eso hizo isla su idea, y juntamente reprehendió los desordenes de los más de los Príncipes de su edad, fuerame fácil verificar esta opinión; empero no es difícil, que quien leyere este libro la verifique con esta advertencia mía: quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace, a todos los reprehende: esto hizo por satisfacer su zelo nuestro Autor. Hurtos de cláusulas de la Utopía los mas Repúblicos Ragualbos del Bocalino: precioso caudal es, el que obligó, á que fuese ladrón á tan grande Autor. No han faltado lectores de buen seso, que han leído con ceño algunas proposiciones de este libro, juzgando, que su libertad, no pisaba segura los umbrales de la religión, siendo así que ningunas son mas vasallas de la Yglesia Católica, que aquellas, entendida su mente, que piadosa se encaminó á la contradicción de las novedades, que en su patria nacieron robustas, para tan llorosos fines. Escribió aquella alma esclarecida, con espíritu de tan larga vista, que como yo mostré en mi carta el Rey Chrlstianisimo, antevió los sucesos presentes asistiendo con saludable consejo á las cabezas de los tumultos. El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida seré larga; escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a estos cuidado. Por esto viendo yo á Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Potres, que le llevaba por compañía en los caminos, y le tenía por tarea en las pocas horas que le dexaba descansar la obligación de su Gobierno de Montiel, le importuné á que hiciese esta traducción: asegurándome el acierto de ella lo cuidadoso de su estilo, y sin afectación; y las noticias políticas, que con larga lección ha adquirido. executandolas en quanto del servicio de su Magestad se le ha ordenado; y con gran providencia, y desinterés, en el gobierno que tuvo de estos Partidos. Quien fuete tan liberal, que en parte quiera pagar algo de lo que se debe á la buena memoria de Tomás Moro, lea en la Celta Dileflere de Bartolomé Zucchi de Monja la carta que escribió el Cardenal de Capua á Monseñor Marino, Cardenal y Gobernactor de Milán y verá quantos méritos tuvo su muerte para canonizar las alabanzas de su vida, y de su doctrina. En la Torre de Juan Abad 28 de Septiembre de 1837. Don Francisco de Quevedo Villegas ( 1837 ). |
( Fragmento )
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"Antes de exponer, padres conscriptos, lo que creo debo decir de la república en la ocasión presente, explicaré con brevedad los motivos de mi partida y de mi regreso. Creyendo que al fin volvía a entrar la república bajo vuestra dirección y gobierno, decidido estaba a permanecer aquí, atento a los negocios públicos como consular y senador, y en verdad ni me alejé un paso ni aparté los ojos de la República desde el día en que fuimos convocados en el templo de la diosa Telus.(1) "En dicho templo, y en cuanto de mi parte estuvo, eché los fundamentos de la paz, renovando el antiguo ejemplo de los atenienses y empleando la misma palabra que usaron entonces los griegos para pacificar sus disensiones. Mi dictamen fue que se debían borrar con eterno olvido todas las pasadas discordias". Marco Tulio Cicerón. Notas: (1) Situado en el Esquilino. El lugar ordinario de reunión del Senado era la Curia, emplazada al pie del Capitolio. |
( Enviada por Cristóbal Colón )
- 4° Parte -
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"Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda estatura, altos de cuerpo y de lindos gestos, de cabellos largos y lacios, y traen las cabezas atadas con unos pañuelos labrados, como ya dije, hermosos, que parecen de lejos de seda y gasa; traen otro más largo ceñido a manera de taparrabo, tanto los hombres como las mujeres. El color de esta gente es más blanco que otros que he visto en las Indias; todos traían al cuello algo a la usanza de esta tierra, y muchos traían piezas de oro bajo colgadas al cuello. Sus canoas son muy grandes y de mejor hechura que otras que he visto, y más livianas; en medio de cada una tienen un apartamento como cámara, en que vi andaban los principales con sus mujeres. Llamé a este lugar Jardines porque esto asemejan. Asiduamente procuré saber dónde cogían aquel oro, y todos me señalaban una tierra frente a ellos hacia el Poniente que era alta, mas no lejana. Pero todos me decían que no fuera, porque allá se comían a los hombres, de lo que deduje que sus habitantes eran caníbales y que serían como los caribes, mas después he pensado que pudiera ser que lo dijeran porque allí habían animales feroces. También les pregunté dónde cogían las perlas, y me señalaron el Poniente y el Norte, detrás de las tierras en que estábamos. No intenté comprobarlo por lo de los víveres, por la enfermedad de mis ojos y porque una nave grande que traigo no es apropiada para semejante hecho. "El tiempo transcurrido en tierra fue breve y se pasó todo en preguntas. Cuando los nuestros regresaron a los navíos, lo que sería al atardecer, levé anclas y navegué al Poniente, y así mismo al día siguiente, hasta que hallé que no habían más que tres brazas de fondo, creyendo yo todavía que ésta era una isla y que no podría salir al Norte; y así visto, envié una carabela