Reforma al Estatuto Provisorio
del Supremo Gobierno de la
Suprema Potestad Executiva
|
Artículo 1° - La Asamblea General ordena que en la persona en quien se concentrase la Suprema Potestad Executiva recaigan todas las facultades y preeminencias acordadas al Supremo Gobierno por el Estatuto de 27 de febrero de 1813, y demás Decretos posteriores. Artículo 2° - Ella será distinguida con la denominación de Director Supremo de las Provincias unidas: tendrá el tratamiento de Excelencia y la escolta competente. Artículo 3° - Llevará una banda bicolor, blanca al centro, y azul a los costados, terminada en una borla de oro, como distintivo de su elevada representación. Artículo 4° - Residirá en la Fortaleza de esta Capital, y la duración de su cargo será el de dos años. Artículo 5° - En caso de muerte, renuncia o absoluta imposibilidad del Supremo Director para continuar en el Gobierno, se procederá a la elección del que deba sucederle. Artículo 6° - Disfrutará de una pensión competente que baste a sostener el decoro de las Suprema Autoridad. Del Consejo de Estado Artículo 7° - La prudencia, sabiduría y acierto que deben presidir a todas las deliberaciones del gobierno, y hacer la felicidad de las Provincias de su mando, exigen la creación de un Consejo de Estado qual por este decreto se establece compuesto de nueve vocales, incluso el Presidente y Secretario, facultándose al Supremo Director para que pueda nombrar por sí dos supernumerarios para el Consejo, siempre que por las circunstancias la halle convenir al mejor servicio del Estado. Artículo 8° - En las enfermedades graves que impidan al Supremo Director el desempeño de sus funciones, suplirá el Presidente del Consejo con las mismas facultades y preeminencias; por lo tanto, su nombramiento se hará siempre por el Poder Legislativo, y el del Secretario y demás Consejeros por el Supremo Director. Artículo 9° - El Presidente y Secretario, continuarán en el desempeño de sus respectivas funciones por todo el tiempo de su duración en el Consejo. Artículo 10° - Los Secretarios del despacho universal se considerarán Consejeros natos, e integrarán el número designado en el artículo 7°. Artículo 11° - Cada dos años cesarán los Consejeros, los de primera creación, por orden de posterioridad en sus nombramientos, y por el orden inverso los que fueren sucesivamente provistos; pueden ser reelegidos si interesa al bien de la Patria. Artículo 12° - No son comprendidos en el artículo anterior los Secretarios de Estado. Artículo 13° - Las obligaciones y facultades del Consejo consistirán en abrir al Supremo Director los dictámenes que tubiere a bien pedirles en los negocios de mayor gravedad, y elevar a su consideración aquellos proyectos que concibiere de utilidad y conveniencia del Estado. Artículo 14° - El Supremo Director deberá consultar indefectiblemente con su Consejo sobre las negociaciones que hubiere entablado de paz, guerra y comercio con las Cortes extrangeras. Artículo 15° - Jurarán los Consejeros en manos del Supremo Director al ingreso de sus respectivas plazas ser fieles a la Patria, sacrificar sus desvelos a su felicidad, aconsejar al Supremo Gobierno con sabiduría y justicia, y guardar secreto inviolable sobre los negocios de su inspección. Artículo 16° - Cinco miembros formarán Consejo: sus deliberaciones se sentarán en un Libro, firmadas por los presentes. El que tubiere opinión especial podrá estamparla en el mismo Libro. Artículo 17° - El Presidente llevará la voz, y hará guardar el Reglamento de su interior economía que formará al mismo Consejo con aprobación del Supremo Director. Artículo 18° - Se reunirán dos días a la semana, o más si fueren convocados por el Supremo Director, o lo exigiere la urgencia de los negocios. Artículo 19° - El Consejo tendrá el tratamiento de Señoría y sus individuos el de Vmd. llano. En las asistencias públicas acompañará al Supremo Director prefiriendo a las demás Autoridades. Artículo 20° - Ocuparán los Secretarios de Estado los asientos inmediatos al del Presidente, y los demás los que correspondan a su antigüedad. Artículo 21° - Por ausencia del Presidente, deverá la voz el más antiguo. Ningún Consejero podrá ausentarse a distancia de cinco leguas sin licencia del Supremo Director, ni a menos sin aviso al Presidente. Artículo 22° - Disfrutará de una pensión competente. Firmado: Valentín Gómez, Presidente.- Hipólito Vieytes, Secretario. |
