Cómo los Indios

 preparaban sus Caballos

     "Cuando regresaban a las tolderías, luego de un malón, los indios apartaban los caballos robados y los soltaban en el monte a pastorear; después los sometían al más duro aprendizaje para seleccionar los mejores. Ensillados, al salir el sol, los hacían galopar velozmente por terrenos difíciles -hondonadas, médanos o zonas pantanosas- hasta agotarlos. A continuación los ataban a un poste y los dejaban sin comer ni beber durante un día. Los caballos que resistían estas pruebas se volvían tan dóciles como infatigables y podían secundar eficazmente al indio en sus invasiones".

( Párrafo extractado de la obra  "Descripción de la Patagonia",

 de Tomás Falkner ).

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Cayetano Alberto Silva,

 Autor de la Marcha de San Lorenzo

     El autor de la MARCHA DE SAN LORENZO nació el 7 de agosto de 1868 en San Carlos, República Oriental del Uruguay. Era hijo de Natalia Silva, esclava de la familia que le dió el apellido. Inició sus estudios de música con el maestro Rinaldi, en la Banda Popular de San Carlos.

     Desde muy joven Cayetano Silva mostró su inclinación por la música. En 1879 ingresó a la Escuela de Artes y Oficios, donde estudió solfeo, corno y violín.

     Más tarde, ya en Argentina, fue nombrado maestro de la Banda del Regimiento 7 de Línea de Rosario el 1° de febrero de 1894. Secasa el 14 de julio de dicho año con Filomena Santanelli. Tuvieron 8 hijos.

     En mayo de 1898 Silva se trasladó a Venado Tuerto, población ubicada al sur de Rosario, contratado por la Sociedad Italiana del lugar. Allí compuso, el 8 de julio de 1901, la música de nuestra MARCHA DE SAN LORENZO, cuya letra fue compuesta por Carlos J. Benielli. Esta marcha fue declarada oficial por el Ejército Argentino el 30 de octubre de 1902, tras haber sido ejecutada en el acto de inauguración del Monumento al General San Martín en la Ciudad de Santa Fe, que contó con la presencia del Presidente Julio Argentino Roca. Esta maravillosa composición ha trascendido los límites de nuestro país, siendo incorporada al repertorio de las bandas militares de otros estados (Alemania, Uruguay, Brasil, Polonia y Gran Bretaña, entre otros). Durante la II Guerra Mundial el Ejército Alemán hizo su ingreso triunfal en París (mayo 1940) bajo los acordes de la MARCHA DE SAN LORENZO. La misma también se ejecuta cuando se suceden los cambios de guardia del Palacio de Buckingham (Inglaterra). Por otra parte, ha sido utilizada como fondo musical en varias películas.

     Cayetano Silva fue autor, así mismo, de otras marchas. Entre ellas tenemos la MARCHA DE CURUPAITY (1906), inspirada en la Guerra del Paraguay, y la MARCHA DE SAN GENARO, en honor de esta población (también próxima a Rosario) que lo recibió cordialmente.

     Cayetano Silva murió el 12 de enero de 1920 en Rosario. Sus restos se hallaban en el Cementerio El Salvador de la mencionada ciudad pero que en 1997 fueron trasladados al Cementerio Municipal de Venado Tuerto a través de gestiones efectuadas por la Asociación Amigos de la Casa Histórica "Cayetano A. Silva" de esa localidad.

Javier Etcheverry.

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Los Hombres de Bs. As. en la

 Opinión de un Viajero, en 1826

     "Algunos viajeros que han recorrido el Río de la Plata dicen que los habitantes de una provincia raramente se expresan bien de los de la otra provincia vecina y que por lo común se regalan unos a otros con la calificación de 'mala gente'. Pero todos coinciden en su mala voluntad contra los hombres de Buenos Aires. Este no es un sentimiento antinatural; existe entre otras razones, la siguiente: las provincias interiores, no teniendo que temer ahora ninguna invasión, no obtienen sin embargo de Buenos Aires protección alguna; entre tanto los hombres de Buenos Aires, al obligar a los barcos que navegan en uno u otro sentido en el Río de la Plata, a detenerse en su puerto y a pagar un derecho, virtualmente obligan a las provincias internas a pagar un tributo. De tal suerte, Buenos Aires se ha enriquecido comparativamente y las otras provincias se han empobrecido".