ligera adelante a ver si había salida o si estaba cerrado. Así anduve mucho camino hasta un golfo grande, en el cual parecía que habían otros cuatro medianos, saliendo de uno de ellos un río grandísimo. Hallaron siempre cuatro brazas de fondo y el agua muy dulce, en cantidad tan grande como jamás antes vi. Quedé muy descontento cuando comprendí que no podía salir al Norte, al Sur ni al Poniente porque estaba cercado por todas partes de tierra; por tanto, levé anclas y torné atrás para salir al Norte por la boca que antes descubrí, sin poder regresar a la población que había visitado por causa de las corrientes, que me desviaron. En todo cabo hallaba el agua dulce y clara que me llevaba con fuerza al Oriente, hacia las dos bocas a que me he referido; entonces conjeturé que los hilos de la corriente y aquellas lomas que salían y entraban en estas bocas con aquel rugir tan fuerte era la pelea del agua dulce con la salada. La dulce empujaba a la otra para que no entrase, y la salada luchaba para que la otra no saliese. Conjeturé que allí donde están situadas las dos bocas en un tiempo hubo tierra continua que unía la isla de Trinidad con Tierra de Gracia, como podrán ver Vuestras Altezas del mapa que con ésta les envío. Salí por la boca del Norte y hallé que el agua dulce siempre vencía; cuando pasé, lo que hice a fuerza de viento, estando en una de aquellas lomas hallé en aquellos hilos de la parte de dentro el agua dulce, y en los de fuera, salada". ( Continúa en la 5° y Ultima Parte ) Cristóbal Colón. |
( Libro 1° / Capítulo 1° )
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Libro primero De los morales de Aristóteles, escritos a Nicomaco, su hijo, y por esta causa llamados nicomaquios. En el primer libro inquiere Aristóteles cuál es el fin de las humanas acciones, porque entendido el fin, fácil cosa es buscar los medios para lo alcanzar; y el mayor peligro que hay en las deliberaciones y consultas, es el errar el fin, pues, errado éste, no pueden ir los medios acertados. Prueba el fin de las humanas acciones ser la felicidad, y que la verdadera felicidad consiste en hacer las cosas conforme a recta razón, en que consiste la virtud. De donde toma ocasión para tratar de las virtudes. En el primer capítulo propone la definición del bien, y muestra cómo todas las humanas acciones y elecciones van dirigidas al bien, ora que en realidad de verdad lo sea, ora que sea tenido por tal. Pone asimismo dos diferencias de fines: unos, que son acciones, como es el fin del que aprende a tañer o cantar, y otros, que son obras fuera de las acciones, como es el fin del que aprende a curar o edificar. Demuestra asimismo cómo unas cosas se apetecen y desean por sí mismas, como la salud, y otras por causa de otras, como la nave por la navegación, la navegación por las riquezas, las riquezas por la felicidad que se cree o espera hallar en las riquezas. Capítulo primero Cualquier arte y cualquier doctrina, y asimismo toda acción y elección, parece que a algún bien es enderezada. Por tanto, discretamente difinieron el bien los que dijeron ser aquello a lo cual todas las cosas se enderezan. Pero parece que hay en los fines alguna diferencia, porque unos de ellos son acciones y otros, fuera de las acciones, son algunas obras; y donde los fines son algunas cosas fuera de las acciones, allí mejores son las obras que las mismas acciones. Pero como sean muchas las acciones y las artes y las sciencias, de necesidad han de ser los fines también muchos. Porque el fin de la medicina es la salud, el de la arte de fabricar naves la nave, el del arte militar la victoria, el de la disciplina familiar la hacienda. En todas cuantas hay desta suerte, que debajo de una virtud se comprenden, como debajo del arte del caballerizo el arte del frenero, y todas las demás que tratan los aparejos del caballo; y la misma arte de caballerizo, con todos los hechos de la guerra, debajo del arte de emperador o capitán, y de la misma manera otras debajo de otras; en todas, los fines de las más principales, y que contienen a las otras, más perfectos y más dignos son de desear que no los de las que están debajo de ellas, pues éstos por respecto de aquéllos se pretenden, y cuanto a esto no importa nada que los fines sean acciones, o alguna otra cosa fuera dellas, como en las sciencias que están dichas. Presupuesta esta verdad en el capítulo pasado, que todas las acciones se encaminan a algún bien, en el capítulo II disputa cuál es el bien humano, donde los hombres deben enderezar como a un blanco sus acciones para no errarlas, y cómo éste es la felicidad. Demuestra asimismo cómo el considerar este fin pertenece a la disciplina y sciencia de la república, como a la que más principal es de todas, pues ésta contiene debajo de sí todas las demás y es la señora de mandar cuáles ha de haber y cuáles se han de despedir del gobierno y trato de los hombres. Aristóteles. |
El Primer Viajero, según Julio Verne