Epocas de algunos Acontecimientos Importantes,
según Ruy Díaz de Guzmán
|
En 1493, Américo Vespucio sale de Lisboa para las Indias, y Cristóbal Colón vuelve a España de sus descubrimientos. En 1494 (7 de Junio), se celebra entre las coronas de España y Portugal el tratado de Tordesillas, para demarcar los límites de sus posesiones en América. En 1503, el Rey don Manuel, de Portugal, hace el primer reparto de tierras en las costas del Brasil. En 1506, don Martín Alfonso de Souza puebla San Vicente. En 1512, Juan Díaz de Solís, piloto mayor del rey, sale de España para las Indias. En 1519 (20 de setiembre), Hernando de Magallanes sale del puerto de San Lúcar. En 1520 (31 de Marzo), Magallanes descubre el Río de la Plata, y el estrecho que lleva su nombre. En 1526, cuatro portugueses, por orden de don Martín Alfonso de Souza, salen de San Vicente, para descubrir las tierras hacia el Paraná. En 1530, Sebastián Gaboto, o más bien Caboto, sale de la bahía de Cádiz, para el Río de la Plata. En 1532, Siripo, cacique de los Timbús, hace morir por celos a Sebastián Hurtado y a su mujer Lucía Miranda. En 1533, Caboto vuelve a España. En 1534, los españoles pelean por primera vez con los portugueses en el nuevo mundo, cerca de la villa de San Vicente. En 1535 (14 de agosto), don Pedro de Mendoza sale del puerto de San Lúcar para el Río de la Plata. En 1536, D. Pedro de Mendoza funda la ciudad de Buenos Aires. En 1537 (12 de Febrero), don Juan de Oyolas llega a Nuestra Señora de Candelaria. En 1537, don Francisco Ruiz, que había quedado de lugar teniente de don Pedro de Mendoza en Buenos Aires, se le reúne en Corpus. En 1537, los compañeros de don Pedro de Mendoza, que le sobreviven, llegan a España. En 1537 (12 de setiembre), Carlos V arregla el modo de reemplazar los gobernadores del Río de la Plata. En 1538 (3 de Febrero), Simon Jacque y Diego de Abreu derrotan a los indios, cerca del fuerte del Corpus. En 1538, Domingo Martínez de Irala derrota a los Payaguás, en una isla cerca del puerto de San Fernando. En 1533, Domingo Martínez de Irala es elegido Capitán General en la Asumpción, en lugar de Juan de Oyolas. En 1539, los pueblos de Ibitirucuy, Tebicuarí, y Mondás se levantan contra los españoles. En 1540, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca sale del puerto de San Lúcar. En 1541, Cabeza de Vaca entra a la Asumpción. En 1541 (24 de Julio), Alonso Riquelme de Guzmán obtiene una victoria sobre los indios de Taberé. En 1541 (13 de Diciembre), Cabeza de Vaca sale de la Asumpción en busca de minerales. En 1542, Cabeza de Vaca derrota a los Yapirús, y somete a los Mongolás. En 1543 (15 de Agosto), Domingo Martínez de Irala es proclamado Capitán General en la Asumpción. En 1543, Diego de Almagro es derrotado, y hecho prisionero en Chupas. En 1544, Cabeza de Vaca sale procesado para España. En 1545, Domingo de Irala se ocupa de aquietar los alborotos pasados. En 1546, el mismo emprende, con cerca de 4000 hombres, una expedición al Perú. En 1548, Alonso Riquelme de Guzmán sale de la Asumpción para ir a dar cuenta a España de la elección de Abreu. En 1548, el Presidente de la Gasca derrota a Gonzalo Pizarro en la batalla de Xaqui-xaguana. En 1549, la expedición de Irala al Perú regresa a la Asumpción. En 1550, Juan Núñez de Prado, por orden del Presidente de la Gasca, emprende la conquista