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( Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la aprobación explícita de su autora) |
MODA: Vanidad y cuestiones superfluas o algo más
Graciela S. Zalazar (*)
Esta frase que tiene tantos años de
antigüedad , pronunciada por Epicteto en un discurso, contiene una
profunda verdad y quizás tenga mucho que ver con un pensamiento central:
el de que la moda es tan antigua como
la humanidad misma. Según el diccionario de la real
Academia española : “ La moda es una costumbre que está en boga
durante algún tiempo o en determinado país, con especialidad en los
trajes telas y adornos.” Pero volviendo a la frase de Epicteto,
pareciera ser que debemos tomar información de nosotros
mismos y en virtud de ello, transmitiremos un mensaje hacia el
otro, hacia los demás seres humanos; es que
nuestra vestimenta es
un medio para poder manifestarnos hacia el otro, es un retrato de nuestra
persona, de nuestro sentir, de nuestro ser. En consecuencia, podríamos
decir que es un medio más de expresión y comunicación. Así es como a veces, al vestirnos, la
otra persona puede llegar a captar un mensaje , intuir si vamos a una
fiesta de gala, tuvimos una entrevista laboral o disfrutamos de una reunión
informal entre amigos o descubrir qué sentimientos y emociones se
albergan en nosotros en un determinado momento. Indicar si vivimos en el
hemisferio de Oriente o en el
Occidente, a qué época pertenecemos , a qué nos dedicamos o a qué
posición social pertenecemos. Y si cada individuo transmite a través de
su vestimenta distintos mensajes ya sea dentro de su entorno o no, se podría
en consecuencia, descifrar pautas culturales
y sociales; y en este punto es que nos involucramos con la definición
del Diccionario de la Real Academia española porque necesariamente al
hablar de pautas culturales, de cultura, estamos hablando de civilización,
de conjunto de caracteres propios de un pueblo. Cuando en la definición se expresa”
durante algún tiempo”,
estrechamos lazos con la historia del hombre, cómo nació, cómo se vistió
desde la prehistoria hasta nuestros días. Dentro de esta idea la moda está
emparentada con la historia del traje. No se vistieron igual los seres
humanos a través de los tiempos, no vestía igual el hombre de las
primeras civilizaciones que el del siglo XX. A su vez dichos cambios
subyacen en la sociedad, se reflejan en ella como consecuencia de hechos
políticos, económicos y culturales ocurridos, estos últimos a su vez
impulsados quizás por los dos primeros. Así es como la moda ha reflejado
momentos de opulencia y poder a través del uso de trajes lujosos y
refinados frente a otros de más sencillez y austeros, durante
el transcurso de las guerras mundiales. El traje de cada etapa histórica
expresa el porqué de esa forma de vestir,
que acontecía a nivel
político, económico, social. Volviendo a la definición que estamos
analizando, la mención de
“ o en determinado país” nos
transmite identidad, lo que hace que un ser se distinga del otro y por añadidura
los individuos que pertenecen a un país tienen su identidad propia, su
historia propia. Ejemplo de ello, está dado por las
mujeres pertenecientes a países donde se practica como culto, el Islam
donde la cultura es muy distinta a las mujeres de países de Occidente .
Las primeras cubren casi todo su cuerpo con colores oscuros y las segundas
utilizan más colores, y hoy por hoy cada vez su atuendo es más atrevido,
con tendencia a descubrir cada vez más
su cuerpo. El decoro lo dicta la sociedad en la que se vive debido
a las pautas que la nutren. Cabe acotar que para algunos la moda es considerada como un tema de vanidades y superfluo; en parte pueda que lo sea y haya sido. Existen mitos como el del Dios Rey de los Toltecas Quetzalcoatl, del México precolombino que viéndose desnudo al lado de los animales se vio tan horrible que se puso todo un aderezo de plumas, o podemos hacer referencia a Luis XIV, Rey de Francia durante el periodo barroco (1644-1715), considerado un árbitro de la moda quien impulsó junto a su Corte real las vestimentas recargadas, lujosas y extravagantes diferenciándose así de las personas que conformaban el pueblo. El
traje fue acompañando a los cambios del hombre, de las civilizaciones, de
los pueblos e identificando a los individuos de cada lugar del planeta en
cada una de sus épocas, siendo un medio màs de expresiòn porque segùn
afirmaba un escritor inglès considerado una de
las autoridades en relaciòn a la historia del traje y de la moda:
James Laver, “ ES NUESTRO ESPIRITU LO QUE VESTIMOS, NO NUESTRO CUERPO”. Finalmente
cuando hablamos del fenòmeno Moda esencialmente se asocia la idea de
novedad, que a la vez la misma se logra por ser fugaz, que implica grandes
cambios, provocando modificaciones en la apariencia. Es por ello que una
famosa diseñadora que impuso moda llamada Cocò Chanel dijo: “TODO
LO QUE ES MODA, PASA DE MODA”. Es
decir, ella ya definìa el autèntico proceso de la moda, la caracterìstica
del no permanecer para dar lugar a otras formas. Graciela S. Zalazar |
Un nudo en la garganta: LA CORBATA
- Julio Salas -