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"El primer viajero que nos presenta la historia en el orden cronológico es Hannón, a quien el Senado de Cartago envió a colonizar varios territorios de las costas occidentales del África. El relato de esta expedición fue escrito en lengua púnica, traducido al griego y conocido con el título Periplo de Hannón. ¿En qué época vivió este explorador? Los historiadores no están acordes acerca de este extremo, pero la versión más probable fija en el año 505 antes de J. C. su exploración de las costas africanas. Hannón zarpó de Cartago con una flota de sesenta bajeles de cincuenta remos cada uno, conduciendo treinta mil personas y los víveres necesarios para un largo viaje. Aquellos emigrantes, que así se les puede llamar, debían poblar las nuevas ciudades que los cartagineses se proponían fundar en las costas occidentales de la Libia, es decir, del África. La flota cruzó felizmente por entre las columnas de Hércules, esas montañas de Gibraltar y Ceuta que dominan el Estrecho, y desembocó en el Atlántico, dirigiéndose hacia el Sur. Dos días después de haber pasado el estrecho, fondeó a la vista de tierra y fundó la ciudad de Thymaterion; después se hizo a la mar, dobló el cabo de Solois, creó nuevas factorías y avanzó hasta la desembocadura de un gran río africano en cuyas riberas acampaba una tribu de pastores nómadas. Después de haber hecho un tratado de alianza con aquellos pastores, el navegante cartaginés continuó sus exploraciones hacia el Sur, llegando hasta cerca de la isla de Cerne, situada al fondo de una bahía cuya circunferencia medía cinco estadios, o sean novecientos veinticinco rñetros. Según aparece en el diario de Hannón, esta isla debía encontrarse con relación a las columnas de Hércules a una distancia igual a la que separa a éstas de Cartago. ¿Qué isla era? Sin duda un islote perteneciente al grupo de las Afortunadas. Emprendióse de nuevo la navegación y llegó Hannón a la desembocadura del río Cretes, que formaba una especie de bahía interior. Los cartagineses remontaron este río y fueron recibidos a pedradas por los naturales, que eran de raza negra. En aquellos parajes abundaban los cocodrilos y los hipopótamos. Efectuada esta exploración, regresó la flota a Cerne, y doce días después llegó a la vista de una comarca montañosa, en la cual abundaban los árboles odoríferos y las plantas balsámicas y penetró en un gran golfo cerrado por una llanura. Esta región apacible durante el día, por la noche se iluminaba con torrentes de llamas, producidas por hogueras que encendían los salvajes, o por la combustión espontánea de las hierbas secas después de la estación de las lluvias. Cinco días después dobló Hannón el cabo llamado Cuerno de la Tarde, y allí, según su propia expresión, oyó todavía el sonido de los pitos, de los címbalos, de los tamboriles y de los clamores de un pueblo innumerable. Los adivinos que acompañaban la expedición, le aconsejaron que huyese de aquella espantosa tierra, y obedeciendo este consejo, siguió la flota su rumbo hacia latitudes más bajas. Llegó a un cabo que formaba un golfo llamado Cuerno del Mediodía. Según d'Avezac, debía ser la desembocadura misma del río de Oro, que desagua en el Atlántico, cerca del trópico de Cáncer. En el fondo del golfo se veía una isla habitada por gran número de gorilas, que los cartagineses tomaron por salvajes velludos; se apoderaron de tres hembras y tuvieron que matarlas. ¡Tan indomable era el furor de aquellos animales! El Cuerno del Mediodía fue ciertamente el límite que alcanzó la expedición púnica. Algunos comentadores suponen que no pasó del cabo Bojador, que se extiende dos grados más abajo del Trópico, mas parece que ha prevalecido la opinión contraria. Como al llegar a dicho punto, Hannón empezaba a encontrarse escaso de víveres, hizo rumbo hacia el Norte y regresó a Cartago, donde mandó grabar la relación de este viaje en el templo de Baal Moloch". Julio Verne. ( De su Libro "Historia de los Grandes Viajes y de los Grandes Viajeros" ) |
La Guerra de las Galias - Libro 1°
( Fragmento )
Julio César
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I. La Galia[ 1 ] está dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian entre sí en lenguaje, costumbres y leyes. A los galos separa de los aquitanos el río Carona, de los belgas el Marne y Sena. Los más valientes de todos son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y delicadeza de nuestra provincia; y rarísima vez llegan allá los mercaderes con cosas a propósito para enflaquecer los bríos; y por estar vecinos a los germanos, que moran a la otra parte del Rin, con quienes traen continua guerra. Ésta es también la causa porque los helvecios[ 2 ] se aventajan en valor a los otros galos, pues casi todos los días vienen a las manos con los germanos, ya cubriendo sus propias fronteras, ya invadiendo las ajenas. La parte que hemos dicho ocupan los galos comienza del río Ródano, confina con el Carona, el Océano y el país de los belgas; por el de los secuanos[ 3 ] y helvecios toca en el Rin, inclinándose al Norte. Los belgas toman su principio de los últimos límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando al Septentrión y al Oriente. La Aquitania entre Poniente y Norte por el río Carona se extiende hasta los montes Pirineos, y aquella parte del Océano que baña a España. II. Entre los helvecios fue sin disputa el más noble y