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Es un grupo de ocho jóvenes. El mayor tiene 22 años; el menor 18. Empero, y no sin un dejo de satisfacción, construyeron un monoplaza de Fórmula Dos. El hecho, así resumido, escuetamente mencionado, no abarca por supuesto la magnitud del intento, pero el mérito no reside tal vez en la perfección de la obra sino en la parte humana que la impulsó. Un suceso de esta naturaleza no es común. Tampoco, las personalidades y los criterios del juvenil conjunto. Pero allí, todavía silencioso y a la espera de un futuro ávido, está el Zonda F 2, que es el nombre de la nueva máquina, testimonio notable de un logro que se alimentó con esfuerzo, ilusión y profundo cariño por el automovilismo. La idea partió de Manuel Fuentes y Roque Pugliese, quienes fueron compañeros de escuela secundaria y comparten idéntica vocación: construir autos y correrlos. Fuentes tiene 21 años y estudia ingeniería. Será piloto del Zonda. Pugliese, de la misma edad, estudia ingeniería mecánica. Son los artífices principales de la construcción del monoplaza. Ellos mismos diseñaron y calcularon la estructura. Además, lo fabricaron con sus propias manos. Mario Boero, también compañero de Pugliese y Fuentes, es el tercero y oficia de auxiliar. El resto del grupo, en el que se cuentan tres señoritas, se conoció a través de la columna juvenil que publica un matutino porteño. Las mismas inquietudes orientadas hacia el deporte automotor, hicieron el resto. Con muchos proyectos y sólo con la intención formaron una peña para apoyar la realización del “Zonda”. Esta se denomina “Peña Automovilística Automóvil Club Avellaneda”. Y ahora, luego de muchos aportes, harán el que acaso sea preponderante, el que dará vida al bastidor: la planta motriz. Los componentes de la peña son Eliseo Jorge Fernández, el mayor de todos. Es el presidente, tiene 22 años y trabaja; Marta Susana Rojo Basaballe, 18 años, maestra y estudiante de odontología; Adalberto Grande, pelirrojo, tiene 19 años y también trabaja; María José Lucero Padilla tiene 18 y es maestra; María Delia Martínez Bueno, 18 años y futura maestra. Además, el grupo cuenta con el apoyo de Angel Gastaldi, quien cedió gentilmente su taller y garage para que los trabajos fueran finalizados. Es quien vigila al “Zonda”. Todos saben manejar, por supuesto… El Auto El Zonda F 2, niño mimado de todos, es un chasis de estructura multitubular, motor trasero y suspensiones independientes.
Se utilizaron para su fabricación caños de acero sin costura de una pulgada de diámetro por 1,5 mm de pared. La carrocería es de resina poliéster y fibra de vidrio. La suspensión delantera consiste en el sistema de paralelogramo deformable. Tiene dos brazos: el inferior en forma de “A”, cuyo vértice se apoya en un amortiguador-espiral. Una prolongación alcanza al portapunta de eje. El brazo superior es único y pivota en el chasis encima del de la toma del amortiguador. Luego se une por el otro extremo a un tensor rotulado y reforzado por un brazo pequeño en la unión. La suspensión trasera muestra también una solución clásica. Se trata de un brazo inferior triangulado y uno superior único. El amortiguador trabaja apoyado en la parte inferior del portamaza, y en la parte superior, sobre la estructura. El conjunto se completa con dos tensores solidarios al bastidor y a los extremos del portamaza. Estos son de chapa y los demás elementos, de cromomolibdeno. El “Zonda” mide 228 centímetros de entreeje, la trocha delantera 135 cm, y la trasera, 138 cm. Tal como se encuentra el conjunto, sin motor y con los tanques vacíos, pesa casi 300 kg. Hace un año y medio que se construye y el grupo invirtió en él 250 mil pesos. La parte motriz no está decidida aún, ya que si bien se pensó en un Fiat 1,5 litros, la probabilidad de que Ika Renault fabrique en nuestro país un motor de 1.300 cc atrasó la resolución. Este grupo tan inquieto tratará de fabricar en pequeñas series más ejemplares del “Zonda” y también un Gran Turismo. Nuestra visita al taller da para mucho más que esta breve entrega. El diálogo mantenido largo rato con ellos habla de criterios sanos y modernos, que denotan mucha fe y responsabilidad. Está visto que en casos como éste, la inexperiencia y la escasez de medios son suplantados por voluntad, trabajo y dedicación. ( Fuente: revista “Automundo”, 1968 ) |
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H.G.Wells y su "Guerra de los Mundos"
Herbert Geroge Wells, nacido el 21 de septiembre de 1866 en el pueblo de Bromley, Condado de Kent, Inglaterra, fue el tercer fruto surgido de la unión entre un tendero y una empleada doméstica. A raíz de la temprana muerte de su padre, él junto a su madre y hermanos debió trabajar en variados oficios apenas comenzada su juventus (esta etapa de su vida la trasladó a su novela llamada Tono-Bungay. Cuando en 1883, gracias a un empleo conseguido en una escuela del poblado de Midhurst, consigue una beca para estudiar en la Escuela Normal de Ciencias de Londres, tiene la fortuna de ser alumno de Thomas Henry Hyxley (abuelo de Julian y Aldous, otros notables autores), un destacado humanista científico y defensor de las teorías de Darwin. La influencia de su maestro lo marcará a fuego en su pensamiento literario.
