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JULIO SALAS - AUTOR  ROSARINO

Soy un operador-programador de PC y especialista en diseños gráficos y para Internet. que Intenta dar sus primeros pasos en la literatura, en especial en el gènero de la Ciencia Ficciòn. Tengo 47 años y nacì en la ciudad de Rosario, Rep. Argentina.
Mi Obra
Fobia a Una Respuesta Accidente
El Cerebro de Porcelana   Intentando Regresar
Tu Fantasía y la Realidad (Poema) La Llegada de las Visitas Celestiales
Con Ella estuve o quizás no Mumy

En tu Interior (Poesía )

Breve Comentario sobre la Invasión
Extraño a Felicitas Solo y Vacío (Poea)
Mirando a la Ventana nvo  

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FOBIA A UNA RESPUESTA

Fobia: del griego phobos, miedo. Apasionada aversión hacia una cosa.

(Diccionario "Pequeño Larousse Ilustrado"  - Ediciones Larousse - París, 1974.)

Ella miraba absorta la pantalla de TV. En ella, el Ministro de Economía daba a conocer los prolegómenos del último plan económico. Su pequeña hijita se le acercó y le dijo:

- Quién es ese señor, mamá ? -.

Su madre la miró desconcertada. En aquella fracción de segundo no era su hija la que estaba frente a ella sino un monstruo enorme con un cartel echo con luces de neón que decía "Soy el futuro". La pequeña volvió a repetir su pregunta, ya con cierta carga de angustia ante la no respuesta de su progenitora. Ella le devolvió la mirada y amagó con abrir la boca; enseguida la cerró sin decir palabra alguna. Se puso a llorar desconsoladamente.

La nena, compungida, empezó a acariciarle el pelo. Su madre, instantáneamente la abrazó y redobló sus llantos que ahora eran acompañados por los de la criatura. Sobre la mesa, las boletas impagas de luz, gas, teléfono y los impuestos municipales y provinciales se desparramaban como naipes de un juego cuyo resultado era impredecible.

Cuando ambas se calmaron, su hija, tras preguntarle si estaba bien y al responderle ésta que ya sí,  volvió a repetir su pregunta: - Quién era ese señor, mamá ? -.

Volvió su madre a mirarla; la abrazó otra vez, y le dijo como un susurro y al oído: - ya lo sabrás a su debido tiempo ¡ -. 

Julio Salas (Febrero 2002).

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EL CEREBRO DE PORCELANA

Las calles aparecen ligeras como en todo día hábil que se precie de tal. Sus habitantes vienen en uno y otro sentido; se cruzan permanentemente, a veces chocándose entre sí. Humberto, con su maletín a cuestas, ajeno a todo el torbellino humano que se agita a su alrededor camina a paso lento mirando de soslayo y casi descuidadamente los escaparates. Nada parecería importarle en demasía; es más: su actitud es propia de aquellos que, con tal de que pasen unos cuantos minutos en su vida vacía, no vacilan en ir de extremo a extremo de la ciudad. De vez en cuando, levanta un poco la vista pero aún así parece no percatarse del infierno de calor y gente que gira en torno a él. Pocos segundos después, cegado por la fuerte luz solar, regresa su mirada a la posición anterior.

     Lo rutinario de su actitud le empieza a minar la paciencia cuando, sorpresivamente, una ancha y corta vidriera algo antigua y falta de limpieza aparece ante sus ojos en medio de tan desganada caminata. Iba a seguir su rumbo sin inmutarse cuando alcanza a percibir algo dentro de ese escaparate que lo hace detenerse y retroceder un poco. Allí, sobre una almohadilla roja reposaba un pisapapeles de porcelana, cuya forma era una exacta réplica de un cerebro humano. De unos quince centímetros de largo por ocho de ancho, aquel objeto llamaba la atención no tanto por su forma en sí sino por su extraña coloración verde pálido y por la discontinua aparición de pequeñas y muy breves explosiones brillantes que parecían girar a su alrededor.

     No pasaron diez minutos cuando Humberto sale de aquel comercio de compra venta de antigüedades con un paquete echo con un arrugado y descolorido papel, adornado con una especie de moño desprolijamente hecho. Apretándolo muy fuerte con su brazo izquierdo contra su pecho, apura el paso hacia su hogar con la ansiedad propia de un niño por estrenar un juguete nuevo. Si alguien lo detuviese de improviso y le preguntase del porqué de su decisión, nada él sabría contestar; un impulso más fuerte que cualquier resistencia de la lógica o el sentido común lo llevó a derogar una suma importante de dinero - al menos para sus escuálidos ingresos como oficinista - por aquella cosa que no poseía ningún valor traducible en algún rédito económico; no había para Humberto más explicación que ésa y tampoco le importaba que pudiera llegar a existir.

      Ya instalado en el living de su casa, el pisapapeles, librado de sus mediocres envolturas, reposa en el centro de una mesa redonda de medianas dimensiones ubicada justo al medio de la habitación. Toma una silla y se sienta, a una distancia no mayor de un metro, ante aquel cerebro de porcelana. No puede ni quiere saber porqué pero le resulta imposible evitar aquel extraño impulso que lo viene envolviendo desde el momento que se detuviera frente a la vidriera y que ahora lo lleva a fijar su mirada sobre lo que ha comprado.

     Imposible intentar el cálculo de la cantidad de veces que giraron las agujas de reloj. Allí prosigue Humberto; absorto; tenso; como completamente alienado. El verde cerebro, en medio de las primeras tinieblas de la noche y de la ausencia de toda luz artificial, pareciera resaltar con luz propia, aunque nadie tendría la suficiente seguridad de confirmar tal cosa.  Ni los dolores de su columna - producto de las horas de estar encorvado sobre la silla -, ni los continuos ruidos estomacales que denotan la escasez de alimentos en su interior lo mueven de su posición. Impávido, sigue allí contemplando cómo aquellas mini explosiones de luz ahora se han incrementado transformando al pisapapeles en una suerte de árbol navideño lleno de lucecitas blancas que prenden y apagan intermitentemente.

