A 54 años de la desaparición del Gral. Savio, el "Padre del Acero Argentino"
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Un 31 de julio de 1948 dejaba el mundo terrenal (al cual había arribado en 1892) el General Manuel Nicolás Aristóbulo Savio, hacedor e impulsor de la siderurgia argentina. Brillante técnico, dotado de una mentalidad visionaria, supo construir una filosofía que aspiraba a ser el puntal sobre el que se apoyaría un auténtico desarrollo de la economía nacional (hoy abortado) colocando a la industria siderúrgica como locomotora. Lejos de fundamentalismos, supo aunar esfuerzos estatales y privados en pos de un objetivo de crecimiento autónomo, lejos de las presiones de los centros internacionales de poder. Es cierto que no fue el único que expresó ideas de un nacionalismo tan sano como genuino (junto a su figura, se pueden nombrar a Rafael Hernández, Enrique Mosconi, Alejandro Bunge, Leopoldo Lugones o la gente de "Forja", entre otros) pero sí quizás quien tuvo las oportunidades más claras de concretarlas y así lo hizo. Veamos su "currículum":
--- 9 de octubre de 1941: funda la Dirección General de Fabricaciones Militares, de la que fue su primer presidente. --- 11 de octubre de 1945: Aparece Altos Hornos Zapla -1° acería argentina-, por él impulsada. --- 31 de junio de 1947: se crea SOMISA, la 2° siderúrgica argentina (de la cual también es su primer presidente), fruto directo del "Plan Siderúrgico Nacional" por él también elaborado 18 días antes.
En momentos en que el país no sólo pareciera navegar a la deriva sino también hundiéndose todos los días un poquito más en las aguas de la decadencia -falto de capitanes idóneos como está y sobresaturado de lastres corruptos llenos de mediocridad- viene bien recordar breves párrafos de una conferencia que dictara en la Unión Industrial Argentina el 10 de septiembre de 1942 sobre la "Política de la Producción Metalúrgica Argentina", en la cual ya expone los que serían los fundamentos teóricos del "Plan Siderúrgico Argentino", aprobado el 13 de junio de 1947 con la promulgación de la Ley 12987 o "Ley Savio":
"(...) Lo económico es tener hierro, tener cobre, tener zinc, independientemente de su mayor o menor valor en pesos o en oro". "(...) O sacamos hierro de nuestros yacimientos, o renunciamos a salir de nuestra situación exclusiva de país agrícola ganadero, renunciando a alcanzar una mínima ponderación industrial, con todas las consecuencias que ello implicará en el futuro de la Nación". "(...) El plan de producción de los elementos esenciales para la industria no puede quedar librado a la iniciativa privada; él debe ser programado con toda precisión por el Estado, definiendo qué materias primas se elaborarán, en qué magnitud y en qué plazos". "(...) Dejar en libertad al capital privado cuando pueda desenvolverse bien dentro de los límites adecuados a los altos intereses de la Nación". "(...) La industria manufacturera argentina no necesita del Estado como socio".
A modo de resumen, y a manera de conclusión, valgan también estas palabras por él expresadas en 1945:
"(...) La industria siderúrgica es fundamental, es primordial. La necesitamos como hemos necesitado nuestra libertad política, como necesitamos en su oportunidad nuestra independencia". "(...) Pretendemos liberarnos de tutorías que desarrollan en el país teorías económicas que encajan y responden a conveniencias determinadas, y queremos fijar nosotros mismos, en base a propias y fundadas razones, la oportunidad en que han de aparecer las actividades que completarán progresiva y equilibradamente nuestra estructura industrial". Julio Salas |
Plata: La "Legión Valiente"
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Después de la batalla de Caseros -3 de frebrero de 1852- su vencedor, J.J.de Urquiza, llega a Bs. As. dispuesto a concretar la unidad como país que La Argentina necesitaba. Pero esta ciudad le era en gran parte hostil, cargada de un pavoroso resentimiento, lo que inevitablemente derivó en una revuelta en su contra. En respuesta a ésta los Federales sitiaron la ciudad por todos sus frentes. Junto a las huestes unitarias de Alsina y Mitre se unió un importante grupo inmigrantes italianos bajo lo que se llamó posteriormente "Legión Valiente" para defender Bs. As. y repeler el sitio; y aunque en un primer momento su accionar solo se limitó al control policial de las calles porteñas, pronto se agregó al combate. Su incidencia en el campo de batalla inclinó favorablemente la balanza hacia las fuerzas porteñas con el levantamiento del cerco por parte de los Federales el 13 de julio de 1853. Sobre esta participación de la incipiente inmigración italiana en la historia argentina habla este artículo. ------------------------------------------------------- 1° PARTE - EL MARCO HISTORICO 20 de febrero de 1852. Urquiza entra victorioso en Bs. As., encabezando el Ejército Grande. La actual calle Florida -en aquel entonces llamada Del Empredado- es el sendero que atraviesa hasta la Plaza de la Victoria (hoy De Mayo) y el fuerte que allí había. Y si bien el carácter festivo del echo de su ingreso cubrió su presencia, no faltaron los silbidos ni los gritos de ¡ asesinos ! desde más de una ventana, lo que presagiaba que el triunfo en Caseros sobre Juan Manuel de Rosas no había resultado suficiente para prestigiar a los Federales ante los porteños; y había razones para ello: la numerosa cantidad de "excesos" que habían cometido algunos miembros del ejército triunfador fueron la principal causa. Bs. As., tradicional punto de partida y llegada a través de su puerto para todo lo que significaba comercio con Europa y, principalmente, con Inglaterra se creía con derecho a pensar a La Argentina según sus estrictos intereses, definidos por la oligarquía porteña y sus pares ingleses y franceses "preocupados" por el país. La población porteña, a lo largo de todos sus estratos sociales, había organizado y establecido su vida en base a los hechos concretos que en el área de la economía llevaba adelante el "establishment" local; por lo tanto, la idea federal de descentralizar la economía y el control sobre ella repartiéndolos ambos a lo largo y a lo ancho de toda la nación la asustaban en demasía, llevándola, en gran medida, a oponerse tenazmente a Urquiza; incluso muchos de aquellos Unitarios que soportaron el exilio y toda clase de penurias durante el régimen rosista y que hasta habían aplaudido el triunfo del entrerriano en Caseros, terminaron sumándose al coro opositor. Urquiza, apoyado por las provincias, juntó a los gobernadores de la Confederación en San Nicolás; allí, es nombrado "Director Provisional", otorgándosele el mandato de convocar a un Congreso General que delinease definitivamente el nuevo perfil de la Nación Argentina tomando como punto de partida nuevamente el Pacto Federal suscripto en 1831 por Rosas, con la única diferencia que ya no se admitiría la administración férrea y única desde Bs. As. El Partido Unitario de Alsina y Mitre -punta de lanza de la ofensiva contra Urquiza- a partir de estos momentos toma decididamente cartas en el asunto increpando duramente al gobernador de la Capital Vicente López Y Planes y a su hijo Vicente Fidel López -Ministro de Relaciones Exteriores-, que con sus presencias en la reunión de San Nicolás avalaron y aceptaron las propuestas de Urquiza; el silencio de ambos encrespó los nervios unitarios. Mitre comienza entonces un duro combate político contra el entrerriano y sus ideas federales colocándolo frente a los ojos de los porteños en un pie de igualdad con Juan Manuel de Rosas, con lo cual logra sumar muchos más adeptos a su causa. El clima comienza a enrarecerse. El Parlamento de Bs. As. y cuatro diarios son cerrados; el Estado se impone y el arsenal y el fuerte militar es copado por fuerzas urquicistas al mando del coronel Virasoro. Aquel Congreso General decidido en San Nicolás se definió para el 20 de noviembre de 1852en la ciudad de Sta. Fe; el gobernador porteño, con arreglo al compromiso suscripto en aquella oportunidad, dispuso enviar a la correspondiente delegación a la capital santafecina, constituyéndose en la chispa que inició la rebelión unitaria y -porqué no decirlo- también porteña; rebelión que se desata ni bien Urquiza (demasiado confiado en sus propias fuerzas locales) deja la ciudad el 8 de septiembre. Ya para la noche del día 10 tropas militares y civiles estaban en la calle con armas en la mano. La extraordinaria coordinación de movimientos por parte de los rebeldes llevó a inmovilizar casi instantáneamente a las huestes de Urquiza. A la mañana del día 11 el Parlamento es reabierto y los diputados vuelven a ocupar sus bancas, demostrando que en el aspecto político las iniciativas no le iban en zaga a las llevadas a cabo desde lo militar. El presidente de la Legislatura -general Pinto- es designado gobernador, quien -a su vez- nombra como Ministro del Interior a Valentín Alsina. Mientras tanto, las fuerzas de la Confederación radicadas en Bs. As. dejan la ciudad sin atinar a nada ante el echo objetivo que significaba el masivo apoyo de la ciudadanía porteña a la revuelta, alcanzando a inmovilizar hasta al propio Urquiza. Mitre, artífice político de la rebelión, es designado para crear otra Guardia Nacional, cuyos antiguos integrantes fueron eliminados en Caseros y, en los días posteriores, en la misma Bs. As. . Hombre éste de gran popularidad entre el pueblo porteño, no encuentra obstáculo alguno en su tarea. Entre los nuevos adherentes al nuevo ejército se encontraban aquellos oficiales y suboficiales que habían militado en la Legión Italiana de Montevideo y en el batallón "Orden", compuesto también por italianos y que combatieran en la Banda Oriental y en Caseros. Dando por tierra con todo lo hecho por el gobierno anterior, Pinto proclama "sostener todo movimiento a favor de la libertad" y, buscando demostrar que la ciudad no quería monopolizar el puerto y la aduana agregó que "la navegación sobre el Río Paraná será libre como así también el depósito de la mercadería en tránsito"; estas palabras finalmente no fueron más que propaganda por un largo lapso de tiempo. Cuando el bando Federal comienza a resquebrajarse con la oposición del novel gobernador de Corrientes -reemplazante del incapaz coronel Virasoro- hacia el Director Provisional de la Confederación, Alsina (devenido ahora gobernador de Bs. As.) aprovecha la ocasión y envía a las tropas correntinas emplazadas aún en las cercanías de la ciudad armas y municiones ganándolos para la causa porteña y colocando al frente de las nuevas tropas aliadas al general Paz, quien dispuso todo para un inminente ataque a Sta. Fe. Este y otros hechos empezaron a debilitar el frente interno de los Unitarios y, en especial, a la figura de Alsina. Así es como la oposición se siente alentada para iniciar la ofensiva contra Bs. As.: el coronel Hilario Lagos -ex oficial de Rosas- con un ejército de santafecinos y bonaerenses se presenta el 1° de diciembre de 1852 frente a la actual Capital Federal. Audazmente rechazado por la Guardia Nacional mitrista el intento de perforar las defensas porteñas, el coronel Lagos y sus hombres se conforman con cortar todos los accesos a la ciudad, tanto por tierra como por mar; en lo que hace a este último aspecto cuenta con la importante colaboración de la escuadra del almirante Jhon C. Coe. Este es el comienzo del sitio a la ciudad de Bs. As. .
--- DICIEMBRE 1852 - JUNIO 1853 --- 2° PARTE - APARICION DE LOS ITALIANOS. LA "LEGION VALIENTE" - Junto a los vigilantes porteños a los pocos días del sitio comenzaron a aparecer los primeros italianos organizados en su propio batallón, en el marco del estado de sitio y en el cumplimiento de una ley de Rivadavia de 1821 que alentaba a las colectividades extranjeras a la formación de grupos auxiliares para cumplimentar servicios públicos y mantener el orden en las calles. Estos, existentes en gran número en la ciudad, procedían -en gran medida- del batallón oriental "Orden" por una parte, y de Italia, por otra, escapando de la represión luego de las derrotas de la guerra por la independencia de la península y de la República Romana. Bastante identificados con las ilusas ideas porteñas, no dudaron en armarse a la hora de defender su "nueva patria", aunque -justo es decirlo- quedaron cuando menos desconcertados al enterarse que en primera instancia su papel sólo se limitaba al patrullaje de la vía pública y a la protección de los comercios contra actos de pillaje; sin embargo, no hubo protestas y aceptaron la misión tal cual era. En una casa de la actual calle Veinticinco de Mayo de la Capital Federal establecieron su comando y centro de reclutamiento. Al frente de esta unidad fue elegido por sus propios compatriotas Silvino Olivieri, liberal y ex oficial del ejército de Nápoles, con una extraordinaria foja de servicios hecha tanto en Italia en las guerras de la independencia de 1848-49 como en su participación en el batallón "Orden"; al momento de su designación, se alistaba en las tropas del Ejército Grande. Bajo el grado de teniente coronel, Olivieri se vió acompañado por el mayor Eduardo Clerici, designado éste por el gobierno como segundo jefe y que no le iba en zaga en cuanto a antecedentes a su compañero ya que contaba en su haber con varios combates victoriosos contra las tropas austríacas en la península itálica. El 9 de enero de 1853, en su bautismo de fuego, cae el teniente Erba. En su segunda participación bélica, el 2 de febrero, son llamados a contrarrestar una infiltración enemiga en la zona llamada "El Molino" -hoy Plaza de los Dos Congresos- sobre los antiguos límites de la ciudad; pero estos hombres no entraron decididamente al combate hasta el 21 de abril, ocasión en la que se encontraron al entrar en su cuartel con una bandera argentina, bordada en oro plata, en cuya asta pendía una cinta ancha de seda verde y con la inscripción "Con Questa Bandiera Vincerai" bordada en su superficie. Junta a ella, aparecía una pequeña nota que rezaba: "Ofrecemos esta bandera a la Invencible Legión Italiana. Unas Porteñas. Bs. As., 21 de abril". A partir de esta instancia la legión abandona su mero papel policíaco y se consagra a la acción militar. Así lo demuestra en sus choques más importantes:
--- 9 de Mayo. En las cercanías del Cementerio de los Ingleses -actualmente Plaza Primero de Mayo- repele el intento de infiltración por parte de las fuerzas de Lagos. --- 13 de Mayo. En un duro combate, con muchos caídos y heridos -entre éstos últimos el mayor Clerici- sobre los límites de la ciudad evitan otra penetración del enemigo. --- 30 de Mayo. En el último y más duro de los encuentros con las tropas de la Confederación en el lugar llamado "El Hoyo de la Yegua" (actual intersección de las calles Independencia y 9 de Julio de la Capital) la Legión consigue un triunfo más dejando sentado -por si hacía falta- que su fama de derrochadores de audacia y coraje no era un simple mito. En este enfrentamiento se destacó especialmente el ayudante Falónico, quien muriera a las pocas horas a causa de las heridas recibidas. En esa misma noche, el gobierno decreta una distinción honorífica para todos los integrantes de la Legión consistente en unas trenzas -llamadas "cordones"- con puntales de bronce, plata y oro, según el grado militar, en mérito a lo hecho por los italianos en el campo de batalla. Pero si este tipo de condecoraciones era común por entonces, en cambio no lo era el título de "Legión Valiente" que se le otorgó a la unidad italiana, siendo ésta la única en toda la historia militar argentina.