Cuando un pico de estrés pudo más que su voluntad y debió permanecer
forzosamente en cama varios meses, no tuvo más remedio que dedicarse a
escribir para matar el tiempo. Así surgieron sus primeros textos
literarios bajo la forma de artículos y ensayos que aparecieron
publicados en diversas revistas literarias y científicas. Será La Máquina
del Tiempo -uno de los clásicos más famosos de la literatura
universal-, escrita en 1895, la obra que le abrirá la puerta a la alta
estima literaria.
A partir de este momento, su carrera
tomó un impulso extraordinario. De ella saldrán obras como La Visita
Maravillosa (1895), La Isla del Dr. Moreau (1896), El Hombre Invisible
(1897), La Guerra de los Mundos (1898), sólo para mencionar las más
prestigiosas.
Jaqueado por la tuberculosis y la
diabetes, Wells debió recluirse en una casa londinense, en la que lo
sorprendió la muerte el 13 de agosto de 1946 a los 19 años.
Si bien lo que le tocó vivir
durante la Segunda Guerra Mundial lo sumergieron en un profundo
pesimismo con respecto al futuro de la humanidad, ya con anterioridad da
señales de tener dudas con respecto a esto. En su novela La Guerra de los Mundos, bajo la excusa de una invasión marciana, Wells nos sumerge en las miserias y mediocridades en las que el ser humano puede caer ante ciertos hechos imprevisibles y trágicos. A manera de prueba de lo dicho, veamos los siguientes párrafos:
"La Huelga General" y una visión de Jack London
Siguiendo con la segunda entrega de este trabajo, dirigiremos la mirada hacia un extraordinario escritor inglés cuya obra, sin ser en su totalidad estrictamente de Ciencia ficción, supo incursionar por este campo: Jack London. John Griffith London –tal su verdadero nombre- vió por vez primera la luz en 1876, en la ciudad de San Francisco, EE.UU.; y pese a su origen de clase alta (su madre, llamada Flora Wellman, soltera, pertenecía a ella) no tenía una identidad absoluta con los miembros de ésta. Es más: su progenitora se casó tiempo después con John London, un anónimo veterano de la Guerra Civil, con quien se trasladó a Oklahoma. Como desde joven debió trabajar rudamente para subsistir y, al mismo tiempo, aprovechaba su escaso tiempo libre en leer –su pasión-, a los 19 años se propuso empezar a escribir para poder escapar a ese crudo ambiente y escalar socialmente. A pesar de que inicialmente no tenía éxito con sus cuentos y poemas, en 1897 se le presentó la gran oportunidad: al llegar al Yukón, atraído por la Fiebre del Oro, tomó contacto directamente con las miserias y penurias de los mineros, lo que consiguió volcar muy bien a la literatura. La novela El llamado de la Selva (1903) es la prueba más contundente de lo señalado. A pesar de que sus ideas socialistas eran su sello de distinción, no podía ocultar sus contradicciones. La más notable quizás sea su posición autoritaria o patriarcal con respecto a “sus” mujeres. “El matrimonio no debe regirse por el amor sino por la capacidad reproductiva”, decía; y así lo entendió su primer mujer, Bess Maddern (se casó con ella en 1900), con quien tuvo dos hijas: Bess y Joan. A raíz de entrar en aventuras con Charmian Kittredge, se divorcia y se casa con esta última en 1905. La relación con Charmian tomó otro cariz, ya que no sólo se constituyó en musa inspiradora de muchas de sus obras sino también escribió junto a él y por su cuenta, alentada por su esposo. Existen tres libros hechos conjuntamente en los cuales se detallan muchos de los viajes que hicieron juntos y sus vivencias. En alguna oportunidad de su vida señaló: “La función del ser humano es vivir, no existir. No voy a gastar mis días tratando de prolongarlos, voy a aprovechar mi tiempo”. Y uniendo la acción al pensamiento