     De repente, algo lo lleva a cambiar de posición: sin apartar sus ojos, y abriéndolos más aún, se reincorpora sobre la silla apoyando violentamente su espalda contra el respaldo de la misma, cuando un rayo de luz inmensamente blanco se desprende del cerebro de porcelana proyectándose sobre una de las paredes.

     No hay sonido alguno alrededor. Por si algo hacía falta para incrementar el misterio, el silencio más absoluto inunda la habitación mientras seguía la gran aureola blanca sobre la pared. Los ojos de Humberto que antes no se despegaban de aquella cosa, ahora cambian de dirección y de objetivo. Durante largos minutos sólo el blanco más puro observó sobre la pared del living mientras comenzaba a sentir que su mirada ardía; aún así nada se quería perder de todo aquel misterio y, si así lo hubiera querido, no hubiera podido, tal el grado de absorción en el que se encontraba.

     Transcurridas un par de horas, comienza a parpadear, consecuencia directa del gran esfuerzo al que está sometiendo su vista. Empero, cuando en un instante divisa la aparición de pequeñas manchas multicolores que se iban agrandando y uniendo entre sí como formando una imagen en el medio del escudo blanco de la pared, vuelve automáticamente a colocar sus ojos allí.

     Si antes la quietud era total, ahora la dinámica de las miles y miles de manchitas entrelazándose convertían a todo el ámbito de la habitación en un verdadero festival danzante de luces. De a poco tanto movimiento cromático fue frenándose para dar lugar a imágenes concretas. Cuando el último puntito lumínico termina de acomodarse en determinado sitio de aquel panorama, Humberto empieza a sentir un potente escalofrío que le recorre el cuerpo de la cabeza a los pies: frente a él se ve nítidamente a su persona correr y reír sin parar en medio de un hermoso paisaje compuesto de inmensos follajes verdes, altas montañas, un celestial lago y miles de animales de todos los tamaños y colores circulando a su alrededor o corriendo directamente junto a él. Minutos después, la imagen cambia: él seguía estando pero ahora abrazado a una bella mujer prodigándose mutuamente toda clase de caricias y besos. Una amplia sonrisa se dibuja en el rostro del Humberto real mientras pequeñas lágrimas surcan sus mejillas. Un nuevo movimiento de las manchas de color y vuelve a verse a sí mismo pero ahora junto a su escritorio dándole los últimos retoques a la carta de renuncia a su empleo mientras varias pilas de papeles y algunos libros lo circundan. Llorando desconsoladamente por la emoción recuerda cómo debió dejar forzosamente de lado su deseo de ser escritor para dedicarse de lleno a su trabajo en aquella oscura y pétrea oficina, obligado por las despiadadas circunstancias materiales que aparecían como consecuencia de que tenía una  esposa que mantener; y que ahora ella ya no estaba... 

     Félix es una uno de los pocos amigos que Humberto conserva luego de su casamiento; habiéndose conocido ambos en el mismo lugar de trabajo, salían cada tanto con sus respectivas esposas a divertirse en forma. Ahora, él es el que con desesperación y fuerza golpea a la puerta del domicilio de su amigo, preocupado por la ausencia por cuatro días consecutivos de su empleo sin tener ninguna clase de noticias sobre su persona. Convencido de la inutilidad de su acción, Félix decide interrogar a los vecinos buscando algún indicio que diese con su paradero. Es en vano; nadie hay en toda la cuadra ni en la de enfrente que haya visto a Humberto en las últimas cuatro jornadas. Uno de ellos le propone acompañarlo para ir en busca de la policía; pese al escozor que tal propuesta le provoca, acepta.

     Forzada la puerta, apenas ingresan  al living de aquella casa Félix, el vecino y cuatro agentes se encuentran con un espeluznante cuadro: en medio de un gran desorden, el cuerpo desangrado y sin vida de Humberto reposa junto a las sillas tumbadas. Sobre el centro de la mesa, luciendo impertérrito el ahora sombrío cerebro de porcelana, de color verde pálido, atrapa la atención de Félix, a pesar del doloroso espectáculo que le significa ver a su amigo muerto.

 Julio Salas.

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ACCIDENTE

Me siento solo: muy solo. La oscuridad me envuelve y me traga hasta asfixiarme. A mi alrededor, una extraña mezcla de restos metálicos y humanos aparentan ser los gruesos barrotes de una jaula de la muerte.

Un peso terrible me oprime el pecho; mis piernas no responden y siento que cálidos y espesos hilos de sangre recorren calmadamente mi rostro como si intentaran cubrirlo para algún acontecimiento especial. Recién ahora comienzan a percibirse sonidos: una catarata de murmullos a medio lengua bajan desde afuera de mi prisión; algunas luces tenues que alcanzo a divisar los acompañan. En tanto, en mis cercanías, un penetrante y desagradable olor que no llego a reconocer me inunda de asco hasta el punto de incitarme al vómito; pero ni siquiera esto puedo hacer: los músculos de mi cuerpo parecen haberse esfumado, respondiendo sólo con mis huesos para contener lo que me queda de vida.

Oigo llantos. El ruido crece a mi alrededor; veo un chisporroteo incesante en el ahora visible ómnibus: sus restos asemejan a un trapo de piso sumamente retorcido. Gritos por doquier lanzando nombres de anónimos, esperando respuesta. ...Pero nadie responde; a lo sumo, algún débil quejido o alguna medio respiración en franco proceso de extinción... .