Extractado del libro de J. A. P. Beaumont,

 "Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y

la Banda Oriental (1826-1827).

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La Ciudad de Corrientes

 a Principios del Siglo XIX.

 Nombre y Descripción

     La ciudad de Corrientes, lindamente situada en una eminencia del terreno y sobre una punta que se interna en el agua, queda en la confluencia de los dos ríos (el Paraná y el Paraguay) (1), y ofrece una hermosa vista de todo el panorama, incluyendo la orilla opuesta del Gran Chaco. Una barranca abrupta, hacia esa lado de la ciudad, llamada Punta de San Sebastián, se levanta muy alto a pique sobre el río y de allí se abarca un horizonte más dilatado. Hay en esta punta una batería con tres o cuatro cañones que dominan el paso principal del río, y una guardia permanente de dos soldados o centinelas. La punta misma, desde el río, resulta muy pintoresca.

     El verdadero nombre de la ciudad es San Juan de las Siete Corrientes (2) y se llama así por el número de corrientes que se forman en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná. Parece singular que la ciudad no haya conservado su nombre originario de San Juan y sea conocida por el agregado de "Corrientes". Tiene de cinco a seis mil habitantes y como todas las ciudades españolas (de América) está formada por calles que se cortan en ángulo recto. Cuenta con algunas buenas iglesias y en una o dos de las calles principales hay varias casas de familia, grandes y cómodas, habitadas por los magnates del lugar. La plaza mayor parece inconclusa y allí se encuentran la municipalidad y la cárcel pública. Las calles son miserables, sin pavimento y con suelo de arena y fango. En cuanto a las viviendas de gente pobre, tienen muy ruin aspecto; muchas de ellas no pasan de simples chozas o cobertizos. Y sin embargo, los numerosos jardines poblados de árboles, arbustos y flores que en profusa variedad parecen disputarse el terreno con las casas mismas, prestan a la ciudad una apariencia pintoresca que no puede quitarle la pobreza de las viviendas. El puerto está formado únicamente por la margen natural del río, a la que pueden abordar embarcaciones de cien toneladas de peso y cargar y descargar cómodamente.

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     (1) Ambos ríos, antes de unirse por completo, mantienen por distancia de algunas millas sus colores propios en una línea perfectamente definida: el Paraguay su tinte barroso y rojizo y el Paraná un tono más claro y transparente, hasta que por último se funden tomando un aspecto más cristalino.

     (2) El verdadero nombre es San Juan de Vera de las Siete Corrientes.

Párrafo Extractado de la Obra de J. P. y W. P. Robertson  "Cartas de Sudamérica".

 

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El Gral. San Martín según

 lo describe un General Sueco

     Don Antonio me invitó a comer a su casa y así tuve la ocasión de ver a San Martín y conversar largamente con él, una vez casi todo un día. San Martín es hombre de estatura mediana, no muy fuerte, especialmente la parte inferior de su cuerpo, que es más bien débil que robusta. El color del cutis algo moreno con facciones acentuadas y bien formadas. El óvalo de la cara alargado, los ojos grandes, de color castaño, fuertes y penetrantes como nunca he visto. Su peinado, como su manera de ser en general, se caracterizan por su sencillez y es de apariencia muy militar.

Jean Adam Graaner.