se entregó siempre a vivir toda clase de aventuras, sobretodo si de defender los derechos de los oprimidos se trataba. Otra virtud que lo caracterizaba era su sentido de la disciplina: se había propuesto escribir por lo menos mil palabras en cada mañana; así queda constatado en sus más de cincuenta libros de toda clase, escritos entre 1900 y 1916, sin contar las más de diez mil cartas anuales que enviaba. A partir de 1914 las penurias financieras (así como ganaba mucho también gastaba en cantidad. Sus viajes internacionales y la ampliación y remodelación de su rancho así lo demuestran) lo marcan a fuego y su salud entra a decaer progresivamente debido a las extremas exigencias a las que se somete en pro de incrementar su producción literaria a cambio de más ganancias y a costa incluso de la calidad de la misma. Es así como el 22 de noviembre de 1916, víctima de la agudización de su afección renal, fallece a la edad de 40 años. Sus obras más destacadas fueron: El Hijo del Lobo (1900), La Llamada de la Selva (1903), El Pueblo del Abismo (1903), Lobo de Mar (1904), Colmillo Blanco (1906), El Talón de Hierro (1907), Martín Eden (1909), entre otras. El cuento que nos ocupa, La Huelga General (conocido también por el título de El Sueño de Debs), fue escrita en 1909. En él se describen las peripecias que les toca vivir a un hacendado y sus empleados durante una huelga general declarada por los sindicatos. Al igual que en el texto de Wells (ver la Primera Parte de este trabajo), aquí nuevamente se aprecia el nivel de degradación humana cuando circunstancias extremas empujan a hombres y mujeres a devorarse anárquicamente unos a unos buscando subsistir a como dé lugar. A continuación, paso a transcribir un párrafo por demás significativo:
La "Destrucción" según René Barjavel
En esta tercera y última parte –al menos por ahora- del presente trabajo recurro a una obra que, lamentablemente, no es lo conocida –y reconocida- que debería ser por estos pagos: Destrucción, del talentoso René Barjavel. Nacido en un suburbio campesino llamado Drôme (sureste de Francia, región de los Alpes. Se destaca por sus bellezas naturales) en 1911, desde temprana edad -18 años- se convirtió en periodista y desde ese lugar abrazó fervientemente la literatura. En esta decisión mucho tuve que ver la influencia de un profesor de francés que lo animó a ingresar al bachillerato ya que su padre lo presionaba para que fuera panadero como él. No obstante, muchos fueron los oficios (repartidor, representante, empleado de banca, etc.) en los que debió trabajar antes de dedicarse full time a su pasión por las letras. Igualmente, con diecinueve años a cuestas colaboró con no pocos periódicos. De esta manera llegó su primer gran oportunidad al ser contratado para un puesto importante en una editorial famosa de la época. Se casó en 1936 y fruto de esa unión matrimonial fueron sus dos hijas. Posteriormente, lo sorprende la Segunda Guerra Mundial; ésta lo marcó a fuego ya que estuvo alistado como soldado de infantería. Sin embargo, supo reponerse y a poco de terminada la contienda bélica, en 1940, concibió la obra que lo llevó al éxito: Destrucción. Pero no todas fueron rosas: en 1948 escribió la novela El Diablo me lleva, que fue un completo fracaso. Probó suerte entonces en el mundo del cine como guionista en donde le fue un poco mejor. Retomó la buena senda en la literatura con La Noche de los Tiempos, su segunda obra famosa, en 1968, y con la que también refinó su talento. Tampoco abandonó su otra pasión, el periodismo, ya que como cronista de un importante periódico dominical creó numerosos artículos, los que más tarde recopiló en un libro llamado Los Años de la Luna, la Libertad y del