Ya la luz es más intensa. Percibo restos humanos a escasos metros de mí en estoica posición; parecen muñecos inertes luciendo coloridos harapos payasescos bajo un infinito manto hecho con manchas sanguinolentas. Ya el aire es más fresco y puro, aunque respirar me resulte dificultoso mientras un dolor lacerante me recorre el cuerpo de adentro hacia fuera.

Al fin, un pedazo de carrocería cede a uno de mis costados. Gritos jubilosos festejan el -hasta el momento- único hallazgo viviente. Un hombre alto, forrado con un especie de impermeable azul salpicado por innumerables manchas de grasa y de sangre asoma su cabeza sobre mi existencia, alcanzando a divisar sobre su rostro señales visibles de satisfacción, al tiempo que vocifera con apasionada energía una y otra vez, volviendo hacia fuera: ¡...Hay un sobreviviente!, ¡hay un sobreviviente...!.

Al poco tiempo, unos fornidos brazos retiran un trozo de metal enredado a mis pies, casi enteros. Liberado por fin mi pecho del trozo de asiento -o algo parecido...- el dolor no ha cedido pero el alivio de sentirme vivir nuevamente reemplaza al mejor de los calmantes.

En poco tiempo, y en medio de ansiosos y nerviosos gritos, me retiran de mi ahora ex jaula y me depositan sobre una pequeña camilla amarilla en medio de atroces dolores que se extienden desde la cabeza a los pies. Ya estoy afuera.

Soy finalmente colocado en una diminuta caverna cuadrada y blanca que de inmediato identifico como una ambulancia. Mientras me adosan infinidad de tubos y otros elementos a mi cuerpo, un señor casi desprovisto de cabello, bastante canoso y con un impecable guardapolvo blanco me ausculta por largos minutos; yo quisiera decirle algo pero un largo tubo que, creo, es de plástico y que acaba en una especie de medio naranja transparente me tapa la boca, me atora de oxígeno y me renueva la vida. Un par de minutos más y ya se va.

Han puesto en marcha el vehículo. Escucho a mi chofer hablar por radio avisando de mi próxima llegada al hospital; una voz desconocida que no logro identificar me ha dicho: ¡Te Salvarás!.

Un muchacho joven pero esta vez con guardapolvo celeste con una pequeña inscripción en rojo en un bolsillo cerca del hombro que reza "Hospital Municipal" se acomoda junto a mí sosteniendo una botella llena de un líquido ámbar conectada a una goma transparente que acaba en mi brazo derecho; mientras tanto, otro se encarga de cerrar las puertas de la ambulancia.

     Breves segundos me bastaron para divisar que allá fuera, en el medio de la espesa noche, aún mucha gente grita desaforadamente corriendo de aquí para allá con ruidos continuos de chapas que se derrumban como música de fondo. Al momento, la kombi parte haciendo sonar la sirena. Kilómetro a kilómetro, Metro a metro me alejo del accidente y me acerco nuevamente a la vida...

Julio Salas.

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INTENTANDO REGRESAR

     Ruta difícil si las hay. He salido hace dos horas y no consigo avanzar más que unos pocos metros. A derecha e izquierda horizontes interminables decampo hacen que el inmovilismo en el que me encuentro se haga más ostensible.

     El coro de bocinas llena el espacio. Siete son ya las horas a las que he sido condenado por el destino a este estancamiento perpetuo; de nada me ha servido la catarsis ocasional con aquéllos con los que estoy en la misma desgracia.

     Cuerpo y musculatura en su totalidad no aguantan más este encierro involuntario; me decido: salgo del coche.

     Jamás había visto semejante río de autos, encajonado y estático, partiendo en dos un paisaje campestre merecedor de un mejor trato. Los bocinazos ahora ya son insoportables, castigando mis oídos; y mis ojos empiezan a estar bastante lastimados por el reflejo del sol golpeando de lleno contra tanto metal. Sólo me queda bajar algo mis párpados y tapar lis orejas buscando inútilmente aislarme de aquel mundo de desesperada y alienada agonía. Fue un instante después, en que lo diviso sobre un punto lejano, recostado sobre el horizonte del Este. Algo brillante, descolorido y gastado, aquel viejo ciempiés que corre diariamente por dos rieles de duro acero, siempre paralelos.

     No me importó nada. Corro como nunca antes lo había hecho hacia aquella dirección durante largos minutos. Cuando mis piernas dijeron "basta", entre medio de mil jadeos, caigo de rodillas al suelo. Descubro que nada había que se asemejara a aquellas vías o que se pareciera a un tren. El calor me jugó una mala pasada. Vuelvo al coche; lo pongo en marcha y me siento al volante con la puerta del vehículo abierta, esperando que se despeje el camino para seguir mi rumbo hacia la locura cotidiana.

  Julio Salas.

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TU FANTASIA Y LA REALIDAD 

Café de por medio,

discusiones a pleno;

así es este tema, hoy

entre vos y yo.

 

Y es que la pretendida calidad

de tus palabras

se pierden en el laberinto

de tus propios sueños

y nadie hay más ya

que las pueda rescatar.

 

Ya no me frotes en la cara,

no hace falta,

tus anhelos de vedette,

que mi vida es ser

y la tuya, mira,

está al caer.

 

Sólo somos dos,

date cuenta,

y sólo estás vos

ante la inmensidad de tu universo

que finalmente es tan real

como una pompa de jabón

que revienta siempre en cuanto

la deseás atrapar.

 

Y mira

cómo tu vida se consume

en ese juego

de buscar y rechazar,

de elegir y descartar,

de escapar

para no sentir,

para olvidar,

para no estar.

 

Entiende:

el mundo traspone

las fronteras de tu ser,

mujer.

Entiende:

que mi mundo no encuentra espacio

en él,

mujer.

 

Y no creas que no me llega

el sentido de tus lamentos;

pero si es que no te tengo

por esa fantasía tuya

de un futuro

que no es cierto.

