Cuando la Argentina era Otra

La Juventud Emprendedora y
 la Historia del "Zonda"

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Introducción

     Era otra época. Era otra gente. Era otra etapa de la Historia Argentina. Y, sobre todo, fue parte, quizás, de un sueño que quedó trunco. Un sueño que más allá de diferencias de grado, de sólo detalles, supo ser parte de muchos argentinos, muchos de los cuales hacían del trabajo algo más que una simple manera de ganarse la vida. Poner el alma, la vida, el sacrificio –si le se le puede llamar así al tiempo robado al ocio en pos de ocuparnos de algo que nos apasiona- en cosas que en muchos casos redituaban más pérdidas que futuras rentabilidades, marcaba a fuego a generaciones que, consciente o inconscientemente, tenían en sus mentes otra imagen del futuro país, distinta a la que muchos hoy (¿la mayoría?) poseen. En la creencia de que esta gente a nuestra querida tierra hoy le resultaría imprescindible y, a fuerza de ser realistas, descubrir que no es posible esta acción, sí quizás lo sea que próximamente otros levanten sus banderas y ocupen su lugar. Es por esto que nos sentimos impelidos a rescatar, a través de una serie de artículos dentro de una subsección denominada “Cuando la Argentina era Otra” , personas, acciones, actitudes, etc., que, hoy un tanto olvidadas, es importante dar a conocer. En esta ocasión o primer entrega nos referiremos a un grupo de jóvenes entusiastas ( y muy jóvenes realmente…) que pese a todos los contratiempos supieron enfrentarlos y terminar un monoplaza de competición; más precisamente para la extinta Fórmula 2 nacional de los ’60 / ’70, el cual no pudieron convertirlo en un éxito deportivo sobre las pistas pero este detalle, más que anecdótico, es secundario desde la óptica desde la cual apreciamos a estos/as muchachos/as. Entonces, a continuación, reproducimos este artículo aparecido en la revista “Automundo” ( publicación especializada en el mundo del automóvil, y en especial en su faz deportiva ), correspondiente al año 1968. Esperemos que al leer este texto el lector pueda convencerse –o comenzar a hacerlo- de que alguna vez “La Argentina era Otra” y, sobre todo, porqué no, quizás pueda “Volver a Ser”.

Julio Salas.

 

      Es un grupo de ocho jóvenes. El mayor tiene 22 años; el menor 18. Empero, y no sin un dejo de satisfacción, construyeron un monoplaza de Fórmula Dos. El hecho, así resumido, escuetamente mencionado, no abarca por supuesto la magnitud del intento, pero el mérito no reside tal vez en la perfección de la obra sino en la parte humana que la impulsó. Un suceso de esta naturaleza no es común. Tampoco, las personalidades y los criterios del juvenil conjunto. Pero allí, todavía silencioso y a la espera de un futuro ávido, está el Zonda F 2, que es el nombre de la nueva máquina, testimonio notable de un logro que se alimentó con esfuerzo, ilusión y profundo cariño por el automovilismo.

     La idea partió de Manuel Fuentes y Roque Pugliese, quienes fueron compañeros de escuela secundaria y comparten idéntica vocación: construir autos y correrlos. Fuentes tiene 21 años y estudia ingeniería. Será piloto del Zonda. Pugliese, de la misma edad, estudia ingeniería mecánica. Son los artífices principales de la construcción del monoplaza. Ellos mismos diseñaron y calcularon la estructura. Además, lo fabricaron con sus propias manos. Mario Boero, también compañero de Pugliese y Fuentes, es el tercero y oficia de auxiliar.

      El resto del grupo, en el que se cuentan tres señoritas, se conoció a través de la columna juvenil que publica un matutino porteño. Las mismas inquietudes orientadas hacia el deporte automotor, hicieron el resto. Con muchos proyectos y sólo con la intención formaron una peña para apoyar la realización del “Zonda”. Esta se denomina “Peña Automovilística Automóvil Club Avellaneda”. Y ahora, luego de muchos aportes, harán el que acaso sea preponderante, el que dará vida al bastidor: la planta motriz.

     Los componentes de la peña son Eliseo Jorge Fernández, el mayor de todos. Es el presidente, tiene 22 años y trabaja; Marta Susana Rojo Basaballe, 18 años, maestra y estudiante de odontología; Adalberto Grande, pelirrojo, tiene 19 años y también trabaja; María  José Lucero Padilla tiene 18 y es maestra; María Delia Martínez Bueno, 18 años y futura maestra. Además, el grupo cuenta con el apoyo de Angel Gastaldi, quien cedió gentilmente su taller y garage para que los trabajos fueran finalizados. Es quien vigila al “Zonda”.

     Todos saben manejar, por supuesto…

El Auto

      El Zonda F 2, niño mimado de todos, es un chasis de estructura multitubular, motor trasero y suspensiones independientes.

      Se utilizaron para su fabricación caños de acero sin costura de una pulgada de diámetro por 1,5 mm de pared. La carrocería es de resina poliéster y fibra de vidrio.

      La suspensión delantera consiste en el sistema de paralelogramo deformable. Tiene dos brazos: el inferior en forma de “A”, cuyo vértice se apoya en un amortiguador-espiral. Una prolongación alcanza al portapunta de eje. El brazo superior es único y pivota en el chasis encima del de la toma del amortiguador. Luego se une por el otro extremo a un tensor rotulado y reforzado por un brazo pequeño en la unión.

    La suspensión trasera muestra también una solución clásica. Se trata de un brazo inferior triangulado y uno superior único. El amortiguador trabaja apoyado en la parte inferior del portamaza, y en la parte superior, sobre la estructura. El conjunto se completa con dos tensores solidarios al bastidor y a los extremos del portamaza. Estos son de chapa y los demás elementos, de cromomolibdeno.

     El “Zonda” mide 228 centímetros de entreeje, la trocha delantera 135 cm, y la trasera, 138 cm. Tal como se encuentra el conjunto, sin motor y con los tanques vacíos, pesa casi 300 kg. Hace un año y medio que se construye y el grupo invirtió en él 250 mil pesos.

      La parte motriz no está decidida aún, ya que si bien se pensó en un Fiat 1,5 litros, la probabilidad de que Ika Renault fabrique en nuestro país un motor de 1.300 cc atrasó la resolución.

     Este grupo tan inquieto tratará de fabricar en pequeñas series más ejemplares del “Zonda” y también un Gran Turismo.