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Existe un primer antecedente sobre los orígenes de la corbata: la Columna Trajana (escultura que data del siglo II D. C. Y que se encuentra en Roma) muestra a un legionario romano que tiene un trozo de tela anudado al cuello llamado focale, que pretendía abrigar y adornar a quien lo poseyera. Pero el carácter desprolijo e improvisado de este atuendo lo coloca lejos de ser el precursor de la corbata actual; ese lugar más bien lo ocupa el pañuelo para el cuello que aparece a mediados del siglo XVII y que se convierte en un claro símbolo de elegancia en el caballero; es más, la tela de la cual estaba hecho representaba el nivel económico del hombre que la llevaba (por ejemplo, el de encaje que llevaba el rey Carlos II de Inglaterra en 1660 valdría hoy varios miles de dólares). Es en América, en el siglo XVIII, donde aparece un modelo mucho más cercano a la corbata moderna llamado bandanna, que también iba enlazado al cuello y anudado al mismo como si fuera un lazo. La diferencia principal: su tela era estampada. Es hacia finales del siglo XIX cuando estas prendas comienzan a tener un uso más masivo a través de los colegios y clubes universitarios, que los usaban como estandartes de sus divisas, con una amplia variedad de colores (el Oxford's University Exeter College de Inglaterra será quien haga punta, rápidamente seguido por otras instituciones similares). La instancia decisiva hacia la corbata como tal la cumplirá un modelo estampado llamado Macclesfield Tie, nombre éste tomado de una ciudad ubicada en el noroeste de Inglaterra donde se hacía uso de la seda en bruto proveniente de la India y de la China. Esto ocurría en el año 1900, marcando el debut de la corbata en el uso doméstico, ya que, sobre todas las cosas, la enorme cantidad de estampados que había para elegir tentaron a la creciente clase media de la época, deseosa de ostentar a través de la corbata su ascenso social. La corbata modelo 2002 tendrá su toque final a través del neoyorquino Jesse Langsdorf a partir de 1924: cortando 3 piezas separadas que luego se unían, superando así los problemas de precariedad que distinguían a sus antecesoras, conseguirá definir una técnica de confección que se transformaría en permanente. Julio Salas |
Bolsillos, pantalones y otras modas. sus orígenes
- Julio Salas -
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Hablando de los bolsillos, digamos que, en un primer momento, fueron saquitos de piel colgados en la cintura. Corresponde al rey Carlos I de Inglaterra el mérito de haberlos hecho acoplar en sus pantalones, como todavía hoy se exhiben en el Museo Victoria y Alberto, en Londres. Con respecto a los pantalones largos, éstos fueron inventados y lanzados al conocimiento público por Carlos VII de Francia, quien los adoptó porque tenía feas piernas. En tanto, la moda De llevar desprendido el último botón del chaleco la adoptó Eduardo VII de Inglaterra, que no lo hizo por capricho sino por olvido, pero los "dandies" lo imitaron enseguida, y así se impuso esta costumbre. A manera de frívolo comentario, resta decir que fue George Washington quien resultó ser muy exigente en lo que a vestimenta se refiere: le escribía a su sastre larguísimas cartas en las que consignaba todos los detalles de sus trajes, incluso la medida exacta de los ojales. Julio Salas |
El gaucho, el caballo y el atuendo
- Julio Salas -
| Desde el
mismo momento que accedimos a la educación primaria nos acostumbramos a
ver aquellos clásicos dibujos del gaucho (nativo autóctono de La
Argentina después de sus indígenas) vestido con rastra, poncho,
tirador, bota de potra, chaleco, sombrero y chiripá. Sin embargo, no
fue tan así. Al respecto, Federico Oberti, historiador, cuando habla de
la indumentaria gauchesca hace mención a que España mostraba
preocupación por la manera en que vestían los hombres por estos lares.
Así queda demostrado al leerse en el libro "Nuevo sistema
Económico para La América", escrito en 1742 por Joseph Del
Campillo Y Cossio, consejero del Rey Felipe V, lo siguiente:
"El introducir en América el vestido español será útil para el mejor orden del nuevo establecimiento del gobierno económico. Para esto se podrá disponer de todo cacique que posea tierras en propiedad: tenga la obligación, si quiere conservar su privilegio, debe estar vestido en todo a la española, obligando lo mismo a su mujer e hijos". Si bien anteriormente el gaucho tomó como propias algunas de las ropas hispanas, lo rudo de su actividad cotidiana hizo que las terminara descartando por incómodas, más aún cuando se propagó el uso del alambrado. Con la obligación que se le impuso desde la "Madre Patria" volvió a ponérselas. Pero este hecho hizo que los lujos también pasaran a ser los del apero y de las riendas del caballo que cotidianamente utilizaba. En el inventario -que va desde el rebenque, el cuchillo, el facón, el estribo, los pretales y las guascas hasta el freno, el mate y las boleadoras- es el apero y la montura las que terminan constituyéndose en las más devociones paisanas y motivo de gran orgullo. Caronas, cojinillos, encimeras, peguales, cinchas y cinchones, adornos tejidos, monogramas, guarniciones, "chapeados" o "herrajes", son los rasgos primordiales de aquella moda gauchesca apropiada por el paisano. La coquetería ya no fue solamente patrimonio exclusivo de las damas sino que también los varones gustaban de lucir -y lucirse- arriba del caballo con su flete, bien montado, a la vieja usanza; es decir, al modo de la tradición argentina que, pese a todo, nunca pudieron desplazar del todo. Julio Salas |
en 1832 según el Francés
Arséne Isabelle
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En
el libro "Viaje a Buenos Aires", el francés Arséne Isabelle
se ocupa de describir la vestimenta de un gaucho federal de 1832 de la
siguiente manera:
"el poncho... consiste en una piezade lana o de algodón...