Cuando el 13 de junio de 1853 el sitio a la ciudad de Bs. As. es levantado -dos días atrás, la "Legión Valiente" participó en su último combate sin mayores consecuencias- esta unidad es disuelta, a pedido de los mismos componentes al desaparecer el motivo por el cual se había constituido. La bandera que la distinguió fue entregada al Ministro de Guerra (se halla hoy día en el Museo Histórico Nacional); el comandante Silvino Olivieri volvió a su país a continuar la lucha por la independencia de la península itálica, y el resto de los oficiales y soldados volvieron a sus ocupaciones habituales en Bs. As. en espera de otra oportunidad de empuñar las armas, cosa que no tardó en producirse, tanto por la posterior continuación de la contienda contra la Confederación como por la guerra contra Paraguay. ALGUNAS CONCLUSIONES Esta aparición de los italianos en la historia argentina -que no fue la primera ni la última- registra una marca especial: la de constituirse en un grupo de hombres que, más allá de lo acertado o no de sus creencias y de la posibilidad de cada uno de nosotros de poder compartirlas, se destacó por su entereza moral, su arrojo y audacia a la hora de defender un presente y un futuro sin medir los riesgos ni especular con retribución económica alguna. Como contrapartida, tanto de las filas de Federales como de las de los Unitarios las deserciones, las intrigas y los cambios de bando se sucedían sin solución de continuidad. La actitud del gobernador Vicente López Y Planes; el ex oficial de Rosas, el coronel Hilario Lagos, encabezando las tropas de la Confederación dirigida por el "enemigo" Urquiza, quien -a su vez y para completar su "prontuario"- termina aceptando un soborno del gobernador porteño Alsina para que libere el paso, lo que sella definitivamente el fracaso del sitio y la victoria momentánea de Bs. As. . Eso sí: no estuvo solo en su actitud. Con anterioridad el almirante norteamericano Jhon C. Coe fue quien aceptó las dádivas porteñas a cambio de "abrirse" (¿ habrá sido éste el "bautismo de fuego" de la "coima" ?...). Algunos han justificado la actitud de estos hombres mencionando los problemas económicos y financieros de la Confederación para mantener sus tropas; lo qué sí no deja de aparecer a la vista es que los ideales patrióticos y la moral para la lucha que de ellos se desprende estuvieron en estos hombres "prendidos" con alfileres... Si echamos un vistazo hacia algunas de las personas públicas de la actualidad y evaluamos su actitud a la luz de estos retazos de la historia argentina podemos llegar a concluir porqué La Argentina no está mucho mejor de lo que merecería estar, a pesar de todo... Julio Salas |
Folklore Argentino de los '70 ( I ):
Jorge Cafrune
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Con su cautivante voz, su barba grisácea y su atuendo gauchesco, Jorge Cafrune marcó a fuego la época de esplendor del folklore argentino allá por fines de los ' 60 y principio de los ' 70. Nacido en Perico del Carmen, en la provincia de Jujuy el 8 de agosto de 1937, este excelente cantante y guitarrista mostró tempranamente sus dotes: a los 17 años ya se "prendía" con la músicos de la región con su primera guitarra. En calidad de amateur se trasladó a Salta en 1957, para, 2 años más tarde, incorporarse de un modo profesional a un conjunto llamado "Las voces de Huayra" La incorporación a este grupo le valió el honor de formar parte transitoriamente de la comanía de Ariel Ramirez, en donde comienza sus primeras grabaciones. Más tarde, forma parte del grupo "Los cantores del alba" hasta que, en 1961, se larga como solista y así hasta llega a presentarse en la radio y la TV uruguayas y brasileñas. Será su ascenso, al año siguiente, al escenario principal del tradicional Festival de Cosquín, en la provincia de Córdoba, lo que le permitirá consolidarse definitivamente como digno representante de la música folklórica argentina, ya que comienzan a requerirlo las radios, los teatros y los canales de televisión de la ciudad de Bs. As. y, por lo tanto, su voz e imagen comienzan a ser conocidos a lo largo y a lo ancho de La Argentina. El pico mayor del "boom" Jorge Cafrune llega con "Zamba de mi esperanza", de Luis Morales, cantada por miles de personas aquí y allende las fronteras hasta la actualidad incluso. Posteriormente, regresa junto a Ariel Ramirez y comienza a realizar giras de punta a punta del país, para de allí encarar decididamente el exterior: primero serán los EE. UU. y luego, en 1972, España los países que tendrán la oportunidad de apreciar sus virtudes interpretativas y creativas; tal es el suceso en este último país que decide quedarse en las tierras europeas hasta 1976. Será a su regreso a La Argentina cuando la muerte lo sorprenderá: con la idea de unir Bs. As. con el poblado de Yapeyú, en la provincia de Corrientes, buscando homenajear de esta manera al Gral. San Martín en ocasión del bicentenario de su nacimiento, se decide a hacer dicho trayecto montado a caballo. A pocos kilómetros del lugar del que partió (más precisamente, en la localidad bonaerense de Tigre) será atropellado por un vehículo que le ocasionará lesiones fatales. Cabe agregar que hasta el día de hoy esta tremenda pérdida siempre estuvo rodeada de un halo de misterio nunca dilucidado. El ya no está con nosotros pero nos dejó su excelente legado musical: en nosotros está que no se pierda ni se olvide...
SU DISCOGRAFIA Tope puestero Emoción, canto y guitarra Jorge Cafrune Cuando llegue el alma Este destino cantor Zamba por vos Cafrune interpreta a José Pedroni Lindo haberlo vivido...pa´poderlo cantar Ando cantándole al viento y no sólo por cantar Que seas vos El Chacho, vida y muerte de un caudillo (Obra Integral) La Independencia (Obra Integral) Labrador del canto Virgen india De mi madre La historia de Jorge Cafrune Lo mejor de Jorge Cafrune La vuelta de Jorge Cafrune Yo le canto al Paraguay (acompañado con la orquesta de Oscar Cardozo Ocampo) Jorge Cafrune canta a Falú, Yupanqui y Dávalos La cautiva La historia de un ídolo Sólo zambas Zamba de mi esperanza
--- SU FILMOGRAFIA (en calidad de intérprete) --- "Cosquín, amor y folklore" (1965) "El cantor enamorado" (1969) "Argentinísima" (1972) "El canto cuenta su historia" (1976)
(Fuente: "Diccionario Biográfico de la Música Popular de Raíz Folklórica" - Emilio P. Portorrico) Julio Salas |
de la provincia de Santa Fe
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Es conocido el hecho de
que siendo presidente de la república, D. F. Sarmiento vetó en
dos oportunidades el traslado de la Capital Federal a la ciudad de
Rosario, como lo había dispuesto el Congreso de la Nación. Mayor
animosidad hacia dicha ciudad y la provincia de Santa Fe había
demostrado años antes, lo cual es menos conocido. Efectivamente, en
carta a Bartolomé Mitre, para robustecer el poder central porteño y
eliminar a la díscola provincia que otrora dependiera
directamente de Buenos Aires (a pesar de que ésta fue una creación
santafesina y, en última instancia, paraguaya) propone
directamente borrarla del mapa. A modo de botín de guerra el sur
quedaría en manos de Buenos Aires y el resto (desde el río
Carcarañá hacia el norte) sería entregada a Córdoba. He aquí el
texto a que hacemos referencia, fechado en septiembre de 1861:
"Sobre
Santa Fe tengo algo muy grave que proponerle. Desde 1812 este pedazo
de territorio sublevado es el azote de Buenos Aires. Sus campañas,
desoladas por sus vándalos; su comercio destruido por contrabandistas
que improvisan ciudades para dañarlo (1). Sus costas están siempre
francas para desembarco de los enemigos de Buenos Aires; sus
expatriados tienen allí su asilo(2). Buenos Aires recobra su antiguo
dominio y jurisdicción: el Rosario será gobernado por sus jueces de
paz, como San Nicolás; su aduana será sucursal de la de Buenos
Aires. El Congreso, para pedirlo, dará garantía de que Buenos Aires
no será dañado desde allí en adelante. Puede darse a Córdoba,
Santa Fe como frente fluvial y resguardo de sus campos de pastoreo,
tomando el Carcarañá por línea divisoria."
Sólo diez años atrás,
cuando era boletinero del Ejército Grande de Urquiza en campaña
contra las fuerzas del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, otros
eran los conceptos de Sarmiento hacia Rosario, donde había recibido
un cálido alojamiento. Estos cambios radicales de opinión también
suelen ser comunes en la historia. No sólo la donna é movile. Se
reproduce el documento respetando la ortografía sarmientina.
"El
Rosario está destinado por su posición jeográfica a ser uno de los
más poderosos centros comerciales de la República Arjentina y sería
la más pura de las glorias que codiciaría, acelerar el día de su
engrandecimiento i prosperidad. El último día del año 1851 ha sido
el más grato de mi vida. Hoi principia una nueva era para nuestra
Patria, i aprovecho esta ocasión para felicitar a los habitantes del
Rosario por tan venturoso Año Nuevo."
Greg
Haedowm
Notas
(1) Aquí el político e
ideólogo de origen sanjuanino hace alusión a Rosario. Parece
olvidarse que Buenos Aires tenía mucho para enseñar en la materia
contrabando, dado que floreció en gran medida gracias a él, burlando
el control de las autoridades virreinales de Lima cuando dependía del
Virreynato del Peru. Como para la mayoría de los políticos e
"intelectuales" argentinos, y no sólo, don Domingo F.
considera una misma cosa buena o mala de acuerdo a sus intereses.
(2) Es decir, figuras como
José Hernández (el creador del Martín Fierro) u Ovidio Lagos
(fundador del diario La Capital), quienes siendo porteños no abogaban
por un gobierno centralista ejercido desde Buenos Aires sino por
un régimen federal.
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(Una Anécdota de Lisandro De La Torre)
| Viajaban
al Rosario, desde Buenos Aires, Lisandro De La torre y el señor
Cornelio Casablanca, que era en ese tiempo gerente de la sucursal del
Banco Español del Río De la plata en la segunda ciudad de la
República. El convoy había llegado normalmente a San Nicolás, pero
allí estaba detenido hacía ya un rato largo, cuando el personal de la
empresa ferroviaria comunicó a los pasajeros que el tren no
proseguiría viaje. ¿Qué sucedia?
De La torre y Don Cornelio Casablanca trataron de inquirir el motivo de la determinación y supieron entonces que había estallado una revolución; supieron también que en el Rosario se estaba librando un combate entre la policía y bomberos con tropas del ejército sublevadas, a las que acompañaban civiles. El señor Casablanca, que según manifestó a De La Torre debía llegar indefectiblemente a destino ese día, se puso en movimiento con el fin de obtener algún vehículo que los llevara, y tuvo la suerte de conseguir un "breac", al que en el acto hicieron trasladar sus valijas. A todo esto, el señor Casablanca se había apercibido de que un hombre joven lo seguía continuamente y lo miraba de un modo que parecía que no quería perder un detalle de sus movimientos. Llegó el momento de subir al "breac", y tal hombre -que ya lo tenía molesto a Don Cornelio- se acercó y luego de darse a conocer como empleado del Banco de la Nación, les pidió que le permitieran participar del viaje, pues tenía él también urgencia en llegar al Rosario, porque llevaba dos millones de pesos que la casa central enviaba a la sucursal de esa ciudad. Con ese motivo De la Torre supo que el señor Casablanca, aprovechando también su viaje, era portador, a su vez, de un millón de pesos. Hicieron, pues, los tres el viaje, con otros tantos millones, pero llegaron sanos y salvos a su destino, después de algunas horas de viaje; viaje que se alargó más de lo necesario, debido a que tuvieron que hacer un rodeo al entrar a la ciudad. Sucedío esto el 4 de febrero de 1905. (Extractado del libro Anecdotario de Lisandro De La torre, escrito por Edgardo L. amaral; Bs. As., 1957) |
La Argentina Virreinal (I)
Breves Palabras sobre un Libro
de César L. Díaz
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Díaz, César L.: Intelectuales y periodismo. Los Primeros Debates públicos en el Río de la Plata, 1776-1810. La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 2005. Incluye apéndice documental. (*)
Este estudio pretende reconsiderar y reubicar, en la modernidad
rioplatense, el primigenio periodismo virreinal a partir de
nuevos elementos de análisis.
El autor se aboca a dar cuenta, por un lado, de la inexistente función
que representa el cuarto poder finicolonial para los historiadores del
período y los escritores del periodismo
en general. Por otra
parte, lo examina como eje fundacional de propagación, no sólo de
las ideas modernas sino también como núcleo de los primeros debates
públicos de la región, sin soslayar al intelectual del Río de la
Plata. En ese apartado la figura de Manuel Belgrano toma una dimensión
inabordada por otros estudiosos del prócer.
En suma, es un libro que conjuga la función del periodismo, de los
intelectuales y la novedosa costumbre de debatir públicamente.
César Luis Díaz es historiador
y doctorando en Comunicación por la Facultad de Periodismo y
Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. En esta
facultad se desempeña como docente investigador de la cátedra
Historia del Periodismo y las Comunicaciones en la Argentina y
codirector del Programa de Comunicación, Medios y
Periodismo. También es director de
la Colección de Historia Argentina de la Editorial de la
Universidad Nacional de La Plata (EDULP). Es asiduo concurrente a
congresos y conferencista;
autor de diversos artículos científicos y de divulgación en
publicaciones nacionales e internacionales; entre sus libros se
destaca La cuenta regresiva.
La construcción periodística del golpe de Estado de 1976. Bs.