 

Entiende que nada

puedo hacer

para rescatarte de la realidad;

si el sol a los dos

nos quema por igual;

e inmersos en tanto tormento

el pasado como viejo cuento

sólo sedante puede ser.

 

Pero si me amaras,

si querer te dejaras,

quizás yo te podría ayudar

a ver

lo que es entender

y vivir

la realidad.

 

Pero como no quiero

contagiarme tu obsesión,

 veo que la realidad es

que se agotó toda ilusión;

que ya no hay forma

de construir algo de a dos;

que me domina por completo

el imperio del dolor

y que en el aire aún flota

una única palabra,

irreversible, atronadora,

terminante, fatal:

 ¡Adiós!

 

                          Julio Salas.

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LA LLEGADA DE LAS VISITAS CELESTIALES

      Llegamos, por fin. La mesa cubierta de polvo; una botella de sidra por la mitad, trozos aislados de pan dulce amohosado y sólo pequeños ruidos intermitentes de roedores que buscan escapar ante nuestra presencia. Pocos metros más allá, sobre lo que debió haber sido en otro tiempo una puerta, un par de bolsas mugrientas cubiertas de bichitos inidentificables nos cortan el campo visual. Le hago una seña a mi compañero para que avancemos; pese a su visible temor, asiente con la cabeza.

   Mucho es el tiempo que nos lleva avanzar: lo pesado de la atmósfera y la cantidad enorme de obstáculos que debemos sortear nos consumen más minutos de lo que habíamos supuesto. Arribamos a una sala espaciosa que, por el orden de los mobiliarios, debió haber sido la cocina.   Una mesa idéntica a la primera y tres sillas tumbadas ocupan el centro; alrededor y contra las paredes una antiquísima cocina sin hornallas y sin puerta su horno; la alacena sin protección o con restos de la misma colgando. Aquí también los ratones buscan esconderse.

    Decidimos continuar por una inmensa abertura ubicada a la derecha y que muestra señales de haber sido un ventanal. Al atravesarla, el sol opaco nos golpea de lleno y nos hace sentir algo ahogados dentro de nuestras escafandras. Mi compañero, al borde de la desesperación, intenta sacarse la suya. Poniéndome enérgico consigo evitar lo que hubiese sido su muerte segura.

    Parados bajo la luz solar debatimos un par de minutos sobre cómo seguir. Si bien era mi idea rodear por detrás la casa -o lo que quedaba de ella- mi compañero me convenció de la inutilidad de tal medida ya que...qué podíamos encontrar allí que nos sorprendiera ?. Decidimos volver al punto de partida, aunque evitando el desagradable camino de ida. A vuelo de pájaro, observamos la vereda opuesta: casas semidestruídas, postes de alumbrado caídos, escasos restos de árboles quemados. Sobre el pavimento, pequeños cráteres y múltiples rajaduras que nacen de ellos y se bifurcan caprichosamente. Mientras, el calor que sentimos no es tanto por la acción del Astro Rey como por las fuertes cargas radioactivas que hacen volver locas las agujas de nuestros medidores; a ello se le suma el nauseabundo olor a pólvora que, pese a la impermeabilidad de nuestros trajes protectores, no sé cómo pero se ha metido en los conductos que nos brindan el oxígeno. La cara de mi compañero lo dice todo: sin necesidad de hacer uso del intercomunicador, con una mano me hace una clara seña de que no da más. Hay que volver.

      Gracias a la habilidad de nuestros vehículos todo terreno, en un par de horas dejamos atrás la ciudad -o lo que quedó ella- . No sólo comienzo a divisar a nuestra nave espacial; sobre el ojo de buey principal alcanzo a reconocer los contornos del rostro de nuestro compañero que se quedó de guardia. Este, quien también nos divisó, no tarda en tomar contacto radial con nosotros. Jubilosos, respondemos a su cálido mensaje de bienvenida y le recomendamos que prepare velozmente nuestro ingreso y próximo despegue.

      A escasos metros de nuestro destino, decidimos abandonar allí nuestro medio de transporte ya que las condiciones ambientales empeoran y no es cuestión de perder tiempo. Pero aún así, me tomo un par de segundos para detener mi corrida y levantar del suelo un grupo de hojas ennegrecidas de lo que parecía ser un almanaque; por el tamaño de los números y su fuerte coloración roja alcanzo a leer: "2020 - DICIEMBRE 25 - DIA DE NAVIDAD". Y para certificar la veracidad de la fecha un feo Papa Noel acompaña la leyenda.

      Me vuelve a la realidad el grito radiofónico de mi compañero, que había ya arribado al puente de acceso a la nave:

      - ¡ Vamos Baltazar, apúrate ! - .

      - ¡ Allí voy, Melchor ! - le respondo; y uniendo mi pensamiento a la acción devuelvo al piso el viejo almanaque y continúo mi carrera.

      Ya con Gaspar bajo los controles y con la infinita escenografía de la negrura del espacio y la brillantez de las estrellas detrás del ojo de buey comenzamos a discutir sobre qué hacer con los regalos destinados al Planeta Tierra.

      - ¡ Vamos a Ganímedes ! - acota Gaspar.

      Cuando quise saber el porqué de tan categórica decisión, sólo atina a decir:

   - ¡ Porque allí no existe la Navidad y desconocen al maldito Papa Noel ! -

 Julio Salas.