con anchas franjas de diversos colores; tiene... una abertura en el
medio, para pasar la cabeza. Se asemeja mucho a la casulla de un
sacerdote y va forrado -por lo general- con otra tela celeste, verde o
escarlata. Hay también muchos ponchos de paño con alzacuello, pero son
usados por la gente rica porque la plebe lleva siempre ponchos
ordinarios, fabricados en el interior...
El chiripá es otra prenda de lana colorada, azul o verde, nunca
de otro color, que se envuelve al talle, cae hasta abajo de las rodillas
como una túnica y se ajusta a la cintura como un cinto de cuero, por el
que pasa, en la parte de atrás, un gran puñal con su vaina...
El calzoncillo es un ancho calzón blanco, cribado y flequeado en
los bordes.
Las botas de potro se hacen con el cuero sin curtir de la pierna
de un caballo, de manera que queden al descubierto los dedos mayores de
los pies; la corva de la pierna viene a formar el talón de la bota...
El gaucho de la Banda Oriental se cubre la cabeza con un sombrero
redondo, de anchas alas planas y en Buenos Aires con un sombrero muy
pequeño, de copa elevada, de alas estrechas, colocado hacia un lado
sobre un pañuelo doblado en forma triangular, que se anuda bajo la
barba; el sombrero apenas si calza en la cabeza y se sostiene con una
cinta negra..."
Arséne
Isabelle.
(
"Viaje a Buenos Aires" ). ( Traducción de J. L. Busaniche ). |
Vestimenta de la Paisana Argentina
(Párrafo Extractado de un Artículo Publicado en el Sitio www.folklorestradiciones.com.ar, con el debido permiso de sus propietarios)
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Erróneamente los llamados nativistas, en la presentación de sus
conjuntos o grupos de baile, llaman al vestuario femenino traje de
china, confundiendo los términos y adjudicando, en una generalización
poco feliz el calificativo de china, a todas las mujeres de nuestro
campo, siendo que éste se aplicó originalmente a un tipo femenino bien
definido, que deambulaba con los soldados, etc. de costumbres y profesión,
bastante más que dudosas. De inventarios y otros documentos, en los Archivos de Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, y la region Cuyana. hemos extraído una lista de prendas de uso femenino en la campaña, hacia fines del Siglo XVIII, a saber: camisas de Bretaña, anchas o angostas, labradas con seda Tancay o seda negra y otras de roan labradas con hilo de algodón azul, otras de lienzo de algodón, y también de Bretaña pero con mangas de cambray: polleras de telas diversas y colores vivos (coloradas, verdes, etc.) y con bordados y galones en su parte inferior; enaguas de lienzo; corpiños o apretadores de crea; rebozos de bayeta de Castilla, con galones y bordados o sin ellos, en colores verde, azul y negro; medias de seda y de algodón; zapatos de tela y de cuero fino. De todo lo hasta aquí dicho y transcripto, creemos que podemos dar muy claramente, una idea del carácter, vestuario, peinado, etc., de nuestras mujeres de campo, estancieras, paisanas y aun chinas, en el período que estudiamos, de 1780-1820, con todas las salvedades que sobre generalización, etc., hemos hecho con respecto de los hombres. En primer lugar, no parecen caber dudas que las estancieras, mujeres pueblerinas y paisanas, en general, además de los atributos de belleza característicos de las mujeres, que tanto subrayaron los viajeros, referidos a la tersura de su piel, a sus grandes ojos, muchas veces oscuros, pero también azules, a sus cabellos negros, gracia de formas, etc., La paisana tenia una simpatía especial, buen trato, dulzura y cortesía, totalmente naturales, que aumentaban sus encantos y las hacían sobresalir frente a los hombres que resultaban, en comparación, rudos, secos e introvertidos, o parcos, cuando no taciturnos y groseros, a despecho de la hospitalidad y sobria cortesía características de nuestros hombres de campo. Diferente parece ser el caso de las chinas mucho más mimetizadas con los más bárbaros, duros y crudos de nuestros gauchos, tenían como ellos aspecto desaliñado y sucio, a veces casi varonil, muchas francamente desagradable. Sin otro maquillaje que un buen lavado con agua pura y fría, de aljibe o de cachimba, con los cabellos trenzados en una o dos trenzas, y estas o sueltas a la espalda o al frente, o apretadas en rodetes, o muy bien peinados, siempre con raya al medio, en un moño, más o menos bajo, no llevaban otro adorno para alegrar su cabeza, que una o dos peinetas, o, menos frecuentemente, un peinetón y un par de sencillos zarcillos de plata o de oro en las orejas; a veces alguna cinta de color para ayudar a sujetar el pelo, y, también a veces, una flor. Como las mujeres de la ciudad, para ir a la Iglesia, y no sólo a misa sino también para casarse, el vestido (generalmente pollera y gran rebozo, ambos de bayeta, o aquella de una tela más liviana y éste de bayeta) era totalmente negro, siendo igualmente negros, las medias y los zapatos. La ropa habitual, de diario, era una hermosa camisa, generalmente el orgullo de su dueña, de una tela de algodón fina, engomada y azulada, con bordados y puntillas, cuyo escote era redondo y fruncido (escote aldeano o bote) y prendido a la espalda con cintitas