As, La Crujía, 2002. Ha ganado becas y concursos siempre estudiando
las problemáticas de los medios desde una perspectiva histórica
- comunicacional.
(*) Este libro puede obtenerse en Melmoth Libros. |
Juan Bialet Massé (1846 - 1907)
y la Cuestión Habitacional
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Debido
a sus ideas republicanas este médico catalán debió abandonar España,
amigrando hacia la Argentina. En la ciudad de Córdoba revalidó su título
para poder ejercer su profesión. Hombre de una vitalidad
extraordinaria, en la universidad local también se diplomó de
abogado, de ingeniero y de perito agrónomo. Se desempeñó además
como docente, siendo rector de los colegios nacionales de Mendoza, San
Juan y La Rioja.
Siendo profesor de Medicina Legal en la Universidad de Córdoba, fundó
la cátedra de Legislación del Trabajo. La protección de los
trabajadores fue una de sus grandes preocupaciones, siendo un
precursor de la legislación obrera argentina.
Por encargo de Joaquín V. González, ministro del presidente Julio A.
Roca, elaboró un minucioso informe sobre el estado de los
trabajadores del interior argentino. El mismo sirvió para la
elaboración de un proyecto de Código de Trabajo.
Colaboró con el ingeniero Carlos Cassafousth (masón como Bialet) en
la construcción del famoso Dique San Roque (provincia de Córdoba)
Fue
iniciado en la masonería argentina en la logia cordobesa Jacobo de
Molay (nombre del último gran maestre templario) Nº 162. Hacia 1902,
estando radicado en la ciudad de Rosario, integró la Logia Unión Nº
17, una de las más importantes en la historia masónica rosarina. En
esta ciudad participó de la fundación del Centre Català. Actuó
también como asesor legal de varios sindicatos obreros y de la Bolsa
de Comercio.
A continuación extractamos una parte de su informe, ya mencionado,
referida a la vivienda obrera, cuestión fundamental en lo atinente a
la dignificación y nacionalización de los trabajadores.
LA CASITA Y EL CONVENTILLO“La vivienda de la libertad y del decoro, del patriotismo y de la honradez es… esa casita, aunque sea hecha con tablas de eucaliptos y cubierta con chapas de zinc, que tiene un jardincito delante y una quintita detrás, y con un corralito para una vaca ó una oveja para la leche…” . Más adelante, Bialet Massé da la superficie aproximada que a su entender debe tener este tipo de hábitat : “contenida en un acre (4.000 metros cuadrados), y aclara: “ese rancho tradicional que el Gaucho ama con tanta razón, el nido independiente donde se crían sus hijos con amor, donde se ama sin recelos, donde se habla sin cuchicheos”.
Para
evidenciar esta forma posible de vida, opone otro tipo de sociabilidad:
la del “conventillo”. Y es sentencioso al respecto: “yo estimo que
cada conventillo es una cadena que se ata á la libertad humana, una
ratonera que se arma al pudor y á la virtud del pueblo, un dogal á su
progreso y redención”. Por eso su propuesta es la de un hábitat
sano, disperso, no el de los conventillos (actuales Fonavis,
departamentos horizontales y hacinamiento habitacional) y el de las tóxicas
(en todo sentido) grandes ciudades: “si se quieren pueblos patriotas,
valientes, tendiendo á la fraternidad, siempre y únicamente serán el
nido, el árbol, el bosque; no puede amar a los extraños desconocidos
quien no ama a los propios
de su sangre, de su nación, de su raza”. (Párrafos extraídos del Informe sobre el estado de las clases trabajadoras en el interior de la República, Tomo II, Cap. XI, 1904.) Gerardo Roman. |
de la Plata, 1776 - 1810
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El objetivo principal
de este libro es traer a la discusión académica varios puntos
vinculados al universo del periodismo que, a menudo, son subestimados
por los investigadores sociales. Esta mirada comunicacional pretende
poner en el centro del debate la transición que vivió el Río de la
Plata hasta llegar a la Revolución de Mayo. El proceso fue
protagonizado por un grupo de intelectuales rioplatenses que dieron
forma a una naciente institución moderna: la esfera pública. Este
jerarquizado cenáculo pronto tuvo la necesidad de que las discusiones
que mantenían en privado adquirieran notoriedad y para ello sólo
existía una herramienta que ya había dado muy buenos frutos en Europa:
el periodismo. Con este medio en sus manos fueron imprimiéndoles
ciertas particularidades que lo hicieron más eficaz, como -por ejemplo-
ofrecer las páginas de las publicaciones para incorporar nuevos
conocimientos, pero -sobre todo- viabilizar el intercambio con los
demás lectores, quienes a menudo se hallaban a gran distancia del
centro político y periodístico. De tal forma, estos intelectuales
vernáculos, fieles representantes del "periodismo de
escritores", se afanaron por desarrollar sus mejores"armas
persuasivas" con un propósito pedagógico pero también político,
ya que había un "nítido norte": transformar la mentalidad de
los habitantes del virreinato. Evidentemente, se fue experimentando un
cambio paulatino en el imaginario social que permitió, poco a poco,
conferir a las "novedades" transatlánticas un fuerte sesgo
rioplatense. Esta tarea fue factible por la inteligente utilización del
periodismo. Particularidad ésta que no siempre es advertida por los
estudiosos especializados. Es tan así que el propio "motor
intelectual" del proceso revolucionario suele ser sustraído de la
faceta intelectual y, para nosotros, muy relevante de
"comunicador". Es por ello que hemos estudiado el perfil
periodístico de Manuel Belgrano, con el objeto de valorar y verificar
el extraordinario papel de ideólogo y difusor que desarrolló con una
claridad de conceptos y de hechos que observados a la distancia, sin
duda alguna, asombran. En efecto, estamos ante una figura que, de no
mediar indagaciones que demuestren lo contrario, es la única que ha
subsumido en su persona las multivalentes facetas de "escritor,
intelectual, político y revolucionario".
César L. Díaz: Intelectuales y periodismo. Debates públicos en el Río de la Plata, 1776-1810 (La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 2005, págs. 81-82) |
de la Modernidad
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En el Río de la Plata, desde la creación del virreinato la circulación de papeles manuscritos e impresos transformaron de forma inobjetable los modos de sociabilidad, permitiendo que estas nuevas ideas coadyuvaran al derrocamiento del poder virreinal. Las cartas, papeletas, libros, periódicos extranjeros y vernáculos divulgados eran buscados con avidez por los pobladores locales. Este estudio se circunscribirá sólo al universo periodístico, jerarquizando estas producciones por ser las más significativas para la región, dada la amplitud de público que accedía a ellas. La mayoría de las autoridades virreinales estimularon de una u otra forma el nacimiento y el posterior desarrollo de la prensa colonial. En efecto, fue el progresista Juan José Vértiz y salcedo (1777-1784) el encargado de proporcionar al naciente virreinato del Río de la Plata en 1780 el instrumento imprescindible para la posterior aparición de las publicaciones periódicas. Fue a los virreyes Gabriel Márquez de Avilés y del Fierro (1799-1801), Joaquín del Pino (1801-1804) y Baltasar Hidalgo de Cisneros (1809-1810) a quienes les cupo la determinación de otorgar el permiso para que se publicaran los periódicos el Telégrafo (1801-1802), el Semanario (1802-1807), la Gazeta del Gobierno (1809-1810) y el Correo de Comercio (1810-1811) respectivamente. Aunque no haya sido promovida por las autoridades delegadas del rey de España en el Río de la Plata, la hoja impresa La Estrella del Sud (1807), publicada en Montevideo, la consideramos perteneciente al periodismo virreinal rioplatense. En el periodismo fundacional existían diferencias y analogías que quedarán evidenciadas cuando las analicemos caso por caso. César L. Díaz: Intelectuales y periodismo. Debates públicos en el Río de la Plata, 1776-1810 (La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 2005, págs. 58-59) |
( 1846 - 1907 )
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Bialet Massé nació en
Mataró, provincia de Barcelona (Catalunya). Esta ciudad se ha destacado
por su actividad industrial (textil, vidrio y química). En 1848 se
inauguró allí el primer ferrocarril del estado español, que unía
Barcelona con Mataró. Estudió Medicina en la
Universidad de Madrid. Debido a sus ideas republicanas debió emigrar a
la Argentina (1873). Aquí
presenta cartas de recomendación al Dr. Bonifacio Lastra (1).
Los lazos masónicos internacionales (tanto Massé como Lastra
eran masones) facilitaron su inserción en la Argentina. De esa manera es designado Vicerrector y Profesor de Anatomía
en el Colegio Nacional de Mendoza, revalidando su título de médico en
el país. El de julio de 1874 se
casa con Zulema Laprida, nieta de Francisco Narciso de Laprida (diputado
ante el Congreso de Tucumán y presidente de la sesión del 9 de julio
de 1816, cuando se declaró la independencia argentina).
Ese mismo año asume el Rectorado del Colegio Nacional de San
Juan. En 1875 publica
“Lecciones de Anatomía, Fisiología e Higiene Humana”, un texto
para colegios secundarios. Hacia 1876 lo
encontramos como Rector del Colegio Nacional de La Rioja. Publica el
segundo tomo de las Lecciones ya mencionadas. En el transcurso de un
viaje atiende de urgencia en una carreta a Roque Sáenz Peña (futuro
presidente de la Nación). Con un instrumental no adecuado para el caso
pero haciendo gala de una gran idoneidad logra resolver la difícil
situación. Logró así el
reconocimiento de su inesperado paciente. Invitado por el Dr.
Manuel Lucero, Rector de la Universidad de Córdoba, para asumir la cátedra
de Medicina Legal se traslada en 1877 a la ciudad mediterránea.
No asume ese cargo inmediatamente, sino que primero se inscribe
en la carrera de Derecho. A los dos años se recibe de abogado y recién
entonces se hace cargo de la cátedra, elaborando el programa
correspondiente. Bialet Massé representó
a la Universidad de Córdoba en el Congreso Pedagógico de 1882, prolegómeno
de la Ley 1420 de educación común, obligatoria y gratuita. En 1883 es nombrado concejal de la ciudad de Córdoba
y luego presidente del Concejo Municipal. Durante su gestión se aprueba
la instalación de las aguas corrientes y del gas en la ciudad. Hacia 1884 inicia sus
actividades como empresario, escriturando propiedades en el Valle de
Punilla, donde funda la Fábrica de Cales y Cementos “La Primera
Argentina”. Las cales de esta empresa serán utilizadas por Carlos
Cassaffousth (2) en la construcción de “La Toma”
de Córdoba. Al año siguiente
obtuvo el Primer Premio de la Academia Nacional de Medicina por su libro
“Lecciones de Medicina Legal Aplicada a la legislación de la República
Argentina”. Nominado por la Facultad de Medicina obtuvo el
Grado Máximo Dr. Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba. Hacia 1886, asociado
con Félix Funes (miembro de una familia poderosa de Córdoba), contrata
la construcción del Dique San Roque –que dirigirá el ya citado
Cassaffousth- y el Riego de Los Altos de Córdoba, que finaliza en 1889. En 1890 las cales de su empresa reciben la
aprobación del gobierno nacional para ser empleadas en las obras públicas
de toda la república. No obstante, el reglamento de uso recién es
aprobado en 1892. Debido a esa tardanza, sumada a las deudas contraídas
para la construcción del Dique San Roque, ante una difícil situación
económica solicita concurso de acreedores. De esta manera concluye su
tarea como empresario. El 27 de julio de 1892
la policía despierta a los vecinos de la ciudad de Córdoba al grito de
“el dique se viene”. En
la puerta de su domicilio, Bialet Massé –acompañado por su ex socio
Funes- contempla la escena sin decidirse por reír o llorar. Lo primero
porque la rotura del dique resultaba imposible, dado que estaba
completamente seco (debido a que la falta de mantenimiento y su mal
manejo habían roto las compuertas, fluyendo el agua libremente). Lo
segundo porque se estaba utilizando el miedo de la población (3)
para destruir todo lo que el ex gobernador de la provincia
y luego presidente de la Nación Dr. Miguel Juárez Celman (más
allá de sus responsabilidades, chivo expiatorio de la crisis de 1890)
había logrado para el desarrollo de Córdoba. Es una constante de la
historia argentina que los sucesivos elencos gobernantes (desde los que
ejercen el control del estado nacional hasta quienes detentan la
presidencia de una comisión de fomento o club de bochas) son
partidarios, en mayor o menor medida,
de una política de tierra arrasada, sin tener en cuenta los
intereses permanentes de la nación, dado que meramente se preocupan por
sus apetencias facciosas. Las tribulaciones de
Bialet Massé sólo estaba comenzando. Poco después del pregón fue
detenido. Desde la cárcel se dirige a Juárez Celman, solicitando
ayuda: “Escribo a Ud. desde el Departamento de Policía donde estoy
preso por el crimen de haber construido el Dique. Le
garanto por mi honor
que el Dique es bueno y está bien a pesar de algunos desperfectos
causados por el abandono, pero no se asuste. Es cierto que hay que
derribar el Dique, para que no quede nada que venga de los Juárez!!! Bárbaros!!!
” Tras trece meses de
prisión, en 1893 el juez Antenor De La Vega declara inocente a Juan
Bialet Massé y a Carlos Cassaffousth con costas a la Provincia,
renunciando el gobernador Pizarro al día siguiente. En 1897, recordando
cuando el discutido ingeniero Stavelius había expresado que el Dique
cuando rebalsaba, vibraba y hasta se movían las tejas de la casa del
cuidador, reunidos Bialet, Julio Argentino Roca, el ingeniero Huergo,
Aranda y Caraffa (4) ante la majestuosa obra
exclamaron a coro: “¡¡¡vibra, vibra, Stavelius!!! Bialet había presentó
una querella contra el Stavelius por
ejercicio ilegal de la profesión y uso ilegal del título de ingeniero.
Hacia 1900 publica otra
obra de índole educativa: “Cuatro verdades sobre Enseñanza
Secundaria”. En 1903 hace lo mismo con “Ordenanza Reglamentaria del
Servicio Obrero y Doméstico” y “Deberes y Derechos de los
Trabajadores”. Durante el mismo año
representa a los estibadores de Rosario (ciudad donde también supo
residir) en un congreso obrero de alcance nacional. En 1904 el gobierno
nacional de Roca –a través de su ministro Joaquín Víctor González (5)-
lo comisiona para estudiar las condiciones laborales y de vida de
los obreros argentinos, con vistas a la redacción de un Código Laboral
de alcance nacional que atenuara la explotación de los trabajadores.