      Nuestra visita al taller da para mucho más que esta breve entrega. El diálogo mantenido largo rato con ellos habla de criterios sanos y modernos, que denotan mucha fe y responsabilidad. Está visto que en casos como éste, la inexperiencia y la escasez de medios son suplantados por voluntad, trabajo y dedicación.

( Fuente: revista “Automundo”, 1968 )

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La Juventud Emprendedora y
 la Historia del "Zonda"

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Introducción

   Si algo tiene de apasionante el universo de la literatura es esa maravillosa manía de introducirnos en otros mundos, otros tiempos, hacernos vivir el pasado, traernos al presente, husmear el futuro y volver para atrás sin solución de continuidad; de someter a nuestro cerebro al delicioso ejercicio de pensar, de sentir, de quitarnos el velo de los ojos que muchos intentan colocarnos. Y si de géneros literarios hablamos, es la ciencia ficción la más adictiva de todas.

     Pero no todas son rosas. Los finales felices, sin lugar a dudas, nos pueden llenar de felicidad pero no llegan, generalmente, a iluminarnos el panorama; para cubrir ese hueco es que aparecen genios como H. G. Wells, Jack London y René Barjavel (entre otros), quienes con sabiduría se animaron a pensar e imaginar el futuro desde una perspectiva muy sombría, con otros escenarios, otras gentes, otros sentimientos; nos supieron pintar –o mejor sería  decir “advertir”- lo que le espera a la humanidad si no corrige rumbos, si no se “depura”. Invito al lector a comprobarlo en los párrafos abajo transcriptos.

Julio Zalazar.

     1° Parte

H.G.Wells y su "Guerra de los Mundos"

      Herbert Geroge Wells, nacido el 21 de septiembre de 1866 en el pueblo de Bromley, Condado de Kent, Inglaterra, fue el tercer fruto surgido de la unión entre un tendero y una empleada doméstica. A raíz  de la temprana muerte de su padre, él junto a su madre y hermanos debió trabajar en variados oficios apenas comenzada su juventus (esta etapa de su vida la trasladó a su novela llamada Tono-Bungay. Cuando en 1883, gracias a un empleo conseguido en una escuela del poblado de Midhurst, consigue una beca para estudiar en la Escuela Normal de Ciencias de Londres, tiene la fortuna de ser alumno de Thomas Henry Hyxley (abuelo de Julian y Aldous, otros notables autores), un destacado humanista científico y defensor de las teorías de Darwin. La influencia de su maestro lo marcará a fuego en su pensamiento literario.

      Cuando un pico de estrés pudo más que su voluntad y debió permanecer forzosamente en cama varios meses, no tuvo más remedio que dedicarse a escribir para matar el tiempo. Así surgieron sus primeros textos literarios bajo la forma de artículos y ensayos que aparecieron publicados en diversas revistas literarias y científicas. Será La Máquina del Tiempo -uno de los clásicos más famosos de la literatura universal-, escrita en 1895, la obra que le abrirá la puerta a la alta estima literaria.

      A partir de este momento, su carrera tomó un impulso extraordinario. De ella saldrán obras como La Visita Maravillosa (1895), La Isla del Dr. Moreau (1896), El Hombre Invisible (1897), La Guerra de los Mundos (1898), sólo para mencionar las más prestigiosas.

      Jaqueado por la tuberculosis y la diabetes, Wells debió recluirse en una casa londinense, en la que lo sorprendió la muerte el 13 de agosto de 1946 a los 19 años.

      Si bien lo que le tocó vivir durante la Segunda Guerra Mundial lo sumergieron en un profundo pesimismo con respecto al futuro de la humanidad, ya con anterioridad da señales de tener dudas con respecto a esto.

      En su novela La Guerra de los Mundos, bajo la excusa de una invasión marciana, Wells nos sumerge en las miserias y mediocridades en las que el ser humano puede caer ante ciertos hechos imprevisibles y trágicos. A manera de prueba de lo dicho, veamos los siguientes párrafos:

    “(...)Era incalculable el número de carruajes, coches de alquiler y de almacenes, camiones, un coche de correos, un carro de limpieza rotulado “Parroquia de San Pancras”, otro enorme de maderas de construcción lleno de populacho. Pasó el carromato de un cervecero con las dos ruedas teñidas en sangre fresca.

       -¡Sitio! ¡Sitio! –bramaban las voces.

       -¡Eter-nidad! ¡Eter-nidad! –respondía el eco.

     "Mujeres bien vestidas de rostro triste y huraño andaban entre la multitud con niños que lloraban y se caían, las telas delicadas cubiertas de polvo, los rostros fatigados, cubiertos de llanto. Iban hombres con ellas, unos para protegerlas, otros para amenazarlas. Se peleaban grupos de vagabundos, vestidos de harapos, insolente la mirada, alta la voz, profiriendo blasfemias. A fuerza de puños se abrían paso vigorosos obreros; miserables criaturas que, por la ropa, parecían ser empleados de escritorios o de almacenes, se debatían espasmódicamente. Reparó mi hermano en un soldado herido, en hombres que llevaban el uniforme de empleados de ferrocarriles y en una desgraciada que se cubría con una capa la camisa de dormir.

      “No obstante su variada composición, ofrecía esta multitud algunos rasgos comunes: había dolor y espanto en todos los rostros, y la consternación parecía seguirles. Cualquier tumulto, la disputa por un puesto en algún vehículo, hacía apresurarse a todos; hasta un hombre, tan fatigado que se le doblaban las rodillas, sintió durante un momento que le animaban fuerzas nuevas. El polvo y el calor habían ya hecho presa en la multitud; tenían las gentes seca la piel, negros y abiertos los labios. Todas iban sedientas, rendidas, los pies amortecidos. Entre gritos se destacaban las disputas, los reproches, los ayes de cansancio; casi todas las voceseran roncas y débiles. Dominaba una frase:

       -¡Paso! ¡Sitio! ¡Que vienen los marcianos!

      "Ninguno de los fugitivos se  detenía; ninguno abandonaba la ola tumultuosa. El camino desemboca oblicuamente, por estrecha abertura, en la carretera grande que parece ir a Londres. Sin embargo, un remolino de gentes se arrojaba a la desembocadura; los débiles eran lanzados fuera del camino, y permanecían un rato antes de incorporarse de nuevo a la multitud. A poca distancia estaba tendido en el suelo un hombre con una pierna desnuda envuelta por vendas empapadas en sangre. Dos compañeros le cuidaban. ¡Hombre afortunado que aún tenía amigos!”.