el más rico Orgetórige. Éste, siendo cónsules[ 4 ] Marco Mésala y Marco Pisón, llevado de la ambición de reinar, ganó a la nobleza y persuadió al pueblo «a salir de su patria con todo lo que tenían; diciendo que les era muy fácil, por la ventaja que hacían a todos en fuerzas, señorearse de toda la Galia». Poco le costó persuadírselo, porque los helvecios, por su situación, están cerrados por todas partes; de una por el Rin, río muy ancho y muy profundo, que divide el país Helvético de la Germania; de otra por el altísimo monte Jura, que lo separa de los secuanos; de la tercera por el lago Lemán y el Ródano, que parte términos entre nuestra provincia y los helvecios. Por cuya causa tenían menos libertad de hacer correrías, y menos comodidad para mover guerra contra sus vecinos; cosa de gran pena para gente tan belicosa. Demás que para tanto número de habitantes, para la reputación de sus hazañas militares y valor, les parecía término estrecho el de doscientas cuarenta millas de largo, con ciento ochenta de ancho. III. En fuerza de estos motivos y del crédito de Orgetórige, se concertaron de apercibir todo lo necesario para la expedición, comprando acémilas y carros cuantos se hallasen, haciendo sementeras copiosísimas a trueque de estar bien provistos de trigo en el viaje, asentando paz y alianza con los pueblos comarcanos. A fin de efectuarlo, pareciéndoles que para todo esto bastaría el espacio de dos años, fijaron el tercero con decreto en fuerza de ley por plazo de su partida. Para el manejo de todo este negocio eligen a Orgetórige, quien tomó a su cuenta los tratados con las otras naciones; y de camino persuade a Castice, secuano, hijo de Catamantáledes (rey que había sido muchos años de los secuanos, y honrado por el Senado y Pueblo Romanos con el título de amigo) que ocupase el trono en que antes había estado su padre: lo mismo persuade a Dumnórige eduo, hermano de Diviciaco (que a la sazón era la primera persona de su patria, muy bienquisto del pueblo) y le casa con una hija suya. «Representábales llana empresa, puesto que, habiendo él de obtener el mando de los helvecios, y siendo éstos sin duda los más poderosos de toda la Galia, con sus fuerzas y ejército los aseguraría en la posesión de los reinos. » Convencidos del discurso, se juramentan entre sí, esperando que, afianzada su soberanía y unidas tres naciones poderosísimas y fortísimas, podrían apoderarse de toda la Galia. IV. Luego que los helvecios tuvieron por algunos indicios noticia de la trama, obligaron a Orgetórige a que diese sus descargos, aprisionado[ 5 ] según estilo. Una vez condenado, sin remedio había de ser quemado vivo. Aplazado el día de la citación, Orgetórige compareció en juicio, acompañado de toda su familia, que acudió de todas partes a su llamamiento en número de diez mil personas[ 6 ], juntamente con todos sus dependientes y adeudados, que no eran pocos, consiguiendo, con su intervención, substraerse al proceso. Mientras el pueblo irritado de tal tropelía trataba de mantener con las armas su derecho y los magistrados juntaban las milicias de las aldeas, vino a morir Orgetórige, no sin sospecha en opinión de los helvecios, de que se dio él a sí mismo la muerte.[ 7 ] V. No por eso dejaron ellos de llevar adelante la resolución concertada de salir de su comarca. Cuando les pareció estar ya todo a punto, ponen fuego a todas sus ciudades, que eran doce, y a cuatrocientas aldeas con los demás caseríos; queman todo el grano, salvo el que podían llevar consigo, para que perdida la esperanza de volver a su patria, estuviesen más prontos a todos los trances. Mandan que cada cual se provea de harina8 para tres meses. Inducen a sus rayanos los rauracos,9 tulingos, latobrigos a que sigan su ejemplo y, quemando las poblaciones, se pongan en marcha con ellos, y a los boyos,10 que, establecidos a la otra parte del Rin, y adelantándose hasta el país de los noricos, tenían sitiada su capital, empeñándolos en la facción, los reciben por compañeros. Julio César. Notas [ 1 ] César no Incluye en esta división el país de los alóbroges, ni a la Galia Narbonense, que formaban ya parte de la provincia romana. [ 2 ] Los suizos, llamados entonces helvecios, estaban ya comprendidos en la Galia, a la cual limitaba el Rin por este lado. [ 3 ] El país ocupado por los secuanos corresponde al Franco Condado. [ 4 ] Este consulado fue el año de 693 de Roma. [ 5 ] Quiere decir que le obligaron a que, atado con cadenas, amarrado en prisiones o aherrojado como estaba, se justificase y diese razón de sí. Este modo de proceder en las causas graves no fue particular de los helvecios, sino que se usó también entre los romanos. Tito Livio refiere un ejemplo en el libro XXIX, capítulo IX. [ 6 ] César: familia ad hominum milia decem. Este número no debe parecer exorbitante, porque la familia se componía de esclavos, horros o libertos, y criados que servían en casa, cultivaban los campos, pastoreaban los ganados y atendían a las demás haciendas y negocios, que crecían y se multiplicaban a proporción del poder y riquezas del dueño. Igual extensión da Suetonio a la voz familia en César, cap. X. [ 7 ] Algunos anotadores se detienen a inquirir la causa por que los helvecios trataron con tanta severidad a un príncipe de la nación, que les recomendaba proyectos no menos conformes al genio de ellos que ventajosos al Estado. El mismo César la insinúa con decir que aquel príncipe helvecio se dejó llevar de la ambición de reinar; y otros historiadores, como Dión y Paulo Orosio, la declararon expresamente, Orgetórige aspiraba a la soberanía universal de la Galia; receláronse de esto los grandes que entraron en la conjura; y como aborreciesen toda superioridad, le malquistaron con el pueblo hasta el término de obligarle a darse la muerte. |