Elabora así el famoso “Informe sobre el estado de las clases obreras
argentinas”, documento de gran valor para la reconstrucción de la
historia social argentina. Publicó asimismo
“Descanso Semanal” y “Responsabilidad Civil en el Derecho Civil
Argentino” y un comentario sobre responsabilidad empresaria. Es
considerado un precursor del Derecho Laboral. “El Socialismo
Argentino”, “El espíritu de la Ley Nacional de Trabajo”,
“Administración de Irrigación” y “Comentarios a las leyes
agrarias” son otras de sus obras. En 1905 Bialet rechazó el nombramiento de Rector
de la Universidad Nacional de La Plata, propuesto por Joaquín V. González,
para no renunciar a su ciudadanía española. Se recibe de Agrónomo
en 1906 -a los 60 años de edad- y
es nombrado profesor de Legislación Industrial y Agrícola en la
Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad
Nacional de Córdoba. Edita
“El Dique San Roque” y “Colonias Nacionales Algodoneras” .
Elabora y publica el “Primer Censo General de Población,
Edificación y Recursos de la Ciudad de Córdoba”. Al final de su
autobiografía escribió: “muchos, hasta los míos, me dijeron
loco, y alguno hasta lo creyó de buena fe y con gran certeza. Oh!! ...
quién me diera volver a concluir otra locura tal!! Pero morir
como se nació y vivió, subir y siquiera vislumbrar el paisaje de la
cumbre, es hermoso morir y si es locura, es hermosa locura del destino,
es hija de la herida de la infancia, locura de amor conscientemente
padecida...” Luis Spissa. (6) ---------------------------------------------------------------------- Notas(1) En La masonería a través
de sus hombres del Gran Maestre Alcibíades Lappas (Buenos Aires,
1966) se brinda una sucinta biografía de Bonifacio Lastra (1845-1896), la
cual reproducimos. “Abogado
que participó en la Guerra del Paraguay, donde se distinguió por su gran
actividad. Fue subsecretario de Justicia e Instrucción Pública,
periodista, legislador provincial, vicepresidente de la Comisión de
Educación, presidente del Crédito Público, ministro de Hacienda
provincial, ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación
durante la presidencia de Avellaneda y diputado nacional en 1891-94.
Iniciado en la Logia Tolerancia Nº junto con Arsenio Lastra el 14 de
agosto de 1873, fue también uno de los integrantes de la Logia Docente". (2)
Lappas brinda los siguientes datos sobre Cassaffousth (1855-1900): Nació
en Buenos Aires y realizó sus estudios en Francia, donde se diplomó de
ingeniero. A su regreso al país integró el Departamento de Ingenieros y
como tal dirigió los trabajos del camino a Chile. Dirigió también la
construcción del Dique San Roque, en la provincia de Córdoba,
maravilla técnica en su género y la más importante del mundo en aquel
entonces. Catedrático de la Universidad de Córdoba, decano de la
Facultad de Ingeniería y miembro
de la Academia de Ciencias. Hijo de masón (su padre había
pertenecido a la Logia Unión del Plata Nº 1), fue iniciado en la Logia
Piedad y Unión Nº 34 de Córdoba
el 15/5/1893. (3)
Nos vienen a la memoria, en materia de campañas propiciatorias del miedo
público y de su empleo para dirimir conflictos entre grupo de poder, los
saqueos y desmanes de 1989 y
del año 2001. (4)
Obsérvese la pertenencia de Bialet al grupo de poder liderado por Roca
(ministro de guerra de Avellaneda y dos veces presidente de la Nación),
jefe del P.A.N. (Partido Autonomista Nacional), expresión política de
diversos sectores dominantes porteños y provinciales. El P.A.N. era una
red de poderes articulada a partir de dos instancias claves del accionar
político: la cooptación y la manipulación (con sus diferentes facetas:
el engaño, la corrupción y la represión). (5)
Escritor, político e historiador nacido en La Rioja. Se recibió de
abogado en la Universidad de Córdoba. Fue diputado nacional, gobernador
de su provincia natal, profesor de Derecho
en la Universidad de Buenos Aires y ministro durante las presidencias de
Roca y Quintana, alternando entre las carteras de Interior, Relaciones
Exteriores y Justicia e Instrucción Pública. Su figura está íntimamente
ligada a la Universidad Nacional de La Plata, la cual organizó junto con
su amigo Agustín E. Alvarez y dirigió entre 1906 y 1918. Su libro más célebre
es “Mis montañas”. Entre otras obras, escribió “La tradición nacional”,
“Manual de la Constitución Argentina” y “Patria y Legislación
de minas”. Redactó el
proyecto del Código de Minería. Tradujo al persa Omar Khayyam y al hindú
Rabindranath Tagore. Escribió
durante varios años en el diario La Prensa de Buenos Aires.
Siendo hijo de masón fue iniciado siendo menor de edad en la Logia
Piedad y Unión Nº 34 de Córdoba en 1881.
Según Lappas, su diploma de masón lleva estampada la firma de
Sarmiento como Gran Maestre de la Orden
y tuvo una destacada actuación en los ámbitos masónicos. Nació en 1863
y falleció en 1923. (6) De gran ayuda para la elaboración de este artículo divulgativo (que básicamente sólo pretende despertar interés por la figura del biografiado) ha sido una investigación de Norberto Huber publicada en internet. |
Imágenes del Deber Ser Masculino
y Femenino en el Periódico
"Tribuna Liberal" ( 1909 - 1911 )
Dora Barrancos
(IIEGE / UBA - CONICET) (1)
|
Cualquier
doctrina que se precie erige fórmulas de inculcamiento, establece líneas
didácticas que aseguren medios eficaces de transmisión y
especialmente, funda una pedagogía que unifique las concepciones, las
unciones y los comportamientos. Más
allá de las diferencias de contenido, y de la importancia consignada a
la estrategia educativa, la apuesta al aleccionamiento es una
experiencia común a todo orden doctrinario, y a menudo hasta las
formulaciones más secularizadas toman la forma de imperativos categóricos
que las conducen a un fondeadero común, a dársenas que fungen como
santuarios cuasi religiosos. Me
propongo analizar algunos registros de inculcamiento que se refieren a
una matriz sostenida por motivaciones radicalmente seglares y que pueden
otearse en el orden de las representaciones referidas al comportamiento
de los géneros, a las expectativas del “deber ser” de varones y
mujeres. Tal lo revelado por el periódico de inscripción masónica
“Tribuna Liberal”, aparecido en Buenos Aires a fines de la primera década
del siglo XX, aunque triangularé la cuestión con textos
correspondientes a otros dos periódicos de la misma identidad, “La
Acacia” - que circuló entre 1880-1895- y “La Verdad”, editado en
La Plata entre 1896 y 1899. Antes de ingresar al foco del problema
situaré algunas aspectos relacionados con la cosmovisión de la masonería
que permitan comprender las imágenes construidas por estas
publicaciones a fin de sustentar un canon ideológico y moral para ambos
sexos, en consonancia con la doctrina. La
masonería - o francmasonería - ha cumplido un papel de enorme
significado en la conformación de los espíritus liberales entre el
siglo XVIII y primeras décadas del XX en el área occidental, aunque en
sus filas conviviera un arco variadísimo de inclinaciones filosóficas,
ideológicas y políticas por lo que parece difícil sustentar la idea
de una única matriz doctrinaria. Sin embargo, y aún considerando las
adecuaciones y asimilaciones regionales, nacionales, locales sufrida por
la masonería, resulta innegable que se está frente a un macizo de
principios fundamentales compartidos y que constituye los elementos
centrales de la identidad. Pero si es innegable, tal como acabo de señalar, que la historiografía latinoamericana no ha dejado de señalar la importancia de la masonería especialmente en el transcurso del siglo XIX, no parece tan relevante la bibliografía centrada en la historia de las hermandades (2). No abundan los exámenes de la masonería en nuestro medio (3) y mucho menos aún los dedicados a dar cuenta de una perspectiva integral, que discurra sobre usos, costumbres y conductas, modos de vida y actitudes de los iniciados, siendo muy escasos los trabajos que enfocan las diferencias de género en este singular sistema de sociabilidad. Desde luego, parece conspirar para que así ocurra el propio orden críptico de la vida gregaria masónica al punto de conformar el conocido carácter de “secta secreta”, intersectada por las vertientes ocultistas que constituyen una nervadura destacada de su perfil, provisto de complejos rituales, todo lo cual asustaba a los adversarios, en particular a la Iglesia (y no sólo a la católica), cuestión esta que ha sido responsable de tantas manifestaciones antojadizas sobre las prácticas de los asimilados. Se sabe bien que la masonería se caracterizaba ampliamente por sus posiciones misóginas, que las mujeres sólo pudieron participar de manera rala y que en la enorme mayoría de los círculos ni siquiera se las admitía, toda vez que imperaban normativas excluyentes. Se destacan en este punto las Constituciones del clérigo anglicano J. Anderson en 1723 al originarse la Gran Logia de Inglaterra, circunstancia coincidente con los primeros pasos de la denominada “francmasonería especulativa” –concepto que da cuenta de un auténtico régimen doctrinario en este sistema de hermandades. La norma andersoniana decía: “Los candidatos admitidos como miembros de la Logia, deben ser buenos y leales, nacidos libres, de edad madura y discreta, no esclavos, ni mujeres, no inmorales o escandalosos sino de excelente reputación” (4). Pero a diferencia de los países europeos en donde ha habido mayor preocupación por desentrañar el régimen de la interacciones que caracterizaba a la membresía de las hermandades masonas - gracias a lo cual se han llegado a conocer los modos y límites de la intervención femenina -, en latinoamérica casi no contamos con indagaciones que iluminen esta cuestión. Emilio Corbière (5), que mencionó las históricas restricciones a la integración de mujeres, apenas pudo asomarse a la cuestión. Los registros que permiten reconstituir las experiencias masónicas en nuestros territorios, hablan de las divergencias en la aceptación o no de mujeres según los diferentes ritos, y aún dentro de estos, ya que los cismas resultaron una moneda corriente, no descartándose que entre las cuestiones confrontativas -a medida que maduraba el siglo XIX-, estuviera justamente la admisión de mujeres, o cuando menos, aspectos atinentes a su condición. Un análisis que intentó aportó más datos sobre la condición de las mujeres en la masonería se debe a Norma Mazur (6), que llegó a ocupar un cargo elevado en la institución en nuestro país. Emerge la idea de que entre las cofradías masónicas ganó estatura en las últimas décadas del XIX la defensa de los derechos de las mujeres y que no fueron pocas los masones que abogaron por la remisión de la inferioridad jurídica consagrada en los códigos –aunque debe pensarse hasta qué punto también no fueron masones quienes alentaron la subordinación femenina en el nuevo derecho que se propalaba por América Latina emulando el Código Napoleónico con vestigios de la normativa colonial. Las publicaciones bajo análisis sostienen la necesidad de igualar jurídicamente a las mujeres, y esto es enfático en el caso de “La Verdad” que realizará sostenidos exámenes de la cuestión femenina. Sin duda, otras transformaciones del derecho privado fueron sostenidas por la masonería: decididamente abogaron por el matrimonio civil y el descubrimiento de la paternidad en los casos de nacimientos ilegítimos. Si la primera cuestión se volvió central y muy exitosa en la acción liberal y masónica en todos los países hispanomericanos entre 1870-1900, la segunda tuvo un trámite menos contundente. De la misma manera surge con cierta regularidad la evidencia de que en el mismo período, buena parte de la masonería adoptó el punto de vista favorable a los derechos cívicos. La falta de unanimidad en este caso respondió a una serie de cuestiones, comenzando por los portadores de principios más radicalizados, en particular los anarquistas que abjuraban de cualquier intervención jurídica y que desde luego también valía para los derechos civiles. Un segundo grupo que, como el conjunto, recelaba de la comunión de las mujeres con la religión, pensaban que llevaría a hacer más conservador el orden de las costumbres y más poderosa la influencia religiosa en los gobiernos. En nombre de las ideas liberales y progresivas era entonces necesario impedir la ciudadanía de las mujeres. Otros dos grupos parecían asomar entre las huestes masónicas dispuestas a auxiliar el sufragio femenino, uno de tono moderado, que defendía el voto por etapas para consagrar, de manera evolutiva, la conquista de la ciudadanía. Este segmento recomendaba que debía comenzarse con la participación del voto femenino en el ámbito comunal. Finalmente, la masonería presentaba un núcleo de partidarios dispuestos a apoyar sin cortapisas la ciudadanía de las mujeres, y aunque parecían adventicios en un medio de estrictos moldes patriarcales, pudieron esgrimir argumentos que no dejaron de contener notas osadas aunque, como es de imaginar, apenas conmovieran los estereotipos de género de la época. Retomaré algunas circunstancias relacionadas con la incorporación de mujeres a la masonería una vez que la mayor flexibilidad o no de las logias en relación a esta espinosa cuestión, delata las propensiones o retracciones relativas a los derechos femeninos a lo largo de la evolución de las fuentes doctrinarias y de las prácticas institucionales. En la tradición francmasona continental pudieron establecerse afinidades con la incorporación femenina aunque a menudo se declarara que “las mujeres no son aptas para las rudas tareas que se imponen al masón”. Las indagaciones históricas que muestran las primeras evidencias de órdenes basadas en el “compagnonage”, y que identifican ciertas prácticas cerradas de miembros dedicados a la construcción – de ahí el término “maçon” –, empleando materiales de piedra pero también de madera, no excluyen la presencia de mujeres, sea como partícipes del oficio, sea como familiares de “hermanos” (7). Su presencia no parece tampoco haber sido impedida en el siglo XVII, pero en Francia la Gran Logia dará pasos sustanciales a mediados del XVIII abriendo los “talleres” de las hermandades a las mujeres que, debe subrayarse, serán en su mayoría miembros de la aristocracia. Así, la Logia de “Les chevalier et les femmes chevalier du Ancre” y la de los “Ligneux et ligneuses” (8)-ambas de 174- las admiten, lo que parece haber sido emulado por otros agrupamientos, una vez que el 10 de junio de 1774 la Asamblea General del Gran Oriente toma la decisión de crear el recurso