Otro párrafo:

     “(...)La antención de mi hermano se distrajo con la presencia de un hombre barbudo, de cara semejante a la de un ave de rapiña, que llevaba cuidadosamente un saquito, cuyo saquito se rompió en el momento en que mi hermano le miraba, derramando una masa de libras que se disgregó en mil pedazos de oro. Rodaron las monedas en todos sentidos entre pies de hombres y cascos de caballos. Se detuvo el viejo para contemplar estúpidamente su montón  de oro y la lanza de un coche le dio en el hombro, haciéndolo rodar. Lanzó un gemido y la rueda de un camión le rozó la cabeza.

      -¡Adelante! –gritaron las gentes a su alrededor-. ¡Abran paso!

     “Tan pronto como pasó el carruaje se lanzó con las dos manos abiertas sobre su montón de oro y se puso a recogerlo a puñados, llenándose los bolsillos. En el momento de levantarse se encabritó un caballo y le derribó con los cascos.

      -¡Pare! –gritó mi hermano-, y separando a una mujer, quiso coger al caballo por la brida.

      “Antes de conseguirlo oyó un grito bajo el carruaje y vio en el polvo pasar una rueda sobre la espalda del pobre hombre.El cochero dio un latigazo a mi hermano, que echó a correr detrás del coche. El sinnúmero de gritos le ensordecía. El hombre daba vueltas en el polvo sobre su oro desparramado, incapaz de levantarse porque la rueda le había roto el espinazo y tenía insensibles e inertes los miembros inferiores. Mi hermano dio media vuelta y ordenó algo al coche que le seguía . Un hombre a caballo acudió a su socorro.

      -¡Sacadle de aquí! –dijo.

     “Agarrándole del cuello intentó mi hermano sacar al hombre del camino.Pero el obstinado viejo no quería soltar su oro y lanzaba a su salvador coléricas miradas, golpeándole el brazo con el puño lleno de monedas”.

      Y un párrafo final:

     “(...)No era una marcha disciplinada, sino una fuga loca, un terror pánico, gigantesco y terrible, sin orden y sin fin; seis millones de personas desprovistas de armas y de víveres, que corrían de cabeza. Era el comienzo de la derrota de la civilización, de la matanza de la humanidad”.

2° Parte

"La Huelga General" y una visión de Jack London

      Siguiendo con la segunda entrega de este trabajo, dirigiremos la mirada hacia un extraordinario escritor inglés cuya obra, sin ser en su totalidad estrictamente de Ciencia ficción, supo incursionar por este campo: Jack London.

      John Griffith London –tal su verdadero nombre- vió por vez primera la luz en 1876, en la ciudad de San Francisco, EE.UU.; y pese a su origen de clase alta (su madre, llamada Flora Wellman, soltera, pertenecía a ella) no tenía una identidad absoluta con los miembros de ésta. Es más: su progenitora se casó tiempo después con John London, un anónimo veterano de la Guerra Civil, con quien se trasladó a Oklahoma.

      Como desde joven debió trabajar rudamente para subsistir y, al mismo tiempo, aprovechaba su escaso tiempo libre en leer –su pasión-, a los 19 años se propuso empezar a escribir para poder escapar a ese crudo ambiente y escalar socialmente. A pesar de que inicialmente no tenía éxito con sus cuentos y poemas, en 1897 se le presentó la gran oportunidad: al llegar al Yukón, atraído por la Fiebre del Oro, tomó contacto directamente con las miserias y penurias de los mineros, lo que consiguió volcar muy bien a la literatura. La novela El llamado de la Selva (1903) es la prueba más contundente de lo señalado.

    A pesar de que sus ideas socialistas eran su sello de distinción, no podía ocultar sus contradicciones. La más notable quizás sea su posición autoritaria o patriarcal con respecto a “sus” mujeres. “El matrimonio no debe regirse por el amor sino por la capacidad reproductiva”, decía; y así lo entendió su primer mujer, Bess Maddern (se casó con ella en 1900), con quien tuvo dos hijas: Bess y Joan. A raíz de entrar en aventuras con Charmian Kittredge, se divorcia y se casa con esta última en 1905. La relación con Charmian tomó otro cariz, ya que no sólo se constituyó en musa inspiradora de muchas de sus obras sino también escribió junto a él y por su cuenta, alentada por su esposo. Existen tres libros hechos conjuntamente en los cuales se detallan muchos de los viajes que hicieron juntos y sus vivencias.

      En alguna oportunidad de su vida señaló: “La función del ser humano es vivir, no existir. No voy a gastar mis días tratando de prolongarlos, voy a aprovechar mi tiempo”. Y uniendo la acción al pensamiento se entregó siempre a vivir toda clase de aventuras, sobretodo si de defender los derechos de los oprimidos se trataba.

     Otra virtud que lo caracterizaba era su sentido de la disciplina: se había propuesto escribir por lo menos mil palabras en cada mañana; así queda constatado en sus más de cincuenta libros de toda clase, escritos entre 1900 y 1916, sin contar las más de diez mil cartas anuales que enviaba.

      A partir de 1914 las penurias financieras (así como ganaba mucho también gastaba en cantidad. Sus viajes internacionales y la ampliación y remodelación de su rancho así lo demuestran) lo marcan a fuego y su salud entra a decaer progresivamente debido a las extremas exigencias a las que se somete en pro de incrementar su producción literaria a cambio de más ganancias y a costa incluso de la calidad de la misma. Es así como el 22 de noviembre de 1916, víctima de la agudización de su afección renal, fallece a la edad de 40 años.

      Sus obras más destacadas fueron: El Hijo del Lobo (1900), La Llamada de la Selva (1903), El Pueblo del Abismo (1903), Lobo de Mar (1904), Colmillo Blanco (1906), El Talón de Hierro (1907), Martín Eden (1909), entre otras.

      El cuento que nos ocupa, La Huelga General (conocido también por el título de El Sueño de Debs), fue escrita en 1909. En él se describen las peripecias que les toca vivir a un hacendado y sus empleados durante una huelga general declarada por los sindicatos.

      Al igual que en el texto de Wells (ver la Primera Parte de este trabajo), aquí nuevamente se aprecia el nivel de degradación humana cuando circunstancias extremas empujan a hombres y mujeres a devorarse anárquicamente unos a unos buscando subsistir a como dé lugar.