o botones, a veces con pasacintas, otras con un volado o fichú de la misma tela, siempre con bordados, muchas veces en colores contrastados, azul o negro, tal como se siguen haciendo en la región Cuyana; otras con escote cuadrado, con bordados y botones al frente. Esta camisa a veces tenía mangas, al codo o largas, en este caso, con puños y puntillas o bordados en las mangas y puños. A veces, el busto se retenía, por encima de la camisa, con un apretador o corpiño, de crea, con cintas y botones. En estos casos, generalmente se ponía, sobre la camisa, una pollera de tela más gruesa o más fina, según la época del año y la ocasión (de bayeta, de indiana, de seda, de tripe, de cotonia, etc.), generalmente de un solo color vivo (excepto el negro, prescrito para la Iglesia), colorado, azul o verde, con uno o más galones (de oro o plata) en el borde, o con bordados en ese tercio inferior. Esta pollera no sobrepasa tampoco, en su largo, la media pierna, dejando ver, muy frecuentemente, el borde de la camisa y enaguas. Era bastante ancha y bien fruncida en la cintura, sin pretina. Para paquetear las mujeres ya algo maduras, usaban medias, generalmente de algodón, a veces de seda, habitualmente blancas y los zapatos, sin tacos, con tacos, muy bajos, y troncocónicos o carretel, eran de seda, satín u otra tela, a veces con bordados o pintados, o de un cuero muy fino (tafiletes, charol, etc.). Tenían a veces también hebillas o una moña de tela, o aplicaciones de mostacilla, o alguna piedra de color. Al de todos los días, un rebozo, o a veces una chalina o ponchillo; en el primer caso de bayeta o de punto, con o sin bordados y/o galones; las chalinas o ponchitos, de telar, con una o dos franjas y flecos. Siempre de colores vivos: azul, verde. amarillo Todo contribuye a "civilizar" a la mujer en el campo, a aumentar su deseo de lucimiento, de emulación, de competencia, su natural y femenina coquetería. Antes las mujeres brillaban por la ausencia, es decir, eran codiciadas por su escasez. Ahora las "gringuitas", con sus herencias culturales europeas, donde la mujer es la que debe lucir, excitan la competencia de las criollas y, todo redundará en un mejoramiento en el vestir, en un preocuparse más por la moda, en cambios más rápidos, aunque casi siempre, todo se haga en un nivel cultural muy rural, muy simple, generalmente colorido de más, de dudoso gusto y con un algo de ingenua cursilería. En lo que queda del siglo la pollera femenina se alarga hasta el pie, sin dejar de ser ancha, aunque esto ocurre, fundamentalmente, para festejos, o para cabalgar, o aún para "dentro de casa". La mujer que habita el rancho en medio del campo, no la deja bajar del tobillo, para evitar se le ensucie, se le prendan abrojos, etc. La camisa, arriba, es cubierta por una blusa, generalmente de tela muy liviana, con adornos en el frente, o pechera (lacitos, tablas, bordados) y mangas largas, generalmente casi ceñidas al brazo. Sobre la blusa la chaqueta, con o sin faldeta completa, a veces acuchillada, también solía tener ciertos adornos en la pechera y hasta jabots, y, muchas veces, en las más acomodadas o para el paseo, religiosa, que terminaba, en ocasiones, siendo una capita o esclavina. Siempre el chal o rebozo en invierno, y, para cabalgar, el sombrero de pajilla o de fieltro o la galera. Cada vez se usan más las medias para paquetear. De algodón y aún de seda. El calzado con botitas de elástico o con botoncillos al costado y, de entre casa, para el trabajo, o las menos pudientes, las alpargatas blancas y con bordados en la capellada. Hacia fines del siglo la falda se angosta considerablemente y, en los vestidos más paquetes se hace más larga atrás, con un poco de cola. Se le ponen piezas superpuestas y se le da un corte (a veces con la ayuda de una almohadilla, llamada polizón) que acentuaba el perfil de los glúteos, buscando un algo "picante", que nuestras buenas criollas tenían muy natural... Se tiende a afinar la cintura, y hasta la campaña llegan los corsés y otros medios ortopédicos o supercherías de la moda creados en los centros más sofisticados del mundo occidental. Empiezan a usarse, cada vez más los vestidos enterizos, sencillos con anchos cinturones de tela y abrochados en la espalda. Hasta en el peinado se notan los nuevos aires y el o los moños, el cabello levantado adelante y "bombé", van desterrando a las trenzas y pautando los gustos a la moda. La calidad de las telas, los bordados, cintas, aplicaciones de lentejuelas, canutillos, azabaches, mostacillas, etc., todo dependerá, como es natural, de la condición económica de la usuaria y de la ocasión del uso de las prendas. Con todo, en la campaña propiamente, entre las mujeres de puesteros y peones, peonas, sirvientas, pulperas, y otras, no tan honestas, como carperas y quitanderas Las telas predilectas son los percales y las zarazas y, en ocasiones, mezclas de seda estampada y, hasta panas. Siempre de colores muy vivos: los colorados, celestes fuertes, amarillos; naranjas y verdes están a la orden con las clásicas excepciones del vestido negro, para la boda o el luto. O el enteramente blanco para los bailes de "gran ocasión" incluso cuando éstos