de la “Masonería por Adopción” (9) para franquear su incorporación. El Duque y la Duquesa de Chartres están al frente de una Logia en 1778, y figuras como la Duquesa de Bourbon –que llegó a obtener el grado de Gran Maestra-, la Princesa de Lamballe (1780), la mismísima Emperatriz Josefina (1805), Madame de Vaudemont (1807), Madame de Villete (1819), Madame de Xaintrailles (1837) y la notable Flora Tristán (1830) se encuentran al parecer entre las hermanas que ingresaron a la “obediencia” en el territorio francés. El significado de la “adopción” ya entrañaba una circunstancia que no las hacía plenas en materia de derechos dentro del sistema de la “obediencia”. El ritual debía, inexorablemente, estar presidido por varones. Esta categoría había significado una concesión y no podía irse más lejos de lo que señalaban las pautadas normas de funcionamiento, entrañablemente masculinas a pesar de la presencia de mujeres. “Las Hermanas Masonas no se reúnen nunca solas; sus reuniones se abren también a los Hermanos (Tres Puntos)que tienen a lo menos el Segundo Grado. Por eso los oficios son dobles en la Logias de Adopción”- decía el reglamento (10). Lo notable es que los rituales que se prescribieron para el sistema de “adopción” se sustrajeron en gran medida de la escenas bíblicas, sobre todo mosaicas y Danton ha mostrado que en las prácticas originales a menudo se trataba de representar las mismas figuras del cristianismo –en particular relacionadas con la Virgen María- en una suerte de máscara, no exenta de tonos burlescos, pero tampoco desprovista de marcas que sugieren una venerable unción (11). Según el mismo autor, lo que al principio pareció expresar la intención de un remedo mordaz, luego tomó las formas de un ritual solemne. En general, la bibliografía se refiere a una expansión inicial de la participación femenina durante el XVIII para luego decaer, a raíz de los sucesos de 1789, desapareciendo casi en las primeras décadas del XIX. Nuevamente parece empinarse un movimiento de ampliación del reclutamiento de mujeres a fines del siglo, coincidiendo con la mayor visibilidad de la condición femenina subalterna, con la crítica de segmentos radicalizados a las costumbres burguesas y con el empinamiento de la denominada primera ola feminista. El escenario francés y español dan cuenta de este renacimiento de modo más significativo tal vez. En Francia, una notable feminista protagonizó un acontecimiento revelador de los problemas de cohabitación de los sexos en las logias que habían aceptado la “adopción”. Se trata de la bien conocida Marie Desraimes quien encontró problemas –junto con otras mujeres, entre ellas Marie Georges Martin- para su ingreso a la Logia de Pecq, originando entonces una división en 1882 que dio lugar a la Logie du Droit Humain (en la que se inscribieron un buen número de varones, que debían tutelarlas) cuya proyección forjó su nuevo nombre Logie International du Droit Humain a la que adhirió la que ya por entonces iba camino de ser la figura central de la Teosofía, Annie Besant. No puede sorprender que los miembros de la Teosofía participaran también de la masonería, ya que su creadora, la célebre Helène Blavatsky había consagrado una estrecha comunión entre las hermandades, ella misma se identificaba como masona y como tal fue reconocida en diferentes escenarios de actuación (12). En España, a fines del XIX se instala la preocupación por admitir mujeres. De acuerdo a Mazur– quien se basa en una nota firmada por Carlos de Egozcue en “El Oriente”, en septiembre de 1892 –, la Asamblea de los masones españoles de 1891 trató la cuestión y no hubo acuerdos. Quienes estaban a favor de la adopción femenina habrían declarado entonces que “La Masonería necesita para conseguir su fin en la sociedad profana, el apoyo de la mujer. No basta que la esposa, la hija o la madre del masón tolere que su deudo pertenezca a la Institución(...) Hay que enseñar a la mujer la masonería como es; nada de mistificaciones con la adopción; mucho menos la exclusión” (13). Pero si los acuerdos fallaron no se impidió la afluencia femenina en algunas Logias. Así, en el inicio del siglo XX, se encuentra la acción desplegada por Belén de Sárraga, figura muy proyectada a toda América Latina (14). En efecto, probablemente Belén representa a inicios del nuevo siglo lo que Francisco de Miranda a principios del anterior, aunque no parece que la masonería haya reparado en este paralelo, una vez que la agitación militante de Sárraga se destinó casi exclusivamente a promover los derechos de las mujeres. Fue tal vez la más importante embajadora itinerante que tuvo el feminismo en las primeras décadas el siglo pasado; proclamó sobre todo el derecho al sufragio, y para ello recorrió casi todos los países de América Latina. Más allá de la oratoria que asombraba a quienes la escuchaban en conferencias que prodigó de modo incansable, de los homenajes que suscitaba en cada estación del recorrido, del reconocimiento que conseguía hasta en la gran prensa, a la hora del balance consagratorio eran los “hermanos” quienes se llevaban los honores. Hasta es posible que el genio de Belén incomodara y que abundaran las suspicacias. Aún cuando fuera el resultado más perfecto de las devociones pedagógicas a que se entregaba la “formación femenina para la obediencia”, no tengo dudas de que el código más libre de Belén asustaba a sus “hermanos” porque efectivamente el canon de la “libertad, fraternidad y solidaridad” que regía en la doctrina, podía correr en su interpretación el riesgo de un exceso desventurado, convirtiéndose en un verdadero desorden. Si bien desde los últimos tramos del XIX y aún más en los primeros del nuevo siglo las logias parecen haberse abierto más a las mujeres y algunas alcanzaron perfiles destacados, el número de “adoptadas” fue siempre absolutamente escaso y aún cuando pudieron separarse en logias femeninas –algo decididamente más raro -, el número de varones era arrollador. En la mayoría de los casos a lo sumo se admitía a las mujeres en logias mixtas en las que se le reservaban actividades para las que siempre era necesaria la anuencia de varones. En México pudo haberse dado la experiencia de logias aparte, por lo tanto no necesariamente mixtas, como es el caso de la Logia de Siervas a cuyo frente estaba Josefa Domínguez (15), pero creo no haber dudas acerca de la necesaria supervisión de un “hermano” de alta graduación en sus actividades. En nuestro país, Mazur revela que en 1895 se instala la primera experiencia masónica con presencia de mujeres, el “Triángulo de Señoras “8 de marzo del 95”, patrocinada por el Gran Maestre Tomás Puig Gómez en el seno de la Logia Hijos de Hiram y bajo la presidencia de Cecilia V. de Vilar (16). Sus integrantes solían reunirse en la Casa Suiza, y un poco más adelante, el grupo evolucionó hacia la conformación de una Logia propia. Entre los cismas que dividieron la larga tradición del Rito Escosés Antiguo y Aceptado -que ha hegemonizado a la masonería en la mayoría de los países occidentales (17)-, se encuentra el que originó la Logia del Rito Azul que seguramente permitió la “adopción” de algunas mujeres. Entre ellas es muy probable que se encontrara Julieta Lanteri de quien publicó algunos trabajos. Otro tanto pudo haber ocurrido con Alicia Moreau, y María Abella Ramirez, todas reconocidas feministas. En 1911, a propósito del III Congreso Nacional del Librepensamiento en Santa Fe, y en el que participaron algunas mujeres entre las que se encontraban Julieta Lanteri, María Abella Ramírez, Isabel Creu, Josefina Durbec Routin y una periodista italiana, uno de los temas ríspidos y más resonantes fue justamente la incorporación femenina. Lanteri, que había sido elegida vocal en el organismo, debió renunciar con escándalo del “feminismo” que acompañaba su postulación (18). Para “La Verdad” el tratamiento de la condición femenina se imponía aunque resultara conflictivo y en notas publicadas en abril de 1896, mostró simpatías por la adopción de mujeres a raíz de la resolución de una logia platense, aunque finalmente abogaba por logias propias, con habilitación de ritos propios, habida cuenta, “los problemas que ha traído” – sin que se los enunciara -, la reunión de hombres y mujeres. Pero ingresemos al análisis de “Tribuna liberal”, proveedor de motivos representacionales relacionados con la conducta de mujeres y varones identificados con la masonería. Dirigido por José María Pérez –que al parecer fue un conocido publicista de la Orden -, mantuvo evidentes vínculos con las logias del litoral. Su identidad masona y liberal no puede ponerse en duda, y aunque siempre resultará difícil desentrañar con rigor los atributos de esa especie, acceder al significado prístino de tal identificación, creo que en este caso el credo liberal se sostiene en las siguientes dimensiones argumentativas: laicidad radical, fe exponencial en la razón y la ciencia y apuesta republicana como forma de la gobernabilidad. El “deber ser” de una mujer con auténtica identificación liberal. Las familias que se ceñían al adoctrinamiento de la hermandad, aunque podían muy bien mantener el espíritu cristiano - la masonería entrañaba una identidad con los principios del cristianismo, aunque abjurara de las ataduras eclesiásticas -, debieron procurar una formación coherente con los principios. Pero es muy difícil imaginar que los varones masones consiguieran, en interesante proporción, emparejarse con mujeres ya “adoptadas” dada su absoluta escasez en las cofradías. Si ha de pensarse que una señal importante del patriarcado era la capacidad de imponer puntos de vista, en el caso de la oposición a las marcas religiosas por parte de maridos masones, debe pensarse en negociaciones de los cónyuges que –hay que admitir- estaban lejos de significar una victoria aplastante de la perspectiva masónica. Los liberales masones, muy probablemente, inflexionaran el tono anticlerical frente a las cuestiones religiosas planteadas en el seno de sus familias y debió ser absolutamente común observar una doble identidad: si en el templo masónico se pontificaba contra la clerecía y especialmente contra el orden papal, en el recóncavo hogareño se transigía con ritos bautismales, confirmatorios y con la boda religiosa a toda pompa. Numerosos personajes mantenían esta doble galería ideológica y valga como muestra la conocida conducta de Porfirio Diaz a quien la inscripción masónica no le impedía ver con beneplácito la acendrada vocación católica de su esposa, hija a su vez de otro prominente masón. Debieron sobrar los casos que presentaban esta doble identidad que sólo en apariencia podría significar una incoherencia insoportable. No puede pensarse entonces que la educación familiar se orientara en el sentido del dogma masónico ya que este apenas ingresaba de modo intersticial, y tal vez sólo se hiciera sentir en una segunda o tercera sociabilidad, entre la adolescencia y la juventud. La prensa de la “obediencia” debía hacer lo suyo. Muchos publicistas, y pedagogos, se encargaban de promover tareas reeducativas para modificar el fondo oscuro de la primera impregnación familiar y de las instituciones religiosas, y en altísima proporción esto fue lo que se propusieron quienes llevaron adelante el cometido de las “escuelas racionalistas” tanto en Europa como en América, realizaciones centrales en los ideales del anarquismo. Nuestro periódico inculcó modelos de comportamiento que obraran de modo ejemplar para disuadir las distorsiones de la esfera eclesiástica que si era grave para la personalidad del varón - sujeto proverbial del empeño masónico en orden a la racionalidad natural que portaba -, resultaba catastrófica con respecto a la mujer, clave en la transmisión de sensibilidades, orientaciones y costumbres. De modo que la religión será permanentemente anatemizada y constituirá el foco al que se dirija el grueso de las hostilidades. Se propondrá, como parte de la estrategia, emplear los propios discursos femeninos como un arma para atacarla, una vez que el periódico está claramente orientado a defender la condición de las mujeres aún con las limitaciones del caso. María Josefa González, que vivía en la localidad de Alcorta - provincia de Santa Fe -, y que seguramente había ingresado al rito a través de la adopción y de quien se decía era “una distinguida escritora”, se dirigía al director de “Tribuna Liberal” para hacerle saber cuánto compartía los valores de la publicación, alejados de las prácticas “non santas” que pululaban: “Hay muchos órganos que sólo luchan y bregan –decía- por el amor al lucro (...) que se pliegan y repliegan según las exigencias del estómago” (19). Y proseguía. “Son en efecto muy pocos los órganos que despliegan con altura la propaganda liberal y la sostienen incólume, sin las odiosas claudicaciones que hacen de la prensa corriente mercancía de mostrador”. María Josefa, como es fácil advertir, también convocaba a una axiología que purificara las costumbres de los practicantes “liberales”. Había podido conocer el consecuente trayecto del director Pérez y véase en qué circunstancias: “Aún en mi niñez, cuando yo era aún víctima del pulpo católico, he conocido el periódico “El Infierno” el mismo que más tarde Ud transformó en un ariete poderoso, (...)pareciéndome entonces aborto del otro infierno. En aquella época se hallaba bien ajena de mí la idea de que con el correr del tiempo - ese gran maestro de experiencia- había de estrechar “in mente” la mano de aquel condenado, y hoy lo felicito y estimulo por proseguir la lucha contra esa falange de cuervos, oponiéndole la luz de la razón y de la lógica a las sombras tenebrosas del oscurantismo religioso". La confesión abjuratoria del catolicismo situaba a esta carta en la línea de la deontología liberal destinada a las conciencias femeninas. El periódico consagró unos meses más tarde un número especial, fruto de un concurso “ad hoc”, destinado a la cuestión bajo el título “La mujer y la Iglesia” en la que pudieron expedirse una buena cantidad de varones aunque no faltaron las asignaturas femeninas, algunos de cuyos textos analizaré. La nota editorial con que se abría esta edición decía:
“A ti esclava, a ti ciego instrumento de la Iglesia que te degrada y
envilece; a ti que te arrastras a los pies del sátiro confesor, al que le
cuentas los sentimientos recónditos
de tu alma: a ti, cuya fe explota una religión absurda que te ha negado
el alma y comparado al más inferior y feroz de los animales(...), a ti
dedica estas páginas “Tribuna Liberal”.