( Fragmento )
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No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero. De las muchas mentiras que han urdido, una me causó especial extrañeza, aquella en la que decían que teníais que precaveros de ser engañados por mí porque, dicen ellos, soy hábil para hablar. En efecto, no sentir vergüenza de que inmediatamente les voy a contradecir con la realidad cuando de ningún modo me muestre hábil para hablar, eso me ha parecido en ellos lo más falto de vergüenza, si no es que acaso éstos llaman hábil para hablar al que dice la verdad. Pues, si es eso lo que dicen, yo estaría de acuerdo en que soy orador, pero no al modo de ellos. En efecto, como digo, éstos han dicho poco o nada verdadero. En cambio, vosotros vais a oír de mí toda la verdad; ciertamente, por Zeus, atenienses, no oiréis bellas frases, como las de éstos, adornadas cuidadosamente con expresiones y vocablos, sino que vais a oír frases dichas al azar con las palabras que me vengan a la boca; porque estoy seguro de que es justo lo que digo, y ninguno de vosotros espere otra cosa. Pues, por supuesto, tampoco sería adecuado, a esta edad mía, presentarme ante vosotros como un jovenzuelo que modela sus discursos. Además y muy seriamente, atenienses, os suplico y pido que si me oís hacer mi defensa con las mismas expresiones que acostumbro a usar, bien en el ágora, encima de las mesas de los cambistas, donde muchos de vosotros me habéis oído, bien en otras partes, que no os cause extrañeza, ni protestéis por ello. En efecto, la situación es ésta. Ahora, por primera vez, comparezco ante un tribunal a mis setenta años. Simplemente, soy ajeno al modo de expresarse aquí. Del mismo modo que si, en realidad, fuera extranjero me consentiríais, por supuesto, que hablara con el acento y manera en los que me hubiera educado, también ahora os pido como algo justo, según me parece a mí, que me permitáis mi manera de expresarme -quizá podría ser peor, quizá mejor- y consideréis y pongáis atención solamente a si digo cosas justas o no. Éste es el deber del juez, el del orador, decir la verdad. Ciertamente, atenienses, es justo que yo me defienda, en primer lugar, frente a las primeras acusaciones falsas contra mí y a los primeros acusadores; después, frente a las últimas, y a los últimos. En efecto, desde antiguo y durante ya muchos años, han surgido ante vosotros muchos acusadores míos, sin decir verdad alguna, a quienes temo yo más que a Ánito y los suyos, aun siendo también éstos temibles. Pero lo son más, atenienses, los que tomándoos a muchos de vosotros desde niños os persuadían y me acusaban mentirosamente, diciendo que hay un cierto Sócrates, sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que investiga todo lo que hay bajo la tierra y que hace más fuerte el argumento más débil. Éstos, atenienses, los que han extendido esta fama, son los temibles acusadores míos, pues los oyentes consideran que los que investigan eso no creen en los dioses. En efecto, estos acusadores son muchos y me han acusado durante ya muchos años, y además hablaban ante vosotros en la edad en la que más podíais darles crédito, porque algunos de vosotros erais niños o jóvenes y porque acusaban in absentia, sin defensor presente. Lo más absurdo de todo es que ni siquiera es posible conocer y decir sus nombres, si no es precisamente el de cierto comediógrafo. Los que, sirviéndose de la envidia y la tergiversación, trataban de persuadiros y los que, convencidos ellos mismos, intentaban convencer a otros son los que me producen la mayor dificultad. En efecto, ni siquiera es posible hacer subir aquí y poner en evidencia a ninguno de ellos, sino que es necesario que yo me defienda sin medios, como si combatiera sombras, y que argumente sin que nadie me responda. En efecto, admitid también vosotros, como yo digo, que ha habido dos clases de acusadores míos: unos, los que me han acusado recientemente, otros, a los que ahora me refiero, que me han acusado desde hace mucho, y creed que es preciso que yo me defienda frente a éstos en primer lugar. Pues también vosotros les habéis oído acusarme anteriormente y mucho más que a estos últimos. Dicho esto, hay que hacer ya la defensa, atenienses, e intentar arrancar de vosotros, en tan poco tiempo, esa mala opinión que vosotros habéis adquirido durante un tiempo tan largo. Quisiera que esto resultara así, si es mejor para vosotros y para mí, y conseguir algo con mi defensa, pero pienso que es difícil y de ningún modo me pasa inadvertida esta dificultad. Sin embargo, que vaya esto por donde al dios le sea grato, debo obedecer a la ley y hacer mi defensa (...). Platón. |