       A continuación, paso a transcribir un párrafo por demás significativo:

     “(...)Nunca olvidaré el espectáculo que vimos a continuación. Nos tropezamos con él abruptamente, tras un recodo de la carretera. Los árboles formaban una bóveda por encima, y el sol se filtraba entre sus ramas. Las mariposas revoloteaban alrededor, y desde los campos llegaba el canto de las alondras. Allí en medio había un potente automóvil. Y tanto dentro como a su alrededor yacían varios cadáveres. La explicación era evidente. En su huida de la ciudad, los ocupantes habían sido atacados y saqueados por una banda de criminales de los barrios bajos. El hecho había ocurrido no hacía ni veinticuatro horas. Latas de carne y de frutas recién abiertas explicaban la razón del ataque. Dakon examinó los cuerpos.

     -Me lo imaginaba –nos informó-. Conozco el coche. Era Periton... toda la familia. Tendremos que andar con cuidado en adelante.

     -Pero nosotros no tenemos comida que les incite a atacarnos –objeté yo.

    “Dakon señaló mi montura y comprendí. Por la mañana, el caballo de Dukon había perdido una herradura. El delicado casco se había abierto y, al mediodía, el animal cogeaba. Dakon no quería seguir montándolo ni tampoco abandonarlo. Así pues, a petición suya, nosotros continuamos. El llevaría el caballo de la brida y se reuniría con nosotros en mi casa. Fue la última vez que lo vimos, y nunca supimos su fin.

    “A la una llegamos al pueblo de Menlo, o más bien a lo que había sido su emplazamiento, ya que estaba en ruinas. Los cadáveres yacían por doquier. La zona comercial, así como la residencial totalmente arrasadas por el fuego. Aquí y allá alguna residencia resistía todavía, pero no había manera de acercarse a ellas. Cuando nos aproximábamos demasiado, disparaban contra nosotros. Encontramos a una mujer rebuscando entre las ruinas humeantes de su casita. Primero habían asaltado los almacenes, nos contó; y mientras hablaba, podíamos imaginarnos a aquella hambrienta turba, salvaje y enloquecida, arrojarse sobre el puñado de habitantes del pueblo. Ricos y pobres había luchado codo con codo por la comida, y luego unos contra otros cuando la habían conseguido. Nos enteramos de que el pueblo de Palo Alto y la Universidad de Stanford habían sido saqueados de modo similar. Ante nosotros se extendía una desolada tierra devastada, y creímos prudente tomar una desviación hacia mi casa. Esta se hallaba a tres millas al oeste, agazapada entre las primeras lomas al pie de las montañas.

     “Pero conforme avanzábamos vimos que la devastación no se limitaba a las principales rutas. La vanguardia de la huida había seguido las carreteras, saqueando a su paso los pequeños pueblos, mientras que los que venían detrás se habían dispersado y barrido toda la campiña como una gigantesca escoba”.

3° Parte

La "Destrucción" según René Barjavel

Primeras ediciones aparecidas en Francia en 1940

      En esta tercera y última parte –al menos por ahora- del presente trabajo recurro a una obra que, lamentablemente, no es lo conocida –y reconocida- que debería ser por estos pagos: Destrucción, del talentoso René Barjavel.

      Nacido en un suburbio campesino llamado Drôme (sureste de Francia, región de los Alpes. Se destaca por sus bellezas naturales) en 1911, desde temprana edad -18 años- se convirtió en periodista y desde ese lugar abrazó fervientemente la literatura. En esta decisión mucho tuve que ver la influencia de un profesor de francés que lo animó a ingresar al bachillerato ya que su padre lo presionaba para que fuera panadero como él.

     No obstante, muchos fueron los oficios (repartidor, representante, empleado de banca, etc.) en los que debió trabajar antes de dedicarse full time a su pasión por las letras. Igualmente, con diecinueve años a cuestas colaboró con no pocos periódicos. De esta manera llegó su primer gran oportunidad al ser contratado para un puesto importante en una editorial famosa de la época.

      Se casó en 1936 y fruto de esa unión matrimonial fueron sus dos hijas. Posteriormente, lo sorprende la Segunda Guerra Mundial; ésta lo marcó a fuego ya que estuvo alistado como soldado de infantería. Sin embargo, supo reponerse y a poco de terminada la contienda bélica, en 1940, concibió la obra que lo llevó al éxito: Destrucción.

      Pero no todas fueron rosas: en 1948 escribió la novela El Diablo me lleva, que fue un completo fracaso. Probó suerte entonces en el mundo del cine como guionista en donde le fue un poco mejor.

      Retomó la buena senda en la literatura con La Noche de los Tiempos, su segunda obra famosa, en 1968, y con la que también refinó su talento. Tampoco abandonó su otra pasión, el periodismo, ya que como cronista de un importante periódico dominical creó numerosos artículos, los que más tarde recopiló en un libro llamado Los Años de la Luna, la Libertad y del Hombre.

      La muerte lo sorprendió el 24 de noviembre de 1985 y sus restos descansan hoy en su pueblo natal. No son pocos los que consideran que gracias a él la Ciencia Ficción tuvo una aceptación en el territorio galo que antes no tenía. Entre sus obras más reconocidas citemos a: Destrucción (1940), Viajero Imprudente (1944), La Noche de los Tiempos (1968), Coloma de la Luna (1968), El Gran Secreto (1968), El Hechicero (1984).

      Con respecto a la obra en la que se basa este artículo, su mayor valor reside en la forma en que Barjavel nos demuestra cómo puede convertirse en un arma de doble filo el exacerbado crecimiento tecnológico dentro de una sociedad que se deshumaniza en directa proporcion al avance de aquél. En esta novela nos habla de una París ubicada en el Siglo XXI (más precisamente en el año 2052) cuya vida cotidiana está bajo una fuerte dependencia, hasta en los últimos detalles, de la alta tecnología. Así es como un buen día la electricidad –la sangre de todas las máquinas- sencillamente desaparece haciendo entrar en colapso a esta sociedad hipertecnificada,dejando a todo el mundo en el más profundo caos. Francisco Deschamps –personaje central de la novela-, proveniente de los últimos reductos campestres que aún quedan en Francia y enemigo acérrimo de aquello opuesto a la naturaleza, será el encargado de encontrar la única salida: el retorno a las fuentes. 