Hombre. La muerte lo sorprendió el 24 de noviembre de 1985 y sus restos descansan hoy en su pueblo natal. No son pocos los que consideran que gracias a él la Ciencia Ficción tuvo una aceptación en el territorio galo que antes no tenía. Entre sus obras más reconocidas citemos a: Destrucción (1940), Viajero Imprudente (1944), La Noche de los Tiempos (1968), Coloma de la Luna (1968), El Gran Secreto (1968), El Hechicero (1984). Con respecto a la obra en la que se basa este artículo, su mayor valor reside en la forma en que Barjavel nos demuestra cómo puede convertirse en un arma de doble filo el exacerbado crecimiento tecnológico dentro de una sociedad que se deshumaniza en directa proporcion al avance de aquél. En esta novela nos habla de una París ubicada en el Siglo XXI (más precisamente en el año 2052) cuya vida cotidiana está bajo una fuerte dependencia, hasta en los últimos detalles, de la alta tecnología. Así es como un buen día la electricidad –la sangre de todas las máquinas- sencillamente desaparece haciendo entrar en colapso a esta sociedad hipertecnificada,dejando a todo el mundo en el más profundo caos. Francisco Deschamps –personaje central de la novela-, proveniente de los últimos reductos campestres que aún quedan en Francia y enemigo acérrimo de aquello opuesto a la naturaleza, será el encargado de encontrar la única salida: el retorno a las fuentes. Precisamente, de Destrucción extraigo el párrafo que más abajo se menciona, en el cual queda magistralmente descripto cómo las muchedumbres -o las masas, como les gusta decir a muchos- caen fácilmente presas del caos y el descontrol al entregar totalmente sus vidas al desarrollo tecnológico, al punto de llevar puestas ropas con cierres que se activan eléctricamente, por ejemplo. Al igual que en las dos primeras partes de este trabajo, queda demostrado una vez más que la tan mentada civilización aún no está cerrada totalmente como tal y que quizás dicho proceso no llegue alcanzarse nunca, duda ésta que queda a debate y tema también de futuros artículos. Leamos el párrafo en cuestión:
Julio Zalazar. |
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Casi desde siempre -y sobre todo en los últimos tiempos- esta palabra es cotidianamente usada como sinónimo de "comer" y "beber" (cuando se refiere al consumo de alimentos y bebidas) y de "usar", cuando se refiere a la compra interminable de vestimenta, calzado, cosméticos, peluquería, bijouterie, juguetes, etc.. Además, al concepto se le puede adosar otras costumbres consumistas que entrarían directamente en el campo del vicio: cigarrillos, golosinas, drogas, bebibas de alta graduación alcohólica, sexo "comercial", etc. Ahora bien: si nos remitimos a la primera definición de la palabra-verbo "consumir" podemos darnos cuenta que nuestra vida, cuanto más consumista, más destructiva puede ser; esto es, la destrucción por la destrucción misma que no da lugar al más mínimo placer, siendo condición sine cua non para que éste se manifieste el disfrute, la contemplación, el análisis y la creación -según cada caso-, en los que entran en acción algunos y/o todos los sentidos humanos: vista, tacto, gusto y oído, que unidos a la acción de pensar configuran lo que podríamos denominar la "realización del Ser Humano". Esto que sostengo de ninguna manera soslaya la obvia necesidad que tenemos de alimentarnos, vestirnos, hacer el amor, etc., ya que la existencia humana y la procreación de la especie dependen de estos hechos, sino que es mi intención remarcar cómo el consumo-destrucción desplaza en esta sociedad a la satisfacción-placer. En "defensa" de los seres humanos inmersos en el consumismo (¿ estamos todos ?), puedo decir que el desarrollo y la