(Párrafo Extractado de su Libro "Las Provincias del Río de la Plata en 1816". Traducción de José Luis Busaniche)

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La Semana Trágica de 1919

- 2° y Ultima Parte -

     Tras los lamentables acontecimientos producidos entre el 7 y el 9 de enero, la huelga general se extendió a otros puntos de la república. En algunos sitios las medidas solidarias con los trabajadores de Buenos Aires se unen a conflictos locales previos, siguiendo una dinámica propia, como en Mendoza, mientras que en otros lugares la principal causa de agitación es el repudio a lo acaecido en Buenos Aires. En este último caso, según Edgardo Bilsky, se encontrarían Bahía Blanca, Paraná y Rosario.

     Hacia el 10 de enero la huelga general se había extendido a Mar del Plata, Mendoza y La Plata. Esta huelga fue de corta duración en las dos primeras ciudades.

     En Rosario la huelga se generaliza el 11 de enero; es decir, poco antes de que el movimiento empiece a decaer en Buenos Aires. Durante la noche de ese día la Federación Obrera Local, que responde a una dirección anarquista, proclama la huelga general. La misma tiene entre sus principales protagonistas a los ferroviarios, quienes cuentan en la ciudad y zona de influencia con un largo historial de luchas que se remonta a la década de 1870. Rosario habría permanecido prácticamente sin actividad durante tres días. El local de los ferroviarios era utilizado como sitio de reunión por diferentes gremios, siendo allanado el domingo 12. Son detenidos en la ocasión varios militantes sindicales, entre ellos el secretario general de la Federación Obrera Local, Manuel Vázquez. La intensa conflictividad social se prolongará en Rosario hasta el viernes 17. Entre los gremios más activos se destacaron los ferroviarios, municipales, gráficos, vendedores de diarios, conductores de carros de plaza, panaderos, peluqueros, molineros, obreros de la yerba mate, cocheros y estibadores de "La Cosmopolita". Los trabajadores municipales habían iniciado una huelga el 5 de enero en demanda de mejoras salariales. La intendencia se negó a satisfacer tales reclamos y reprimió a los huelguistas. En cuanto a los vendedores de diarios o "canillitas", cabe mencionar que en su sede se habían reunido en asamblea los policías rosarinos que se declararon en huelga a principios de diciembre de 1918.

     En Santa Fe capital la huelga general no habría adquirido la importancia que registró en Rosario. El gobernador radical Rodolfo Lehmann, que ya se había destacado por su enérgica respuesta frente a los reclamos de los policías huelguistas de Rosario, mandó detener a numerosos huelguistas y ordenó el allanamiento de los locales obreros donde se celebraban asambleas. Varios trabajadores resultaron heridos cuando la policía irrumpió en la sede de los ferroviarios de la empresa "Norte Argentino".

     Sucesos de cierta envergadura tuvieron lugar en otros sitios de la provincia de Santa Fe y en las provincias de Córdoba y Santiago del Estero, protagonizados básicamente por trabajadores ferroviarios. Tales son los casos de Cruz del Eje, Añatuya y Cañada de Gómez. También se registraron incidentes en varias poblaciones de la provincia de Buenos Aires.

     Durante los días 13 y 14 de enero se produce una huelga general en Córdoba, declarada por la Federación Obrera provincial en solidaridad con los trabajadores de Buenos Aires. Desde esa provincia mediterránea el movimiento huelguístico parece haberse extendido hacia el noroeste del país, por ejemplo en Tucumán y Salta.

     Las repercusiones de la semana trágica iniciada en Buenos Aires se hicieron sentir, incluso, en el lejano sur. En el por entonces Territorio Nacional de Santa Cruz, por ejemplo, se registran una serie de protestas obreras. En Río Gallegos el llamado a la solidaridad con los trabajadores de Buenos Aires se une a la agitación en pro de la libertad del anarquista Apolinario Barrera, quien había sido detenido en fecha reciente por su participación en la evasión de otro anarquista, Simón Radowitsky, del penal de Ushuaia (Tierra del Fuego). Durante el 14 de enero se registraron incidentes que concluyeron con el arresto de varios trabajadores. Tres días después, en la noche del 17 de enero, una manifestación de mujeres anarquistas pretendió liberar a los detenidos y se generó un enfrentamiento con la policía. Cabe acotar que desde años anteriores, durante la época de la esquila (fin de año y principio del siguiente), se venían registrando significativos conflictos sociales en Santa Cruz. Los mismos tendrán su período más álgido durante las huelgas de 1921 y 1922.