      Precisamente, de Destrucción extraigo el párrafo que más abajo se menciona, en el cual queda magistralmente descripto cómo las muchedumbres -o las masas, como les gusta decir a muchos- caen fácilmente presas del caos y el descontrol al entregar totalmente sus vidas al desarrollo tecnológico, al punto de llevar puestas ropas con cierres que se activan eléctricamente, por ejemplo. Al igual que en las dos primeras partes de este trabajo, queda demostrado una vez más que la tan mentada civilización aún no está cerrada totalmente como tal y que quizás dicho proceso no llegue alcanzarse nunca, duda ésta que queda a debate y tema también de futuros artículos. Leamos el párrafo en cuestión:

     “(...)De un talego atado a su montura, el mismo guardia sacó un papel que desplegó y leyó en medio del silencio. Hablaba con lentitud, con fuerza. Casi gritaba pronunciando marcadamente las erres. Todos podían escucharlo.

     “Era un aviso del  gobierno que pedía a la población mantuviera cerradas las canillas y utilizara el agua únicamente para beber.

     -¡A buena hora! ¡Ahora que ya no hay más!

     -¡Siempre psa lo mismo!

     -¡Cállense, dejen oir¡

     “El aviso informaba a los parisinos que podían consumir agua del Sena a condición de agregarle unas gotas de agua de Javel, y terminaba así:

     “’El Gobierno y el Consejo Municipal de París ruegan encarecidamente a la población parisina que conserve la calma.  Todas las medidas van a ser tomadas para asegurar su abastecimiento en víveres y agua potable. Serán puestas en conocimiento del público por medio de proclamaciones en las esquinas’.

      “A este aviso siguió otro. Más breve, anunciaba que era proclamada la Ley Marcial, que el gobierno militar estaba encargado de hacer reinar el orden, y que todo acto de pillaje sería castigado con la muerte.

     “El guardia nacional plegó sus papeles, los acomodó en su talego y seguido de los otros tres jinetes surcó la pasiva multitud con el pecho del caballo. Cuando se vieron libres, se pusieron al galope y desaparecieron en dirección a los Inválidos.

     “Al mismo momento llegaba un pelotón de agentes motorizados. Habían cambiado sus motos eléctricas desde ahora paralizadas por unas viejas bicicletas, salidas de algún polvoriento depósito de la Jefatura de Policía. Les costaba muchísimos empujar los pedales.

     “Se repartieron por pequeños grupos delante de los cafés y los negocios, comenzaron a hacerlos cerrar y a dispersar las colas.

     “Pero a la multitud, si el calor le hacía olvidar que iba a tener hambre, sentía por el contrario y cada vez con más crueldad su sed.

     “Las personas que estaban más cerca de las puertas que les iban a cerrar en las narices protestaron violentamente. Se sucedieron empujones. Los agentes, golpeados, contestaron.  Algunos, enloquecidos, quisieron, a pesar de las instrucciones recibidas usar sus metralletas. Les explotaron en las manos. Fueron sumergidos, pisados, muertos. La multitud se tiró sobre las bicicletas. Arrancadas, retomadas, tiradas de todos lados, fueron reducidas a pedazos sin provecho para nadie.

     “Las vidrieras y las puertas de los cafés derribadas, los hombres saltaron por encima de las mesas, sobre los mostradores, se abalanzaron sobre las botellas multicolores, se las disputaban como los lobos se disputan un cordero, y se partían dos por la cabeza para conseguir una tercera. De las canillas abiertas el vino y la cerveza corrieron hacia recipientes al punto volcados por el tropel.

     “Los primeros saqueadores que bajaron a los sótanos no pudieron volver a subir, perecieron aplastados en la húmeda oscuridad, en medio de los barriles reventados, los pedazos de botellas, bajo el peso de los que llegaban después. Las suelas resbalaban sobre los licores derramados. Los desgraciados que caían se destripaban contra los cascos de las botellas. Unos pies les revolvían el vientre, se enganchaban en sus entrañas, les hundían en la boca sus gritos de angustia. De la mezcolanza negra subían olores entremezclados de sangre fresca, de alcoholes destilados y de sanie.

     “Algunos favorecidos por la suerte se escapaban con un litro en cada mano. Los blandían como cachiporras. Un hombre llegó corriendo al lado de Francisco. Tenía entre las dos manos una única boltella. Se paró, la miró y maldijo. Francisco vio en la etiqueta: “Jarabe...” El hombre la tiró lejos con un gesto de rabia y volvió a partir hacia la batalla.

     “Francisco había visto lo suficiente. La ley de la jungla se iba a convertir en la Ley de la Ciudad”.

 Julio Zalazar.

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La Juventud Emprendedora y
 la Historia del "Zonda"

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Consumir: Verbo transitivo. (Latín Consumere) / Destruir /  Gastar / comestibles u otros géneros / Comulgar /  (Figurado y familiar) / Apurar, afligir / (Voz de América Central - colombianismo) Sumergir (Verbo reflexivo) Extinguirse / Su contrario: Producir.

(significado extractado del Diccionario "Pequeño Larousse Ilustrado", elaborado por Ramón García-Pelayo Y Gross, Ediciones Larousse, París, 1974).

      Casi desde siempre -y sobre todo en los últimos tiempos- esta palabra es cotidianamente usada como sinónimo de "comer"  y  "beber" (cuando se refiere al consumo de alimentos y bebidas) y de "usar", cuando se refiere a la compra interminable de vestimenta, calzado, cosméticos, peluquería, bijouterie, juguetes, etc.. Además, al concepto se le puede adosar otras costumbres consumistas que entrarían directamente  en el campo del vicio: cigarrillos, golosinas, drogas, bebibas de alta graduación alcohólica, sexo "comercial", etc.

      Ahora bien: si nos remitimos a la primera definición de la palabra-verbo "consumir" podemos darnos cuenta que nuestra vida, cuanto más consumista, más destructiva puede ser; esto es, la destrucción por la destrucción misma que no da lugar al más mínimo placer, siendo condición sine cua non para que éste se manifieste el disfrute, la contemplación, el análisis y la creación -según cada caso-, en los que entran en acción algunos y/o todos los sentidos humanos: vista, tacto, gusto y oído, que unidos a la acción de pensar configuran lo que podríamos denominar la "realización del Ser Humano". Esto que sostengo de ninguna manera soslaya la obvia necesidad que tenemos de alimentarnos, vestirnos, hacer el amor, etc., ya que la existencia humana y la procreación de la especie dependen de estos hechos, sino que es mi intención remarcar cómo el consumo-destrucción desplaza en esta sociedad a la satisfacción-placer.