el 1° Viajero de la Era Cristiana
Julio Verne
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El primer viajero de la era cristiana, cuyo nombre haya sobrevivido, es Pausanias, escritor griego que habitó en Roma en el segundo siglo, y del que se conserva una relación que compuso hacia el año 175. Este Pausanias precedió a nuestro contemporáneo Joanne, en la redacción de las Guías del viajero, efectuando, respecto de la Grecia antigua, lo que el ingenioso y laborioso francés, relativamente a las diversas comarcas de Europa. Su reseña es un manual exacto, escrito con sobriedad, preciso en sus pormenores, y en el cual los viajeros del segundo siglo podían recorrer con fruto las diversas provincias de Grecia. Pausanias describe minuciosamente Arica, y con especialidad Atenas y sus monumentos, sus sepulcros, sus arcos, sus templos, su ciudadela, su areópago, su academia y sus columnas. Del Ática pasa a la Corintia, y explora las islas de Egina y de Eacea. Después de la Corintia, estudia con cuidado la Laconia y Esparta, la isla de Citeres, la Mesenia, la Elida, la Acaya, la Arcadia, la Beocia y la Fócida. En esta narración se mencionan los caminos de las provincias, y las calles de las ciudades, sin olvidar el aspecto general de las diversas comarcas de Grecia. Pero, no obstante, Pausanias no añadió ningún descubrimiento nuevo a los que habían mencionado sus predecesores. Pausanias fue un viajero que se limitó a explorar con exactitud la Grecia, pero no un descubridor. Sin embargo, su relato ha sido aprovechado por todos los geógrafos y comentadores que han tratado de la Hélade y del Peloponeso, habiendo podido llamarle con razón un sabio del siglo XVI, «un tesoro de la más antigua y rara erudición». Julio Verne. ( De su Libro "Historia de los Grandes Viajes y de los Grandes Viajeros" ) |
Herodoto Habla de la Momificación
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(…)Por otro lado, sus expresiones de duelo y ceremonias fúnebres son como sigue: cuando en una casa fallece una persona de cierta categoría, toda la grey femenina de la casa en cuestión se embadurnan con barro la cabeza, incluso a veces la cara, y, acto seguido, dejan el cadáver en casa y ellas recorren toda la ciudad, dándose golpes en el pecho, con el vestido ceñido a la cintura y mostrando los senos, acompañadas de todas sus allegadas. Y, por otra zona de la ciudad, los hombres también se van dando golpes en el pecho, con el vestido igualmente ceñido a la cintura. Finalmente, después de realizar estas manifestaciones de duelo, llevan el cadáver a embalsamar. Hay, efectivamente, personas encargadas de este menester y que ejercen este oficio. Esas personas cuando les llevan un cadáver, muestran a quienes lo han traído unos modelos de cadáveres en madera, copiados del natural, y explican que, entre los modelos existentes, el embalsamamiento más suntuoso es el que se empleó para aquel cuyo nombre considero irreverente mencionar a propósito de un asunto semejante; luego, muestran un segundo modelo, inferior al primero y más barato, y, finalmente, un tercero, que es el más barato. Después de dar estas explicaciones, preguntan a los familiares con arreglo a qué modelo quieren que se les prepare el cadáver, entonces los parientes convienen en un precio y salen de allí mientras que los embalsamadores se quedan en sus talleres y realizan el embalsamamiento más suntuoso como sigue: primero, con un gancho de hierro, extraen el cerebro por las fosas nasales (así es como sacan parte del cerebro; el resto, en cambio, vertiendo drogas por el mismo conducto). Luego, con una afilada piedra de Etiopía sacan, mediante una incisión longitudinal practicada en el costado, todo el intestino, que limpian y enjugan con vino de palma, y que vuelven a enjugar, posteriormente, con sustancias aromáticas molidas. Después, llenan la cavidad abdominal de mirra pura molida, de canela y de otras sustancias aromáticas, salvo incienso y cosen la incisión. Tas estas operaciones, “salan” el cadáver cubriéndolo con natrón durante setenta días –no deben salarlo un número superior- y, una vez transcurridos los setenta días, lo lavan, y fajan todo su cuerpo con vendas de cárbaso finamente cortadas, que por su reverso untan con goma, producto que los egipcios emplean, por lo general, en lugar de cola. Por último, los deudos recogen el cuerpo y encargan un féretro antropomorfo de madera; una vez listo, en él meten el cadáver, lo cierran y, así dispuesto, lo guardan en una cámara sepulcral colocándolo de pie apoyado contra una pared. Ese es el modo más suntuoso de preparar los cadáveres. Por su parte, a los que optan por el modelo intermedio con el propósito de evitar un gran dispendio los preparan como sigue. Llenan unas jeringas con un aceite que se obtiene del enebro de la miera, llenan con ellas la cavidad abdominal del cadáver sin practicarle la incisión ni extraerle el intestino, sino inyectándole el líquido por el ano e impidiendo su retroceso, y lo conservan en natrón el número de días prescrito. Al cabo de ellos sacan de la cavidad abdominal el aceite de miera, que con anterioridad