de Tucumán. En 1550, Domingo de Irala hace otra expedición al Perú. En 1552, la expedición del Adelantado Juan de Sanabria sale del puerto de San Lúcar. En 1553, Hernando de Tejo funda el pueblo de San Francisco, en la costa del Brasil. En 1554, el capitán García Rodríguez de Vergara sale de la Asumpción, para fundar la primera población al Este del Paraná. En 1555, don Fray Pedro de la Torre, primer Obispo del Paraguay, llega a la Asumpción, la víspera de Ramos. En 1556, el capitán Pedro de Segura sale de la Asumpción, para reemplazar en el mando de la villa de Ontiveros al capitán Vergara. En 1557, el capitán Rui Díaz Melgarejo funda, en la Guayra, la Ciudad Real, tres leguas arriba de Ontiveros. En 1557, Nuflo de Chaves sale para los Jarayes. En 1557 (1 de noviembre), los Guatos sorprenden, cerca de la laguna de Aracay, a la gente de Nuflo de Chaves, y la destrozan. En 1557 (29 de Julio), la expedición de Nuflo de Chaves llega al puerto de los Perabazanes. En 1557, Nuflo de Chaves sale del puerto de los Perabazanes, a fin de Agosto. En 1558 (22 de julio), Francisco Ortiz de Vergara es elegido Gobernador, Capitán General y Justicia de la Asumpción. En 1559, el Gobernador Vergara sale de la Asumpción, para escarmentar a los indios. En 1560, (3 de Mayo), los indios presentan la batalla al Gobernador Vergara, y los españoles los derrotan. En 1561, comienza la guerra en la Guayra, para someter a los indios. En 1563, Alonso de Riquelme es nombrado Gobernador de la Guayra. En 1564, sale de la Asumpción el Gobernador Francisco de Vergara, con un gran séquito de españoles y de indios, para la provincia de Santa Cruz de la Sierra. En 1565, el Gobernador Francisco de Vergara, acompañado del Obispo la Torre, entra al Perú. En 1566, Diego de Heredia y Versocana prende a Francisco de Aguirre, Gobernador de Tucumán, en los altos de Aguirre, cerca de Santiago. En 1568 (12 de noviembre), Felipe de Cáceres obtiene una gran victoria sobre los indios Payaguás y Guarapayos. En 1569, Felipe de Cáceres entra a la Asumpción, y toma posesión del mando. En 1569, vuelve a alterarse la paz de que disfrutaba la Guayra. En 1569, el capitán Alonso Riquelme, depuesto del gobierno de la Guayra por una insurrección, se pone en camino para volver a la Asumpción. En 1570, Felipe de Cáceres sale de la Asumpción para ir a reconocer la boca del Río de la Plata. En 1572, los partidarios del Obispo prenden en la iglesia al General Felipe de Cáceres, y lo echan en un calabozo. En 1573, Juan de Garay sale de la ciudad de la Asumpción, para fundar una población en Sancti Spiritus, o donde más convenía. En 1573, día de San Jerónimo, Juan de Garay funda la ciudad de Santa Fe; y en el mismo día se echan los cimientos de la de Córdoba. En 1575 (22 de Octubre), el Gobernador Juan Ortiz de Zárate, revoca las mercedes dadas por el intruso Martín Suárez de Toledo. En 1605, una expedición, salida de Buenos Aires, en busca de la Ciudad de los Césares, descubre la Bahía sin Fondo. Ruy Díaz de Guzmán. ( Extractado de su Obra “Historia argentina del descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de la Plata”- 1612 ). |
|
Era una mañana del mes de Mayo, mes de primavera, en el otro hemisferio, cuando descubrimos las colinas de Andalucía, dulces al ojo, como las modulaciones de la Cachucha, y más dulces para los ingleses, pues a sus plantas corren las aguas del Trafalgar, ingratas aguas, que vieron subir las llamas en que ardió el estandarte dorado, que Albión no pudo envolver al cuerno de su orgulloso caballo. El viento salía con vehemencia del Mediterráneo: pero nuestra embarcación no se arredró por eso. Esta feliz contrariedad nos procuró más bien el gusto de acercarnos y saludar, en una mañana, cuatro veces al África y cuatro a la Europa. A las 12 del día estábamos a un cuarto de milla de Gibraltar. La bandera de Albión, no diré flameaba, pues