      En "defensa" de los seres humanos inmersos en el consumismo (¿ estamos todos ?), puedo decir que el desarrollo y la activación de cualquier placer legítimo necesita, antes que nada, tiempo. Imaginemos en nuestra boca una hermosa manzana: la comemos necesariamente con lentitud para saborear su riquísimo sabor satisfaciendo así el placer de comer.  Sigamos imaginando y veámonos tirados sobre la cama o sobre una reposera en un ambiente agradable a nuestro gusto, totalmente concentrados en ese libro que nos transporta a otra realidad (sea o no ficticia) y nos hace recorrer geografías, mundos, afectos, dramas, emociones, otras floras, otras faunas, risas, etc. Necesariamente, tenemos que apelar a nuestro tiempo libre; si es éste el correspondiente a las vacaciones, mucho mejor. Ni que hablar, en tren de imaginar, el estar con la mujer u hombre, según cada caso, que amamos y deseamos en un pleno intercambio sexual en el cual ninguno de nuestros sentidos deja de intervenir. Con una mano en el corazón: alguien está en condiciones de sostener cuánto tiempo le insumió el desarrollo de semejante placer ?. La sola existencia de un reloj cerca con su molesto tic-tac es motivo de rebeldía sin causa; el tiempo parece haberse congelado entre las cuatro paredes que nos contienen. Sin embargo, objetivamente éste ha transcurrido. Y no ha sido poco.

     Creo que no hacen falta más ejemplos (los lectores sabrán tenerlos más concretos en sus memorias). Para terminar de redondear este pequeño artículo, transcribo a continuación algunos párrafos que tienen que ver con el tema, desde la perspectiva literaria, y que son de por demás de interesantes...

     "El mal no reside en un exceso de mecanización, sino que ya no corre por nuestras venas el suave licor de la curiosidad que impulsara a Magallanes o a Leibniz. Hemos sustituido la virtud de la humanística curiosidad por la satánica comodidad. Nuestros hijos ya no corren por los prados ni trepan a la alta copa de los altos pinos para contemplar más extensión de tierra, sino que permanecen estáticos, tragando sombras, ante los televisores que segregan programas hipnótico-infantiles. Ya no es necesario pensar porque los ordenadores electrónicos nos dicen lo que hemos de creer y lo que no podemos soñar".

(Extractado del libro: "Tierra - dos", de Jaime Ministral, Editorial Bruguera -Colección "Libro Amigo"-, Barcelona, 1.972, pág. 92).

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     "A vosotros, los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mareas terribles, a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos, pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo y que, allí donde podáis adivinar, odiáis el deducir, a vosotros solos os cuento el enigma que he visto". - Zaratustra. "La visión y el enigma".

(Extractado del libro: "La ciencia ficción de Julio Verne", Selección de Domingo Santos, Editorial Hyspamérica -Colección "Biblioteca de ciencia ficción"-, Bs. As.. 1.988, pág. 11).

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    "Dos hermanas llamadas Doncan, famosas cuando yo era niño, cantaban una canción llamada RECORDANDO. 'Recordar es lo único que hago, querido, con que inténtalo y recuerda tú conmigo'. Repetí la canciòn y no era una canción, sino un sistema de vida.

     "¿Qué podía ofrecer a un mundo que empezaba a olvidar? ¡Mi memoria! ¿Para qué iba a servir eso? Para ofrecer un nivel de comparación; decirles a los jóvenes lo que fue en otro tiempo, poner en evidencia nuestras pérdidas. Descubrí que cuanto más recordaba, más lograba recordar. Según con quien me sentaba, recordaba las flores de imitación, los teléfonos, las neveras, las chicharras (¿ha hecho sonar alguna vez una chicharra?), los dedales, y los clips de bicicleta; no las bicicletas, no, sino los clips de bicicleta.

     "En realidad, no soy más que un evocador de lo vulgar, que al fin y al cabo es algo que también forma parte de la civilización que acabó por correr hacia el precipicio, pero de un modo u otro, la civilización debe ponerse de nuevo en marcha.

     "Los que sepan ofrecer delicada poesía, que la recuerden, que la ofrezcan. Los que sepan tejer y fabricar hermosas redes, que las tejan, que las fabriquen. Mi talento es menos importante que el de ellos, y tal vez desdeñable en el largo trecho a recorrer hacia la antigua cumbre. Pero yo debo soñar que vale la pena. Porque, insignificantes o no, las cosas que la gente recuerde son las cosas que tratará de recuperar. En consecuencia, me dedico a ulcerar sus deseos medio muertos con el ácido de mis recuerdos.

    "Protestaré contra las tribus de hombres-mono vagabundos, contra los hombres-ovejas que mastican hierba de los campos despreciados por los lobos feudales que se hacen fuertes en las cumbres de los escasos olvidados. Mataré a esos villanos con un abrelatas y un sacacorchos.

      "¿Si se será posible conseguirlo? Ha de intentarse".

(Extractado del cuento llamado "Al abismo de Chicago", de Ray Bradbury, en el libro "Lo mejor de Fantasy & Science Fiction" -Vol. II-, Selección de Edward L. Ferman, Editorial Hyspamérica, Madrid, 1.986, págs. 71 y 72).

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     "(...)Lo único que deseo es subrayar el principio implícito: el acto del consumo debiera ser un acto humano concreto, en el que deben intervenir nuestros sentidos, nuestras necesidades orgánicas, nuestro gusto estético, es decir, en el que debemos intervenir nosotros comos seres humanos concretos, sensibles, sentimentales e inteligentes; el acto del consumo debiera ser una experiencia significativa, humana, productora. En nuestra cultura, tiene poco de eso. Consumir es esencialmente satisfacer fantasías artificialmente estimuladas, una creación de la fantasía ajena a nuestro ser real y concreto."

(Párrafo extractado del libro "Marx y su concepto del hombre", de Erich Fromm, Editorial Alianza, pág. 115).

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    "(...)Nuestra manera de consumir tiene por consecuencia inevitable que nunca estemos satisfechos, puesto que no es nuestra persona real y concreta la que consume una cosa real y concreta."

(Idem anterior, pág. 116).

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      "(...)Vivimos en un mundo de cosas, y nuestra única relación con ellas es que sabemos manejarlas o consumirlas".

(Idem anterior, pág. 116).

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     "(...)En toda actividad productiva y espontánea, ocurre dentro de mí algo mientras leo, miro hacia el escenario, hablo con amigos, etc. No soy, después de la experiencia, el mismo que era antes de ella. En la forma enajenada del placer no ocurre nada dentro de mí: he consumido esto o aquello, nada ha cambiado dentro de mí, y todo lo que queda es el recuerdo de lo que he hecho."