     De lo dicho se desprende que la huelga general se propagó en buena parte del país cuando ya estaba decayendo en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Esta falta de sincronización facilitó el accionar gubernamental tendiente a neutralizar dicha protesta social.

     Concluyendo, digamos que la semana trágica -como tantos otros fenómenos de la historia argentina- ha sido estudiada básicamente en lo concerniente a Buenos Aires. Resulta necesario, por lo tanto, avanzar en el conocimiento de lo acontecido en el resto del estado argentino y, particularmente, en Rosario y aledaños.  

Ricardo Accurso.

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Un Viaje entre Bs. As.

 y Sta. Fe en 1811

     Alentados por la toma de Buenos Aires en 1806 -a cargo de las tropas del general William Carr, vizconde Beresford (1768-1854)- un número importante de comerciantes y aventureros británicos se embarcaron rumbo al Río de la Plata. Entre ellos figuraba John Parish Robertson, quien -junto con su hermano- hacia 1838 publicarían sus impresiones de viaje a través de Sudamérica.

     En esa obra relatan las expectativas que se habían generado entre los británicos respecto de una fácil victoria sobre las fuerzas españolas (europeas y americanas) que les abriría las puertas para concretar grandes negocios comerciales en los territorios del Virreinato del Río de la Plata, y luego en Chile y Perú. Las derrotas de 1806 y 1807 aventaron inicialmente esas expectativas. Los hermanos Robertson analizan las causas de la derrota militar, achacándola básicamente a la impericia del comandante de la segunda invasión, John Whitelocke (1757-1833), quien -a pesar de contar con un poderoso ejército de 11.000 hombres, muy superior en número, preparación y armamento a las fuerzas rioplatenses- experimentó una derrota catastrófica en las calles de Buenos Aires. Murieron allí, según el testimonio de los Robertson, 3.000 soldados británicos, a quienes Whitelocke había prohibido disparar, ordenando retirar en algunos casos el pedernal de los fusiles. En lugar de sitiar la ciudad y aguardar la rendición, bombardearla o barrer las azoteas con sus fusileros, Whitelocke ordenó el ingreso de buena parte de sus fuerzas a través de las estrechas calle de Buenos Aires esperando no hallar resistencia, como había sucedido en las adyacencias de la ciudad. De esa manera, las tropas británicas fueron fácil presa de los soldados, milicianos y población en general que los atacaba desde los techos y azoteas de las casas, convertidas en fortalezas. Aterrado por lo sucedido, Whitelocke no sólo accedió a retirarse de Buenos Aires sino también de la ciudad de Montevideo, que había caído previamente en poder de los británicos. Justamente en Montevideo se había instalado John Parish Robertson, al igual que buen número de comerciantes y aventureros compatriotas, en espera de lo que creían un inminente y fácil triunfo de las armas británicas en la otra banda del Plata. A consecuencia de su infausto accionar, Whitelocke fue procesado cuando su regreso a Inglaterra.

     La debacle británica provocó el éxodo de gran parte de los comerciantes y aventureros que habían acompañado a las fuerzas militares (en casi 250 embarcaciones). Robertson emigró hacia Río de Janeiro. Tras una breve estadía en el Brasil, que le sirvió para describir la sociedad local -a la cual compara con la sociedad de Montevideo y Buenos Aires-, retornó en 1811 al territorio argentino, cuando las condiciones para los hombres de negocio británicos se habían vuelto a tornar favorables. En esos momentos España y Gran Bretaña se habían aliado para combatir a la Francia napoleónica que había invadido España para apoderarse de Portugal, aliada de Gran Bretaña y brecha en el bloqueo continental declarado por Napoléon para ahogar económicamente a su rival. En la comparación citada, Robertson se muestra favorable hacia las costumbres rioplatenses, más abiertas y tolerantes que las portuguesas del Brasil. De especial interés son sus descripciones de las costumbres, condiciones de vida y de trabajo de los esclavos negros, tan abundantes en el Brasil.