había sobrevenido calma, sino dormía, al pie de la roca de Calpe, anunciando modestamente el derecho británico, fundado en trescientas piezas de artillería. Enfrente, la linda Algeciras, parecía mirarse coquetamente en las cristalinas aguas del Mediterráneo y al Mediodía, la memorable Ceuta, este pedazo de España-Africana, parecía jurar venganza al pedazo de Britania-Española. Dos días después de perder de vista la tierra de mis antecesores, divisé a pocas millas de distancia las montañas de Tolón; yo no puedo negar un saludo respetuoso a esta especie de Parnaso guerrero que dio inspiraciones, en su juventud, a dos hombres que más tarde influyeron en la suerte de ambos mundos. Napoleón y San Martín, como se sabe, ensayaron sus talentos militares en presencia de Tolón. En la mañana siguiente, preguntando al capitán, qué montañas eran las que teníamos a la vista: -Los Apeninos, me contestó. Hoy deberemos desembarcar en Italia. Voy a copiar literalmente las expresiones que escribía en presencia de los objetos mismos. Esta prueba no es poco atrevida de mi parte; pero es el único, o a lo menos el más perfecto medio de que el viajero americano pueda valerse para darse cuenta exacta de sus primeras sensaciones de Europa. «Las siete y media de la tarde. El sol acaba de ponerse detrás de las montañas de Génova. Dentro de una hora estará fondeado el Edén. Desde las cuatro de la tarde recorro la parte de Oriente de la ribera de Génova; y la capital ostenta ya sus torres. Yo he soñado locuras doradas, pero nunca una cosa semejante a lo que veo. Todas las pendientes de las montañas están sembradas de brillantes edificios; templos y palacios en lo alto de elevadísimas rocas, parecen edificados en el aire. No es instante de describir; las impresiones son demasiado vivas. Doy por bien empleado cuanto he padecido en la navegación. Voy a tomar el último mate en el mar. ... . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...... ... ... ... ... ... ... ... ... ... «A las oraciones, esto es, a las 8 y media de la tarde, estaba fondeado el Edén. »A una persona venida de una capital europea, mis impresiones darían risa quizás; a un americano del sud, muy lejos de eso. »Mi entusiasmo es el de un hombre de 20 años; me considero renacido. ¡Cuánto me sonríe lo que me rodea en un instante tan nuevo para mí! »A doscientas varas del punto en que estoy, a la luz de una mitad de la hermosa luna de Italia, distingo el palacio del príncipe Doria, donde Napoleón durmió muchas noches. »Ahora poco, el aire resonaba con el estruendo de quinientas campanas. »El bullicio de la capital es asombroso. «»La bahía es un cerco, un anfiteatro dentro del cual están las embarcaciones apiñadas como en un artillero. »En presencia de las montañas, cuyas pendientes enseñan muchas calles iluminadas de Génova, todos los objetos aparecen microscópicos. Los palacios aparecen, como casas comunes de las nuestras; y los edificios de siete y ocho pisos, como esos juguetitos de madera, que nos llevan los pacotilleros franceses para los niños. «Distingo los faroles de los coches, que corren por lugares al parecer inaccesibles. Una ciudad en la pendiente de un cerro; ¡qué maravilloso espectáculo! »Donde quiera que los ojos caen, tropiezan con soberbios edificios, blanqueados por la luz de la luna. »¡Qué nuevo es para un americano del Sud, el espectáculo de una capital europea! Pero qué viejo, el repetir esta frase que nada dice al que no contempla los objetos. ¿No sería útil y agradable, para el lector americano, el encontrar un libro que contuviese la expresión ingenua y candorosa de las impresiones que experimenta el que por primera vez visita uno de estos pueblos? Yo creo que sí; y algo de esto me atrevo a ensayar, aunque la tentativa me cueste un poco de mi crédito de hombre frío, ante los ojos de las gentes de juicio y de mundo. Considero que un americano