introdujeran y que tiene tanta fuerza que consigo arrastra, y disueltos, el intestino y las vísceras, a las partes carnosas, a su vez, las disuelve el natrón, y así del cadáver sólo quedan la piel y los huesos. Una vez realizadas esas operaciones, devuelven el cuerpo en este estado, sin cuidarse de nada más. Por su parte el tercer tipo de embalsamamiento, que se aplica a los más indigentes, es como sigue. Limpian la cavidad abdominal con una purga, conservan el cuerpo en natrón durante los setenta días y lego lo entregan a los familiares para que se lo lleven. Por cierto que a las mujeres de los personajes ilustres no las entregan para que las embalsamen nada más morir y tampoco a todas aquellas mujeres que son muy hermosas o de notable posición; sólo cuando llevan ya tres o cuatro días muertas, las confían a los embalsamadores. Y lo hacen así para evitar que los embalsamadores abusen de estas mujeres, pues cuenta que uno fue sorprendido, por haberlo delatado un colega, mientras abusaba del cadáver de una mujer que acababa de morir. Ahora bien si un hombre, lo mismo egipcio que extranjero, es presa de un cocodrilo o del propio río y aparece su cadáver, son los habitantes de la ciudad a la que haya sido arrojado quienes tienen la estricta obligación de hacerlo embalsamar, de rodarlo de los mejores cuidados y de sepultarlo en féretros sagrados. Y absolutamente nadie, ni pariente ni amigo, puede tocar su cuerpo; son los mismísimos sacerdotes del Nilo quienes lo entierran con sus propias manos, pues consideran su cuerpo como algo más que el cadáver de un hombre. Hdt. II, 85-90. |
los Pueblos de la Germania
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I. El Rhin y el Danubio dividen a toda la Germania ( 1 ) de las Galias, Retias y Panonias ( 2 ), y de los Sarmatas y Dacios ( 3 ) algunas montañas o el miedo que se tienen los unos a los otros. El Océano cerca lo demás, abrazando grandísimas islas ( 4 ) y golfos, y algunas naciones y reyes, de que con la guerra se ha tenido noticias poco ha ( 5 ). El Rhin, saliendo de lo más alto e inaccesible de los Alpes de la Retia, y habiendo corrido un poco hacia Occidente, vuelve derecho hasta meterse en el Océano septentrional. El Danubio nace en la cumbre de Abnoba ( 6 ), monte, aunque alto, no áspero, y habiendo pasado por muchas y diferentes tierras, entra en el mar Pontico por seis bocas, que la séptima, antes de llegar a la mar, se pierde en las lagunas. II. Yo creería que los Germanos tienen su origen en la misma tierra, y que no están mezclados con la venida y hospedaje de otras gentes; porque los que antiguamente querían mudar de habitación, las buscaban por mar y no por tierra; y de nuestro mar van muy pocas veces navíos a aquel grande Océano, que para decirlo así, está opuesto al nuestro. Y ¿quién quisiera dejar el Asia, África o Italia, y por miedo de los peligros de un mar horrible y no conocido ir a buscar a Germania, tierra sin forma de ello, y de áspero cielo, y de ruin habitación y triste vista, sino es para los que fuere su patria? Celebran en versos antiguos (que es sólo el género de anales y memoria que tienen) un dios llamado Tuiston ( 7 ), nacido de la tierra, y su hijo Manno, de los cuales, dicen, tiene principio la nación. Manno dejó tres hijos, de los nombres de los cuales se llaman Ingevones ( 8 ) los que habitan cerca del Océano, y Herminones los que viven la tierra adentro, y los demás Istevones. Bien que otros, con la licencia que da la mucha antigüedad de las cosas, afirman que el dios Tuiston tuvo más hijos, de cuyos nombres se llamaron así los Marsos, Gambrivios, Suevos, Vándalos; y que estos son sus verdaderos y antiguos nombres. Que el de Germania es nuevo y añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rhin y echaron a los Galos de sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos. Y de tal manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación que primero había pasado el Rhin, que dio nombre a toda la gente: y todos los demás al principio tomaron el nombre de los vencedores, por el miedo que causaban, y se llamaban Tungros: y después inventaron ellos mismos propio y particular nombre, y se llamaron universalmente Germanos. Cayo Cornelio Tácito. ( Párrafo Extractado de su Libro "De las Costumbres, Sitios y Pueblos de la Germania -I y II- ). Notas ( 1 ) Uno de los documentos más antiguos y sin disputa el de mayor importancia e interés, que han llegado a nosotros relativos a la vida y costumbres de la Germania en el tránsito del conocimiento y colonización por Roma, es este del insigne historiador Cayo Cornelio Tácito. Es un relato vivo sobre fuentes vivas. El autor opera con materiales directos: sus observaciones, que salpica de comentarios sustanciosos, están llenas de virilidad e interés. Los hechos llegan a la retina, y de la retina al cerebro, con tensión de primera magnitud. Los juicios que produce el choque son elocuentes, certeros e intencionados, aunque la intención revista, las más de las veces, un sentido de acritud, que, casi siempre, es manifestación de sinceridad. Según todas las investigaciones que conocemos, los hechos son exactos y puede asegurarse con fundamento, que el