activación de cualquier placer legítimo necesita, antes que nada, tiempo. Imaginemos en nuestra boca una hermosa manzana: la comemos necesariamente con lentitud para saborear su riquísimo sabor satisfaciendo así el placer de comer. Sigamos imaginando y veámonos tirados sobre la cama o sobre una reposera en un ambiente agradable a nuestro gusto, totalmente concentrados en ese libro que nos transporta a otra realidad (sea o no ficticia) y nos hace recorrer geografías, mundos, afectos, dramas, emociones, otras floras, otras faunas, risas, etc. Necesariamente, tenemos que apelar a nuestro tiempo libre; si es éste el correspondiente a las vacaciones, mucho mejor. Ni que hablar, en tren de imaginar, el estar con la mujer u hombre, según cada caso, que amamos y deseamos en un pleno intercambio sexual en el cual ninguno de nuestros sentidos deja de intervenir. Con una mano en el corazón: alguien está en condiciones de sostener cuánto tiempo le insumió el desarrollo de semejante placer ?. La sola existencia de un reloj cerca con su molesto tic-tac es motivo de rebeldía sin causa; el tiempo parece haberse congelado entre las cuatro paredes que nos contienen. Sin embargo, objetivamente éste ha transcurrido. Y no ha sido poco. Creo que no hacen falta más ejemplos (los lectores sabrán tenerlos más concretos en sus memorias). Para terminar de redondear este pequeño artículo, transcribo a continuación algunos párrafos que tienen que ver con el tema, desde la perspectiva literaria, y que son de por demás de interesantes...
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Julio Salas. |

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Entre enero y junio de 1871 la Ciudad de Bs. As. vivió el drama sanitario más grande y terrible que se haya desatado en tierras argentinas: la Epidemia de Fiebre Amarilla. Esta enfermedad, basada en un virus transmitido por un mosquito, devastó a una buena proporción de la población porteña al punto de dejar el tendal de cadáveres sobre las calles. Hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción sucumbieron en masa al flagelo. Con escasos médicos, sin medicamentos, con insuficiente infraestructura, sin embargo un grupo de verdaderos héroes anónimos le hizo frente al mal hasta vencerlo. Entre ellos, los italianos dijeron ¡ presente !
Antes del Desastre Verano de 1871. Los porteños vivían la ansiedad clásica que antecede a los festejos de Carnaval; ni las clases bajas ni los funcionarios ni los ciudadanos de alta alcurnia pueden sustraerse a tan tradicionales fiestas. Y a tal punto es así que nada sabían de lo que estaba viviendo el pueblo correntino a consecuencia de la acción devastadora de un virus diseminado por un extraño mosquito llamado Aedes Aegypti; tal virus tiene también otro nombre y apellido: Fiebre Amarilla. La situación política tendía a estabilizarse; terminada la sangrienta Guerra del Paraguay, los habitantes bonaerenses sólo piensan en prosperar. Con el Presidente Sarmiento a la cabeza, se viene desarrollando un ambicioso proyecto para europeizar el país; y en concordancia con él la clave consistió en el incentivo a la inmigración ultramarina: alemanes, griegos, franceses, rusos, ingleses, húngaros; pero por sobre todas las nacionalidades españoles e italianos sobrepasan con creces en número a todos los anteriores. Según un censo de 1869, en el enclave porteño existían ya 89.661 argentinos naturales junto a 88.126 extranjeros (para, pocos años después, invertirse las cifras en favor de los segundos) correspondiendo el mayor porcentaje de los últimos a "tanos" y "gallegos". Se podrá hablar de lo loable de estos gobernantes, sin dudas; aunque también hay que reconocer que algunas cosas se les escapaban. Al