probaría más sensatez revelando, a expensas de su amor propio, la verdad de sus emociones, que no ostentando una indiferencia mentida unas veces, y otras, exhalándose en vagas generalidades, que nada dicen al que las escucha a tres mil leguas de la situación de los objetos. »Bajo cubierta, en la cámara, soy capaz de coordinar mis ideas; me creo en alta mar, olvido los objetos nuevos. Pero cuando subo, y me encaro con el cielo de la Italia, la hermosa luna, los millares de luces artificiales, los edificios y monumentos que resplandecen en mi alrededor, creo que veo alzado el telón de un palco escénico en vez de una ciudad existente, y sucumbo a las emociones del teatro fantástico. »¡Oh! Esta noche, es nueva y solemne; yo debo abundar en su descripción. »Pero no, yo debo ver, voy a ver, a sentir; no deseo escribir. Subo a cubierta.» Al día siguiente, después que había dado algunas vueltas por las calles de la ciudad de mármol, escribía mis notas: »¡Cómo describir a Génova! Esta ciudad-parque; esta capital-jardín! .. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...... ... ... ... ... ... ... ... ... ... »Oh, Italia, en tus ciudades está tu poesía, no en tus poetas, tú no escribes; haces la poesía. -Tú misma eres un poema arquitectónico, si así puedo expresarme. Sólo el daguerreotipo, puede decir con fidelidad cómo es tu belleza muerta. En cuanto a tu hermosura viva, sólo los ojos». ¿Qué razón he tenido, se me preguntará, quizás, para visitar los Estados sardos, con preferencia a la deliciosa Nápoles, la poética Toscana, la sublime y desmantelada Roma, y la misteriosa Venecia? Poco me costará dar satisfacción a esta curiosidad natural. Si yo hubiera ido a Italia en busca de placeres, me habría dirigido indudablemente a Nápoles o Venecia. La admiración por el pasado esplendor de Roma, y sus soberbias actuales ruinas, me habría encaminado a la capital de los Estados Papales. Pero yo era atraído en este viaje, por la curiosidad de conocer la Italia que más roce y comercio tiene con América Meridional; y el estado actual de la jurisprudencia, en el país nativo, por decirlo así, del derecho civil por excelencia. Tampoco era el lado científico y dogmático del derecho, el que excitaban mi curiosidad, pues en este caso me habría dirigido a Florencia y Pisa, sino el derecho en acción, puesto en juego y constituido en código. Bajo este aspecto, a nadie se oculta que los Estados sardos llevan una desmedida ventaja a los otros Estados de la Italia moderna y contemporánea. Juan Bautista Alberdi. ( Extractado de su Libro “Viajes y Descripciones" ). |
|
Por donde quiera que se venga a Tucumán, el extranjero sabe cuándo ha pisado su territorio sin que nadie se lo diga. El cielo, el aire, la tierra, las plantas, todo es nuevo y diferente de lo que se ha acabado de ver. Semejante originalidad no podía conservar Tucumán siendo muy grande. Así es que, toda su extensión territorial no pasa de 60 leguas de N. a S. y 50 de E. a O. Algo distante de la áspera falda de los Andes, está vecino a una ramificación que se desprende de aquella gran cadena de montañas, la cual extendiéndose longitudinalmente por el costado occidental de la Provincia, da origen a 24 ríos que con un gran número de arroyos, manantiales y acequias, fertilizan abundantemente todo su territorio. Fundose el pueblo de Tucumán a las orillas del Sali, o río del pueblo, que algunos accidentes naturales alejaron a una legua de la ciudad. El espacio abandonado sucesivamente de las aguas, se ha cubierto de la más fecunda y grata vegetación, de manera, que puesto uno sobre las orillas de la elevación en que está el pueblo, ve abierto bajo sus pies un vasto y azulado océano de bosques y prados que se dilata hacia el oriente hasta perderse de vista. Este cuadro que se abre a la vista oriental de Tucumán, de un carácter risueño y gracioso contrasta admirablemente con la parte