duraban varios días y noches, para "bailar los lanceros", o sea en la jornada culminante del mismo para el compromiso y también, cada vez más, como vestido de boda. Los pollerones, de montar de la moza, hechos en forma de cartera, con presillas de cuero, para fijarlos a la montura, se confeccionan de telas encarpadas y de colores más sobrios, como azul marino, marrón, bordó, verde oscuro. Siempre seguirán usándose varias enaguas. Y en los percales blancos, el azul, el almidón y el lustre, con las planchas de hierro calentadas con brasas o en las "cocinas económicas", serán un lujo especial de nuestras paisanas. Hasta el "maquillaje" llega a la campaña, y en los bailes la harina empalidece los rostros (bastante tostaditos naturales); el carmín para labios y mejillas se obtiene mojando algún papel colorado, como el papel "crepé" que se usa para forrar y hacer las guirnaldas y farolitos con que se adorna la sala, el alero y el patio, en tales ocasiones. Un poco de hollín dramatiza ojeras, que la salubridad campesina hace inexistentes y sombrea ojos, que de puro negros y brillantes no lo necesitan. Desde el siglo XVIII y hasta casi los albores del presente, fueron las auténticas "colonizadoras y civilizadoras de un medio rural áspero, rudo, primitivo y hasta brutal. Pusieron siempre su cuota de gracia, de ternura, de belleza, para desarrugarle el ceño a una sociedad de hombres casi bárbaros, altivos y groseros, a despecho de su natural hidalguía, sobriedad y paciencia, no exenta de pachorrienta filosofía. Supieron amar y ser fieles, sin tener como contrapartida más que deseo sexual, costumbre, muchas veces malos tratos y borracheras, cuando no frialdad e inconstancia, en los mejores casos amistad y respeto, unido a la apetencia pasional; nunca romanticismo; casi nunca una lisonja o piropo; muy pocas veces ternura, que, de una forma u otra, alimentaran su espíritu, su sensibilidad natural. Supieron ser madres y ¡qué madres!, que durante casi dos siglos no hicieron más que parirle cachorros de tigres a una tierra que vivió engordada por la sangre ardiente de aquellos jóvenes, en perpetua guerra, reclamando víctimas a cada generación que aquellas heroicas mujeres concebían y amamantaban. No hablemos de su abnegación. De su espíritu de sacrificio, de su frugalidad -sólo comparable a la de sus hombres- de la entereza de su carácter semejante al viril valor de ellos.
Fuente:
http:www.soygaucho.com -------------------------------------------------------------------------- (Agradecemos muy especialmente a los propietarios del sitio www.folklorestradiciones.com.ar el que nos hayan permitido reproducir este muy buen material. Invitamos a todos a visitar este excelente sitio referido a las tradiciones argentinas, incluídas entre ellas lo vinculado al atuendo de la época) |
La Túnica en el Antiguo Egipto
según Herodoto
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(...)" Los egipcios van vestidos con túnicas de hilo con franjas alrededor de las piernas. Dan a estas franjas el nombre de calasirís, y encima de la túnica llevan mantos de lana blanca. No obstante, no se entra en los templos vestido de lana, ni se deja tampoco a los que se entierra, porque sería un acto de impiedad. En este respecto, están de acuerdo con las tradiciones órficas que se llaman también báquicas, y que son observadas por los egipcios y por los pitagóricos, porque, entre estos últimos, es una verdadera impiedad enterrar con tejidos de lana al que ha sido iniciado en los misterios. Se asigna a esta costumbre un motivo religioso". Herodoto. |
Breve Esbozo sobre la Vestimenta
en el Período Gótico
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En aquel entonces las mujeres trataban de disimular el busto usando bandas muy ajustadas, lo que provocaba el abultamiento del vientre que vino a constituir una moda un tanto antiestética. Por su parte los varones adoptaron los rellenos ellos eran quienes comenzaron a ponerse rellenos y no las mujeres , para abultar el tórax y hombros costumbre que continúa hoy día en las hombreras de sus tradicionales trajes. En el siglo XV se llevaron turbantes que igualmente ocultaron por entero el cabello. Eran grandes rollos rellenos sobre los cuales se agregó el griñon. Los mismos rollos sirvieron tambien para dar forma a algunos hennin (redecilla), especialmente a los que semejan corazones . Se dice que Isabel De Baviera introdujo en Francia la moda del hennin , se conocen variadas formas pero todas adornadas con un velo que flotaba libremente al aire. Los Hennins se hicieron tan extravagantes que las autoridades se vieron obligadas a reglamentar su tamaño, regularizándolo conforme a la posición social de quienes los usaron. Para expresar su duelo las reinas de Francia en la Edad media se vistieron de blanco.En aquella época Feudal una vez por año para una fecha determinada el señor de un castillo hacía donación de telas y vestidos a los noblesque pertenecían a su dominio. En el siglo XIV y Xv estaban de moda tanto en hombres como mujeres cascabeles de plata que suspendían de los cinturones y del cuello, dobladillos de los trajes y por todas partes: fue una moda muy singular. Graciela S. Zalazar. ------------------------------------------------------------------------------- Nota: para la elaboración de este artículo se consultaron los libros de Kaloniko y Turner Wilcox. |