    Ya instalado en la ciudad y puerto de Buenos Aires, Robertson decide adentrarse en el territorio y dirigirse al Paraguay. En la Carta XV de Cartas sobre el Paraguay efectúa un interesante relato sobre las peripecias del primer tramo de ese periplo: Buenos Aires-Santa Fe. A lo largo de la misma enumera las condiciones del viaje, la alimentación que recibe, el estado de las postas, los caminos, las costumbres que observa, los poblados que atraviesa, los paisajes, etc.

Ricardo Accurso.    

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     A continuación, pasamos a transcribir dicha carta. Hemos utilizado la edición de Hyspamérica (Buenos Aires, 1986, 2 tomos, traducción de Carlos A. Aldao).

CARTA XV: Comida en Luján, carne con cuero

 - Viaje a Santa Fe (Londres, 1838) -

     Al final de la primera jornada encontré que habíamos recorrido sesenta y tres millas y pasado por tres aldeas: San José de Flores, Morón y Luján. Habíamos cambiado cabalgaduras en chozas miserables llamadas postas, cuatro veces; y había comido en compañía del cura y los frailes de Luján.

     Esa comida fué el único rasgo saliente de aquel día.

     Habiendo sido eficazmente recomendado al cura, éste creyó oportuno organizar una fiesta en honor mío, a la que fueron invitados el Gobernador y los tres frailes del lugar. El día era excesivamente caluroso y tanto el Gobernador como yo fuimos invitados a despojarnos de nuestras chaquetas, no estando ambos vestidos con ropa más de etiqueta. El cura se sacó la sotana y los conventuales aflojaron sus amplios hábitos. Encontré que todo este preparativo para asegurar la comodidad en la comida, no era menos necesario, pues el primer manjar puesto sobre la mesa era una enorme olla podrida, en una enorme fuente de barro que despedía masas de vapor de su contenido variado y casi bullente.

     "Sans ceremonie" y a pesar del calor, todos los comensales se aproximaron a la olla y comieron en común sacando cada uno el sabroso bocado que más apetecía. Solamente el Gobernador y yo teníamos platos; pero parecía que a él le gustaba más comer directamente de la fuente; y yo, no deseando singularizarme, seguí su ejemplo. Detrás de nosotros estaban de pie dos sirvientes mulatos y una negra sin más sobre la camisa que una enagua ceñida a la cintura. Estos sirvientes estuvieron con los brazos cruzados hasta que la olla había casi desaparecido. Luego entró la celebrada carne con cuero o carne asada en la piel del animal, y que ningún inglés haga alarde de su "roastbeef" sin haber gustado previamente ese manjar. La verdadera carne con cuero (y la del cura lujanero era excelente) consiste en el costillar, cortado con cuero y todo de una ternera gorda.

     Puede pesar, cuando se sirve, alrededor de veinte libras y asándose en el cuero es natural que todo el jugo de la carne se conserve. El animal, junto a una parte del cual estábamos agrupados, había sido matado aquella misma mañana, y sin embargo, su carne era tierna y muy sabrosa. La carne con cuero es en conjunto uno de los platos más exquisitos que se pueda gustar. Fué atacada y demolida como lo había sido la olla podrida; y los sirvientes entonces cambiaron platos tras platos como lo habían hecho antes.