occidental que, por el contrario, presenta un aspecto grandioso y sublime. Son encantadores los contornos del pueblo; alegría y abundancia no más se ve en los lugares donde en las grandes ciudades no hay más que indigencia y lágrimas. No es el pobre de Tucumán como el pobre de Europa. Habita una pequeña casa más sana que elegante, cuyo techo es de paja olorosa. Un vasto y alegre patio la rodea, que jamás carece de árboles frutales, de un jardín y un gran número de aves domésticas. A la vista de estas moradas felices, se abren los más amenos y risueños prados limitados por bosques de poleo más amenos y gratos todavía. Unas y otras son fertilizadas por acequias abundantes, cuya alegre vista, no revive menos nuestras almas que las plantas. No puede visitarse estos sitios en la hora de ponerse el sol, sin sentirse enajenado y lleno de recuerdos y esperanzas inmortales. Después que el sol se pierde detrás de las montañas occidentales, todavía las montaña del norte conservan en sus cumbres los últimos rayos de luz. Este cuadro nos recuerda la mañana del día, así como la agonía del anciano nos trae a la memoria la mañana de su vida. Recorriendo aquellas cercanías vi que los carpinteros de Tucumán no trabajan a la sombra destemplada de largos y tristes salones. La vasta y húmeda copa de un árbol les ampara de los rayos del sol, pero no le impide tender la vista por las delicias que le circundan. Mil pájaros libres y domésticos cantan en torno suyo. Perfume de cedro y arrayan arrojan sus manos que casi no tocan otras maderas. Una de las bellezas que arrebatan la atención del que llega a Tucumán son las faldas de las montañas San Javier. Sobre unas vastas y limpias sábanas de varios colores se ve brillar a la izquierda un convento de Jesuitas que parece que estuviera suspendido en el aire. Sigue al norte la falda de San Pablo, cuyo declive rápido deja percibir el principio Y fin de unas islas de altísimos laureles que lucen sobre un fondo azulado. Una vez penetré los bosques que quedan al occidente del pueblo por una calle estrecha de cedros y cebiles de 15 cuadras, al cabo de la cual, abriose repentinamente a mis ojos una vasta plaza de figura irregular. Este lugar es la Yerba Buena. Es limitado en casi todas direcciones por los lados redondeados de muchas islas de laureles, por entre los cuales a veces pasa la vista a detenerse a lo lejos en otros bosques y prados azules. Al oeste es coronado el cuadro por las montañas cuyas amenas y umbrosas faldas principian en el campo mismo. Quise penetrar esta floresta. No fui más sorprendido al ver la pintura que hizo el cantor de Edén, de la entrada del Paraíso. Unos laureles frondosos extendieron primeramente sus copas sobre nuestras cabezas. Un arroyo tímido y dulce se hizo cargo de nuestra dirección. Semejante guía no podía conducirnos mal. Adornaban sus orillas unos bosquecitos de una vara de alto de mirto, cuyas brillantes y odorífícas hojas lucían sobre un ramaje de una limpieza y blancura metálica. Poco a poco nos vimos toldados de una espléndida bóveda de laureles, que reposaba sobre columnas distantes entre sí. Me pasmaba la audacia de aquellos gigantescos árboles que parecía que pretendían ocultar sus cimas en los espacios del cielo. Bajo este otro mundo de gloria se levantan a poca altura con increíble gracia, mil bosquecillos de mirto de todas edades, lo que me representó a las musas bajo el amparo de los héroes. Un dulce y oloroso céfiro agitaba el cielo de laureles y descendiendo sobre nuestras cabezas vulgares una lluvia gloriosa de sus hojas, usurpábamos inocentemente un derecho de Belgrano y de Rossini. Como en las obras maestras de arquitectura, nuestras palabras se propagaban, o como si las musas imitadoras nos las arrebataran para repetirlas en el seno de los bosques. Hallamos una colmena en el tronco de un árbol. Hachose el tronco, bamboleó el