(Idem anterior, pág. 118).

Julio Salas.

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La Juventud Emprendedora y
 la Historia del "Zonda"

La Juventud Emprendedora y
 la Historia del "Zonda"

       Entre enero y junio de 1871 la Ciudad de Bs. As. vivió el drama sanitario más grande y terrible que se haya desatado en tierras argentinas: la Epidemia de Fiebre Amarilla. Esta enfermedad, basada en un  virus transmitido por un mosquito, devastó a una buena proporción de la población porteña al punto de dejar el tendal de cadáveres sobre las calles. Hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción sucumbieron en masa al flagelo. Con escasos médicos, sin medicamentos, con insuficiente infraestructura, sin embargo un grupo de verdaderos héroes anónimos le hizo frente al mal hasta vencerlo. Entre ellos, los italianos dijeron ¡ presente !

Blanes. - La fiebre amarilla. (Oleo en tela: 2.30; L. 1.80). Montevideo, 1871. - (Del Museo Nacional de Bellas Artes).

1° Parte

Antes del Desastre

      Verano de 1871. Los porteños vivían la ansiedad clásica que antecede a los festejos de Carnaval; ni las clases bajas ni los funcionarios ni los ciudadanos de alta alcurnia pueden sustraerse a tan tradicionales fiestas. Y a tal punto es así que nada sabían de lo que estaba viviendo el pueblo correntino a consecuencia de la acción devastadora de un virus diseminado por un extraño mosquito llamado Aedes Aegypti; tal virus tiene también otro nombre y apellido: Fiebre Amarilla.

       La situación política tendía a estabilizarse; terminada la sangrienta Guerra del Paraguay, los habitantes bonaerenses sólo piensan en prosperar. Con el Presidente Sarmiento a la cabeza, se viene desarrollando un ambicioso proyecto para europeizar el país; y en concordancia con él la clave consistió en el incentivo a la inmigración ultramarina: alemanes, griegos, franceses, rusos, ingleses, húngaros; pero por sobre todas las nacionalidades españoles e italianos sobrepasan con creces en número a todos los anteriores. Según un censo de 1869, en el enclave porteño existían ya 89.661 argentinos naturales junto a 88.126 extranjeros (para, pocos años después, invertirse las cifras en favor de los segundos) correspondiendo el mayor porcentaje de los últimos a "tanos" y "gallegos". Se podrá hablar de lo loable de estos gobernantes, sin dudas; aunque también hay que reconocer que algunas cosas se les escapaban. Al menos eso es lo que opinaron los cientos y miles de inmigrantes hacinados en verdaderas covachas contra la ribera del Riachuelo, en los barrios del sur. Y el mencionado censo lo corroboró: sobre 20.838 casas en el ejido urbano, 18.507 correspondieron a las que poseen un piso; 2.078 a las de 2, y sólo 253 a las de 3 niveles. Mientras tanto, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires Emilio Castro -reemplazante del renunciante Adolfo Alsina, ocupado con la "Conquista del Desierto"- y el Presidente de la Comisión Municipal Autónoma  Narciso Martínez de Hoz junto a Sarmiento compartieron dentro de un aparente equilibrio una misma sede del poder: la ciudad de Buenos Aires.

      En lo que hace al aspecto económico, junto a un floreciente comercio y a una estable industria, miles de indigentes -de afuera y de adentro- se la "rebuscaron" de la mejor manera posible; ni falta hace describirlo.

Los Comienzos

      27 de enero de 1871. Por el hoy pintoresco barrio de San Telmo -en aquel entonces exclusivo enclave de conventillos e inquilinatos repletos de inmigrantes- algo serio pasaba: los doctores Tamini, Larrosa y Montes de Oca, de la Comisión Municipal, dieron la voz de alarma sobre la aparición de algunos casos de Fiebre Amarilla en el lugar. Por supuesto, con todo el andamiaje de los festejos oficiales de Carnaval en marcha los funcionarios no les prestaron atención a un "brote aislado" como ellos mismos lo definieron.

       Pero los galenos no se equivocaban. De la misma manera lo entendió una voz muy respetada en la época como la del Dr. Eduardo Wilde, quien tampoco es escuchado. Así fue que, tras un pequeño lapso de calma y casi coincidiendo con el fin de las Carnestolendas, la epidemia surgió ya como tal acabando con la vida de 30 personas en solo día. Obviamente, ante el cariz que tomaban los acontecimientos las autoridades se decidieron a tomar cartas en el asunto imponiendo una "enérgica" medida: la prohibición de los festejos de Carnaval... después de su finalización.

       Si bien en un principio sobre la zona sur porteña se localizó el foco de la infección masiva, nada tardó en expandirse por el resto de la ciudad y sus alrededores más cercanos. Y también de más estaría decir que fueron los pobres y miserables extranjeros los primeros en caer -sobretodo los de nacionalidad italiana-, a tal punto que ya en el mes de marzo los fenecidos diarios pertenecieron mayoritariamente a los mismos y superaron el centenar. Las aglomeraciones sobre el Consulado italiano se sucedieron permanentemente, mientras éste no daba abasto con los pedidos de repatriación que por entonces superaron los 5.000 .

      ¿Y el resto de la población? Los que contaron con medios económicos partieron fugazmente hacia la zona norte para establecerse en lo que aún hoy se conoce como "Barrio Norte", asiento tradicional de buena parte de los sectores opulentos. Los demás huyeron como pudieron cayendo muchos por el camino o no haciendo más que expandir el mal por otras latitudes.

      En medio del creciente pánico y caos general, y ante el carácter incontrolable de la epidemia, los funcionarios de toda laya -del Presidente Sarmiento para abajo- literalmente se "fugaron" de la ciudad hacia otros puntos del territorio argentino. Los saqueos, el pillaje, la rapiña y la delincuencia estuvieron a la orden del día a consecuencia de la virtual acefalía que soportaba la ciudad y el estado calamitoso de una policía demasiado ocupada en evitar la reducción en alza en sus filas.

2° Parte

Los verdaderos Héroes

      A pesar del sombrío panorama, en la ciudad comenzaron a destacarse con nitidez por sobre la miseria humana y moral sectores ligados al clero y a la medicina junto a anónimos colaboradores que dieron todo de sí.