     Aves asadas o hervidas, picadillos y guisados siguieron en rápida sucesión.  Luego vino el pescado, que los españoles sirven al final, y abundancia de confitados, leche y miel. Tal comida, tan rápidamente despachada y por tan poca gente, yo no había visto en ninguna de las que asistí en Buenos Aires; y aunque confieso que mi larga cabalgata me habilitaba para hacerle pleno honor, debo ceder la precedencia a los frailes, al cura y al Gobernador. Ciertamente comieron cuatro veces más que yo, y en su conversación dieron demasiada importancia a mi falta de apetito. Después de la comida fumamos y dormimos la siesta. A la tarde proseguí mi viaje con la bendición del cura y un sentimiento de cordial gratitud por su cortesía y generosa hospitalidad.

     Luján es un lugar pobre y casi desierto, con trescientos habitantes más o menos. Tiene cabildo, una linda iglesia y espaciosos departamentos, dispuestos en forma cuadrangular, para los eclesiásticos.

     Viajar en la Pampa y las privaciones a ello inherentes se conocen bien ahora (porque todo es desdicha, menos la velocidad con que se avanza sobre el terreno), y por eso no me detendré en relatar mis jornadas hasta Santa Fe.

     Las postas, con pocas excepciones, son todas iguales, simples ranchos de quincho, imperfectamente techados de paja, muy sucios, con pisos de barro, y dos o tres niños chillones tendidos sobre cueros secos; cráneos de vacas se usan como sillas. Hay un cuarto apartado, no tan confortable como la construcción principal, destinado a los pasajeros; y una ramada abierta a todos los vientos, de cuatro pies en cuadro, sirve de cocina. Lo único que se ve cocinar allí es un poco de agua hirviente para el mate y un trozo de asado para la comida. Pocas gallinas vagabundas se ven picando carroña alrededor del rancho; y hay siempre a corta distancia un amplio corral de palo a pique para encerrar caballos y vacunos. Junto al corral mayor hay otro más pequeño para la majada de ovejas que el maestro de posta siempre cuida. Cuando se llega a uno de estos ranchos para mudar caballos, dos peones jinetes van en busca de la tropilla que anda paciendo. A veces la encuentran en diez minutos, otras ni en media hora; y si el tiempo es nebuloso, como suele suceder a menudo en invierno, uno debe contentarse no pocas veces con esperar dos o tres horas para conseguir su objeto. La tropilla, generalmente compuesta por doscientos o trescientos caballos, es arreada al corral, y las bestias necesarias para los viajeros son enlazadas y luego enfrenadas. Siendo enseguida llevadas a la puerta de la posta, se procede a la larga y compleja operación de ensillarlas.

     En el rancho donde pasamos la primera noche, llamado la posta de Rojas, mataron un cabrito, lo cocinaron para nuestra cena y nos alojaron gratis. Cuando, antes de partir por la mañana, reconvine al maestro de posta e insistí en que debiera recibir el pago de sus servicios, se mostró ofendido y dijo muy enfáticamente que tal era la costumbre del país, cualquiera que fuese en el mío. Quería que se pagase solamente por los tres caballos -el mío, el de mi sirviente y el del postillón- según la tarifa usual de tres peniques por tres millas cada uno y con libertad de correr tanto como se quiera. Así es que por un recorrido a hacer de quince millas, por una noche de alojamiento y la cena, por tres caballos y un postillón, todo lo que hube de pagar fueron siete reales y medio, o sea tres chelines y nueve peniques. El postillón no exige remuneración para sí, y, con todo, está deseoso de galopar a razón de trece o catorce millas por hora.

     En Inglaterra el gasto de este modo de viajar es aproximadamente doce veces más de lo que cuestan las mismas cosas entre Santa Fe y Buenos Aires. Es cierto que todo es mejor en Inglaterra; pero se comprende que los sudamericanos tengan derecho a esperar que sea doce veces mejor;  y la cuestión de superioridad relativa puede sólo y honradamente comenzar, según que la diferencia en el gasto haya sido pagada en la misma proporción. Siento tener que observar que la primitiva costumbre de no cobrar al viajero por comida y alojamiento, aunque invariable en la época a que me refiero (1811-12), ya no existe. El aumento de los viajes, el incremento del trato con extranjeros, las crecidas y crecientes necesidades, la codicia, están rápidamente acercando al maestro de posta de las Pampas (sin ninguna mejora de la tarifa establecida para los pasajeros) a los principios y práctica de míster Boniface en el camino de Bath.