“Léelas y medita. Como puede observarse la condena a la acción de la Iglesia sobre la personalidad de las mujeres era absoluta y las admoniciones resultarán redundantes. La idea de que sólo se podía ser una “digna compañera” si se lograba sacudir los prejuicios del inculcamiento confesional, resultó una moneda corriente en el librepensamiento, pero por cierto menos para empinar la condición autónoma de las mujeres que para no obstruir la voluntad de los varones. Entre los discursos que vinieron a tono a raíz de este número especial se encuentra el de Florencio Garrigós (21) para quien ninguna otra cuestión revestía más importancia “que la que se refiere a la emancipación de la mujer de toda influencia dogmática”. Destacaba que en el hogar “la mujer viene a ser el árbitro de la educación moral” y se indignaba ante la incuria de los varones que “no toman ninguna determinación para impedir que sus mujeres manden los hijos a las escuela católicas...”. La Iglesia, sostenía, “se vale de la mujer para llenar sus fines y perpetuar su poder", haciendo de la educación, tanto privada como pública, el medio ideal “para que la mujer y el fraile continúen su influencia sectaria”. Su diatriba era exponencial ya que –denunciaba -, “la Iglesia constituye dentro del Estado Argentino una potencia extranjera”, y la mujer y el clero eran las piezas centrales en ese dominio: “La mujer en el hogar doméstico, en la escuela primaria y en la beneficencia del Estado y los ministros de la Iglesia en la educación pública, han establecido en el país una irritante tiranía religiosa” (22) Garrigós se indignaba con la moral basada en las fantasías que la instrucción religiosa prodigaba a los niños alrededor del infierno y el paraíso. De los dos medios que “el poder público ha reunido para alcanzar el perfeccionamiento social”, “la educación y la religión”, debía esperarse que la primera perpetuase “la buenas costumbres, las artes, las ciencias, las afecciones” que “fortifican las inteligencias y contribuyen al progreso de la humanidad”. De la religión – término que era evidente no podía descartarse- sólo debía esperarse que actuara por “persuasión” y en arreglo con los “principios de la moral”. La función de la mujer en la educación primera, en el hogar, era trascendental, por lo que había una tarea de igual calibre que hacer con ella. Para Antonio Zuñiga, aunque reconocía que pese a que la religión era lo “que más ha deprimido y vilipendiado a la mujer, tiene en ella su más poderosa ayuda”, el remedio era “la emancipación política cuanto antes”. No obstante ciertos límites de su discurso, Zuñiga comulgaba francamente con la causa del progreso femenino. Véase: “Con prescindencia de sus títulos de familia y examinada en sus cualidades personales, dentro del límite a que puede llegar su desarrollo moral e intelectual, la mujer es, - pese a ciertos filósofos- muy capaz de levantarse al nivel del hombre y ser tanto como él. Y forzoso es reconocerlo que no obstante el envilecimiento en que se la ha tenido postrada en todas las épocas del mundo ella ha tomado siempre una gran participación en los movimientos de carácter social; siempre el sello de su genio se ha estampado(...) en las civilizaciones por las que pasó la humanidad; siempre su palabra ha decidido en la suerte de pueblos y hombres” (23) Nuestro autor reprochaba al hombre su rotundo egoísmo, “todo lo quiere para sí y muy poco para la mitad más bella del género humano”. Y tal como se sostenía en el período –aún entre progresistas como Zuñiga –, “la Naturaleza ha organizado a las mujeres para el sentimiento más que para la reflexión, la debilidad de sus órganos, los grandes defectos de la educación y sobre todo su ignorancia, la hacen las susceptibles que los hombres al temor, la credulidad, el fanatismo”. Pero si las mujeres eras cómplices, no eran las más responsables, “culpad al hombre que ha hecho esas leyes y que no sabe educar a quienes debían ser, en el orden la Naturaleza, manantiales de dicha y consuelo”. La unción reverencial de Zuñiga por el plano idealizado de la criatura mujer, arroja hipérboles que vale la pena transcribir pese a su extensión y que, como se verá, están en contrapunto con el plano práctico: “En nuestro sentimiento, la mujer es un ángel; en nuestra mente, una elevada y vaporosa concepción ideal, cuya contemplación nos arrastra a los sublimes transportes y placeres de la vida espiritual: en nuestro pensamiento y en nuestra razón es un apoyo providencial, sin la cual la felicidad sería una abstracción irrealizable(...);es una compañera adorable, que comparte con nosotros la dicha y el tormento; es un consejero sabio que nos ofrece constantemente felices inspiraciones; es un obrero infatigable que se asocia a nosotros para ayudarnos en las faenas. En nuestros ratos de emoción y espiritualismo es el libero de la Naturaleza en cuyas páginas se acrisola el sentimiento, la idea se eleva (...) y concluye el espíritu por desprenderse de la materia para entrar en un cielo de ilusión y de arrobamiento, que es su alma, su ternura, su amor !” (24) La exaltación de la condición femenina, elevada a este cúmulo de notas virtuosas –pero que bien observadas apenas disimulan las actitudes concesivas, provenientes de quien evidentemente está plantado en un terreno superior- debía reparar con las circunstancias prácticas de la vida. Así, según nuestro autor: “¡Ah! Pero en el orden práctico es una cosa muy distinta. En la realidad prosaica de la vida social, en nuestras costumbres, no es más que una esclava, con la cadena prendida al cuello, cadena que lleva desde la cuna el tálamo nupcial hasta el sepulcro”. La idea de la esclava era explícita o subyacía, pero no faltaba en los exámenes de estos núcleos de librepensadores. Generalmente –tal como este texto lo hace – se contraponía a las celebraciones más encendidas del ser femenino cuando era necesario demostrar por qué, finalmente, no era posible confiar en las mujeres. El sino del serrallo las acompañaba y era preciso un estado permanente de vigilia, pero aunque como en el caso de Zuñiga se mostrara a un verdadero culpable, el abstracto “hombre”, la balanza se inclinaba decididamente hacia la institución Iglesia y casi nada hacia otras vertientes de la tradición patriarcal. Porque, finalmente, todos los indicios condenaban la exagerada Naturaleza de la emoción femenina producida para entrañar la fe, la superstición, el dogma. Tal era también la opinión de Julieta Lanteri (25) de cuyo feminismo no es posible desconfiar. Debe pensarse que la retórica empleada subrayaba el tono agonístico porque deseaba redoblar la apuesta a los compañeros y porque quería, al mismo tiempo, actuar como revulsivo entre las congéneres, en franca atonía con las señales del feminismo. Lanteri pontificaba sobre las relaciones entre mujer e Iglesia como términos que “jamás debían unirse”, ya que era juntar la “eterna creadora” con “la mansión mistificadora”, lo que servía de constatación a todo lo contrario: “Es horrible el pensar que la mujer haya sido y sea quien sostenga con su fe creyente ese vivero de infamias”. La explicación para la caída femenina en las férulas de la Iglesia estaba en el sentimiento ofendido de las mujeres frente a las vicisitudes de su experiencia: “Todo ser oprimido necesita un confidente, toda alma lacerada necesita un consuelo, todo ser mártir ansía una recompensa ya esta la gloria, la fama o la suprema tranquilidad de la muerte..." Pero parece no escaparle que había cierto desdén hacia la verdadera libertad femenina entre los miembros de la cofradía cuando condenaban esos vínculos sojuzgadores, pues la norma argumental rezumaba odio y se esgrimían argumentos que no se compadecían efectivamente con el íntimo deseo femenino. “Venzamos con inteligencia, venzamos con amor!” – reclamaba. Las mujeres podían salirse de los opresores, pero era necesario reconocer que lo hacían por ellas mismas - por amor a ellas mismas- y no como se preconizaba, como un medio apenas, y lo mismo ocurría con otros sujetos sometidos. Lanteri reclamaba que se depusiera el sentimiento instrumental: “No arrancamos la mujer al fraile sólo porque por la mujer el fraile vence y por ella perpetúa la ignorancia, separémosla de la iglesia por amor a ella misma, para darle la libertad que merece, para facilitarle su expansión y su eflorescencia. “No separemos la iglesia del estado para destruir al fraile, sino por amor a todos los seres que constituyen ese estado, para que con ese dinero, con los ladrillos que forman sus templos (...)se levanten asilos, hospitales, escuelas, gimnasios, etc. “No quitemos el niño al fraile para que no venza con él y domine al hombres de mañana, sino por amor al niño y por respeto a sus derechos...” (26) Finalmente, solicitaba actos amorosos para que las mujeres salieran del error y la ignorancia: “Ayudemos a la naturaleza a deshacerse de lo que la daña, más ayudémosla con amor para no ser nosotros también entidades dañosas” Y concluía: “Tenemos el derecho a defendernos de los curas. Hagámoslo con altura”. Si, como se ha visto, la religión ocupaba el más amplio espectro de los problemas para diseñar un nuevo destino a las mujeres para que cupieran en el ideal liberal y masónico, el casamiento era observado con particular ansiedad. El rito de la boda era un momento especial que se destinaba a enfatizar las reglas de la apostasía. He sostenido en otro lugar que el clero se esperanzaba en una intervención que –no sin razón -, creía inexorable en dos momentos sustanciales, el casamiento y la proximidad de la muerte (27). De modo que no puede sorprender que la acción pedagógica de “Tribuna Liberal” destacara, entre los aspectos centrales de su atención, el casamiento, que debía observar un completo acatamiento laico. Así, la propaganda de los matrimonios que se realizaban sólo por civil, con ilustración de detalles que rodeaban la ceremonia, subrayando las huellas profanas y con abandono de cualquier significado que no fuera estrictamente seglar, resultaron materia repetida en nuestro periódico. No vacilaba en publicitar asuntos íntimos con el ánimo de conferir más fuerza y verismo a la prédica, tal lo procurado con la noticia de un enlace que se malograba, el de María Luisa Borrego con Domingo Vische en la ciudad de Santa Fe. La nota decía: “Celebramos efusivamente que la Sta. Borrego rehusó la mano de su prometido por haberle propuesto enlace eclesiástico(...) El novio desistió del proyecto –cosa que la honra muchísimo...”. (28) En este mismo orden, véase un ejemplo de crónica de un enlace que debía propagandizarse, realizado también en Santa Fe en febrero de 1910: “(...)En la casa familiar de la novia (...)tuvo lugar el enlace de Ofelia C. Villarroel, hija de nuestro estimado colaborador y correligionario el Dr. Raúl Villarroel, con el Sr. Francisco Sáenz Díaz (...) apreciado vecino de Rafaela, director del periódico local “El Pueblo”(...)Hubo un animado pic-nic en la casa de la novia (...) Los obsequios recibidos por los novios: Sra. de Montaldo y Srita. Araguen, un par de cuadros para el comedor; Sr. Modesto Sánchez y Sra. un reloj fantasía; Sr. Valentín Reinoso, un juego de té de porcelana; Sra. María Ferreyra un par de jarrones; Srita Francisca Queirós, una sombrilla de seda bordada a mano(...)” (29) Otros regalos recibidos por los esposos eran un abanico de encaje, un prendedor de brillante, un juego para servir helados, una heladera de cristal, un juego de agua de cristal, estatuas de bronce, etc. pero no había, absolutamente, ninguna referencia a íconos religiosos. Y de eso se trataba, de mostrar el esmerado canon seglar de la ceremonia. A veces, aunque debemos suponer que no era lo habitual, la boda tenía lugar en la misma sede de una logia. De ocurrir esto, algún miembro importante -tal vez de máximo grado-(30) profería un discurso de ocasión en la que probablemente nunca estaba ausente el énfasis acerca del carácter civil de la ceremonia. Aunque no me es posible explorar hasta qué punto la masonería entrañaba un orden confesional sustitutivo, una urdimbre de simbologías y mitos inescindibles de la racionalidad religiosa y de la experiencia trascendental, hay buenas razones para concluir que efectivamente lo era y que el casamiento en la hermandad constituía un rito instituyente con todos los significados de la bendición de los miembros de una comunidad. Las mujeres eran decisivas en la materia y las que resistían el imperativo de la inscripción eclesiástica debían ser exaltadas, promovidas a una exposición pública para que conmovieran con su testimonio aún a costa de dolor y ludibrio. Las felices desposadas con miembros de la masonería eran igualmente celebradas, honradas con crónicas que las exhibían como elementos ejemplares, y obtener su emulación por parte de las congéneres era el objetivo perseguido por notas tan minuciosas. Unas y otras destilaban los atributos de la “verdadera mujer”, que pontificaba el credo masónico desde el ángulo de la radicalidad liberal sostenida por el periódico, opuesta a la “mujer esclava” por las oscuras fuerzas de la religión. El ideal femenino que se propalaba entonces, basado en la absoluta naturalización de las funciones de la mujer, lo que coincidía sin fisuras con el canon del período, reclamaba sin embargo algo más que “un ser pasivo y rutinario” (31), tal como expresaba en una larga nota José A. Venegas, miembro de la masonería de la localidad bonaerense de Juárez, en “La Acacia”. El ser femenino reclamaba ilustración, para ponerla a la altura que “la mujer tiene en la sociedad y por la influencia que en ella ejerce”. El colaborador se preguntaba: “¿Será suficiente que la mujer posea en alto grado la bondad, la dulzura, y todos los nobles sentimientos que emanan de su noble naturaleza? No. Necesita el cultivo de sus facultades (...) Necesita los elementos de la cultura del pensamiento para formar juicios exactos de las cosas y marchar por la senda escabrosa de sus delicados deberes” (32) Se esperaba de la mujer liberal que venciera la ignorancia y que inculcara en el corazón de los hijos “el respeto a las leyes, base de toda organización social”. Venegas, como no podía ser menos, también atacaba a la Iglesia, pero en su caso -y he podido constatar que no era el único que tenía esta posición (33)- abogaba por que la masonería no erradicara por completo la “natural inclinación” de los sentimientos hacia la trascendencia, sino moldearlos. Se trataba de poner un dique para evitar el desborde. Véase: ”La mujer liberal debe determinar el límite de lo religioso para no ser víctima del fanatismo(...)que la conduce al error, porque si la religión es un freno para la Conciencia de los humanos, no hace más que obcecar cuando no está comprendida sabiamente” (34) Esto significaba que debía practicar exactamente las normas morales que reclamaba la Iglesia, pero ajustadas en todo a un mandato secular, debiendo entonces “practicar el bien en todas las esferas, sin que ello la detenga en ninguna distinción de clases, ni de religiones, porque todos son iguales ante el Dios omnipotente que les dio la tierra por sustento” Para desbaratar cualquier prevención acerca de las desviaciones de conducta que pudiera sufrir la mujer comulgante con la masonería -y piénsese en las campañas que solían desatarse desde púlpitos y otras platafomas-, nuestro autor rezaba un “auto de fe” sobre su impoluta naturaleza: “No se crea jamás que la mujer liberal está exenta de las preciosas virtudes que constituyen el puro perfume de su alma; todo lo que es noble, elevado y bueno seduce su naturaleza impresionable, y su influencia esclarecedora por la educación, forman en ella un conjunto de inapreciables cualidades que caracterizan el tipo más perfecto de la que debe influir en los destinos de la humanidad” (35) Los ecos de Jules Michelet son reveladores en esta apoteosis del alma femenina y puede observarse que a menudo los discursos masones se apoyan en los ideogramas seráficos del gran historiador, exaltadores de “la mujer” que debe sustraerse de lo público para consagrarse a la clave verdadera de la vida republicana: el sagrado fuego del hogar. Tal lo que sostiene nuestro autor: “En el hogar, que es el teatro donde desenvuelve sus aptitudes, la veremos en medios de las actividades del trabajo que moralizan las costumbres, atender por sí misma la educación moral, intelectual y física de los hijos(...) y para sí misma, cuida el orden y la organización de los deberes domésticos...”. Para finalizar, resultaba irreprimible volver sobre la cuestión religiosa. El diseño del deber ser femenino, más allá de algunos matices, volvía sobre el imprescindible distanciamiento con cualquier representación eclesiástica, aunque pontificaba sobre un ser acéptico en materia de conductas mundanas; se exigía entonces a la mujer casi la misma condición que a las beatas que se rechazaban, e idénticos deberes que a las matronas “pasivas y rutinarias”. “Indudablemente, no la veremos asistir al templo, ni tampoco constantemente a los paseos y diversiones, pues una y otra le absorberían un tiempo que debería ser destinado al cumplimiento de los deberes que constituyen su importante misión. La formación de la familia honrada, laboriosa, inteligente y dispuesta a prestar su servicio a la sociedad, a la patria y a la Humanidad entera” (36) La masonería festejaba los virtudes “naturales” de la mujer y los asimilaba al propio orden doctrinario. Si su alma era inundada por el equívoco y conducida al mundo de las trebas originado en la ominosa influencia de la religión y las supersticiones más primitivas, se imponía una reeducación que la condujera a la luz de la razón y la verdad. Una tarea, claro está, que estaba reservada a los hombres ya esclarecidos, o por lo menos, supervisada por estos. No obstante la decidida simpatía que “Tribuna Liberal” derramaba por la causa emancipatoria de las mujeres, la propaganda que facilitaba a las “adoptadas” y simpatizantes con el librepensamiento, el ideal femenino sólo podía anclar su verdadera esencia junto a los valores propuestos por la figura de un valor esclarecido que se confundía con la del patriarca. El “deber ser” de un varón auténticamente liberal El ideario masónico de “Tribuna Liberal” –y de los otros dos periódicos examinados- se empeñaba en corregir las desviaciones de los varones. Aunque presumía que eran menos proclives a caer en las garras de la superstición y la fe, no le escapaba que su voluntad inflexionaba y que, finalmente, abjuraban de la libertad de raciocinio. Si las mujeres eran sobre todo las piezas elegidas por los designios conservadores, era inexorable admitir su influencia sobre los varones. ¿Podía desconocerse, acaso, que no eran pocos los masones que dividían adhesiones con ciertas prácticas religiosas? ¿No estaba lleno de ejemplos de “hermanos” que comulgaban aviesamente con la Orden y con la Iglesia? ¿Cómo seguir admitiendo esta incoherencia? Tales preocupaciones movían a nuestro periódico a superar cualquier reticencia en materia de denuncia, era necesario señalar los malos ejemplos y demandar su expulsión. Así, “tribuna Liberal” no dejó pasar las circunstancias que ponían bajo la lupa al Gran Maestre Dr. Emilio Gouchon, que a juicio del editor no se privaba de comunión con la Iglesia. Bajo la fórmula retórica del “J´acusse” de Zola, difundió una especie de apóstrofe que contenía las siguientes manifestaciones:
“No es liberal el que acepta
padrinazgos religiosos.