      Con sólo 60 médicos diplomados para atender los miles de casos -junto a curas y sacerdotes que se arremangaron la sotana y se pusieron a trabajar ininterrumpidamente a la par de éstos ( valga decir que entre estos últimos el número de víctimas ascendía por entonces a 60 )- el 10 de marzo representantes de la prensa porteña junto a otros provenientes de círculos masones nacionales o de colectividades extranjeras decidieron fundar la "Comisión Popular de Salubridad Pública". Y desde allí se destacaron hombres como Roque Perez -primer presidente de la misma-, Aristóbulo Del Valle, José C. Paz, Adolfo Korn y Bartolomé Mitre y Vedia, entre otros. Junto a ellos, en la Comisión Popular de Socorros, también se destacaron nombres como los de Carlos Guido Spano, Evaristo Carriego, Miguel Argerich, Alejandro Korn y Lucio V. Mansilla.

     La reunión de este grupo humano resultó fundamental para enfrentar organizadamente a la epidemia ( en esos momentos, principios de abril, en su mayor pico: más de 400 muertos por día ) ante la desidia y la inacción de la mayor parte de las autoridades en todos sus niveles. Desde aquí partieron instrucciones claras con respecto a la construcción de nuevos sanatorios -Lazareto de San Roque, el de la Sociedad de Beneficencia, etc.- y el alquiler de otros que son de uso prioritario para determinado sector como lo es el Hospital Italiano -obra de la colectividad homónima-, quien tuvo en esta oportunidad su verdadero "bautismo de fuego".

     A la par, se construyeron otros cementerios o enterrarios ya que los existentes (y sobre todo el de la zona sur) no daban para más. De ellos el que aún hoy perdura es el de la Chacarita, llamado así por instalarse en un terreno de 7 ha., adquirido por el Gobierno Provincial, ubicado en un lugar llamado "Chacarita de los Colegiales".

     Y como éste se encontraba en las afueras del sector urbano, y ante la escasez de medios de transporte para el traslado de los cadáveres ( se llegó al punto de alquilar carros de basura para recolectar los muertos que eran dejados sobre la calle a la intemperie o sólo tapados por una sábana ) se decidió crear un ramal especial del entonces Ferrocarril Oeste que, partiendo de la actual intersección de las calles Pueyrredón y Corrientes, realizara todo un recorrido bastante similar al de la Línea "B" de subterráneos de hoy hasta llegar a una improvisada estación y depósito de cadáveres junto al cementerio. A manera de anécdota, valga decir que para tan macabros viajes el 14 de abril se desempolvó la legendaria "La Porteña", la primera locomotora que circuló en Bs. As. en 1852.

     En lo que hace a los sectores católicos es necesario destacar, entre muchos otros que dieron desinteresadamente su vida, al párroco de San Nicolás de Bari Eduardo O'Gorman: a él le debemos la fundación del Asilo de Huérfanos, destinado a darles cabida a tantos niños que quedaron desamparados ante el fallecimiento de sus padres. Existiendo aún, la Sociedad de Beneficencia se hace cargo posteriormente de su administración.

Algunas apostillas de humor negro en medio del drama

     En el momento de mayor auge de la epidemia -abril- se echó mano a los recursos más inverosímiles para enfrentar al terrible mal y sus consecuencias. Con coches fúnebres que no daban abasto, con sepultureros que mermaban rápidamente, con un cementerio como el de la zona sur que desbordaba su espacio físico con cadáveres apilados, se llegó al último recurso de incinerarlos ahí mismo donde caían; incluso, en algunos casos, inquilinatos enteros eran sometidos a las llamas en la tan castigada región.

      En el medio de tan desesperante realidad las situaciones confusas se multiplicaban por doquier dándole una pizca de humor negro a todo el drama. Y si no veamos lo que comentaba el diario "La Prensa" -verdadero pregón del caos junto a "La Nación"- del día 18 de abril:

   "El caso del Sr. Pittaluga: a tal persona, creyéndosela muerta, se la trasladó en un carro al cementerio. Grande fue la sorpresa del cochero al ver cómo el 'finado' resucitaba a mitad de camino".

        Veamos otro caso acontecido el día 15:

    "Un borracho cae en la calle y se lo toma como otro muerto; se lo carga al carromato y se lo traslada al enterrario para su sepultura.  Tuvo la suerte de despertar a tiempo cuando en una fosa común ya estaban rociándole el cuerpo con cal y estando las palas prestas a echarle la tierra encima. Es más ( aunque esto sin una gran certeza ), se habla del caso de otro individuo que salió del cajón". 

El desenlace

      Con la cifra récord de 1.564 personas muertas durante los 3 días de Semana Santa, la Fiebre Amarilla comenzó muy lentamente a descender -no fueron pocos los casos en lugares en los que, creyéndosela en retirada, reapareció con furia- permitiendo a los integrantes de la Comisión de Higiene y otras similares un mayor margen para actuar a pesar de la paulatina reducción de gastos que soportaban. Lógicamente, como era de esperar, éstas  terminaron disolviéndose promediando mayo. Conflictos políticos internos y con los tres poderes que cohabitaban en la ciudad influyeron en su final.

      Según las estadísticas llevadas a cabo por Mardoqueo Navarro - quizás las más completas- el total de víctimas hasta principios de junio cuando la Fiebre Amarilla se retiró por completo ascendió a 17.084 personas, discriminadas de la siguiente manera: la mayor cantidad -6.769- perteneció a la colectividad italiana; el segundo lugar lo ocuparon los criollos con 5.705 individuos. Los españoles aparecían  terceros con "sólo" 1.799 defunciones; y los restantes 2.811 fallecidos se repartieron entre ingleses, franceses, alemanes y otros.

     Cabe aclarar con respecto a los números arriba mencionados que los debates y diferencias subsisten ya que existieron otros informes como el del Dr. José Penna que, valiéndose de los registros de los cementerios, habló de 14.467 víctimas; o el de la Asociación Médica Bonaerense que por su parte registró un total de 13.614 casos fatales.

     A manera de cierre del presente artículo, resta destacar la labor de los italianos, que pese a todas las penurias que sufrían en su condición de inmigrantes casi recién descendidos de los barcos, se metieron abnegadamente a combatir la epidemia junto a los criollos, sin medir riesgos para sus vidas. Precisamente, para que no caiga en el olvido la extraordinaria acción de todos los héroes, en donde hoy se encuentra el Parque Ameghino, en la Capital Federal ( más precisamente sobre la Avenida Caseros ), se erige una pirámide en homenaje a todos los caídos en la lucha contra el flagelo. Y es que allí mismo supo estar emplazado el Cementerio del Sur.

Julio Zalazar.

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