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La principal vestimenta de los antiguos romanos era la toga, un abrigo de lana que cubría todo el cuerpo como una especie de túnica. La palabra toga deriva justamente del verbo tegere: cubrir. Era la prenda del ciudadano romano en tiempo de paz. Tegere es asimismo la base de las voces castellanas techo, teja, proteger, tegumento y (posiblemente) tugurio. La toga virilis o pura era la que llevaban los varones a partir de los 17 años. Virilis se origina en el sustantivo vir (hombre, varón, concepto opuesto a mujer y a niño). La toga praetexta era una toga blanca, guarnecida con una tira púrpura que portaban los niños patricios hasta los 16 años, las muchachas hasta el matrimonio y los sacerdotes y magistrados principales en las ceremonias públicas. Praetexta es un derivado de praetexto: orlar, guarnecer, bordear. A ese significado inicial se le agregó el figurativo de cubrir, ocultar, alegar como excusa, pretextar. La toga candida era la toga blanca brillante de los candidatos a cubrir cargos políticos. Candidato deriva precisamente de candidus, palabra que designa tanto al color blanco resplandeciente como, por extensión, a lo puro, inmaculado, sereno, íntegro, sincero, franco, feliz, favorable y, también, a la belleza radiante. Incandescente y candela se originan igualmente en ese término. La toga pulla era la prenda de luto. Pulla es el femenino de pullus: de color negro, pardo o negruzco oscuro. Ya desde época remota el color negro se asociaba con los muertos. La toga picta designaba a la toga bordada que llevaban los generales victoriosos. Picta (“pintada”) es el femenino de pictus, adjetivo derivado de pingo: pintar, bordar, adornar, embellecer. Cabe aclarar que en un sentido simbólico toga designaba a la ciudadanía romana, la paz, la cultura y la vida civil, la elocuencia judicial. Como la toga era la prenda característica del ciudadano romano (civis romanus), también era denominado togatus. Los romanos son recordados de esa manera como el pueblo togado (gens togata). La toga de los adultos generalmente era blanca no tenía mangas y presentaba una abertura sobre el pecho, de manera que se endosaba pasándola por la cabeza. Usualmente, tras plegar un borde sobre el hombro izquierdo, se la pasaba tras la espalda y bajo el brazo derecho, sobre la parte delantera de la persona y finalmente se echaba de nuevo sobre el hombro izquierdo y la espalda. Así el brazo diestro podía dejarse afuera, libre. La toga se ajustaba cuidadosamente para que no se cayese. La persona que debía efectuar algún trabajo solía doblar hacia arriba la toga (toga succingebat: toga arremangada). De allí la expresión operi se accingere: disponerse, prepararse para un trabajo. En castellano también contamos con esa expresión literal: arremangarse (para realizar una tarea). Accingere y succingere son derivados de cingere: circundar, rodear, ceñir. La toga de los emperadores era roja (toga purpurea). A los 17 años los jóvenes dejaban de vestir la toga praetexta (mutabant toga: cambiaban de toga). El cambio tenía lugar durante una ceremonia que incluía plegarias y libaciones de vino. El muchacho ofrecía a los Lares (dioses del hogar, divinidades protectoras relacionadas con las almas de los antepasados) su amuletum (amuleto, objeto portátil al que se atribuían poderes milagrosos). En el atrium (atrio, vestíbulo, sala) se reunían parientes y amigos de la familia. Desde allí el joven era acompañado con gran júbilo al forum (originalmente plaza de mercado o pública de una ciudad romana, centro cívico), vistiendo por última vez la toga praetexta. Una vez que se despojaba de ella, recibía del preator (magistrado romano que tenía a su cargo la jurisdicción civil)la toga viril. El pretor incitaba al joven para que fuese fuerte y virtuoso. Acotemos que praetor significaba originalmente el que marcha delante, a la cabeza, el primero, el jefe. Resulta de la unión del adverbio prae (delante) y del sustantivo iter, itineris (que ha dado en castellano itinerario): viaje, marcha, camino, ruta. La toga era una vestimenta propia de los hombres libres. Los esclavos no podían emplearla bajo ningún concepto. La túnica constituía el otro vestido esencial de los romanos. También era de lana, generalmente blanca y sin mangas. Se usaba bajo la toga y sería el equivalente de nuestra camisa. Durante el trabajo se ceñía al cuerpo con un cingulum (cinturón) y se arremangaba para tener mayor libertad de movimiento. Por eso succinctus (ceñido, arremangado) valía por laborioso y discinctus (literalmente, sin cinturón), en cambio, designaba al hombre negligente, perezoso, desganado. Greg Haedowm. |
- Art. de Gustavo Adolfo Bécquer -
- ( 1863 )-