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Con ella estuve o quizás no

     La tarde pintaba linda. Estábamos allí, a pasos del verano pero sin embargo los coletazos del invierno subsistieron días más. Yo no sabía a ciencia cierta a dónde caminar. No soy de ésos que le buscan razones a todo lo que hacen… Y en ese anárquico deambular te vi sentada, desplomada sobre la silla del bar, con la mirada perdida, de piernas cruzadas, frente a un vaso a medio llenar de no sé qué brebaje de color ámbar. Me compadecí de  vos, ya que juzgué exceso de tristeza en tu semblante. Mientras los cientos de hombres que pasaban junto a vos miraban de soslayo tus hermosas piernas desnudas, cruzadas, mis ojos –no sé porqué- se anclaron en tu cara.

      De repente vos lo notaste y yo, otrora deseoso que llegara a ser así, repentinamente me encontré sin saber qué hacer. Feliz por un lado, incómodo por otro, decidí priorizar ese momento de tranquila euforia y me senté junto a vos con no sé qué excusa que vos, piadosa, aceptaste.   Charlamos horas, reímos otras tantas, sudamos juntos toda la noche en un pequeño hotel céntrico.

      Me desperté tipo ocho de la mañana sin saber qué debía pasar en ese nuevo día; lo único que admitía que pocas veces en la vida me había sentido tan bien, tan acompañado, tan a gusto con una mujer. Ni trabajo, ni familia, ni la programación abúlica de la TV, tan proclive a ser consumida por los mediocres de mi alcurnia.  En esa habitación de mala imitación del estilo francés del siglo XIX, vos y yo éramos sobrevivientes de un mundo que sabíamos que iba explotar, y no nos importaba. Para qué traspasar el umbral y ganar esa calle interminablemente transitada por miles si ese breve espacio entre pared y pared, entre tu cuerpo y el mío, montaban en escena un mundo aparte, diferente, digno de ser vivido y que no admitía a nadie más que a nosotros dos.

      Ni lo hablamos, valió mirarnos en escasos minutos y el acuerdo se tornó tácito. Volvimos a sumergirnos en la cama a seguir averiguando qué era eso del genuino placer del que tanto hablan. Minutos, horas, días, quién sabe… Ni relojes ni calendarios se animaban a materializarse allí dentro. Sin embargo, como gusta decir a los filósofos de café, ésos que algunos creen perdidos, todo tiene su punto culminante. Yo no quise admitirlo hasta que te volví a ver fuera de la cama.      

       Eras como otra, no sé cómo definirte… Ya ni hablabas incluso. Te vestías a prisa sin date vuelva atrás y yo ni mover la boca podía, no me preguntes porqué…  Esa situación duró horas, extrañamente, y me volví a dormir. Horas después, de regreso en un nuevo despertar, ya no estabas. Me levanté corriendo y alcancé a verte por la ventana de pie junto al umbral del hotel, como dudando sobre el qué hacer o quizás revisando tu pasada actitud. Me puse lo mínimo velozmente y corrí escaleras abajo y por suerte te alcancé.

     No pareció sorprenderte que te tomara con una involuntaria dosis de agresividad el brazo, o quizás lo esperaras, no lo sé. Te miré, me miraste y es como que nada pasaba. De repente, yo te hablé y se me ocurrió decirte: Puedo entenderte si esta noche cruzas el umbral para no volver más.  Puedo entenderte si tu silencio se prolonga más de la cuenta, sin saber que decirme, sin enterarme de tus sentimientos. Algo dentro de mí me susurra que no me apresure a juzgarte, tentación fácil el hacerlo…

      Nada dijiste. Me miraste sin mirar, me oíste sin oir. Y no quiera saber nadie como ocurrió ni que me pidan detalles ni nada, lo único que puedo decir es que te esfumaste. Así, de la nada viniste y a la nada te volviste.

     Parado uno, dos, tres, no sé cuántos minutos sobre ese umbral cuando me percaté: todo elemento humano se había esfumado. El conserje, los transeúntes, los automovilistas… Ni mujer ni hombre alguno se veía. Y me pregunté entonces (en realidad las preguntas se atascaban en el embudo de mi mente por millones pero no sé porqué preferí ésa antes) por la razón por la cual no ocurría lo mismo con mi persona, porque continuaba en mi materialidad.

     Me miré y miré el cielo. El atardecer era demasiado rojo y caliente para mí pero sirvió para finalmente caer en la cuenta que mi periplo tocaba a su fin. Mientras llamaradas cubrían el cielo otras gentes fueron apareciendo pero ya no eran las mismas. Las miré, volví a mirarme y me dije: ¡Bienvenido al infierno!

Julio Salas.

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Mumy

     El libro lo tenía aún entre mis manos. Ese párrafo que acababa de leer fue lo suficientemente contundente para disipar cualquier duda. Sin embargo, no terminaba de aceptarlo; eran muchos años de vivir intensamente junta a él como para darme cuenta de la verdad…

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     Memy desparramaba dulzura sobre el sofá. Sus garritas, pese a mis temores iniciales, apenas tenían filo y no representabna ningún peligro para el tapizado. Piruetas de aquí, volteretas de allá, y un cariño enorme que me hacía olvidar de mi soledad. A veces, cuando estaba distraído leyendo, solía pegar saltos sorpesivos sobre mi regazo. Al principio me asustaba pero despúes, acostumbrado, sonreía prematuramente a sabiendas que esa posición de acecho era clara muestra de su propósito.

