Alejandra Tenaglia

ESCRITORA DE CHABÁS

Su Obra
Enredo de Navidad  
   

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ENREDO DE NAVIDAD

     Hace días que veo lucecitas adornando vidrieras. Hace días que imágenes perdidas me enfrentan desafiantes, como el toro y sus astas al capote de brega. La infancia doblegada por los años, y los años siguiendo su ritmo certero. La mesa del abuelo, bien larga, con padres y tíos y primos, que empezada la tarde buscan la sombra del patio; o la pileta limpita y salpicando, justo al que lee el periódico, sentado apartado. Tanto grito alcanzame, te llevo, cuidado, a la tía no le gusta que la mojen, no te manches la ropa, no seas maleducada, qué alta que estás y qué parecida a tu madre. Tanta pregunta incontestable, ¿y el chico que vino con vos el año pasado? ¿te hiciste los claritos o ya...¡tenés canas!? ¿Estás más gordita o será que el verde no te asienta? ¿Qué era lo que estudiabas o, seguís sin hacer nada? Tanto beso en la cabeza, la frente, una mejilla y la otra; tanta mano estrechada, apretón de hombro, palmada en la espalda. Tanta charla con primos, sus parejas ya conocidas o recientemente adquiridas. Tanta pena por el acné que estalla en la cara de los jóvenes varones; y tanta bronca por las tetas que le crecen -con una velocidad injusta- a la prima más chica que una. Tantas ganas de refugiarse en algún lado, a dormir la resaca de la noche a pleno trencito en el boliche; o a meditar los gritos, las preguntas, los gestos, las penas y las broncas.  Tantas navidades festejadas, colgando del árbol del recuerdo, como adornitos cubiertos con polvillo de olvido, o lustrados con parsimoniosa memoria.

     Así ando, enredada entre tiras brillantes con flecos; probando lucecitas y esperando paciente, con la vista fija, que cumplan  su discontinua armonía; cambiando los adornitos de lugar por cierta obsesión simétrica que me atormenta; con la estrella en la mano desde el comienzo, y la certeza de que va en el extremo del árbol, en la cima, en el punto final de este cortejo que repito año tras año, sabiendo de la congoja, de las ausencias sobrevolando el festejo, del balance sustrayendo ahí, donde más arde la herida. Pero de pronto din don dan, din don dan. . .aparece un saludo que nos deja boquiabiertos; un presente de alguien inimaginado obligándonos a pestañear rápido, para que no se nos caigan las lágrimas; y un abrazo cálido y prolongado, de quien nos acompaña todo el año.

     Los niños esperan al Señor del trineo, revoleando cada tanto los ojos al cielo, en busca de alguna estela que confirme su presencia. Y al día siguiente, perplejos, encuentran envueltos los regalos, que tanto venían pidiendo. Los grandes se hacen guiños cómplices, explicando las peripecias que debió hacer el pobre hombre de barba blanca y panza enorme, para entrar a la casa sin que nadie lo viera. Y habrá grandes que solo quieran que esa fecha pase, o que ellos la pasen durmiendo de largo y olvidando la infancia, las ausencias, las vicisitudes siempre caprichosas, yendo  y viniendo como la luciérnaga que aparece esa noche de 24, en ese preciso instante en que aún con los párpados abiertos, no hacíamos más que mirar hacia adentro. Y entonces din don dan, din don dan. . .su pancita llena de luz nos trae de vuelta, nos recuerda que Navidad viene de natividad que significa nacimiento. Y pensamos: ¿por qué no? Por qué no nacer un poco de nuevo, dejándonos llevar por el momento presente, en el que estamos presente rodeados de gente; o solos, si tal ha sido nuestra elección. Por qué no dejar nacer alguna ilusión, como cuando de chicos mirábamos al cielo en busca del Señor del trineo, o decíamos abiertamente y sin ningún pudor: quiero ser astronauta, músico, guerrillero, escritor.

     Levanto mi copa y brindo con todos ustedes, los que se detuvieron en este texto que nos une a través, de un caminito pequeño. Y también con los demás, a los que nunca rozarán mis palabras. Brindo con todos por todos los sueños que siempre están naciendo; por esa luciérnaga y su luz, refulgiendo justo cuando el gusto se amarga; por esa palmada que llega cuando nuestra mirada se va demasiado lejos; por ese abrazo que damos con tantas ganas aunque sin palabras; y por esas palabras que dicen siempre un poco menos de lo que queremos. Con palabras entonces, me voy despidiendo. Ya puse la estrella en la cima del árbol navideño, colgué los recuerdos de sus ramas, las decoré con tiras brillantes con flecos, envolví en papel de regalo unos cuantos deseos, y brindé con ustedes y los que no son ustedes, por los sueños naciendo.

     Mientras los corchos vuelan intrépidos, me voy despacito hacia el fondo,  donde espera el clericó que, le aconsejo: beba de a poco, mire que ahora hasta los tenedores sacan fotos, y siempre habrá quien lo sorprenda justo en ese momento, en que baila panza al aire y servilleta devenida bandana cubriendo la pelada, gritando a los cuatro vientos como un loco a quien ya nada importa. . . Feliz navidá!!!!

Alejandra Tenaglia.

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