árbol, declinó con majestad, y acelerando progresivamente su movimiento, tomó por delante otros árboles menores y se precipitó con ellos con un estrépito tan sublime y pavoroso como el de un templo que se hunde. Pero las ruinas del palacio natural, no así como los del hombre, arrojaron perfumes deliciosos. Al tomar mi caballo quise apartar un lazo de flores que caía sobre el estribo, y alzando los ojos vi, suspendida en él, una bala de miel que no quise tocar. ¡Cuánto más hubiera venerado la divinidad el que cantó la pérdida del primer hombre, si hubiera sabido que las maravillas que él miraba como ricas creaciones de su ingenio, no eran sino cosas muy pobres respecto de las que muy positivamente derramó allí la mano poderosa! Uno de los mayores prodigios de aquellos objetos, y que escapa de la pluma más delicada, es un cierto arreglo y distribución maravillosa que nuestra triste geometría llama desorden, sin embargo que de él nace aquel manantial inagotable de bellezas que no deja que uno acabe de ser sorprendido jamás por una variedad de objetos tan ilimitada y vasta como la naturaleza. No me parece que sería impropiedad llamar al monte que decora el occidente de Tucumán, el Parnaso Argentino; y me atrevo a creer que nuestros jóvenes poetas, no pueden decir que han terminado sus estudios líricos, sin conocer aquella incomparable hermosura. A lo menos existe la misma razón que indujo a los griegos a poner la morada de las musas en el Parnaso, pues que el monte de San Javier es una fuente no menos fecunda de inspiraciones, de sentimientos y de imágenes poéticas. Sea que se contemple su perspectiva total desde el pueblo, sea que se recorran sus faldas o sus cumbres, cada día, cada hora, cada momento presenta cuadros tan nuevos y únicos como sublimes y bellos. Una nube flotando a lo largo de las montañas en la hora del occidente del Sol, produce en su dorado curso cuantas bellezas y caprichos es capaz de producir la imaginación más rica y más loca del mundo. Si desde la cumbre vuelve uno los ojos al oriente, todo el territorio de Tucumán queda bajo sus pies como un palmo de tierra, los ríos como cintas de raso blanco, y la ciudad como un pequeño damero. Vuélvense los ojos al poniente, y queda uno con el cerro que tiene bajo sus pies como un pigmeo miserable, delante del Aconquija cuya eminencia sólo es posible admirar desde la cumbre de los otros cerros. Allí no hay más monotonía que la de la variedad. Cada paso nos pone en nueva escena. Un aire puro y balsámico enajena los sentidos. No hay planta que no sea fragante, porque hasta la tierra parece que lo es. Los pies no pisan sino azucenas y lirios. Propáganse lenta y confusamente por las concavidades de los cerros, los cantos originales de las aves, el ruido de las cascadas y torrentes. Repentinamente queda envuelto uno en el seno oscuro de una nube y oye reventar los truenos bajo sus pies y sobre su cabeza y se encuentra envuelto en rayos, hasta que impensadamente queda de nuevo en medio de la luz y la alegría. Ruego a los que crean que yo pondero mucho, se tomen la molestia de leer un escrito sobre Sud América, que el capitán Andrews publicó en Londres en 1827. Advirtiendo que el testimonio de este viajero debe ser tanto menos sospechoso cuanto que pocos países le eran desconocidos, y que su carácter no dio motivo para creer que fuera capaz de mentir por mero gusto. Y adviértase que los juicios de Mr. Andrews no son como los míos, sino que son comparativos. No dice como yo, que Tucumán es bellísima, sino que dice «que en punto a grandeza y sublimidad, la naturaleza de Tucumán no tiene superior en la tierra»; «que Tucumán es el jardín del Universo». Yo me dispenso de citar más a Mr. Andrews porque todo su artículo relativo a Tucumán se compone de expresiones semejantes; y para que no se me tache de parcial creo que aquellas pocas palabras son suficientes. Juan Bautista Alberdi. ( Extractado de su Libro “Viajes y Descripciones" ). |