     Pero un día ya no fue así. El primero lo dejé pasar porque lo atribuí a cierto cansancio o a cualquier otro factor relacionado con lo que puede soportar la anatomía de un animal; un gato, para el caso. Pero el hecho no fue aislado. Fueron dos, tres, cuatro, cinco días y más… Tras quince jornadas en las que no sólo dejó de estar sobre mis piernas sino también se mostraba taciturno y hasta odioso ( así me lo demostró cuando, queriendo sacarlo del rincón en el que estaba, me tiró un tarascón, emitiendo un rugido entre apagado e intimidatorio ). Mi preocupación trocó velozmente en miedo cuando al pasar junto a mí su mirada era desafiante y diabólica. Aún así, pese a no querer más nada conmigo, seguía respetándome y a la hora del almuerzo y de la cena como cualquier otro felino venía corriendo con la cola levantada entre suaves maullidos. Un día, pensando que había vuelto a ser el de antes, mientras comía, intenté acariciarlo: su reacción fue desmedidamente violenta. Se volvió sobre sí mismo, se prendió de mi brazo y me clavó sus dientes sobre la zona de la muñeca. Dió la casualidad que aún no me había sacado el saco y el pullover, por lo que no llegó a penetrar en mi carne y herirme aunque sí me provocó dolor. A partir de allí sólo atiné a mirarlo de lejos. También comencé a evaluar la posibilidad de desprenderme de él pero era mucho el tiempo y más aún los buenos momentos vividos junto a él, lo que me llevó a borrar de mi mente esta idea.

     Como tampoco me resignaba a la situación empecé a evaluar posibles alternativas. De esta manera, decidí dirigirme a la biblioteca del barrio. Como viejo habitué de aquel glorioso rincón de lectura y de vida sabía que allí tenían material referido a lo que me interesaba. Allí fui, lo busqué y, pese a que me costó, encontré lo que andaba necesitando. Era un tratado sobre gatos domésticos, escrito en 1672 en Inglaterra, en el que hablaban, entre otros, de felinos de cabeza grande, con un mechón muy grueso de color negro sobre el pelo blanco.

     Me senté, comencé a leer y… me espanté. Valga decir, simplemente, que en él se inspiró Edgar Allan Poe para escribir su célebre cuento. Cerré el libro, cerré los ojos, puse la mente en blanco un momento. Al volver en mí, todo me marcaba sólo un camino: la destrucción de Memy. No era fácil, pese a todo, decidirme. Por eso es que durante más de dos horas caminé sin ton ni son por la ciudad. Quería definir un método de exterminio pero me costaba, me costaba… no quería infligirle dolor o el menor sufirmiento posible pero la suerte estaba echada: Mumy debería morir.

     Llegué finalmente a mi hogar. Abrí la puerta, con gran esfuerzo; dirigí prestamente mis pasos hacia la sala de lectura, otrora su lugar preferido, y lo encaré a metros de mi escritorio. Se me erizó la piel: aquel mechón negro le marcaba toda la cabeza y el pecho pero además no se apoyaba sobre sus cuatro patas sino solamente sobre las dos traseras, en actitud desafiante. Al estirarse totalmente tomó la altura de un humano mientras su rostro no era ya el suyo sino el de Lucifer. Allí me di cuenta que ya era tarde…

Julio Salas.

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En tu Interior ( Poesía )

A partir de una mirada

dentro tuyo estoy,

desde los ojos del alma,

dejando de ser yo.

Y soy todo amor despiadado

Sonando en tu interior.

 

Fundido en toda tu piel,

gozando con el corazón

y tus aromas

desperdigados

me realzan

en tu sabor.

 

Laberinto de ti misma,

allí sentimiento puro

soy, estoy

feliz perdido,

abrazado

y deseando que nunca,

nunca

el mundo

me saque de vos.

Julio Salas.

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Breve Comentario sobre la Invasión

     Hoy es el día 15 desde que se desencadenó la invasión. Empero, no parece haber hecho mucha mella en la población. Para mencionar tan sólo un ejemplo, hasta hace pocas horas los hinchas de la escuadra aurizul de la ciudad seguían festejando la obtención del campeonato anual pese a que ya transcurrieron 20 días de tal suceso.

     Y ni mencionemos a las autoridades: el Benemérito Intendente, a sabiendas de que la Invasión estaba al caer, prorrogó mediante decreto en 10 días más los festejos de la “semana Turística”. Este hecho terminó irritándome más que la presencia de esas criaturas, ya que hacía 1 mes que venía soportando intensas explosiones –producto de la poderosa pirotecnia moderna-, desfile incesante de borrachos que vuelcan su contenido etílico cada dos pasos que dan, pandillas espontáneas de vándalos de toda laya que “festejan” a su manera; es decir, rompiendo cestos públicos, cabinas telefónicas, vidrios de propiedad privada, etc. En los momentos más álgidos de las celebraciones no fueron pocos los que se pasaron de la raya cayendo en el delito hecho y derecho: robos, atentados, violaciones, asesinatos, torturas y vejámenes de toda clase, principalmente contra los sectores más vulnerables de la sociedad. Sin ir más lejos, personalmente me ocupé de albergar durante varios días a una anciana de 82 años, vecina próxima, minutos antes de que su humilde morada fuese invadida, saqueada y destrozada. Me limité, al igual que otros vecinos, a observar desde mi terraza cómo estos salvajes desarrollaban sus tropelías. Imposible acercarse. Imposible hacer nada. Las fuerzas de seguridad estaban abocadas de lleno a cumplir órdenes en el centro neurálgico de los festejos, como ser: traslado de personas desde los barrios periféricos, atención de otras tantas lesionadas por pirotecnia o riña a los centros asistenciales (los médicos y enfermeros tenían estrictas órdenes de darle prioridad a esta “gente”, so pena de severas medidas en su contra, a cargo de los organismos “de Derechos Humanos”) , impedir enfrentamientos entre habitantes de la zona y los dicharacheros protegiendo férreamente a estos últimos y su derecho a la “sana diversión”, etc. Por suerte, a la semana más o menos arribaron los hijos de esta pobre señora, quienes “a regañadientes” se ocuparon de la misma. Además, lejos de agradecerme, casi me agreden de hecho –sí lo hicieron de palabra- por no haber hecho nada por impedir el ataque contra la casa de mi vecina. A Doña Ofelia, tal su nombre, no la volví a ver. Y en lo que fuera su casa quedaron varias familias, imposible determinar cuántas. De día y de noche el fuerte volumen bailantero y la catarata incesante de cerveza son las características del aguantadero, otrora vivienda de una humilde octogenaria. Además, según me contaron vecinos linderos, varias de las chicas adolescentes reciben allí también a su “clientela”. No son pocas las reyertas que se desencadenan ya que todos quieren “divertirse” con la más linda de todas…