     Tales son los viajes en la Pampa. ¿Para qué decir nada sobre los caballos salvajes y los feroces insectos? Sir Francis Bond Head, gobernador del Canadá, ha agotado estos temas; ¿y quién no ha leído su libro? (*)

     Me levanté en la mañana de mi segunda jornada un poco envarado; pero, no obstante, anduve noventa millas. Al siguiente día hice otras tantas; y día y medio después llegué a Santa Fe. La distancia total entre Santa Fe y Buenos Aires es de 340 millas, que recorrí en cuatro días y medio. El correo regular la hace en tres días y medio.

     Considérese ahora la extensión del país que había atravesado y pregúntese qué es lo que vi en todo su largo y ancho. Después de abandonar Luján, vi dos miserables villas, Areco y Arrecifes; vi tres pequeños `pueblos, san Pedro, San Nicolás y Rosario, cada uno con 500 o 600 habitantes; vi un Convento llamado de San Lorenzo, que albergaba treinta frailes; y vi también ranchos de barro. Vi cardos más altos que un caballo con jinete; aquí y allá pocos troncos de algarrobo; pasto alto, innumerables ganados, alzados y mansos; gamas y avestruces retozando en la llanura; vizcachas barbadas saliendo en grupos, al caer el sol, de las mil cuevas que cortan el campo; ahora las zumbantes perdices volando de entre las patas de mi caballo; y luego el caparazonado armadillo apartándose aprisa del camino. De cuando en cuando se presentaba a mi vista el espléndido Paraná. La población del Rosario está situada sobre una alta barranca a pique que domina el río, pero su ancha y diáfana superficie no era interrumpida por ningún barco; sus magníficas aguas corrían con toda su majestad, pero con todo el aislamiento de la Naturaleza, por que aquí el hombre ha abandonado a ella casi todo. Vi una corriente de dos millas de ancho y diez pies de profundidad en el sitio que reconocí y ese lugar estaba a ciento ochenta millas de la boca del Plata y dos mil de su origen. No hay catarata que impida la navegación; no hay salvajes que pretendan interrumpir el tráfico o que sea necesario arrojar de las orillas.

     La tierra en ambas márgenes es tan fértil como la Naturaleza puede hacerla y no ofrece dificultades de piedras o bosques para ararla. El clima es de lo más saludable y el suelo ha estado en posesión tranquila de una potencia europea durante trescientos años. Sin embargo, todo era silencio como la tumba. Al considerar rápidamente estas circunstancias, la inteligencia se abismaba al contemplar todo lo que el hombre ha dejado de hacer, allí donde la Naturaleza le dijo tan claramente lo mucho que él podría haber hecho.

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(*) "En 1825, el mismo año en que estalló la fiebre especulativa en la Bolsa de Valores de Londres con las promesas de las riquezas minerales de la América hispánica, tres viajeros ingleses arribaron al Río de la Plata con similares encargos [prospecciones mineras]: Francis Bond Head, Joseph Andrews y Edmond Temple. El capitán Head fue comisionado para informar sobre las posibilidades de explotación de las minas de oro y plata en la Argentina primero, y en Chile después. La misión fue cumplida con extrema celeridad, y con la misma celeridad el viajero a su regreso a Londres en 1826 dio cuenta del absoluto fracaso de aquélla.  Sus escritos relativos a esta experiencia,  Rought Notes Taken During Some Rapid Journeys Across the Pampas and Among the Andes y Reports on the Faillure of the Rio de la Plata Mining Association, aparecieron publicados en 1826 y 1827 respectivamente." (Adolfo Prieto: Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina (1820-1850). Buenos Aires, Sudamericana, 1996, pág. 37).

 

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