menos eso es lo que opinaron los cientos y miles de inmigrantes hacinados en verdaderas covachas contra la ribera del Riachuelo, en los barrios del sur. Y el mencionado censo lo corroboró: sobre 20.838 casas en el ejido urbano, 18.507 correspondieron a las que poseen un piso; 2.078 a las de 2, y sólo 253 a las de 3 niveles. Mientras tanto, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires Emilio Castro -reemplazante del renunciante Adolfo Alsina, ocupado con la "Conquista del Desierto"- y el Presidente de la Comisión Municipal Autónoma Narciso Martínez de Hoz junto a Sarmiento compartieron dentro de un aparente equilibrio una misma sede del poder: la ciudad de Buenos Aires. En lo que hace al aspecto económico, junto a un floreciente comercio y a una estable industria, miles de indigentes -de afuera y de adentro- se la "rebuscaron" de la mejor manera posible; ni falta hace describirlo. Los Comienzos 27 de enero de 1871. Por el hoy pintoresco barrio de San Telmo -en aquel entonces exclusivo enclave de conventillos e inquilinatos repletos de inmigrantes- algo serio pasaba: los doctores Tamini, Larrosa y Montes de Oca, de la Comisión Municipal, dieron la voz de alarma sobre la aparición de algunos casos de Fiebre Amarilla en el lugar. Por supuesto, con todo el andamiaje de los festejos oficiales de Carnaval en marcha los funcionarios no les prestaron atención a un "brote aislado" como ellos mismos lo definieron. Pero los galenos no se equivocaban. De la misma manera lo entendió una voz muy respetada en la época como la del Dr. Eduardo Wilde, quien tampoco es escuchado. Así fue que, tras un pequeño lapso de calma y casi coincidiendo con el fin de las Carnestolendas, la epidemia surgió ya como tal acabando con la vida de 30 personas en solo día. Obviamente, ante el cariz que tomaban los acontecimientos las autoridades se decidieron a tomar cartas en el asunto imponiendo una "enérgica" medida: la prohibición de los festejos de Carnaval... después de su finalización. Si bien en un principio sobre la zona sur porteña se localizó el foco de la infección masiva, nada tardó en expandirse por el resto de la ciudad y sus alrededores más cercanos. Y también de más estaría decir que fueron los pobres y miserables extranjeros los primeros en caer -sobretodo los de nacionalidad italiana-, a tal punto que ya en el mes de marzo los fenecidos diarios pertenecieron mayoritariamente a los mismos y superaron el centenar. Las aglomeraciones sobre el Consulado italiano se sucedieron permanentemente, mientras éste no daba abasto con los pedidos de repatriación que por entonces superaron los 5.000 . ¿Y el resto de la población? Los que contaron con medios económicos partieron fugazmente hacia la zona norte para establecerse en lo que aún hoy se conoce como "Barrio Norte", asiento tradicional de buena parte de los sectores opulentos. Los demás huyeron como pudieron cayendo muchos por el camino o no haciendo más que expandir el mal por otras latitudes. En medio del creciente pánico y caos general, y ante el carácter incontrolable de la epidemia, los funcionarios de toda laya -del Presidente Sarmiento para abajo- literalmente se "fugaron" de la ciudad hacia otros puntos del territorio argentino. Los saqueos, el pillaje, la rapiña y la delincuencia estuvieron a la orden del día a consecuencia de la virtual acefalía que soportaba la ciudad y el estado calamitoso de una policía demasiado ocupada en evitar la reducción en alza en sus filas. Los verdaderos Héroes A pesar del sombrío panorama, en la ciudad comenzaron a destacarse con nitidez por sobre la miseria humana y moral sectores ligados al clero y a la medicina junto a anónimos colaboradores que dieron todo de sí.