     Pero me fui por las ramas. El asunto preocupante es que los planes de los invasores sigue exitosamente, sin ser siquiera molestados. Y lo más tenebroso, en palabras de un sobreviviente del sector norte de la vecina localidad de Baigorria (lugar éste donde cayeran las 3 primeras naves), no menos de 3 docenas de criaturas estaban terminando su proceso de metamorfosis, lo que equivale a decir que en un par de días no habría manera de diferenciarlos de los seres humanos. …¿O quizás sí?…

Julio Salas.

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EXTRAÑO  A  FELICITAS

     En los primeros meses de mayo aún hace calor. Esto se viene repitiendo en los últimos 7 u 8 años. Como no me gustan las altas temperaturas no puedo decir que esté adaptado pero me lo tomo con aires de resignación y trato, sólo trato, de pasarla bien. Felicitas no es así. Quién sabe porqué no deja de tostar su ya quemado cuerpo durante horas bajo este sol tórrido. Yo me cansé de decirle que puede hacerle mal, sobretodo en horas no convenientes pero nada, no me escucha.  Felicitas es como esas mujeres que sólo hacen lo que a ellas se les ocurre en el momento, en especial, como en este caso, cuando cuentan con un marido que las consienten vaya a saberse porqué. No quiero volver a hacerme esta pregunta, estoy cansado.

     Hoy, sin embargo, es diferente: unas horas de chaparrón entre fuerte y moderado y una  ventisca que ahora sí se hizo poderosa parecen ser la señal que buscaba: el advenimiento del otoño, por fin. ¿qué opinaría Felicitas?... no sé, no está…

     En el patio trasero la tierra se mantenía movible pese a que la apisoné bien bien. Claro: el agua caída aflojó el trabajo realizado. No me quedaba otra que repetir lo hecho. Se me ocurrió abrir los brazos, tirar la cabeza para atrás, cerrar los ojos y sentir en detalle el viento que crecía en fuerza.  No pude menos que sonreír y sonreír. Por fin los dioses se acordaban de mí y me daban el gusto. Instantes después bajo la vista y me encuentro con que la tierra se aflojó más aún, al punto que una mano sobresalía de ella. Pese a la decepción que me causaba todo ello no me preocupó. Me sentía tan feliz… Me daba igual que vecinos u ocasionales transeúntes con vista curiosa y minuciosa se dieran cuenta de ese cadáver allí, no me importaba nada ya, estaba refrescando fuerte, había llovido en forma y quizás habría más aún.

     El tiempo pasaba pero no me molestaba darme cuenta. La felicidad no era total porque Felicitas no estaba, se había ido. Y créanme que la extraño, ahora comienzo a extrañarla. Me parece estar viéndola con su vestido rosa, limpio, bien cuidado, como si se lo hubiese comprado ayer. Sé que no me perdonaría, si pudiese verlo, que lo haya usado para envolver el cuerpo enterrado. Pero… no es ése mi vecino Javier, el almacenero de acá a a la vuelta, el que se introdujo decididamente a mi jardín ?... Sí, desde acá lo percibo bien, no hay dudas. No sé si él me vió pero apenas observó aquella mano y parte del cuerpo sobresaliendo del vestido rosa y de la tierra cada vez más floja y más mojada se retiró a las apuradas.

     En otro momento estaría sumamente preocupado, aterrado pero ahora no me importaba. Sé que mi vecino, chusma como pocos, iría corriendo a la policía a contarles. Ya no me importaba, sólo me preocupaba saber que a Felicitas no volvería a verla, que quedó mal conmigo.  Debí ser más complaciente con ella, no debí imponerme ante aquella situación tan extraña, tan fuera de lo común. Cómo la extraño, por favor…

     Siento una sirena, se acerca velozmente y se para en seco justo frente a mi vivienda. Desde el hueco de mi ventana veo que se trata del mismo patrullero desvencijado de la seccional que a diario solía cruzarme. Bajan 2 policías, van directo al sector de la tierra removida. Empieza a garuar nuevamente pero no es nada. Mientras un tercero se acerca con una pala los restantes vienen hacia mí. Han desenfundado sus armas pero no veo por q tengan que hacerlo. Abro la puerta lentamente y los hago pasar mientras voluntariamente coloco las manos tras mi nuca. Me dicen que apoye las manos sobre la mesa del living mientras uno de ellos empieza a palparme de armas. Terminada su rutina, atina a preguntarme algo pero no puede: su colega, el de la pala, lo llama enfervorizado. A todo esto el frente de mi casa se llenó de vecinos, curiosos y hasta perros callejeros, entusiasmados en vano en obtener algo de lo allí enterrado.

     Nunca vi ojos tan desorbitados, tantas bocas de asombro, tantos rostros de perplejidad. Algunos se dan vuelta, hasta se siente que a alguien se le da por vomitar. Los policías, reunidos en masa junto al cadáver exhumado, se volvieron a acordar de mí y empiezan a mirarme de soslayo un instante para volver a mirar lo que todos, morbosos, miran. Esbozan moverse hacia donde yo estoy, inmóvil, pero se quedan a pocos metros de la zona. Nuevamente hablan entre ellos pero esta vez, al estar más cerca, puedo escuchar lo que expresan, pese a que intentan, sin éxito, hacerlo a media voz. El punto del debate gira en torno a 2 posiciones: mientras algunos quieren detenerme por homicidio, otros se contentan con hacerlo bajo el modesto cargo de “alteración del orden público”. Claro, yo los entiendo… No todos los días se encuentra enterrado en el jardín de un vecino el cadáver de un extraterrestre…  Breves gritos aislados de una mujer me vuelven a la realidad. ¡Es Felicitas! ¡ha vuelto! …Y se ha vuelto a asustar, ya me parecía. Espero que no sea motivo suficiente para que se vuelva a ir, espero que no. Deberé explicarle que antes estaba vivo y ya está muerto, espero tener éxito…

Julio Salas.