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Bettini está en la escena; ha comenzado un andante, el andante de Martha, en que cada nota es un melancólico suspiro de amor o un sollozo de amargura. El público, sin embargo, no escucha a Bettini, inmóvil, silencioso, conmovido como de costumbre. En las butacas, en los palcos, en las plateas, en todo el círculo de luz que ocupa el dorado mundo de la corte, se percibe un murmullo ligero, semejante a ese rumor que producen las hojas de los árboles cuando pasa el viento por una alameda. Las mujeres, impulsadas por la curiosidad, se inclinan sobre el antepecho de terciopelo rojo las unas, mientras las otras, afectando interés por el espectáculo, fijan sus ojos en la escena, o pasean una mirada de fingida distracción por el paraíso. Todas las cabezas se han vuelto hacia un sitio, todos los gemelos están clavados en un punto. Se ha visto oscilar un instante el portier de terciopelo de su platea; ya se divisa, por debajo de los anchos pliegues de carmín que cierran el fondo de la concha de seda y oro que ha de ocupar, el extremo de su falda de tul, blanca y vaporosa. Ella va a aparecer al fin. Va a aparecer el ídolo de la sociedad elegante; la heroína de las fiestas aristocráticas; el encanto de sus amigos; la desesperación de sus rivales; la mujer a la moda. ¡Cuántas otras mujeres han ahogado un suspiro de envidia o una exclamación de despecho, al notar el movimiento, al percibir el lisonjero murmullo de impaciencia o admiración con que los cortesanos del buen tono saludan a su soberana! ¡Cuántas trocarían su existencia feliz, aunque oscura, por aquella existencia brillante, rica de vanidades satisfechas, ebria de adulaciones y desdeñosa de fáciles triunfos! La grandeza de la mujer a la moda, como todas las grandezas del mundo, tiene, sin embargo, escondida en su seno la silenciosa compensación de amargura que equilibra con el dolor las mayores felicidades. Como esos cometas luminosos que brillan una noche en el cielo y se pierden después en las tinieblas, la multitud ve pasar a la mujer a la moda, y ni sabe por dónde ha venido, ni a dónde va después que ha pasado. ¡Por dónde ha venido! Casi siempre por un camino lleno de abrojos, de tropiezos y de ansiedades. La mujer a la moda, como esas grandes ambiciones que llegan a elevarse, luchan en silencio y entre las sombras con una tenacidad increíble, y no son vistas hasta que tocan a la cúspide. Las gentes dicen entonces de ella como del ambicioso sublimado: «Ved los milagros de la fortuna». Y es porque ignoran que aquello que parece deparado por el azar a una persona cualquiera, ha sido tal vez el sueño de toda su vida, su anhelo constante, el objeto que siempre ha deseado tocar como término de sus aspiraciones. La mujer a la moda es una verdadera reina; tiene su corte y sus vasallos, pero antes de ceñirse la corona debe conquistarla. Como a los primeros reyes electivos, la hueste aristocrática le confiere casi siempre esta dignidad, levantándola sobre el pavés en el campo de batalla después de una victoria. Hubo un tiempo, cuando el gusto no se había aún refinado, cuando no se conocían las exquisiteces del buen tono, en que ocupaban ese solio las más hermosas. De éstas puede decirse que eran reinas de derecho divino, o lo que es igual, por gracia y merced del Supremo Hacedor, que de antemano les había ceñido la corona al darles la incomparable belleza. Hoy las cosas han variado completamente. La revolución se ha hecho en todos los terrenos y el camino al poder se ha abierto para todas las mujeres. El reinado de la elegancia en el mundo femenino equivale al del talento en la sociedad moderna. Es un adelanto como cualquiera otro. No obstante, al abrirse ese ancho camino a todas las legítimas ambiciones, ¡cuánto no se ha dificultado el acceso al tan deseado trono! Antes la hermosura era la ungida del Señor, y le bastaba su belleza para ser acatada, le bastaba mostrarse para vencer y colocarse en su rango debido. Ahora, no; ahora son necesarias mil y mil condiciones. La hermosura se siente la elegancia se discute. Adivinar el gusto de todos y cada uno; sorprender el secreto de la fascinación; asimilarse todas las bellezas del mundo del arte y de la industria para hacer de su belleza una cosa especial e indefinible; crear una atmósfera de encanto, y envolver en ella y arrastrar en pos de sí una multitud frívola; ganar, en fin, a fuerza de previsión, de originalidad y talento, los sufragios individuales; cautivar a los unos, imponerse a los otros, romper la barrera de las envidias, arrollar los obstáculos de las rivalidades, luchar en todas las ocasiones, no abandonar la brecha un instante, siempre con la obligación de ser bella, de ser agradable, de estar en escena pronta a sonreír, pronta a conquistar una voluntad perezosa, o una admiración difícil, o un corazón rebelde. He aquí la inmensa tarea que se impone la mujer que aspira a esa soberanía de un momento. He aquí los trabajos, para los cuales son una bicoca los doce famosos de Hércules, que acomete y lleva a feliz término la mujer que desea sentarse en el escabel del trono de la elegancia. Para lanzarse con algún éxito en este áspero y dificultoso camino, ya hemos dicho que se necesitan muchas y no vulgares condiciones. Condiciones físicas, condiciones sociales y de alma. La mujer a la moda, la frase misma lo dice, no ha de ser una niña, sino una mujer; una mujer que flota alrededor de los