“No es liberal el que dona
piedras votivas con su nombre a la
basílica de Luján.
“No es liberal el que educa a
sus hijos en el colegio del “padre”
Lacordaire. “Entonces no es liberal el Dr. Emilio Gouchon. Como consecuencia lógica debe separado de la Liga Nacional del Librepensamiento y renunciar al cargo de Gran Maestre de la Masonería Argentina” (37) Desde luego, esta invectiva pública –que hasta donde se sabe no sólo no produjo efectos negativos, sino que fortaleció al agredido- debe interpretarse a la luz de los perpetuos conflictos que vivieron los miembros de la Orden. Las acusaciones a Gouchon –y es difícil saber qué pudo haber de cierto- se originaban en las reyertas que habían dado lugar al nuevo nucleamiento de nuestro publicistas, enfrentado a la Logia oficial, sede del Gran Oriente Argentino. El empeño de Díaz en depurar las almas confesionales lo llevaba a difundir una especie de apotegma. en la parte principal del periódico, cuya observancia reclamaba para quienes se identificaban como liberales en la hermandad. Véase:
Como puede observarse, el “deber ser” requerido a los varones también hacía centro en la cuestión religiosa. No hay dudas sobre su clara hegemonía en el repertorio de las virtudes sostenidas por nuestro periódico. La Razón que debía iluminar las conciencias encontraría por sí sola motivos rectos, afinados con las almas libres que sólo podían estar destinadas a la promoción del Bien y la Belleza. Los misterios no eran tales, ya que la hermandad masónica describía otro arco de vínculos con lo insondable. Así, el colaborador Muñoz de Vivanco podía afirmar en “Mi Credo”:
Aunque a menudo “Tribuna Liberal” hacía referencias a lo que distinguía efectivamente a un auténtico liberal de un impostor, su énfasis en la cuestión de la racionalidad opuesta a la fe católica postergaba las otras cualidades que se exigían a los adeptos. “La Verdad” fue decididamente más explícita con respecto al perfil de un varón adoctrinado. Su personalidad, sus ideas, su conducta debía volcarse por entero a “perfeccionar al hombre y asegurar el progreso” (38), apotegma mayor de la Orden según el periódico. Una larga conferencia de una figura destacada de la masonería platense, Agustín López Camelo - con máximo grado en la Orden -, ponderaba los valores relativos superiores de la masonería y el tipo de varones que estos convocaban. “(...)Que el hombre mire al hombre como su hermano y que sea virtuoso y honrado”, que actué “con libre y espontánea libertad”, que le sean esenciales “la virtud, la moral, el amor al trabajo, a la familia”, e interrogaba y respondía retóricamente sobre las relaciones de los masones con la esfera de la trascendencia: “¿Qué aquí se cree en Dios y se practica la doctrina de Cristo? ¡Esto a nadie debe ocultarse, todos deben saberlo!” (39). Haciendo propias las palabras de un cofrade historiador, sostenía: “Un masón abraza a todos los hombres en todos los países, de todas las religiones, de todas las condiciones sociales. La riqueza, el poder y el talento no son necesarios a la persona de un masón. (Sólo) Una reputación intachable y una virtuosa conducta” (40) El propio culto de la masonería podía admitir espíritus que estaban dispuestos a enmendarse, de idéntica manera que el cristianismo procedía con quienes se arrepentían de sus pecados, que tanto coincidía con el principio roussoniano de que esencialmente los hombres no eran malos y que si habían sido conducidos al error y la infamia se debía a defectos de la sociedad. Los cuadros sociales adversos trastocaban bien por mal. Así, el orador proclamaba con entera provocación: “Cualquiera que sea la faz bajo la cual se examine al hombre, el malo, el perverso, el vicioso, el depravado o criminal, tiene en su alma una antorcha imperecedera que lo alumbra eternamente(...), tiene el honor” (41) Como remedo de las virtudes teologales de la Iglesia, la masonería imponía una moral semejante, pero bajo el manto de símbolos arcanos que señoreaban una convivencia que, aunque se deseaba desacralizada, no hay cómo renunciar a la idea de que se orientaba según un superior imperativo metafísico. Motivos de una vasta unción panteísta parecen reunir el significado mayor de la existencia asignada a los miembros de la masonería. Muy a menudo los discursos observaban disposiciones spinozianas, algunas decididamente místicas que impulsaban a un sentimiento de absoluta comunión entre la Naturaleza –confundida con Dios- y la Humanidad. Y por ello no puede sorprender las exaltaciones de la hermandad ínsita de los seres humanos, lo que es consonante con actitudes francamente abiertas y solidarias tantas veces predicadas por la doctrina. La conducta pública de los varones debía guardar formas pietistas, alargando el sentido de una confraternización universal que no reparara en las diferencias, que proclamara la igualdad esencial de todos los hombres, razón por la que tantos espíritus socialistas adhirieron a la masonería, o tal vez, por qué no pensar –como ya se ha hecho- que la masonería llevó a muchos a abogar por el socialismo. Una muestra práctica del sentimiento pietista de los masones podía ocurrir frente a tragedias familiares en momentos en que ya se había extendido una subjetividad afinada con la emoción, pues ya se estaba frente a un nuevo arreglo de los sentimientos que daban cuenta del afecto, de su manifestación expresiva, en relación sobre todo a la paternidad. Eran estas ocasiones propicias para transmitir a la comunidad formas trastocadas del dolor convertidas en acciones sociales positivas, morigeradoras del tono individual y personalísimo del duelo por conductas proyectadas al colectivo social, sobre todo hacia los pobres y dolientes. Tal es el caso de un padre masón, D. E. Fors, perteneciente seguramente a la Logia “La Verdad”, de La Plata (42) -estrechamente vinculada a nuestro periódico- quien pudo convencer a la familia (no se descarta que su esposa también adhiriera al ideario) de que frente a la infausta muerte de su joven hijo Luis, debía prescindirse de cualquier ceremonia religiosa y en cambio hacer un acto de bien distribuyendo una buena cantidad de productos de panadería a los pobres de la ciudad. Para ello se confeccionaron vales en los que se decía expresamente que se trataba de un sentido homenaje de la familia al muchacho y que podían canjearse en la “Panadería Modelo”, cuyo propietario seguramente también era miembro de la masonería (43). Un verdadero masón debía cultivarse y adiestrar el carácter a fin de tornarse decididamente un hombre evolucionado, una personalidad con especial capacidad para asimilar “el bien, la vida, la lealtad, el respeto, la veneración”, como sermoneaban los aforismos de “La Acacia” entre los que se encontraban algunos que no eran precisamente condescendientes con la condición femenina. Tal como en su intervención señalaba Florencio Garragós, mucho debía esperarse de la escuela pública “para enseñarle las virtudes públicas y privadas”. Un auténtico liberal buscaba antes que nada “el perfeccionamiento de sí mismo” y no practicaba una acendrada conducta quien no se contrajera por entero a esta finalidad. Esperaba que los jefes de familia pudieran ejercer efectivamente la patria potestad para conculcar la moral religiosa que seguramente desarrollaría la esposa. Garrigós decía. “No basta ser un buen padre de familia, ni el interés ni el amor que pueda profesar por los hijos”, se exigía de un auténtico varón liberal “que pudiera cambiar las inclinaciones que haya inspirado la madre”. Como la mayoría de sus cofrades, pensaba que había una misión notable que debía cumplir y por ello enfatizaba: “Liberales! A emancipar pues a la mujer de la influencia peligrosa de los ministros de Dios!” La superioridad masculina en las manifestaciones de la inteligencia parecía incontestablemente mayor, lo que se correspondía con la superioridad moral y afectiva atribuida a las mujeres. Una nota, aparecida en “La Verdad” bajo el título de “La mujer del porvenir”, suscitó un debate a mediados de 1896. Había en ella una clara manifestación a favor de la igualdad civil de las mujeres que incluía un comentario sarcástico sobre las normas de nuestro Código: “La mujer más virtuosa e ilustrada se considera por la ley como inferior al hombre más vicioso. ¡Absurdo increíble” –se admiraba su autor que firmaba C. del A. “Dejad que los hombres piensen y que las mujeres sientan” reclamó entonces un adepto, y debe admitirse que este debió ser el ánimo general con que se percibían las diferencias de género en la masonería. Coda
El publicismo analizado y especialmente “Tribuna Liberal”, que
actuaron como órganos de la masonería en nuestro medio entre 1880 y
1911, representando la franja más radicalizada del liberalismo congregado
en la Orden, revelan imágenes del “deber ser” de cada uno de los
sexos y distribuyen instrucciones para llegar al ideal en cada caso. Se
trata de una acción pedagógica que tiene como objetivo central
neutralizar, y en lo posible extinguir, la influencia de la fe católica,
cuya persistencia encuentra en la mujer – así se cree- el huésped
predilecto. Nuestras publicaciones anatemizan el sojuzgamiento que la
clerecía ejerce sobre las mujeres a quienes está confiada la socialización
temprana, la educación fundamental de los hijos y sus orientaciones,
funciones que también para la masonería son propias de las mujeres. Se
está frente a una circunstancia crucial pues esta transmisión de motivos
dogmáticos y opuestos a la Razón constituye el peor obstáculo para la
infusión de la cosmovisión liberal y masónica. Se prodigan entonces
modelos ejemplares de conductas femeninas, y “Tribuna Liberal” se empeña
en difundir motivos esclarecedores de la vida doméstica y hasta íntima
para estimular su emulación. No puede dejar de subrayarse cierta
prodigalidad de voces femeninas que se manifiestan en sus páginas
coadyuvando para que el género se sacuda los influjos eclesiásticos Un auténtico liberal debe exhibir virtudes cardinales cifradas en la honradez privada y la decencia pública, y poseer una orientación fraternal, dispuesta a sentimientos afectivos hacia la humanidad, capaces de crear una confraternidad universal en la que resalten los valores progresivos. Son ejemplares las manifestaciones pietistas en las que se ponen de relieve la asistencia a pobres, menesterosos y desvalidos. Pero se impone con singular fuerza que los admitidos sean capaces de ejercer una decidida influencia intelectual para sustraer a las mujeres de los tentáculos del error, del engaño y de la opresión religiosa. Los varones deben tornarse maestros tutelares para iluminar la senda oscura en que aquellas transitan, poseedores como son, de las mejores propiedades de la inteligencia, de los rigores de la verdad, en todo caso superiores a las sensibilidades y emociones femeninas que, si resultan afecciones imprescindibles dada su naturaleza, es menester controlar enderezándolas hacia el camino inexorable de la evolución. El inculcamiento doctrinario se fija, pues, en la dicotomía de los sexos que forja polaridades axiales y en muy poco se sustrae a los estereotipos de la época; todo lo contrario, abona la confirmación de la supremacía masculina aunque estigmatice ciertos trazos de la sujeción femenina, rete el orden tradicional de los rituales religiosos y ofenda algunas convenciones que sacralizan la moral privada. No hay duda de que la intemperancia, la rigidez de las consignas y la severas marcas de la norma aproximan la masonería a los cultos del sagrario. Dora Barrancos. ---------------------------------------------------------------------------------- Notas [1] La autora agradece profundamente a la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de la Argentina haber posibilitado el ingreso a su archivo reservado en donde pudieron consultarse las publicaciones periódicas objeto de esta comunicación, en particular a Jorge Marasco y a María Elena Rodríguez. También a Nélida Boulgourdjian por su habitual colaboración. [2] La mayor parte de la literatura disponible sobre la historia de la masonería se divide en dos posiciones antagónicas, el antagonismo y la hagiografía. No obstante, en fecha más reciente han surgido análisis más objetivos y con mayor rigor historiográfico entre los que se sitúa la obra de Emilio Corbière, “La Masonería .Política y sociedades secretas” , Buenos Aires, Sudamericana, 1998, completada años más tarde con “La Masonería II. Tradición y revolución”, Buenos Aires, Sudamericana, 2001; Jean-Emile Daruty, “Recherches sur le Rite Ecossias Ancien Accepté”, Paris, Editions Télètes, 2002; J.A. Ferrer Benimeli ,“Masonería española “, Madrid, Istmo, 