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ENREDO DE NAVIDAD
Hace días que veo
lucecitas adornando vidrieras. Hace días que imágenes perdidas me
enfrentan desafiantes, como el toro y sus astas al capote de brega. La
infancia doblegada por los años, y los años siguiendo su ritmo certero. La
mesa del abuelo, bien larga, con padres y tíos y primos, que empezada la
tarde buscan la sombra del patio; o la pileta limpita y salpicando, justo
al que lee el periódico, sentado apartado. Tanto grito alcanzame, te
llevo, cuidado, a la tía no le gusta que la mojen, no te manches la ropa,
no seas maleducada, qué alta que estás y qué parecida a tu madre.
Tanta pregunta incontestable, ¿y el chico que vino con vos el año
pasado? ¿te hiciste los claritos o ya...¡tenés canas!? ¿Estás más gordita
o será que el verde no te asienta? ¿Qué era lo que estudiabas o, seguís
sin hacer nada? Tanto beso en la cabeza, la frente, una mejilla y la
otra; tanta mano estrechada, apretón de hombro, palmada en la espalda.
Tanta charla con primos, sus parejas ya conocidas o recientemente
adquiridas. Tanta pena por el acné que estalla en la cara de los jóvenes
varones; y tanta bronca por las tetas que le crecen -con una velocidad
injusta- a la prima más chica que una. Tantas ganas de refugiarse en algún
lado, a dormir la resaca de la noche a pleno trencito en el boliche; o a
meditar los gritos, las preguntas, los gestos, las penas y las broncas.
Tantas navidades festejadas, colgando del árbol del recuerdo, como
adornitos cubiertos con polvillo de olvido, o lustrados con parsimoniosa
memoria.
Así
ando, enredada entre tiras brillantes con flecos; probando lucecitas y
esperando paciente, con la vista fija, que cumplan su discontinua
armonía; cambiando los adornitos de lugar por cierta obsesión simétrica
que me atormenta; con la estrella en la mano desde el comienzo, y la
certeza de que va en el extremo del árbol, en la cima, en el punto final
de este cortejo que repito año tras año, sabiendo de la congoja, de las
ausencias sobrevolando el festejo, del balance sustrayendo ahí, donde más
arde la herida. Pero de pronto din don dan, din don dan. . .aparece
un saludo que nos deja boquiabiertos; un presente de alguien inimaginado
obligándonos a pestañear rápido, para que no se nos caigan las lágrimas; y
un abrazo cálido y prolongado, de quien nos acompaña todo el año.
Los niños esperan
al Señor del trineo, revoleando cada tanto los ojos al cielo, en busca de
alguna estela que confirme su presencia. Y al día siguiente, perplejos,
encuentran envueltos los regalos, que tanto venían pidiendo. Los grandes
se hacen guiños cómplices, explicando las peripecias que debió hacer el
pobre hombre de barba blanca y panza enorme, para entrar a la casa sin que
nadie lo viera. Y habrá grandes que solo quieran que esa fecha pase, o que
ellos la pasen durmiendo de largo y olvidando la infancia, las ausencias,
las vicisitudes siempre caprichosas, yendo y viniendo como la luciérnaga
que aparece esa noche de 24, en ese preciso instante en que aún con los
párpados abiertos, no hacíamos más que mirar hacia adentro. Y entonces
din don dan, din don dan. . .su pancita llena de luz nos trae de
vuelta, nos recuerda que Navidad viene de natividad que significa
nacimiento. Y pensamos: ¿por qué no? Por qué no nacer un poco de nuevo,
dejándonos llevar por el momento presente, en el que estamos presente
rodeados de gente; o solos, si tal ha sido nuestra elección. Por qué no
dejar nacer alguna ilusión, como cuando de chicos mirábamos al cielo en
busca del Señor del trineo, o decíamos abiertamente y sin ningún pudor:
quiero ser astronauta, músico, guerrillero, escritor.
Levanto mi copa y
brindo con todos ustedes, los que se detuvieron en este texto que nos une
a través, de un caminito pequeño. Y también con los demás, a los que nunca
rozarán mis palabras. Brindo con todos por todos los sueños que siempre
están naciendo; por esa luciérnaga y su luz, refulgiendo justo cuando el
gusto se amarga; por esa palmada que llega cuando nuestra mirada se va
demasiado lejos; por ese abrazo que damos con tantas ganas aunque sin
palabras; y por esas palabras que dicen siempre un poco menos de lo que
queremos. Con palabras entonces, me voy despidiendo. Ya puse la estrella
en la cima del árbol navideño, colgué los recuerdos de sus ramas, las
decoré con tiras brillantes con flecos, envolví en papel de regalo unos
cuantos deseos, y brindé con ustedes y los que no son ustedes, por los
sueños naciendo.
Mientras los corchos vuelan intrépidos, me voy despacito hacia el fondo,
donde espera el clericó que, le aconsejo: beba de a poco, mire que ahora
hasta los tenedores sacan fotos, y siempre habrá quien lo sorprenda justo
en ese momento, en que baila panza al aire y servilleta devenida bandana
cubriendo la pelada, gritando a los cuatro vientos como un loco a quien ya
nada importa. . . Feliz navidá!!!!
Alejandra Tenaglia.
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