Calidades y Condiciones más características
de los Indios Pampas y Aucaces
- 1° Parte -
|
Primeramente, son de estatura, por lo regular, dichos indios mediana, de cuerpo robusto, la cara ancha y abultada, la boca mediana, la nariz roma, los ojos pardos, y sanguinolentos, la frente angosta, los cabellos lacios y gruesos, la cabeza por atrás chata. Su vestimenta se compone de muchos cueritos de zorrillos, pedazos de león, y otros de venado, los que van ingiriendo, y hacen uno de dos y media varas de largo, que le llaman guavaloca, y nosotros quiapí, con lo que se cubren desde el pescuezo hasta los tobillos, fajándose por la cintura con una soga de cuero de potro, y cuando tienen frío o llueve, lo alzan y quedan tapados. Las indias gastan quiapí, lo mismo que los indios, con la diferencia de que no lo atan por la cintura, sino por el pescuezo, que lo apuntan con unos punzones de fierro pequeños, teniendo las cabezas de ellos como espejos de plata o de hoja de lata, y desde la cintura un tapa-rabo corto, a medio muslo por delante. Gastan y quieren mucho los abalorios, cuentas de cualesquiera calidad y cascabeles, con los que hacen gargantillas en pescuezo, muñecas y piernas, tanto las mujeres como los indios. Su comida se reduce a comer yegua, caballo, avestruces, venado y cuanto animal encuentran, pero lo que más apetecen es la yegua, y si se ven afligidos, la comen cruda. Principalmente procuran para almorzar cazar un venado, y apenas lo bolean (pues es su modo de cazar), le agarran de las piernas y le dan contra el suelo un golpe, y dándole un puñetazo en cada costillar, lo degüellan, no permitiendo que le salga sangre alguna, sino que se le vaya introduciendo todo por el garguero, y medio vivo lo abren por entre las piernas, cosa que quepa la mano, y echándole fuera todas las tripas, sacan la asadura entera y se la comen como si estuviera bien guisada, sorbiéndose el cuajo, como si fuera un pocillo de chocolate. El sebo, panza y lebrillo de la vaca lo comen crudo y gustan mucho de ello, de suerte que cuando hacen invasión en nuestras fronteras, no son sentidos, porque como no necesitan de fuego para comer, se introducen con facilidad. Son sumamente viciosos en toda clase de vicio; son grandes fumadores; el aguardiente lo beben como agua, hasta que se privan enteramente; beben mucho mate, y luego se comen la yerba, y con la bebida se acuerdan de todos los agravios que han recibido ellos y sus antepasados, las peleas que han tenido y las invasiones que han hecho; todo lo cantan y otros lloran, que es una confusión oírlos. Luego que se levantan de mañana se van al río o laguna que tienen más inmediata, y se echan unos a los otros gran porción de agua en la cabeza, con lo que se retiran a dormir. Sus armas, de que usan, son lanzas y bolas, en lo que son muy diestros, y tienen sus coletos y sombreros de cuero de toro, que con dificultad le entra la lanza, y ésta ha de ser de punta de espada: algunos usan cota de malla, pues se contaron hasta nueve. Entre ellos su modo de insultar es al aclarar el día, guardando un gran silencio en su caminata, pues si se les ofrece parar por algún acontecimiento, con un suave silbido para todos, que no se llega a percibir aun entre ellos rumor alguno, y llegando a vista del paraje que van a invadir, pican sus caballos, y a todo correr, metiendo grande estrépito y algazara, no usando formación alguna sino que cada cual va por donde quiere. En cuanto al despojo, el que más encuentra ése más lleva, y al retirarse, llevando la presa, aunque maten a sus mejores amigos o parientes, no vuelven a defenderlos, sino que cada uno procura caminar sin aguardarse unos a los otros, llevando a las indias con ellos para que éstas se hagan dueñas de las poblaciones que invaden, y roben lo que pudieren, mientras ellos pelean.
|