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SOLO Y VACIO

Para qué escribir versos

que no vas a leer,

para qué recorrerte linda

si no vas a estar.

 

Solo y Vacío

en esta habitación.

Así estoy.

 

Pasos de a metro

o corridas a kilómetros,

maravillosos mundos

que se inflan

y se desinflan

y vuelven a caer.

y bajo los escombros

estoy yo, olvidándote;

mejor dicho: olvidándome

de mí.

 

Solo y Vacío

en esta habitación.

Así estoy.

 

Dealers y coperas,

noches cerradas, luces abiertas,

mi pulso a full,

y mi ritmo es tu ausencia

y tu ausencia

es ya no estar.

 

Solo y Vacío

en esta habitación.

Así estoy.

 

De a poco,

de a mucho,

restos de mí al viento

volarán;

que al menos me quede

la conciencia

de que alguna vez

Te amé. Y existí.

Otra vez.

 

Solo y Vacío

En esta habitación.

Así estoy.

                                                                                                                Julio Salas.

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MIRANDO A LA VENTANA

.....Mirè a la ventana. No a travès de la ventana o desde la ventana, no. Mirè a la ventana como tal. A pesar que su antigüedad es la misma de la casa; es decir, tiene 25 años. Y asì estaba yo, miràndola. No sè porquè hoy me parecìa diferente, como si alguien la hubiese modificado. Pero no. Su pintura era la misma, sus postigos, sus hojas, todo igual. Tanto con la luz amarillenta de una vieja bombilla elèctrica como con la luz natural o aùn en penumbras era misma. Pero no. La miraba desde un par de horas y se me antojaba distinta. ¿Porquè?... me preguntaba. Y no me sabìa responder. Si, es cierto, bajo ella pasè buena parte de mi infancia descubriendo a los clàsicos de la literatura, robàndole tardes enteras a la siesta, pero tampoco se trataba de esto, no. La cama arrimada, un par de cajas apiladas con material textil variado en su interior, la mesita de luz, el velador… tampoco contaban. Y entonces, què ?... No sè què decir. Por primera vez no tenìa palabras, ni siquiera para un auto-consuelo. Mis làgrimas, forzadas por la impotencia, se desprendìan de a poquito de mis lagrimales y la angustia se acumulaba en mi interior como si de un atracòn de comida se tratara. Para peor, no era un asunto que pudiera yo compartirlo con alguien, si ni siquiera yo lo comprendìa…

     Abandonè mi posición sòlo para almorzar frugalmente. La idea de cocinar algo se contraponìa al panorama y se tornò inaceptable. Un vaso de gaseosa y un par de salchichas de viena zanjò la controversia. Pocos minutos durò mi ausencia y sin embargo todo lo seguìa viendo igual. Era hora de abandonar aquello, me decìa entre lìneas la lògica, y yo no sabìa què responderle. Me rebanaba los sesos buscando una razòn que justificara esa idea incrustada en mi cerebro. Me desesperaba y màs me hundìa.

     Llegò la noche. La ventana seguìa bajo el poder de mi vista y todo continuaba igual. La angustia seguìa in crescendo, la impotencia me ahogaba. Llorè una vez màs, hasta que me decidì y abandonè la posición. Raudamente le dì la espalda, salì corriendo hacia el pasillo que, conectando a todas las habitaciones de la casa, desembocaba en el patio. Al aire pesado del verano, con humedad pre diluvio, le faltaba algo: mosquitos, cucarachas, otros insectos de origen desconocido. Nada de eso habìa. Soledad màs soledad. Y allì me dì cuenta: èse no era mi patio, mi habitación, mi casa, mi barrio, mi ciudad. Pese a la debilidad que aquejaba a mis pies, corrì nuevamente a mi habitación. Esta vez no me detuve a metros de la ventana sino que lleguè junto a ella. Al llegar, sòlo estirè la mano, pellisquè el lienzo, lo tomè con ambas manos y lo jalè con fuerza hacia abajo. Del otro lado, la realidad, la real, la propiamente dicha. Kilómetros y kilómetros de tierra entre colorada y verdosa se extendìan ante mi vista hasta hacer juego con el horizonte. No sabìa si lo mìo ya era sordera o si efectivamente no existìa ningùn sonido. Alrededor los ùnicos restos materiales eran los de mi casa; màs allà, hacia la izquierda màs lienzos enrollados, en blanco, junto a pinceles varios, yacìan inermes sobre aquel suelo extraño.

     Me dì cuenta que sòlo me restaba cerrar los ojos, pegar un alarido, romper en llanto. Ahì estaba el porquè de la extrañeza de la ventana que seguìa siendo la ventana y sin embargo no era. No era otra cosa que una reproducción exacta sobre una tela de dibujo. No era otra cosa que entender definitivamente la muerte de mi planeta. No era otra cosa que entender que el fin de mis dìas estaba al llegar. No era otra cosa que entender que la Guerra de Guerras se habìa perdido, y con ella el planeta Tierra. El fin habìa llegado. En mi talento pictòrico residiò el postergar un momento lo inevitable. Sì, me engañè a mì mismo, pero nadie podrìa cuestionarme que valiò la pena. Es como si hubiese podido burlar a la muerte por horas. Es como haber luchado hasta el final. Es como morir bajo protesta.

Julio Salas.

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