padre del autor, sino él mismo, lo que es más verosímil, fue procurador de Roma en Bélgica, y que a este observatorio llegaron en detalle las noticias y datos que de manera magistral utiliza, y que se hallan refrendados con la máxima calidad por todos los espurgos que han podido hacerse a lo largo de los siglos y que prueban de manera definitiva la exactitud material de los hechos. “En cuanto a su calor moral –dice Carlos Coloma–, Tácito pintó a los Germanos como Montaigne y Rousseau a los salvajes, en un acceso de mal humor contra su patria. Su libro es una sátira de las costumbres romanas, el arranque de un patriota filósofo que cree encontrar la virtud donde no halla ni la vergonzosa molicie, ni la depravación sabia de una sociedad decrépita. No se crea sin embargo que era todo falso, moralmente hablando, en esta obra inspirada por el enojo: la imaginación de Tácito es esencialmente robusta y veraz”, o, como dice Guizot en su Historia de la civilización en Francia, “cuando quiere simplemente describir las costumbres germanas, sin alusión al mundo romano, sin comparación, sin deducir de ellas ninguna consecuencia general, es admirable y se puede dar entero crédito no sólo al dibujo, sino al color del cuadro: nunca ha sido pintada la vida bárbara con más vigor y más verdad poética. Únicamente cuando le asalta la idea de Roma, cuando habla de los bárbaros para avergonzar a sus conciudadanos, es cuando su imaginación pierde su independencia, su natural sinceridad y derrama un color falso sobre sus cuadros.” Estas mismas fuerzas encontradas por los autores citados señalan, ponen de manifiesto, antes que aminoran, el vigor de los asertos de Tácito. Quizá uno de los valores perfectamente esenciales que animan la creación de Tácito, es este choque violento entre lo absolutamente real –los hechos– y su pensamiento íntimo, con respecto a su mundo y a su pueblo. ( 2 ) La primera de estas dos comarcas estaba situada desde el nacimiento del Danubio a la orilla del Rhin. La otra, a la derecha del primero de estos ríos, es parte de lo que luego formó los territorios de Hungría y Alemania. ( 3 ) Los Dacios son parte integrante de la gran familia de los Tracios y ocupaban las tierras al Norte del Danubio y al Este de la Germania, de la que estaban separadas por uno de los ramales de los Kárpatos. Al Norte de los Dacios estaban los Sarmatas, nación esclava que se extendía de un lado a lo largo del Vístula hasta el Báltico, y del otro hasta el Tanais y el Volga, ocupando lo que fue Polonia y buena parte de Rusia. ( 4 ) Sin duda se refiere al grupo de Dinamarca y Escandinavia. La deficiencia en los estudios geográficos que puede presumirse en la época, hacía que fuese señalado como una isla. ( 5 ) Alude a las incursiones de los hijastros de Augusto, Tiberio y Druso. ( 6 ) El nombre de esta montaña ha evolucionado y ahora se denomina Alienaiser Gelirge. Es parte integrante de la Selva Negra. ( 7 ) Denominación de que nace la de Teutones, con que se designa a los alemanes. ( 8 ) Vivían en las costa del mar Océano hasta la Jutlandia. Según Plinio pueden contarse entre ellos a los Cimbrios, Teutones y Caucos. Coloca a los Istevones cerca del Rhin y entre los Hermiones, los Suevos, Hermanduros, Catos y Querurcos. |
los Pueblos de la Germania
-II-
| III. También cuentan que hubo Hércules en esta tierra, y le dan el primer lugar entre los hombres de valor. Antes de entrar en las batallas, para animarse, cantan ciertos versos, cuyo son llaman bardito, por el cual adivinan qué suceso han de tener: porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde y resuena el escuadrón: y esto en ellos es más indicio de valor que armonía de voces. Desean y procuran con cuidado un son áspero y espantable, y para ello ponen los escudos delante de la boca para que, detenida la voz, se hinche y levante más. Piensan algunos que Ulises en su larga y fabulosa navegación, en que anduvo vagando, llegó a este Océano, y que entró en Germania, y que fundó en ella a Asciburgio ( 1 ), lugar asentado a la ribera del Rhin, y habitado hoy día, al cual llamó A’ σχιπδτωυ ( 2 ): y que en tiempos pasados se hallé allí un altar consagrado a Ulises, en que también estaba escrito el nombre de Laertes, su padre. Y que en los confines de Germania y Retia se ven hoy día letras griegas en monumentos y sepulcros. Pero no quiero confirmar esto con argumentos, ni menos refutado; cada cual crea o no crea lo que quisiere, conforme a su ingenio. IV. Yo soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se juntaron en casamientos con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos, sin parecerse a sí mismos. De donde procede que un número tan grande de gente tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes solamente para el primer ímpetu. No tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y obras de él; no son sufridores de calor y sed, pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la aspereza e inclemencia de tal suelo y cielo. Cayo Cornelio Tácito. ( Párrafo Extractado de su Libro "De las Costumbres, Sitios y Pueblos de la Germania -III y IV- ). Notas ( 1 ) Asburgo, en el Rhin. ( 2 ) Denominación griega de Asciburgio. |