La reunión de este grupo humano resultó fundamental para enfrentar organizadamente a la epidemia ( en esos momentos, principios de abril, en su mayor pico: más de 400 muertos por día ) ante la desidia y la inacción de la mayor parte de las autoridades en todos sus niveles. Desde aquí partieron instrucciones claras con respecto a la construcción de nuevos sanatorios -Lazareto de San Roque, el de la Sociedad de Beneficencia, etc.- y el alquiler de otros que son de uso prioritario para determinado sector como lo es el Hospital Italiano -obra de la colectividad homónima-, quien tuvo en esta oportunidad su verdadero "bautismo de fuego". A la par, se construyeron otros cementerios o enterrarios ya que los existentes (y sobre todo el de la zona sur) no daban para más. De ellos el que aún hoy perdura es el de la Chacarita, llamado así por instalarse en un terreno de 7 ha., adquirido por el Gobierno Provincial, ubicado en un lugar llamado "Chacarita de los Colegiales". Y como éste se encontraba en las afueras del sector urbano, y ante la escasez de medios de transporte para el traslado de los cadáveres ( se llegó al punto de alquilar carros de basura para recolectar los muertos que eran dejados sobre la calle a la intemperie o sólo tapados por una sábana ) se decidió crear un ramal especial del entonces Ferrocarril Oeste que, partiendo de la actual intersección de las calles Pueyrredón y Corrientes, realizara todo un recorrido bastante similar al de la Línea "B" de subterráneos de hoy hasta llegar a una improvisada estación y depósito de cadáveres junto al cementerio. A manera de anécdota, valga decir que para tan macabros viajes el 14 de abril se desempolvó la legendaria "La Porteña", la primera locomotora que circuló en Bs. As. en 1852. En lo que hace a los sectores católicos es necesario destacar, entre muchos otros que dieron desinteresadamente su vida, al párroco de San Nicolás de Bari Eduardo O'Gorman: a él le debemos la fundación del Asilo de Huérfanos, destinado a darles cabida a tantos niños que quedaron desamparados ante el fallecimiento de sus padres. Existiendo aún, la Sociedad de Beneficencia se hace cargo posteriormente de su administración. Algunas apostillas de humor negro en medio del drama En el momento de mayor auge de la epidemia -abril- se echó mano a los recursos más inverosímiles para enfrentar al terrible mal y sus consecuencias. Con coches fúnebres que no daban abasto, con sepultureros que mermaban rápidamente, con un cementerio como el de la zona sur que desbordaba su espacio físico con cadáveres apilados, se llegó al último recurso de incinerarlos ahí mismo donde caían; incluso, en algunos casos, inquilinatos enteros eran sometidos a las llamas en la tan castigada región. En el medio de tan desesperante realidad las situaciones confusas se multiplicaban por doquier dándole una pizca de humor negro a todo el drama. Y si no veamos lo que comentaba el diario "La Prensa" -verdadero pregón del caos junto a "La Nación"- del día 18 de abril:
Veamos otro caso acontecido el día 15:
El desenlace Con la cifra récord de 1.564 personas muertas durante los 3 días de Semana Santa, la Fiebre Amarilla comenzó muy lentamente a descender -no fueron pocos los casos en lugares en los que, creyéndosela en retirada, reapareció con furia- permitiendo a los integrantes de la Comisión de Higiene y otras similares un mayor margen para actuar a pesar de la paulatina reducción de gastos que soportaban. Lógicamente, como era de esperar, éstas terminaron disolviéndose promediando mayo. Conflictos políticos internos y con los tres poderes que cohabitaban en la ciudad influyeron en su final. Según las estadísticas llevadas a cabo por Mardoqueo Navarro - quizás las más completas- el total de víctimas hasta principios de junio cuando la Fiebre Amarilla se retiró por completo ascendió a 17.084 personas, discriminadas de la siguiente manera: la mayor cantidad -6.769- perteneció a la colectividad italiana; el segundo lugar lo ocuparon los criollos con 5.705 individuos. Los españoles aparecían terceros con "sólo" 1.799 defunciones; y los restantes 2.811 fallecidos se repartieron entre ingleses, franceses, alemanes y otros. Cabe aclarar con respecto a los números arriba mencionados que los debates y diferencias subsisten ya que existieron otros informes como el del Dr. José Penna que, valiéndose de los registros de los cementerios, habló de 14.467 víctimas; o el de la Asociación Médica Bonaerense que por su parte registró un total de 13.614 casos fatales. A manera de cierre del presente artículo, resta destacar la labor de los italianos, que pese a todas las penurias que sufrían en su condición de inmigrantes casi recién descendidos de los barcos, se metieron abnegadamente a combatir la epidemia junto a los criollos, sin medir riesgos para sus vidas. Precisamente, para que no caiga en el olvido la extraordinaria acción de todos los héroes, en donde hoy se encuentra el Parque Ameghino, en la Capital Federal ( más precisamente sobre la Avenida Caseros ), se erige una pirámide en homenaje a todos los caídos en la lucha contra el flagelo. Y es que allí mismo supo estar emplazado el Cementerio del Sur. Julio Zalazar. |