treinta años, esa edad misteriosa de las mujeres, edad que nunca se confiesa etapa de la vida, que corre desde la juventud a la madurez, sin más tropiezo que un cero, que salta y del que siempre está un poco más allá o más acá y nunca en el punto fijo. No necesita ser hermosa: serlo no es seguramente un inconveniente, pero le basta que parezca agradable. Rica... Es opinión corriente que la elegancia le revela en todas las condiciones, pero también es seguro que, aunque don especial de la criatura, se parece en un todo a esas flores que brotan sencillas en los campos y, trasplantadas a un jardín y cuidadas con esmero, se coronan de dobles hojas, se hacen mayores, más hermosas, y exhalan más exquisito y suave perfume. Alaben los poetas cuanto gusten la simplicidad de la naturaleza, las florecitas del campo y los frutos sin cultivo; pero la verdad es que la intemperie quema el cutis más aristocrático, que las rosas de los rosales apenas tienen cinco hojas y las manzanas silvestres amargan que rabian. Es probado que la mujer a la moda, la mujer elegante, debe ser rica: rica hasta el punto que sus caprichos de toilette no encuentren nunca a su paso la barrera prosaica de la economía que cierre el camino o les corte las alas para volar por el mundo de las costosas fantasías. También debe ser libre. Libre como lo es la mujer joven y viuda o la casada que no tiene que sujetarse a vulgares ocupaciones y vive en el gran mundo, donde la tradición ha cortado con el cuchillo del ridículo ciertos lazos pequeños que sujetan a otras mujeres a la voluntad ajena. El talento, entendámonos bien, el talento femenino, ese talento múltiple, ese talento que aguijonea la vanidad, que es frívolo y profundo a la vez, pronto en la percepción, más rápido aún en la síntesis, brillante y fugaz, que siente aunque no razona, que comprende aunque no define, ese talento es condición tan indispensable que puede decirse que en ella estriban todas las demás condiciones, las cuales completa y utiliza como medios de obra y armas para un combate. Una vez fuerte con la convicción profunda de sus méritos, la mujer que aspira a conquistar esa posición envidiada levanta un día sus ojos hasta la otra mujer que la ocupa, la mide con la vista de pies a cabeza, la reta a singular combate y comienza uno de esos duelos de elegancia, duelo a muerte, duelo sin compasión ni misericordia, a que asisten de gozosos testigos todo un círculo dorado de gentes comm'il faut, en que se lucha con sonrisas, flores, gasas y perlas, del que salen al fin una con el alma desgarrada, las lágrimas del despecho en los ojos y la ira y la amargura en el corazón, a ocultarse en el fondo de sus ya desiertos salones, mientras la otra pasea por el mundo elegante los adoradores de su rival atados como despojos a su carro de victoria. ¡Triunfa! ¡Cuántas ansiedades, cuántos temores, cuántos prodigios de buen gusto, cuántos padecimientos físicos cuántas angustias, cuántos insomnios quizá no le ha costado su triunfo! Y no ha concluido aún. Reina de un pueblo veleidoso, reina que se impone por la fascinación, tiene que espiar a su pueblo y adivinar sus fantasías y adelantarse a sus deseos. Un descuido, una falta, una torpeza de un día, de un instante, puede deshacer su obra de un año. Un traje de escasa novedad, un adorno de mal gusto, una flor torpemente puesta, un peinado desfavorable, una acción cualquiera, un movimiento, un gesto, una palabra inconveniente, pueden ponerla en ridículo y perderla para siempre. ¡Cuántas veces la mujer a la moda tiembla antes de presentarse en un salón, y teme, y duda, y cree que acaso habrá alguna que la supere a ella, que tiene necesidad, que esté en la obligación imprescindible de ser la más elegante! Entonces envidian a las que pueden pasar desapercibidas y sentarse en un extremo, lejos de las cien miradas que espían una falta o un ridículo cualquiera para ponerlo de relieve y mofarse y desgarrar su perfume real. Envidia a la mujer que al colocarse una flor entre el cabello piensa en si estará bien a los ojos del que sólo desea hallar en su persona algo que admirar, a los ojos de su amante; mientras ella piensa qué ha de parecerle a sus rivales, a sus enemigas, a sus envidiosas y después a su pueblo, tal vez cansado de un antiguo yugo y ansioso de novedad. ¿Y para qué toda esta lucha? ¿Para qué todo este afán? Para recoger al paso frases de ese amor galante, sin consecuencia, que llegan al fin a embotar los oídos, para aspirar un poco de humo de los lisonjeros, contestar con el desdén a algunas miradas de ira de envidiosas, para decir yo no vivo en la cabeza, sino en el corazón de cuantos me conocen, y después un día caer del altar donde va a colocarse un nuevo ídolo o tener forzosamente que bajar una a una sus gradas, a medida que pasan los años, para abdicar por último una corona que ya no puede sostener. No; no suspiréis ahogando un deseo; no envidiéis su fortuna; no ambicionéis ser mujer a la moda. Es un poder que pesa como todos los poderes; es una felicidad de un día que se paga con muchas lágrimas, un orgullo que se expía con muchos despechos, una vanidad que se compra con muchas humillaciones. Gustavo Adolfo Bécquer. |