1996; del mismo autor, “Masonería española contemporánea”, 2 V, Madrid, Siglo XXI, 1987; Manuel Ayllón, “Historia de Masones”, Barcelona, Belavqua, 2002; María Dolores Gómez Molleda, “La masonería en la crisis española del siglo XX”, Madrid, Taurus, 1986; Jasper Ridley, “Los masones”, Madrid, Javier Vergara, 2000 [3] En la Argentina, además de los análisis de Emilio Corbière, se encuentra el abordaje de Jorge Ferro, “Tres momentos de la masonería en América” en J.A. Ferrer Benimelli (Ed), “Masonería Española y América” – Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española, Zaragoza, 1993; y el de Gustavo Vallejo, “La ciudad moderna y la definición de un campo cultural, La Plata 1882-1930; Carlos Mayo, “La masonería en crisis(1902-1922), en “Conflictos y procesos de la Historia de Argentina Contemporánea”, Buenos Aires, CEAL, 1989. El texto “Presencia Masónica en el Patrimonio Cultural Argentino” – Temas de Patrimonio – Comisión para la preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires – Buenos Aires – 2003, contiene trabajos de Leticia Maronese, Liliana Barela, Jorge Marasco, Gustavo Brandariz, Eduardo Hernández, Norma Mazur, Juan Esteban Serchio, Carlota Sempe, Antonia Rizzo, Andrea Romandetti Dasso y Enrique O. Mujica. [4] “Constituciones de Anderson”, Segunda sección, Apartado III – cit. por Andrée Buisine, “La franc-maçonnerie ango-saxone et les femmes”, Paris, Guy Trédaniel Ed., 1995 [6] Norma Mazur, “La mujer y la masonería” – en “Presencia masónica en el patrimonio cultural argentino” – Temas de Patrimonio – Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires – Buenos Aires - 2003 [7] En general, las historias masonas narran una larga preexistencia de vínculos de hermandad cuyo origen remonta al período grecorromano y expresan su sobrevivencia durante la Edad Media, con características más marcantes en la última fase en donde aparecen las “guildas” y los sistemas de compañerismo gremial típicos de los siglos XIV al XVI. Se ha sostenido que las mujeres en calidad de parientas cercanas de la membresía de estos institutos, no estaban excluidas de los ritos y solemnidades que se prodigaban en los encuentros entre las “hermandades”. Asimismo, se ha señalado que fuera de las líneas que constituyen de manera directa el linaje de la francmasonería en Europa, hubo una irradiación de otras cofradías con principios parecidos y disposiciones secretas que sí admitían claramente a las mujeres. [8] Los nombres de estas Logias dejan lugar a dudas, pero me baso en la bibliografía disponible. [9] La mayoría de las historias consultadas refieren este acontecimiento, remito especialmente a una obra clásica de J.Danton, “Historia general de la masonería”, Madrid, 1898. [10] Leo Taxtl, “Los misterios de francmasonería”, Barcelona, Imprenta de la Inmaculada Concepción, 1887 (fragmento extraído de www.interausa.com/aanglada/documentosesotericos2.htm. El signo que tiene tres puntos formando un triángulo, es para señalar la pertenencia a la masonería y se emplea siempre en lugar de la palabra. Es bien sabido el empleo de signos en la textualidad masónica lo que confiere mayor hermetismo a la comunicación) [12] La Teosofía constituyó una doctrina esotérica de notable adhesión entre los segmentos librepensadores de fines del XIX. Mme. Blavatsky, de origen ruso y dotada de extraordinarios atributos parapsicológicos, se aproximó a las fuerzas liberales llegando a alistarse en la tropa garibaldina por lo que fue herida en el campo de batalla. Originó una escuela que atrajo a agnósticos, a teístas independientes y a otras clases de racionalistas pues su teoría se basaba esencialmente en la evolución proclamada por el transformismo darwin-hackeliano del período. Su discípula y heredera fue la socialista fabiana Anne Besant que produjo un enlace entre la teosofía y motivos doctrinarios hinduístas, lo que llevaron a identificar en la India un foco central de la cosmovisión, recayendo en el joven Krishnamurta las unciones para orientar a la doctrina. En la Argentina he constatado el ingreso a la teosofía de importantes figuras que también se incorporaban al socialismo en la década 1890, tales los casos de José Ingenieros, Alfredo Palacios y Leopoldo Lugones. Ver D.Barrancos “Los socialistas teósofos a fines del siglo XIX “, Buenos Aires, 1995, (mimeo) [14] Ver Luis Vitale y Julia Antivilo, “Belén de Sárraga”, Sgo. de Chile, CESOC, 2000 [15] Hay noticias de las actividades de esta Logia, que exigía “traje de etiqueta” en ocasiones , en “Acacia”, Año 11, nº 1,enero de 1890. [16] Mazur, op.cit. pp 85 y 86 [17] Ver especialmente Emilio Corbière, “La Masonería .Política y sociedades secretas” , Buenos Aires, Sudamericana, 1998, y “La Masonería II. Tradición y revolución”, Buenos Aires, Sudamericana, 2001; Manuel Ayllón, “Historia de Masones”, Barcelona, Belavqua, 2002. [18] “Tribuna Liberal”, 30-12-1910 y 9-1-1911 – El periódico emplea el término “los feministas” para dar idea del acompañamiento a la causa femenina por parte de los sectores de izquierda, hombres y mujeres. [19] Tribuna Liberal (en adelante TL) 9-7-1909 [27] D. Barrancos, "Vita materiale e battaglia ideologica nel quartiere della Boca ( 1880-1930" , en Gianfausto Rosoli (Ed), Identità degli italiani in Argentina. Reti sociali-Famiglia-Lavoro e identità degli italiani in Argentina, Consiglio Nazionale delle Ricerche, Roma y CEMLA, Buenos Aires , 1993. [30] Los grados en la masonería implican un tajante orden jerárquico que no puede transgredirse, y que en el caso de los varones llegan a 33, siendo entonces investido con el título máximo de Gran Mestre [31] “La Acacia” – “La mujer liberal” – Año Xi, nº1 – Enero 1890 [33] Entre las notas de TL sobre “La mujer y la Iglesia”, hay una en la que se dice que debe aceptarse una morigeración de los sentimientos religiosos que pueden ser canalizados hacia el Espiritismo. [37] TL 10-07-09 – Subr. original [38] “La Verdad”, Año 1, nº2 – 3-2-1896 [39] “La Verdad”, “¿Qué es la masonería?” – Conferencia de A. López Camelo – Año 1, nº 22 – 22-6-1896 [41] “La Verdad”, “¿Qué es la masonería?” – Conferencia de A, López Camelo – Año 1 –nº 23 – 29-6-1896 [42] La Plata resultó un espacio exponencial en materia de alojamiento de la masonería, comenzando por su propio trazado. Ver especialmente Carlota Sempé y Antonia Rizzo, “El caso pardigmático de La Plata. La Plata ciudad simbólica”, en “Presencia Masónica en el Patrimonio Cultural Argentino” – Comisión de la Preservación del Patrimonio Históprico Cultural de la Ciudada de Buenos Aires – Buenos Aires - 2003 |
la Colonización y el Ferrocarril
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La figura del salteño Aaron Castellanos se asocia rápidamente con la promoción de la colonización en la provincia de Santa Fe y, más concretamente, con la fundación de Esperanza -la primer colonia agrícola argentina- donde se radicaron 200 familias europeas (de origen suizo, en su mayoría). Además de su labor en el ámbito de la colonización, Castellanos tuvo una destacada actuación en el terreno político y económico a lo largo de una vida longeva (1800-1880) que concluyó en Rosario. Tomó parte de las luchas por la Independencia integrando las fuerzas de su comprovinciano Martín de Güemes, más precisamente el escuadrón denominado “Los Infernales”, y alcanzando el grado de teniente. Al finalizar la guerra contra las fuerzas realistas, se dedicó a la minería en el Perú. En 1824 exploró el río Bermejo y promovió su empleo como vía fluvial. Estanislao Zeballos en su obra “La región del trigo” lo presenta como “hacendado salteño” e informa que se estableció durante varios años en el sur de la provincia de Buenos Aires, vinculándose a familias poderosas de la ciudad homónima. “Era uno de los unitarios apasionados de Rivadavia en 1824 –expresa Zeballos-, en cuyo año inició una empresa de navegación del Bermejo, siendo apresada la primera flotilla a la salida del Paraguay por el dictador Francia." Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas se exilió. Tras la batalla de Caseros se radicó en la provincia de Santa Fe, dedicándose a la explotación agropecuaria. Con motivo de un viaje a Europa promovió la emigración europea hacia la Argentina. En el marco de esa actividad, fundó hacia 1856 la colonia de Esperanza, a pocos kilómetros de la ciudad de Santa Fe y en pleno territorio de frontera, cerca del Fortín Reyes, uno de los puestos de defensa contra la amenaza indígena. Castellanos había firmado un contrato en 1853 con el gobierno de la provincia para crear dicha colonia a partir del establecimiento de colonos europeos. Por entonces, Santa Fe integraba la Confederación Argentina presidida por Justo José de Urquiza, enfrentada al secesionista estado de Buenos Aires liderado por Bartolomé Mitre. Castellanos propició el mejoramiento del puerto de Rosario, que era el principal de la Confederación. También lo encontramos como integrante de la primer municipalidad de Rosario -que había sido declarada ciudad por el gobierno de Urquiza- y como promotor de las primeras compañías ferroviarias, que a través de la inicial unión de Rosario (centro de la región pampeana y litoraleña) con Córdoba (ciudad que articulaba el centro del país con la región noroeste) buscaban en una segunda etapa llegar hasta Cuyo y –atravesando los Andes- Valparaíso, sobre el Océano Pacífico, principal puerto chileno y uno de los más activos de Sudamérica. Fue iniciado como masón en la Logia Bien Social de Rosario y en mayo de 1863 pasó a integrar la Logia Unión Nº 17, también de Rosario. Castellanos elaboró varios escritos relacionados con cuestiones nacionales, entre ellos un pequeño volumen titulado Colonización en Santa Fe y Entre Rios y Ferrocarril del Rosario a Córdoba. Manifiesta allí que estando en Europa cuando la caída de Rosas (3 de febrero de 1852), dejó a su familia en París y se trasladó a Londres, donde se contactó con una casa bancaria para interesarla en su proyecto ferroviario. “Mi objeto era –escribe- proponer un ferrocarril del Rosario a Córdoba. El indicar el Rosario como punto de arranque, fue porque el informe del vicealmirante Othan al almirantazgo inglés decía que hasta el puerto del Rosario podían remontar todo el año buques de 18 pies de calado, salvando el difícil paso de (la isla) Martín García; no así más arriba, que solo con las crecientes del Paraná podrían subir hasta Corrientes buques de igual porte.” Castellanos exhibió ante los potenciales inversionistas las bondades del terreno que debía atravesar el ferrocarril: zona de llanura “sin piedra alguna”, cubierta de buenos pastos, con bosques útiles para el mismo ferrocarril, y sin más obstáculos que dos ríos “que tampoco desnivelaban el terreno”. Alegaba que “en ninguna parte del mundo se podría construir un ferrocarril tan barato y al cual concurría el comercio de 10 provincias de la república”. Ofrecía Castellano a los inversores gestionar ante el gobierno de Urquiza el otorgamiento de una legua (casi 5.600 metros) de tierra a cada lado de las vías, a contar desde 4 leguas a la salida de Rosario y 4 leguas antes de llegar a la ciudad de Córdoba. Esas tierras servirían para instalar colonias agrícolas, lo cual implicaba la posibilidad de otro gran negocio para los inversores. El Estado nacional garantizaría una ganancia anual del 6% sobre el costo total de la obra. Pueden observarse, en este proyecto, características de los futuros contratos entre empresas ferrocarrileras y los estados nacional o provinciales. Los contactos financieros londinenses de Castellanos se mostraron interesados ante la citada propuesta. No obstante, la secesión de Buenos Aires (levantamiento del 11 de septiembre de 1852) y el consecuente estado de beligerancia entre dos estados argentinos (la Confederación urquicista y el estado de Buenos Aires) impidieron la concreción del proyecto hasta tanto no se garantizaran las condiciones de seguridad adecuadas para las inversiones extranjeras. Castellanos, a pesar de los obstáculos, no cejó en sus esfuerzos tendientes a la concreción de dicho ferrocarril, efectuando diversas gestiones ante el gobierno de la Confederación instalado en la ciudad de Paraná y relacionándose con el empresario norteamericano William Wheelwright y con el capitalista español Bushental. Finalmente, Wheelwright –ya producida la unión de los estados argentinos tras la batalla de Pavón- obtendría la concesión para el tendido del ferrocarril entre Rosario y Córdoba, que sería explotado por el Ferrocarril Central Argentino. El mismo también contaría con una Compañía de Tierras anexa que explotaría el desarrollo colonizador a lo largo de las vías. Javier Etcheverry. |